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Nuestra vida escolar y la Pascua

 

La llegada del tiempo pascual nos renueva y alienta a seguir nuestro camino como Comunidad Educativa.

Un nuevo año escolar se inicia y queremos poner en nuestro Colegio San Gabriel en Clave Pascual para dejarnos atravesar por la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que nos transforma nuevamente.

Estar dispuestos a que el AMOR de Jesús nos guíe e ilumine en nuestras búsquedas personales y colectivas, de allí, el lema institucional de este año: “El amor transforma nuestras vidas” que proyecta nuestra Visión.

Las tres prioridades Evangelizar – Incluir – Formar Comunidad han sido elegidas por el Equipo Directivo para favorecer el cumplimiento de nuestra Misión Educativa a tenor del complejo desafío que significa educar en este tiempo.

No son sólo acciones estratégicas, queremos que estén presentes y recorran transversalmente todos los sectores y áreas del Colegio proponiendo un “estilo de vida” acorde a la cosmovisión cristiana que deseamos seguir fomentando entre todos los miembros de nuestra comunidad.

Evangelizar

La identidad de nuestro colegio hunde sus raíces en el seguimiento de Jesús que es el Dios hecho carne para nuestra salvación. Creemos que él es el Hijo de Dios que nos hace hijos del mismo Padre Dios y por lo tanto hermanos en el mismo Espíritu Santo y en la misma Iglesia.La evangelización es lo que le da sentido a la Iglesia, es el fin de su existencia. Ella existe para evangelizar y nuestro colegio parroquial también.

Para llevar adelante la evangelización, todos necesitamos reconocernos discípulos-misioneros, llamados a compartir entre nosotros y con todos la Buena Noticia de su Reino.Como dice el Papa Francisco “….la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación personal con Dios…En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos…. Nada de lo humano le puede resultar extraño… la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano.”Por este motivo, es que la evangelización debemos hacerla en cada aula, en los pasillos, en los recreos, en cada palabra dicha, en los contenidos propuestos, en las pedagogías y estrategias utilizadas, en cada gesto, en todo momento, en todo lugar.Un área específica y personas concretas del colegio tienen la responsabilidad de llevar adelante la pastoral y la catequesis, sin embargo, todo el colegio y cada uno de sus miembros estamos llamados a evangelizar. Este es nuestro desafío y nadie puede estar ajeno a esta misión común y esencial de nuestra comunidad educativa.

Un enorme y fascinante desafío para todos nosotros está en animar el crecimiento sostenido de la vida interior y espiritual, procurando permanentes búsquedas y una sana y constante clarificación, para lo cual, necesitamos de la comunidad. ¿Cuál es la imagen de Dios en el que creo-creemos? ¿Quién es para nosotros el hombre? ¿Cómo comunicar al Dios de Jesucristo y a su Evangelio?

Incluir

acceso a la educación de cada niña y niño y de toda persona, además de un derecho individual inalienable, también es confirmar delante de Dios y de la comunidad social, que toda mujer y todo varón es hijo de Dios y por lo tanto un hermano al que se debe respetar y cuidar.
Nuestra comunidad educativa está decidida a ser cada día más inclusiva e incluyente, es decir, a que nadie experimente de otro ser humano y por ningún motivo: una palabra, un gesto, o una acción de rechazo, descalificación o maltrato.

Todos somos personas diferentes. La diferencia es una realidad y un valor a descubrir, apreciar, asumir y respetar.

Incluir es mucho más que integrar, es que cada alumno con Necesidades Educativas Especiales esté en igualdad de condiciones a las de sus otros compañeros.

Por lo tanto debemos procurar crecer día a día en un estilo de comunidad escolar que junto al desarrollo de nuevas y creativas competencias educativas, cuide con misericordia y ternura de todos, pero muy especialmente de los más frágiles y pequeños.
¿Qué actitudes, qué gestos, qué acciones debemos adquirir todos y cada uno para ser una comunidad más inclusiva e incluyente?

Formar comunidad

Una de las formas culturales más extendidas de nuestro tiempo es el individualismo, que lejos de ser inocuo, produce fuertes heridas en cada uno de nosotros y en cada una de nuestras familias: encierro, desinterés por el otro, egoísmo, insolidaridad, materialismo, narcisismo, ingratitud, aislamiento, etc.

Asumiendo entonces un estilo contracultural, nos proponemos trabajar para ser una comunidad fraterna en la que generemos corrientes de interés y cuidado por el otro.

El colegio ya es una comunidad, pero, que sea más y mejor comunidad, es un desafío y una responsabilidad de todos. Somos corresponsables de nuestro lugar y de que nadie se sienta afuera.
Para crecer en la comunicación y el diálogo necesitamos procurar día a día generar un clima de esperanza, alegría, confianza, respeto, y libertad, lejos de miedos, prejuicios, pesimismos y diferentes formas de violencia. Pero también a la inversa, con un buen diálogo y comunicación, podremos generar mejores climas institucionales.

Estamos invitados a asumir el desafío de ser una comunidad misionera, abierta a todo el colegio y sus familias, pero también al barrio y a la sociedad. Misionera y portadora de la Buena Noticia del Evangelio de Jesús que está lleno de un nuevo sentido de la vida, en la que el otro, lejos de ser un desconocido o un enemigo, es mi hermano.

La comunidad de docentes, el personal de administración y de maestranza, por el hecho de compartir trabajo, tiempo, talentos y el espacio – lugar, tenemos una especial responsabilidad en el desafío de procurar ser una comunidad más fraterna y misionera.
¿Cuál es nuestra imagen de colegio y de comunidad eclesial? ¿Cuál es el testimonio que damos cuando nos escuchan y ven?

Los mártires de este tiempo

Por Andrés Sensini, Director General del Colegio San Gabriel

Es tiempo de Pascua y  los cristianos celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús que nos llena de júbilo y esperanza pero las noticias de las persecuciones de  cristianos en el mundo como los atentados perpetrados en dos templos de la ciudad de Lahore, Pakistán y las masacres de cristianos en Medio Oriente nos siguen conmocionando y no cesa nuestro dolor y  angustia.

Frente a hechos de ésta naturaleza nuestra conciencia colectiva se activa y recordamos aquellas persecuciones de las primeras comunidades cristianas de Roma  y cómo esos  testimonios lejos de debilitar nuestra iglesia le dieron más fuerza, sustentados en una  Fe que es capaz de entregarlo todo.

Me permito rescatar un rasgo característico de aquel tiempo y es que estos cristianos no buscaron venganza, ni siquiera pudieron apelar a la Justicia como forma codificada de reparación, sino que sólo prestaron su sangre y sufrimiento para que nuestra Fe como pueblo de Dios crezca y se fortalezca.  Tertuliano, “Padre la Iglesia”, y  que viviera en el siglo II  lo expresaba así: “La sangre de los mártires es la semilla de los cristianos”

Es interesante observar que estos mártires del siglo XXI abrazaron la fe con el mismo amor y determinación de aquellos primeros seguidores de Cristo. Me llamó la atención que junto a los 19 egipcios cristianos coptos asesinados en las playas de Libia había otro hombre proveniente de Chad que no era cristiano pero quiso dar la vida como sus compañeros al ver  su fe tan grande. “Su Dios es mi Dios”, dijo antes de ser ejecutado. ¡Qué maravilloso testimonio!

El Papa Francisco dijo al enterarse: “Sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo”

Hablar de “Mártires” en sentido estricto nos lleva a pensar en aquellas  personas que han sufrido persecuciones,  padecimientos, torturas y muerte a causa de su religión y que dan testimonio de ello al no abjurar de su Fe. En un universo más amplio me parece interesante  ampliarlo a quienes dan su vida a fin de sostener sus ideales.

Es en este contexto cuando muchos nos preguntamos: ¿cómo es que aún no hemos podido, como humanidad, aprender de nuestros errores? y ¿Cómo es que hoy, en el siglo XXI, las religiones monoteístas no hemos podido atravesar “el desierto” –  imagen del  Pesaj de la Pascua Judía- en búsqueda de “una tierra prometida” en la que todos podamos vivir en paz?

Los ejemplos sobran y no me refiero exclusivamente a  los padecimientos de los primeros mártires cristianos en Roma sino que surgen de mi memoria todas las aberraciones vividas durante el pasado siglo XX con el genocidio del pueblo Armenio, al holocausto Judío, las masacres de los Gobiernos Comunistas Rusos y Chinos, las bombas atómicas sobre el Japón y todas otras formas de exterminio masivo o persecuciones de minorías que hemos soportado como humanidad.  Desde ya que nosotros, los Cristianos, tenemos lo nuestro y debemos pedir perdón por los tiempos de la Inquisición y muchas otras formas de haber sido parte o consentido procesos de este tipo en el que nuestras acciones en nada reflejaron las enseñanzas de Cristo.  Todos sabemos que en  nuestro querido país tampoco hemos estado exentos de ésta lamentable experiencia.

Pero prefiero analizar este presente complejo y cambiante para poder proyectarnos hacia el futuro. Así, observamos el crecimiento de un enorme sector de la población mundial,  no se limita exclusivamente a alguna Secta, Religión, Etnia o  Estado-Nación, que parece profundizar los fanatismos religiosos, que reniegan del “otro” porque advertirían en la diversidad religiosa, política, étnica, racial o ideológica la posibilidad para que se quebrante su Fe y que ello, los habilite para el uso de la violencia. Lamentablemente también vislumbro en esa dirección el aumento de los fanatismos ligados a las ideologías políticas.

A su vez, otro amplio sector de humanidad parece encaminarse hacia paradigmas mucho menos comprometidos con la búsqueda de profundidad espiritual y compromiso social que se sustentan en un claro perfil hedonista que exalta el individualismo consumista que también hace invisible al “otro”.  He aquí otras formas, tal vez menos grotescas pero eficientes, de generar padecimientos, persecuciones, sufrimientos y muertes  de otros mártires de este tiempo que son los excluidos de un sistema ya que el poder, sea económico o militar, no repara en lo humano.

Cabe preguntarnos entonces: ¿Dónde estamos nosotros los cristianos y cómo enfrentaremos  los desafíos que este tiempo nos depara como discípulos de Cristo?

Un desafío para que todos tengamos vida

Por familias del Colegio San Gabriel

Iván

¿Y si Jesús no hubiera resucitado…? Seguramente igual habría trascendido su mensaje amoroso de paz, de humildad, de ayuda al más necesitado. Seguramente habría quedado en la historia de la humanidad como lo hicieron otros hombres geniales. Sus enseñanzas habrían inspirado como lo hicieron las enseñanzas de Gandhi, Teresa de Calcuta, Aristóteles, Martin Luther King, Francisco de Asis y tantos más.

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Pero Jesús resucitó, y ya no sólo fue hombre sino Dios. Y la Resurrección le dio sentido no sólo a la vida sino también a la muerte. La muerte necesaria para alcanzar la felicidad eterna.  La Resurrección nos hizo entender el significado de la esperanza.  La esperanza que nos brinda consuelo ante las pérdidas, las enfermedades, el dolor, la angustia.

En nuestro microcosmos particular, todos hemos vivido “micro pasiones, muertes y resurrecciones”. Cada mala noticia, cada frustración, cada vez que algo no sale como lo habíamos pensado, planeado, esperado. Y cuánto más, cuando esto afecta a nuestros hijos. ¿Cómo impacta la Resurrección de Jesús en nuestra vida terrenal?

Cuando nuestro hijo empezó  a manifestar conductas que se apartaban de la media, que parecían conformar los síntomas de una enfermedad, comenzamos a transitar nuestra propia “pasión”. El diagnóstico fue una “muerte”. No una muerte física, pero decididamente la muerte de proyectos, de ideas,  de ilusiones. Y si Jesús resucitó al tercer día, nuestros proyectos, ideas e ilusiones se tomaron un tiempo más, pero resucitaron. Y lo hicieron de la mano de la fe y la esperanza que Dios nos ofreció como un don.

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Últimamente, se ha puesto de moda la palabra resiliencia, que es como la versión laica de la resurrección. Es el proceso de aceptación de la realidad atravesada por la angustia, es el parto con dolor de una renovada mirada a la vida, es un empoderamiento que impulsa a hacer nuevas cosas, una energía que alienta a priorizar lo positivo, lo que se puede, lo que hay y no lo que falta, el talento y no la discapacidad. Y todo con alegría.

Nuestro hijo tiene TEA (trastorno del espectro autista). El habla poco, sólo lo necesario para pedir lo que quiere o para responder una pregunta puntual, y a veces es difícil entender lo que dice; pero canta. Él no lee; pero reconoce los tonos de voz, las lágrimas ajenas, las caras tristes, y se acerca y te pone una mano en la espalda cariñosa y protectora. Él no escribe más que su nombre, el de su hermano Brian, mamá y papá, pero se expresa exquisitamente a través de la percusión. Cuando dejamos de buscar que él fuera como los demás e hiciera lo que hacían los demás, y pusimos foco en aquello que veíamos que él hacía tan bien y que tanto disfrutaba, todo cambió. “Resucitamos”.

Este fue un proceso de muchos años y al que contribuyeron muchísimas personas: médicos, terapeutas, maestros, compañeros y padres del colegio San Gabriel, los músicos que actualmente integran la banda Iván y sus amigos, y nosotros, su familia. Todos aportamos conocimientos, emociones, comprensión, dedicación, compromiso, una cuota extra de paciencia a veces también, y sobre todo, amor. No tenemos duda de que Iván es quien es y como es hoy gracias al amor que recibe y que él sabe apreciar. No tenemos dudas de que cuando enfocamos con esperanza y pasión en la capacidad, en el talento, y trabajamos todos “juntos y a la par”, como dice la canción, entonces vencemos todas las barreras, y alcanzamos metas inimaginables.

Vivamos la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en cada Pascua, y revivámosla con Fe y Esperanza cada día.

Marta y Ricardo Demirci, papás de Iván

 

Bruno

En esta época de Cuaresma, descubrí otro sentido, si me permiten, de la palabra RESURRECCIÓN. Soy mama de un chico integrado en el colegio, desde hace dos años, cuando ingresamos en la comunidad de San Gabriel. Es un camino con paralelismos al concepto de resurrección. Muchas veces sentimos que nos caemos o tropezamos, como en el Vía Crucis, y nos volvemos a levantar. Sin esperanza y amor no se pueden afrontar los infinitos desafíos que nos presenta nuestro hijo. Mil y una vez se cree haber acertado con ÉL especialista o LA medicación, pero con el tiempo nos damos cuenta de que nuevos escenarios aparecen. La familia cobra una importancia vital y tiene una misión intransferible que la hace más esencial que en otros hogares.

El escenario que se me ocurre más fácilmente para ilustrar estas caídas y “resurrecciones” es la vida social escolar. Un chico integrado siempre está tratando de insertarse con sus compañeros, casi intuitivamente y no son pocas las decepciones que sufre. No entiende por qué todos fueron a una “piyamada”  menos él, por qué nunca o casi nunca recibe invitaciones para ir a jugar a la casa de sus amigos. Y ahí sale la familia, en un rol de casi súper héroe, para levantar el ánimo del nene; minimizando los eventos y haciendo mil piruetas para conseguir que alguien venga a casa.

En esta especie de “rutina desgastante”, la de caerse por la frustración y volver a levantarse confiando en que podemos cambiar nuestra realidad, siento que entran en juego como pilares las virtudes cristianas que siempre nombramos como creyentes: fe, esperanza y caridad. Chicos como nuestro hijo nos ponen a prueba para ver si somos capaces de llevar a la práctica tanta teoría aprendida. La fe es como una luz constante que nos guía y da fuerza para no bajar los brazos, la esperanza nos alienta a seguir creyendo en nuestros semejantes para confiar en que puedan abrir sus corazones a personas  con necesidades especiales y la caridad nos invita a poner en práctica con los que nos rodean las mismas conductas que pretendemos para nuestro hijo.

Es Cuaresma, tiempo de perdón y más todavía de resurrección. Como propósito personal tengo abrir mi corazón para que con más amor tenga la capacidad de entender  a nuestros hermanos, niños y adultos, cada uno con sus limitaciones pero también con un inmenso potencial a ser descubierto y disfrutado. Me gustaría terminar esta reflexión con un pensamiento que me ayuda mucho cuando una nueva “caída” amenaza el horizonte:

“Cada vez que te ocurra un sufrimiento, no lo guardes. Deja que suceda, pero no lo  nutras. ¿Para qué  ir hablando sobre él? Recuerda una de las leyes: que a todo lo que le das tu atención, crece. La atención es un elemento que ayuda al crecimiento. Si le prestas atención a algo, crece más”.

Resurrección también es elegir la luz, siempre, prestarle atención a la vida y apostar una y mil veces a que el amor es el único camino.

Silvina Marcachini, mamá de Bruno

Milagro

Por Adriana de la Iglesia y Jorge Arbini

Con motivo de la próxima celebración de la Pascua de Resurrección, Jorge Eduardo nos ha invitado a que diésemos testimonio de lo que vivió nuestra familia el año pasado.

Nosotros, entre julio y agosto de 2014, vivimos un milagro. Vivimos de alguna manera, a nuestra manera, el milagro de la resurrección. Nuestra historia, comenzó siete meses antes -en noviembre de 2013-, con un hecho insignificante: haber calculado erróneamente la fecha de inicio y de finalización de las vacaciones de invierno del año 2014, lo que nos llevó a sacar los pasajes para viajar al exterior con un desfase de una semana.

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Así, partimos el viernes 11 de julio de 2014 -una semana antes que comenzara las vacaciones de invierno- y, en consecuencia, regresamos el domingo 27 de julio, una semana antes que finalizara el receso.

Algunos dirán que este error nimio, fue una mera circunstancia casual, que fue el destino, otros, que fue la obra de Dios. Lo cierto es, que regresamos a nuestro hogar, al mediodía del domingo 27 de julio de 2014, luego de estar dos semanas fuera de nuestro país. El domingo 27 de julio, nos encontramos con que nuestro hijo Ignacio (de 27 años), quien había quedado sólo en casa, se encontraba enfermo. Pensábamos que estaba sufriendo una afección respiratoria, máxime que el médico que lo había visto el viernes, le había diagnosticado y medicado por un proceso gripal. Al atardecer, su estado se había agravado, al punto que lo encontramos tirado en el piso, sin fuerzas para levantarse por sí mismo.

 

Lo llevamos rápidamente a la Clínica Olivos. Dios también quiso que los médicos que allí lo atendieran, repararan de inmediato en la gravedad de su estado. Es que habiéndolo llevado por lo que nosotros creíamos que era una neumonía, nos encontramos con una frase que nunca olvidaremos: “Es necesario trasladarlo de inmediato a un centro de mayor complejidad, para un eventual transplante cardíaco.

Todos podemos comprender la gravedad de tal sentencia, solidarizarnos, compadecernos, angustiarnos, pero el dolor, el dolor profundo que atraviesa en esos momentos el alma, sólo lo pueden comprender quienes han vivido una situación similar o, más trágica aún, como es la noticia de la muerte de una persona querida, sobre todo, la de un hijo.

Comenzó a partir de allí un verdadero calvario. Conseguir un domingo al anochecer la autorización de la obra social para el traslado; lograr la inmediata internación en el Hospital Italiano; bregar por la rápida llegada de una ambulancia de alta complejidad que estuviera adecuadamente equipada; intentar seguir adelante, tratando de contener las emociones que ahogan el alma, para que el espíritu pueda ocuparse en esos momentos, de trámites, decisiones, llamados, ruegos.

Aún recordamos confusamente la llegada de numerosos familiares y amigos. De la honda preocupación y solidaridad de los médicos y del personal de la Clínica Olivos, quienes lograron la urgente derivación al Hospital Italiano. Todas personas con la que estaremos agradecidas de por vida.

Finalmente en la noche del domingo, tras un importante operativo médico, dada la gravedad del cuadro, Ignacio fue ingresado en la guardia del Hospital Italiano. Luego de varias horas de espera, en medio de la madrugada del lunes, una jovencísima médica que tenía más temor que nosotros, nos anunció que Ignacio ya estaba en unidad cardíaca y que su estado era gravísimo.

Nosotros, luego de semejante jornada y después de haber hecho combinaciones en aeropuertos y viajado en avión por casi 24 horas, decidimos ir a casa a descansar y reponernos. Sin saber qué hacer, con el alma asfixiada por el dolor, por la angustia. Sólo atinábamos a rezar, rezar como nunca antes lo habíamos hecho.

Temprano en la mañana del lunes 28 de julio, nos requieren que con urgencia concurramos al Hospital Italiano. Sin animarnos a decir una sola palabra en todo el trayecto, ambos apretados contra el asiento trasero y tomados firmemente de la mano, suponíamos que era para anunciarnos lo peor. Ni bien llegamos al Italiano, nuestros otros hijos, nos tranquilizaron informándonos que nos habían buscado simplemente para que autorizáramos la conexión a un corazón externo y, que ellos ya lo habían hecho.

Minutos más tarde los médicos del servicio de cardiología y de cirugía cardíaca del Hospital Italiano, nos reciben y nos informan que el corazón de Ignacio no funcionaría más, que sufría una miocarditis fulminante y, que horas antes le habían tenido que conectar de urgencia a un ECMO, que bombeaba y oxigenaba la sangre, sustituyendo al corazón y a los pulmones. Que su única esperanza de vida, era un trasplante. Que su corazón estaba destruido.

Ignacio fue incluido de inmediato en el INCUCAI, a la espera de un corazón y estuvo durante más de quince días primero en la lista de emergencia nacional. No nos atrevimos a preguntar cuánto tiempo podía estar conectado a esa máquina, pero se intuía, que era por unos pocos días.

Ese mismo lunes, atinamos a pedirle al Ing. Luis Olaizola (Rector del secundario del Colegio San Gabriel) que incluyera a Ignacio en las oraciones del Colegio y de la Parroquia. A partir de ese lunes se produjo un fenómeno increíble. Amigos, parientes e incluso conocidos, se enteraron de la situación de Ignacio, a través de cadenas de oración.

El día martes 29 de julio de 2014, se comunicó con nosotros Jorge Eduardo para informarnos que en la Parroquia se estaba rezando por Ignacio y, pidió permiso para ir a visitarlo el jueves 31, “… si no te molesta…”, aún recordamos sus palabras.

 

En la noche del miércoles 30, nos llamaron del Italiano para avisarnos que durante la madrugada del jueves se haría el trasplante, ya que había surgido un donante en el interior del país. Comenzó nuevamente nuestra vigilia y renació nuestra esperanza, aunque todos sabíamos que Ignacio no estaba en las mejores condiciones para ser transplantado.

Recién a las 5 de la mañana del jueves 31 de julio, nos convoca el cirujano Dr. Ricardo Marenchino, para comunicarnos que no habían podido practicar el transplante, porque el corazón del donante había empezado a fallar, en el momento mismo en que se comenzaba con la ablación. Que a raíz de ello, habían hecho regresar a Buenos Aires, al equipo médico que había viajado.

Nosotros lo vivimos como otro golpe, como una inmensa caída al vacío, como el desbaratamiento de nuestras esperanzas, pero en realidad se trató de un verdadero milagro. Dios quiso que el trasplante no se realizara. Dios quiso que el corazón del donante fallase instantes antes de comenzar a extraérselo.

Al mediodía del jueves 31, se acercó hasta el Italiano -que había pasado a ser nuestra casa-, Jorge Eduardo. Nos confortó, le suministró a Ignacio la unción y luego rezamos todos en la Capilla del Italiano junto con nuestra familia y amigos. Jorge Eduardo nos refirió que en el momento que le estaba suministrando la unción, sintió la presencia de Dios, “… sentí que Dios lo estaba cuidando…” fueron sus palabras.

Ese día el jueves 31 de julio, el día de San Ignacio de Loyola, sin que nosotros lo supiéramos, se produjo otro milagro. Las cadenas de oraciones se habían multiplicado por todo el mundo, se rogaba por Ignacio en misas en varios continentes. Lo hacían personas de varias religiones (judíos, musulmanes y hasta budistas). Incluso recibimos un llamado de monseñor Alejandro Daniel Giorgi (obispo auxiliar de Buenos Aires), haciéndonos llegar un mensaje del Papa Francisco, diciéndonos que tenía presente en sus oraciones a Ignacio y a su familia.

Por otra parte, para ese jueves, la necesidad de un transplante urgente para Ignacio ya había sido recogida por los diarios, radios y televisión y alcanzó notoriedad en Facebook y Twitter.

En la mañana del día viernes 1º de agosto, nos convocan los cardiólogos y el cirujano, quienes nos confiesan que se encontraban ante un verdadero dilema. Que ellos no sabían cómo proceder si aparecía en esos momentos un donante, porque inesperadamente, en la tarde del jueves 31, el corazón de Ignacio que se había detenido tres días antes -el lunes 28 de julio-, había comenzado nuevamente a latir. Nos confían que ellos, que realizan un promedio de 25 transplantes de corazón por año, nunca habían visto un caso así, que era un hecho inédito en el Italiano. Que Ignacio, por el estado de su corazón, sólo podría haber sobrevivido con un transplante.

Con el correr de los días, el personal de enfermería, técnico y administrativo que estaba en contacto con nosotros, con emoción nos refería que se trataba de un verdadero milagro, que nadie lo podía creer. Algunos médicos por su formación científica, fueron mucho más reticentes y dieron explicaciones técnicas. Sin embargo otros, calificaron su cura como sorprendente, como milagrosa.

Ignacio luego de haber estado durante tres días con su corazón detenido, muerto, volvió a latir, a resucitar, precisamente el día de San Ignacio de Loyola, el mismo día en que Jorge Eduardo, le ungiera. Más adelante nos enteramos que tres personas allegadas habían creído recibir de la Virgen María, manifestaciones en sus oraciones o en sus sueños, que Ignacio sanaría.

Ignacio, luego de tres semanas de internación en terapia intensiva, no padece de ninguna secuela. Hoy hace una vida totalmente normal. Su caso, por lo extraordinario, fue comentado en el último Congreso de Cardiología celebrado en Buenos Aires.

A esa recuperación milagrosa de su cuerpo, de la vuelta a la vida de su corazón, se produjo también la de nuestras almas. Ha renacido nuestra fe. Es que conforme le anticipáramos a Jorge Eduardo, el martes 29 de julio ante nuestra sorpresa por la cantidad de personas que rezaban por Ignacio en todo el mundo, que ante la fe de tanta gente, la solidaridad, cualquiera fuera el desenlace, pasaríamos de ser socios adherentes a plenarios, como solía decir Aníbal Coerezza.

Consideramos que hemos sido protagonistas de un milagro. Si no hubiésemos equivocado el inicio de las vacaciones, no hubiésemos regresado a tiempo para salvar a Ignacio. Si el corazón del donante no hubiese fallado y se hubiese practicado el transplante, era muy improbable que Ignacio, por el cuadro infeccioso que además padecía en esos días, hubiese podido sobrevivir.

Obviamente que sin médicos ni enfermeras, sin el certero diagnóstico, sin antibióticos ni ECMO, sin la internación hospitalaria ni la oportuna ambulancia, sin las veinticinco transfusiones, sin los cuidados que le dispensaron, no estaría hoy vivo. Pero sin la intervención de Dios, sin la fe y la oración, tampoco lo estaría.

Nosotros queremos agradecer una vez más a todos los que nos ayudaron, a los que nos acompañaron, a los que rezaron y, especialmente queremos pedir una oración por el alma de quien iba a donar su corazón y por la familia del donante que estuvo dispuesta a hacer el gesto mas grande de generosidad, que era permitir la continuidad de la vida, en otro.

Gracias, gracias, muchas gracias.

Sal y luz

Por Santiago Berisso, joven de la Parroquia San Gabriel

En la acción del servicio reconocemos el rostro del otro.

El propósito era el de ayudar a pensar a otros a través de algunas palabras. Seguramente una premisa aún más compleja que la de brindar respuestas frente a una inquietud.

La Iglesia Católica vive su época de Cuaresma, ésa en la que estamos invitados particularmente a mirar con un poco más de énfasis en nuestros adentros, de modo de purificarnos, de intentar alejarnos de aquellas cosas que sabemos que nos hacen daño, y ratificar el camino que nos lleva a aquellas vivencias y personas que nos regalan un poco de felicidad. Gracias a que las individualidades son tales, Jesús no nos acerca una suerte de receta cuaresmal a la cual mirar en forma sumisa con la pera en alto. Queda en cada uno llevar el ayuno a nuestras propias experiencias, en forma genuina, siendo conscientes de que el valor del camino previo a la Resurrección se acerca más al sacrificio que a tildar una lista exenta de todo eso que nos hace personas.

El mismo día en que María Magdalena se acerca al sepulcro vacío en el que estaba Jesús, el mismo Jesús resucitado se aparece frente a dos discípulos que estaban camino a un pueblo llamado Emaús, a pocos kilómetros de Jerusalén. Sin reconocer quién era el que estaba acompañándolos en el camino, le comentaron acerca de la condena, muerte y crucifixión de aquel profeta “poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo”. Tiempo después “cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: `Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’. Él entró y se quedó con ellos. Y estando en la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: `¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y quizás, a veces, se trata de eso. De quitarle un poco de análisis por demás sesudo a aquello que se muestra por simple calor. Esa suerte de fuego en nuestro corazón que indica que está lleno. Y de la misma manera que el fuego hipnotiza a todo aquel que lo tenga cerca, también es sabido que si no se lo alimenta se apaga con facilidad. Como cristianos que somos, sabemos que es más simple sentirse –habitual para muchos, también– lejos de lo que experimentaron los discípulos de Emaús. Pero la invitación a la Resurrección está, siempre. No siempre está encendido nuestro corazón, pero siempre existe la posibilidad de que lo esté, por el enorme hecho de que Jesús nos invita a encenderlo. No sólo en la Pascua, sino día a día. Es mucho lo que nos dice Jesús resucitado, como para restringirlo a la Semana Santa. Mientras muchos esperamos encontrarnos con el Reino de los Cielos en nuestro descanso eterno, Él nos invita enfáticamente a construirlo y vivirlo ahora. Nos llama a vivir llenos de fuego en este momento, no después. La Resurrección es el hecho y el símbolo de que la vida del cristiano tiene como norte, y por sobre todas las cosas,  su felicidad y el sinónimo de compartirlo con quien tenemos al lado. Únicamente desde la razón es muy difícil (sino imposible) entender que la Resurrección es el triunfo de la vida sobre la muerte, de que con Jesús resucitado la muerte pasa a la insignificancia, es por eso que nos llama a alimentar la llama de nuestra fe.

En el grupo parroquial Sal y Luz buscamos acercarnos lo más posible a ese tipo de fuego. Con apenas medio año de vida, las casi cuarenta personas que conformamos el grupo, nos vimos reunidos en diciembre del año pasado confirmando que en la acción del servicio se necesita  reconocer un rostro, que eso es definitivamente lo que hace que un corazón arda. Las personas, el hablar y trabajar con ellas. En nuestro caso, se ha tratado de la comunidad que integra la parroquia Santa Teresita de Virreyes. El contacto interpersonal que tuvimos con la gente de allí, a lo largo del semestre, fue mínimo. Pero hubo un día en que, de la misma manera que los discípulos de Emaús compartieron una jornada con Jesús, nosotros tuvimos la oportunidad de hacerlo con los chicos que semanalmente van al apoyo escolar que allí se dicta. No hacía falta más que ver nuestras sonrisas de oreja a oreja, para dar cuenta de un espíritu bien lleno que pudo confirmar cuál es la esencia de su fe: la de compartir con alegría el recorrido de la vida con nuestros hermanos y en Jesús. Y con esto, supimos que el desafío a futuro estaría en buscar la multiplicación de ese caluroso día de diciembre. Están aquellos que valoran la comodidad del corazón, su estabilidad. Nosotros también, el problema es que esas pocas horas que compartimos con los chicos, nos dieron el claro indicio de que hay mucho más. Ése día nos fuimos de Virreyes convencidos de que la Resurrección se vive en el día a día, con la esperanza de acercarnos siempre un poco más el mensaje de alegría que nos regala Jesús, de que no hay paso del tiempo o desarrollo que pueda derrocar el mirar a la cara a una persona.

 

Cuidado Hospice

Por Matías Najun, Médico especialista en cuidados paliativos
Jefe Cuidados Paliativos del Hospital Austral
Director Hospice Buen samaritano (www.buensamaritano.org.ar)

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Me tomo el atrevimiento de encabezar esta reflexión sobre el cuidado en el final de la vida y la pascua de Jesús, con la historia de un santo varón de nuestros días.

Lo conocí hace un año y medio aproximadamente. Un joven de 16 años con una enfermedad oncológica avanzada, la cual aún le permitía ir al colegio, compartir con sus amigos, irse de vacaciones, salir por la noche. Venía a las consultas siempre acompañado por sus padres, sonriente, sencillo, genuino, nos fuimos conociendo. El paso de los meses trajo distintas complicaciones, internaciones (que él trataba siempre de acortar), debilidad, algunos miedos. El, quinto de 6 hermanos, nunca perdió, a pesar de que estas cosas te maduran rápidamente, esa mezcla de niño-adolescente que tan dócilmente le permitió ir afrontando los nuevos problemas que la enfermedad proponía.  “Yo sé lo que tengo. Creo, pero no practico mucho” me dijo un día, “pero rezo porque parece que me conviene, tampoco es que me cambia mucho”.  Repitió análisis, tomografías, estudios, tratamientos. Pasó el tiempo, pero la enfermedad seguía allí y él le hacía frente con esa protectora inocencia propia de su edad.

Hubo un momento de quiebre en su joven historia, que quiero contarles. Para esos días en que el físico empezó a ponerle bastantes límites más, en algún lugar de su alma experimentó algo que lo hizo dar un salto espiritual. Y vaya salto. Me lo encuentro, regresando junto a su madre de una de esas tantas caminatas que daban por el parque del hospital mientras estaba internado, con su tubo pleural en la mano. En este caso volvían de rezarle a la virgen en una ermita. El mismo pibe, sonriente y genuino, pero con una mirada más firme, decidida, preguntando. Ese mismo chico que días antes había recibido, casi sin asombro la llamada del mismísimo papa Francisco, ahora parecía tocado por una varita mágica, que a partir de ese momento insufló fuerza, luz, serenidad. Y digo mágica, aunque debería decir providente.

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Luego vinieron semanas difíciles
para todos, en las que con el cuidado permanente de sus papas y hermanos fue asumiendo con mucho heroísmo (jamás le escuché una queja) los síntomas que poco a poco surgían. Su casa, su ambiente, su hogar siempre lo tuvo de protagonista. Allí quería estar.  Visitado por amigos, jugando a la play, eligiendo qué comer, usando el oxígeno, haciendo alguna mínima gimnasia,  siendo el mismo a cada paso. Esa casa irradiaba una paz entrañable y milagrosa.

Lo acompañamos entre muchos. Día a día. Nos dejó cuidarlo, ayudarlo, vestirlo, verlo semidormido.  Confió en su gente y tantos otros que tuvimos el privilegio de conocerlo. Rezó a su manera, comulgó varias veces. Supo siempre que se estaba yendo, pero no necesitaba ponerse a hablar de eso. Sólo la noche anterior se animó a preguntarlo a una de sus enfermeras paliativas, su confidente. Falleció en su cama serenamente de la mano de su estoica mama.

Estoy convencido luego de tantos años de acompañar médica y humanamente a personas con enfermedades terminales, que Jesús entra en esas trincheras, en esos momentos de la gente. A veces sigilosamente, a veces más explícitamente. Trincheras de incertidumbre, dolor, sinsentido, limitaciones físicas, síntomas mal controlados, angustia o desesperanza, que las enfermedades generan en etapas avanzadas. Y que cuando Él entra,  ese camino se transforma, no pierde su matiz de entrega y cruz pero se redimensiona, se aliviana, levanta vuelo. Se hace misión.

Sólo unos días después de su muerte empecé a descifrar la santa manera en la que encaró esos días.

Me pregunté varias veces: “Como había podido vivir ese tiempo tan tranquilo? ¿Cómo había hecho para no quejarse ni una vez de su falta de aire? ¿Cómo mantuvo esa sonrisa tan linda hasta el último momento?” Agradecido, sonriente, sin quejas, sin lágrimas. Tenía un gran equipo detrás  para lo que hiciera falta, pero evidentemente tenía una fuerza que venía de otro lado. La fuerza de la Cruz. La fuerza de quien llevó esa Cruz. La fuerza del Resucitado.

En el corcho de su cuarto dejó pegada esta frase de puño y letra que fue lo que finalmente me explicó todo: “Cada uno tiene que cargar su cruz. Cuando ésta sea demasiado pesada Jesús nos ayudará a cargarla, pero nunca nos va a dejar caer. Por eso tenemos que rezar para que nos acompañe”. Y además se preguntaba: “¿y si su plan es mi enfermedad?”

Pensar en la pascua, en la resurrección y su impacto en la vida cotidiana de alguien que se está muriendo puede sonar lejano. Como si aquel Viernes Santo y lo que vino después, sólo fuera  accesible a los “sanos” que podemos participar de las celebraciones de Semana Santa. La gente del Viernes Santo, como los llama Sheila Cassidy en su libro, está en medio nuestro, en nuestros hospitales, en sus casas, en las calles. Como Jesús, desde el momento en que se encamina a Jerusalén, ellos también inician un camino lleno de similitudes desde que la enfermedad comienza a complicarse. Atraviesan “esos viernes” que pueden durar días, semanas o meses. El Padre Raniero Cantalamessa sabiamente ha dicho que la vida humana está sembrada de muchas pequeñas noches de Getsemaní.

Pero a diferencia del tradicional vía crucis, por la fe sabemos que son parte de una trayectoria que va más allá de la cruz, que se hunde en el centro mismo de la resurrección. Trabajar en esta perspectiva pascual me resulta imprescindible para afrontar el día a día con personas que sufren. No sólo porque aliviana y le da sentido a nuestro trabajo, sino y sobre todo porque les abre un nuevo horizonte a los que sufren. Y además porque cada vez que entro en una habitación donde abunda el sin sentido o el sufrimiento, entro de la mano de quien ha vencido a la muerte, del Todo poderoso. No me pasa siempre, pero cuando me acuerdo les aseguro que hace la diferencia, destrabando las situaciones más difíciles, aliviando los dolores más hondos,  recuperando la esperanza o simplemente llevando un poco de paz.

Pero bueno, la cruz es parte y necesidad en  la vida del cristiano. La enfermedad que rápidamente pone límites temporales a la vida confronta mucho cualquier certeza previa. Más aún cuando ocurre en gente joven. Necesitan Coraje,  Paciencia y Fe para dejarse rodear por el Misterio, y dejar de pelear por entender o por encontrar esas respuestas que quizás nunca aparezcan. Frente a la cruz caben inexorablemente  dos caminos. A unos los salva y a otros los rebela, los desespera. Como veremos en unos días, en las dos cruces que Jesús tendrá a cada lado en su calvario, sólo basta con girar “un poco” la cabeza. La muerte para todos es una experiencia por vivir, que nos pondrá frente a nuestra fragilidad y límites, pero hay que aprender a pensarla, para elaborarla y tratar de comprenderla.

11015944_968525279833328_5958372360518670386_nIntentar iluminar el final de la vida con la pascua de Jesús puede llevarnos  a buscar ayuda en  capítulos de algún libro, versículos del evangelio o palabras de un salmo. Textos certeros que ciertamente se completan en la realidad de tantos enfermos, que como este muchacho son los verdaderos testigos de que Jesús, hoy y siempre,  camina con ellos cumpliendo aquello que está escrito.

El cuidado paliativo (CP), es la especialidad dentro de la salud, que trabajando en equipo atiende con competencia y compasión todas las necesidades que una persona y su familia enfrentan con una enfermedad que amenaza la vida. Nos metemos en el viernes santo de la gente. Nos metemos en su huerto de los olivos. Ésta especialidad es la que muchas  veces  allana el camino para que un alma se reencuentre con Dios. Los cuidados paliativos, el cuidado hospice, me han permitido comprobar esta Buena Noticia. He podido entrar en esas trincheras, ser testigo del obrar de Jesús y porque no, ser Su Mano que toca y consuela.

A la par, médicos, enfermeras, psicólogos, asistentes sociales, voluntarios y religiosos se ocupan de que sea un tiempo digno y vital. Se cuidan todas las dimensiones de la persona, empezando por los síntomas físicos, particularmente el dolor. Hoy no se justifica que alguien, tenga el cáncer que tenga, sufra dolor. Aliviado el físico luego podemos cuidar el ánimo, el humor, la ansiedad, los temores. Y en paralelo cuidar o acompañar el alma, cocina de las preguntas existenciales que todos tenemos y que asoman especialmente en estos momentos. Cualquier dolor se hace soportable en la certidumbre de que no estaremos solos para afrontarlo.

El alivio del sufrimiento en el período final de la vida, reconocido en los últimos años como un derecho universal del ser humano, es una de las más importantes misiones de todos los que trabajamos en el mundo de la salud. Los CP son cuidados integrales que intentan ayudar a la persona a recorrer ese camino con dignidad, protagonismo y a la medida de cada uno. No será cuestión de  intentar agregar más días a su vida cuando ya los límites físicos no lo permitan, sino de agregar más vida a esos días que pueden ser los más importantes.

Parte de nuestra responsabilidad es ayudar a los pacientes, si se puede,  a hacer ese proceso interior, familiar, personal para ir asumiendo y madurando lo que viven. Una gran parte de ese proceso es espiritual, pues en momentos en los que el físico se va achicando, el interior del hombre se expande, se ensancha, se llena de nuevas emociones, sentimientos, búsquedas que anhelan, ante todo esperanza y seguridad. Claramente cuando le dan lugar a Jesús en ese camino interior, aunque ya estén postrados, vuelven  a “pararse, a pisar más fuerte, a mirar al frente”.

Pero como decía se trabaja en equipo, también con Jesús resucitado. Somos parte de un equipo en el que cada uno primero debe ejercer competentemente su rol. Excelente enfermería, excelente alivio de los síntomas, excelente escucha y acompañamiento. Preparar el terreno, remover la tierra para que aún en semejante desierto, pues la vida se acorta, haya algún fruto, en los que se van y en los que quedan.

En nuestro país distintas fundaciones y ONGs católicas, están dando una respuesta concreta en este sentido. Hay un movimiento creciente de voluntarios y profesionales de la salud impulsando el Cuidado Hospice, que se han dedicado a cuidar a los más pobres y enfermos con esta perspectiva pascual. Hablar de hospice es hablar de un modelo humanizado y competente de cuidado, con fuerte presencia de voluntarios y que en Argentina tiene clara impronta católica. Estos equipos habitualmente tienen una casa “el hospice”, en donde alojan gratuitamente a los más necesitados, aquejados por una enfermedad terminal para cuidarlos como una familia hasta el final. Ya hay más de 15 hospices a lo largo del país. Lugares en los que siguiendo el ejemplo de San Camilo de Lellis, Madre Teresa de Calcuta, San Alberto Hurtado y Jesús Buen Samaritano, se sirve a manos llenas con la honda convicción de cuidar al mismo Jesús, en cada enfermo. “Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos a mi me lo hicisteis”. Soy parte de uno que abrió sus puertas en Pilar en 2009, el Hospice Buen Samaritano.

Cientos de anécdotas e historias podría contarles del paso de Jesús por la vida de cada huésped.  Pero quiero detenerme ahora para destacar, cómo Jesús resucitado sostiene y cuida a los que sufren a través de personas que Él convoca, llama, motiva, apasiona. Los voluntarios del cuidado hospice, personas comunes que dedican algunas horas semanales para prepararles la comida y darles de comer, limpiar el hospice, ayudar a las enfermeras, participar en actividades de recreación, acompañarlos. Ese servicio desinteresado, gratuito, es profundamente terapéutico. Ellos no lo saben, pero son voluntarios de la resurrección.

Cierro con la certeza de que este pregón pascual, que rezaremos en unos días se cumple a diario  en nuestro trabajo, Cielo y tierra se tocan, cada vez que pudimos acompañar y despedir dignamente a alguien en el final de su vida.

“Esta es la noche en que

Rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo…

Y así, en esta noche santa,

Ahuyenta los pecados,

Lava las culpas,

Devuelve la inocencia a los caídos,

La alegría a los tristes…

¡Qué noche tan dichosa,

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano y lo divino!”

Resucitar con Cristo

Por Jorge Casaretto, Obispo emérito de la diócesis de San Isidro

Muchas veces hablamos de la pascua, de la resurrección de Jesús, sin comprender mucho de qué se trata. En el evangelio tenemos relatos tanto del hecho de la resurrección de Jesús, como de las apariciones del resucitado. Uno de los más conocidos nos cuenta que Jesús se aparece a sus amigos, que estaban “encerrados por miedo a los judíos” (Juan 20,19-23.) El primer deseo de Jesús es de paz y ellos con sólo verlo “se llenaron de alegría”. Jesús reitera su saludo de paz y los envía… como el Padre lo envió a Él. La secuencia del relato es: Presencia del resucitado, paz, alegría, nuevamente la paz y el envío.

El evangelio de Juan, con su lenguaje simbólico, nos quiere transmitir el hecho de que la misión parte de lo más íntimo de la Trinidad: la misión de los discípulos se sitúa como una continuación exacta de la misión del Hijo, enviado por el Padre. Cuando Jesús se aparece a los suyos, les comunica Su Espíritu, de esta forma, su envío explicita, ya desde el comienzo, la misión de la Iglesia a través de los siglos.

La fe de todos los creyentes, de todos los tiempos, se fundamenta en la fe de estos primeros testigos de la resurrección, cuya esencia es ser transmitida y compartida.

No en vano en el Evangelio de Juan, creer y vivir son términos que se implican: el que cree, tiene vida.

En todo aquel que ha aceptado esta fe, fundada originariamente en el testimonio de los apóstoles, Cristo estará presente y vivo. Esta presencia lo llevará como a Pablo a “trasmitir lo que a su vez recibió”. La experiencia del resucitado, es para los primeros y para todos, la causa y el motivo central de la predicación.

 

Con palabras más cercanas a nuestra sensibilidad, el Papa Francisco nos dice en este tiempo de cuaresma:

“La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.”[1]

 

La pascua puede ser un enunciado de fe, una especie de declaración de principios o puede ser una de esas noticias que dan vuelta la vida y que no es posible callar. La resurrección significa que Dios nos asegura la vida y la felicidad para siempre y eso para todos y por puro amor.

¿Cómo sabe el mundo que Jesús resucitó? Más que por lo que decimos, por lo que hacemos, por cómo vivimos. La resurrección tiene que transformar nuestro hoy, nuestro entorno personal, pero también nuestro entorno social, ahí es donde podemos decir que en las “islas de misericordia”, siguiendo la imagen del Papa,  las personas que no conocen a Jesús, podrán darse cuenta que hay una novedad cambiando la historia.

Yendo a lo concreto, será necesario que esas islas de misericordia se verifiquen en nuestras comunidades eclesiales, y para ello habrá que surcar los mares de nuestra indiferencia argentina y crear también esas islas de misericordia en nuestra comunidad nacional.

Sucede que el aterrador océano de nuestra indiferencia argentina, tiene algunos indicadores alarmantes:

  • Tenemos un nivel promedio de pobreza cercano al 30%, situaciones de desnutrición y  mortalidad infantil en algunos distritos, déficit en los niveles educacionales, carencias de vivienda y hábitats saludables y propagación de enfermedades prevenibles.
  • A todas estas carencias “materiales básicas”, se suman otras igual o más importantes que son las afectivas, cognitivas y a veces espirituales que padecen las personas. Los niveles de pobreza extrema en que viven muchos hermanos y hermanas se traducen casi simultáneamente en situaciones de tristeza y carencia emocional crónica, donde la dignidad y esencia del hombre quedan realmente desdibujados.
  • Mucho más importante que el cómo estamos ahora, es cómo nos encontraremos dentro de 30 o 40 años si estas tendencias no se revierten.

Los niveles de desnutrición y los déficits en educación en la población infantil, son factores que claramente atentan con la posibilidad de generación de capital social para las futuras generaciones y de cualquier otro tipo de desarrollo.

 No se nos escapa el hecho de que estamos en un año de elecciones. Está terminando un ciclo, que como toda experiencia humana ha tenido sus luces y sus sombras, pero éste no parece ser el momento oportuno para hacer una evaluación.

Es claro el deseo de todos los argentinos de tener una larga continuidad democrática, lo cual requiere que los fundamentos éticos sean los que prioritariamente la sustenten y que la división de poderes se fortalezca, precisamente porque ésa es la base de la democracia.

Creo que a la hora de elegir candidatos debemos no sólo pensar en los poderes ejecutivos, sino también en los legislativos. Recordemos también que la democracia nace en la convivencia cotidiana y por ello es que debemos estar muy atentos a los municipios.

Yendo a la concreta elección de los candidatos, es importante darnos cuenta que no es posible una ética social que no esté basada en una ética personal. Si a mí me preguntaran qué es lo más importante en un candidato les diría: miren su vida, sus comportamientos familiares, sociales y laborales.

Estamos en un tiempo de excesivo pragmatismo y si bien es cierto que la acción política es una herramienta práctica, basada en la gestión del bien público, es igualmente cierto que todo accionar responde a un modo de pensar, por ello es bueno preguntar y saber  qué piensan los que aspiran a un cargo público.

A esta altura del año, ningún partido político parece contar con una mayoría abrumadora. Quizás esto sea un bien ¿Habrá llegado el momento para los argentinos de tener que acordar y consensuar políticas de Estado? Dios quiera que sea así. Sin mayor diálogo y consenso difícilmente vamos a encontrar los caminos para el futuro de nuestro País.

Creo que los acuerdos a los que deberíamos llegar, deben ser sobre los siguientes temas:

  1. Necesitamos políticas macroeconómicas y universales de salud y educación. Éstas  tienen mucho más incidencia en la construcción de la equidad social y el alivio de la pobreza que la suma de todos los programas sociales focalizados.
  2. La Educación es fundamental, representa para una nación mucho más que el simple esfuerzo de proveer conocimientos, implica la manifestación de una política de Estado definida y orientada a inculcar a nivel de formación inicial ciertos valores y estimularlos a lo largo de las demás etapas de formación de la persona. Sin educación no hay desarrollo integral ni para las personas, ni para las sociedades.
  3. Hacer una importante inversión en salud, pues es este un factor fundamental en el marco de desarrollo de un país (Ejemplo: A través del accionar en terreno de Caritas, nos hemos encontrado con niños que ya eran la tercera generación en recibir enfermedades congénitas al nacer derivado de enfermedades “prevenibles” no atendidas ni en sus madres, ni en sus abuelas, lo cual les había generado efectos en el crecimiento y en el desarrollo).
  4. Sin un sistema de Justicia imparcial e independiente y un marco legislativo adecuado, será imposible luchar eficazmente contra la corrupción y la pobreza y tener perspectivas de un desarrollo sustentable.
  5. Los obispos hemos hablado largamente sobre el desafío del narcotráfico y la expansión de la droga. Esta lucha debe ser encarada prioritariamente.

 

En una palabra, amigos, tenemos que emplear lo mejor de nuestra creatividad para pensar un  plan social estratégico, preguntándonos qué tipo de sociedad queremos tener en 20 años, y no armando políticas sociales de coyuntura que son  respuestas a la situación del momento.

No soy ingenuo: todo esto no se logrará ni rápido, ni fácilmente, pero tenemos que poner toda nuestra energía en este trabajo, porque si la resurrección de Jesús no va transformando concretamente la vida de nuestros hermanos, en especial de los más pobres, no estamos dejando que la Vida Nueva del Señor resucitado nos vivifique.

Primero las islas de la misericordia, habitadas por la justicia, la equidad, la paz y la solidaridad, serán pequeñas, pero el deseo del Señor y de su Iglesia es que vayan creciendo, hasta el día del encuentro con Él. Ese día, en el mar de su misericordia, comprenderemos el valor de estas acciones.

Pidamos la energía del Espíritu que renueva todas las cosas para que “fortalezca nuestros corazones” como reza el título de la carta de cuaresma de Francisco, y podamos llevar la resurrección del Señor hasta los confines de nuestra Argentina. Que así sea!

 

[1] Carta de Cuaresma 2015.

Resurrección

La palabra clave de este número es RESURRECCIÓN.

Nos inspira la Pascua de Jesús que por cierto es también la nuestra. Con Él morimos y con Él resucitamos.

Son tantas las muertes que vivimos a diario, muertes personales y sociales, muertes físicas, psíquicas, morales, espirituales, que bien vale la pena detenernos a reconocerlas y pensarlas desde el lugar de la Pascua.

Jesús nos enseña a vivir con la sabiduría pascual, es decir, reconocer que en toda muerte vivida con él y en él, la vida es más fuerte y triunfa sobre aquello que nos mata. Porque Jesús ha vencido a la muerte en la cruz y lo ha hecho de manera definitiva y su resurrección es también la nuestra. Claro, esto nos desafía a una fe que sin anular la razón, la supera inmensamente. Porque la muerte cobra una luz particular desde la resurrección, nuestros más lógicos pensamientos, desprovistos de esta sabiduría, terminan muchas veces ensombreciendo la Luz Pascual.

Cercano a su Pascua, Jesús dijo con extrema sencillez, profundidad y claridad: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto,” (Jn 12, 24). Para dar fruto es necesario pasar por la experiencia de la muerte.

No estamos hablando de manera metafórica, como si las situaciones difíciles y dolorosas de la vida fuesen experiencias pasajeras a las que nos tenemos que resignar, o momentos efímeros a los que debemos pasar de manera estoica, o a los que debemos ponerles el pecho con fuerza y voluntad. No, no podemos negar ni minimizar la realidad y profundidad de las pruebas y el dolor.

Es cierto que muchos de esos momentos nos desafían a ser muy fuertes, pero transitar todo dolor, sufrimiento, toda pasión y muerte desde la resurrección del Señor, es para hacerlo no desde un imperativo voluntarista y una posición endurecida, sino también, para vivirlos con máxima entrega y confianza en el Amor de Dios que es el que da sentido a todas las cosas.

La fe en el resucitado, lejos de anestesiar el dolor, nos ayuda a entregarlo a Dios de manera confiada para que Él mismo lo abrase y transforme en vida.

Entonces, si la Pascua es un paso y la resurrección una fiesta, ¿cuál es el sentido de esta afirmación si la aplicamos a nuestra propia y cotidiana existencia? Muchas veces el dolor nos desgarra y después de experiencias traumáticas no volvemos a ser los mismos. Puede que nuestra esencia no cambie, pero pierde brillo. Pero es que nacimos para brillar y para hacerlo en abundancia, por lo tanto, la experiencia de atravesar el dolor, de no quedarse o regodearse en él,  que muchos terapeutas suelen denominar resiliencia, resulta ser un profundo y vital aprendizaje que nos cambia y contagia a los demás. Cuantas veces observamos a muchos hermanos que han sufrido  y nos sorprende su capacidad de seguir adelante, y nos preguntamos: ¿si él pudo por qué yo no?

En ningún momento Jesús nos prometió eliminar las cruces  de nuestro camino. Pero sí nos enseñó cómo vivirlas, y lo hizo no con consejos sino con su propia vida: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso” (Mt. 11, 28-29).

Resucitar no es sólo volver a la vida luego de la muerte. Resucitar también es dar nueva vida a algo, renovarse, renacer. Y para renacer es necesario morir a uno mismo. Por eso Jesús nos dice: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame” (Lc. 9,23)

Olvidarse de uno mismo, ser paciente y tener un corazón humilde son el camino para la resurrección de cada día.

Muchas de las historias que leerán en esta edición nos presentan formas alternativas de atravesar y resignificar el dolor, de pasar a través de él. No sólo nos referimos a superarlo, sino al indispensable aprendizaje para desarrollar todas nuestras potencialidades que ya están en nosotros como un don, un regalo del cielo para hacer con Jesús, con Él y como ÉL, nuestro propio y pequeño paso de la muerte a la resurrección.

La celebración de la Pascua de Resurrección nos aporta un hermoso símbolo para esta transformación: pasaremos de la noche de la OSCURIDAD a la fiesta de la LUZ y celebraremos el misterio del Amor que transforma en milagro el barro de nuestra propia existencia.

Con esta perspectiva como telón de fondo, es que en las páginas siguientes encontraremos pensamientos y testimonios que desde singulares experiencias nos ayudan a adentrarnos en la sabiduría de la pascua que es vivida aquí y ahora por muchos hermanos en lo concreto de cada día.

Es un tema de tanta magnitud y densidad, es tan vital y actual, que lejos de cerrar la reflexión, quisiéramos que sea un abrir la puerta para que cada uno de nosotros se anime a mirar la propia vida, la de nuestros seres queridos, la del país, y la misma vida del mundo, con ojos nuevos, llenos de una sabiduría nueva, aquella que se alcanza no sólo con esfuerzo y muchos razonamientos, sino también y fundamentalmente, como lo hicieron los primeros cristianos, con confianza en el Resucitado y viviendo nosotros mismos el día a día como resucitados.