Tag Archives: paz

Experiencias de paz

Por Agustina Vanella y Grupos de Jóvenes de la Parroquia

La paz encarnó en juventud. La paz tomó diversas formas, dibujó figuras, adquirió colores de arcoiris. La paz se apareció en vivientes y en no vivientes. Divulgarla es promulgarla, es propagar su eco.

A continuación, los jóvenes de la parroquia comparten las experiencias de paz que fueron recolectando en sus actividades y la visión personal que lograron formar sobre ella.

Lectores, los invitamos a ser instrumentos de paz.

 

“Experiencia de paz”. Para poder dar mi experiencia acerca de esto creo necesario explicar qué es para mí, qué significa.

Una experiencia de paz es ese momento en el que nada más importa, en el que se vive el aquí y el ahora, un momento que al recordarlo, te hace estallar el corazón de emoción.

Y así lo sentí en este último retiro de Mar Adentro. Creo que un momento de paz implica poder volver a sentir lo vivido, acordarse de ese momento y volver a sentir el mismo amor.

Ver a tanta gente junta y tan unida, cantando y riendo por un mismo motivo, eso, hace que mi corazón se llene por completo, eso, es Dios y puedo decir sin duda alguna que Él está en cada uno de esos “momentos de paz”.

Lucía Pampliega

Es lunes por la noche y algunos sentimientos y emociones siguen decantando en mi cerebro como la misma lluvia sobre el techo, creando un sonido agradable y reconfortante como lo que viví este fin de semana en el retiro.

No es fácil explicar las emociones que uno experimenta en estas escapadas, pero si te puedo contar que lo que sucedió en la casa de retiros de Morón fue algo mágico. Voy a hacer el esfuerzo de ponerlo en palabras, por más difícil que pueda resultar esto.

Imaginate estar en un espacio rodeado de personas con las que te venís viendo domingo a domingo. No conoces en profundidad a cada uno de ellos pero en el retiro todo prejuicio que tengas sobre el otro se desvanece como por arte de magia. Ves sonreír al más serio y llorar al más duro.

Este retiro en particular tuvo una atmósfera de calidez, donde reinaba el amor y el cariño en cada uno de los rincones de ese lugar.

Constantemente te ves rodeado de abrazos y besos, una afectividad que no es usual en la rutina de nuestras vidas. Esos 3 días son una clara muestra que Jesús vive presente en nuestros corazones, pero somos nosotros quienes no logramos verlo en la cotidianidad. Muchas veces hacemos oídos sordos a sus llamados y achicamos la vista cuando Dios nos busca a través de una señal o gesto. Como un niño que busca esconderse del mundo cubriéndose los ojos con las manos… de esta forma, él no logra escaparse del mundo que lo rodea pero al menos consigue refugiarse en la oscuridad que le proporciona este mecanismo de escape. De la misma forma, nosotros, buscamos ocultarnos de Jesús, muchas veces por temor a que nos muestre lo que nuestro corazón nos está pidiendo y en repetidas ocasiones porque somos personas que nos complace permanecer en la zona de confort que nos proporciona la rutina.

Pero… los retiros son el equivalente a quitarnos las manos de los ojos y agudizar nuestros sentidos más dormidos, para encontrarnos así, rodeados de la inmensidad de Dios.

Estoy seguro de que lo que viví en este retiro y en la misa que dio el Padre Jorge fue el equivalente a vivir en el Reino de los Cielos.

¿Cómo logro explicarle a alguien que jamás lo vivió qué significa estar en el Reino de los Cielos? Bueno… para mí es el equivalente a estar suspendido mental y espiritualmente, es dejar tu corazón volar por el caudal de emociones y amor que te despierta cada mirada de tus coordinados y cada abrazo de tus amigos. Imaginate sentir una calidez reconfortante, donde uno no logra explicar cómo es que su corazón se siente con tanta paz y armonía ni por qué las lágrimas brotan de tu cara, así como también la piel se te eriza cuando cantás cada canción de misa desde la  profundidad de tu voz.

Puedo decir que me sentí en paz absoluta, una paz que me inundaba debido al afluente de amor que me proporcionaban  cada una de las personitas que ocupaban las primeras filas de la misa y quienes ahora ocupan las gradas de mi corazón.

Para mí vinimos al mundo a ser felices y les puedo decir que estos 3 días que viví en el retiro de Mar Adentro fui feliz. Les quiero pedir a las personas que estén leyendo esto que vayan y abran su corazón, no cierren los ojos ni hagan oídos sordos al llamado de Dios, porque Él los está esperando con los brazos abiertos para acurrucarlos como el amor que un padre siente por su hijo.

Rodrigo Alonso

Si bien no es fácil poner en palabras los sentimientos tan fuertes que uno puede llegar a sentir, voy a hacer el intento.

Me fui de mi casa en duda, pensando en todas las cosas que debía hacer y que no haría por estar yendo al retiro. Me entregué, me puse en sus manos y dejé que Él haga lo que desee. A lo largo del fin de semana pude sentir cómo cada vez me iba adentrando en un estado de extrema calma. Esa es la palabra, mi alma estaba en calma y ya no lloraba por las cosas del día a día. Me hallaba en el Reino de los Cielos. Ese lugar que llegas a conocer muy pocas veces en vida de donde no podes pensar en otra cosa que quedarte. Mi cuerpo y alma estaban en paz. Al llegar a ese estado, cuando volví del retiro, traté de llevar ese Reino de los Cielos a cada ámbito al que pertenecía. De esa manera, podría revivir esa sensación una y mil veces más y, a la vez, contagiarla a mi entorno. La paz que se apoderó de mí en aquel momento perdura por un tiempo. Queda en nosotros hacer que se convierta en parte de nuestra vida cotidiana.

Yo pienso que es necesario que todos nosotros tengamos, aún que sea una vez al año, la posibilidad de “retirarnos” de nuestra realidad diaria y pensar en nosotros y en nuestra relación con Dios. La tranquilidad y calma que uno siente en ese momento son inmensas. No es posible describirla en palabras, aún que se puede hacer el intento…

Virginia Salvucci

¿Experiencia de paz? Definitivamente digo “La misión al barrio Las Flores, en Villa Martelli”. Contextualizo brevemente: pertenezco a uno de los grupos de jóvenes de la parroquia llamado Sal y Luz, en el cual los sábados por la mañana tenemos actividades de servicio en diferentes barrios de la provincia (como Virreyes y Villa Martelli) y los domingos a la noche tenemos reuniones de espiritualidad. El ciclo termina con una misión de 4 días a uno de estos barrios.

Jamás en mi vida sentí tanta paz como cuando me levantaba por las mañanas más temprano que todos mis compañeros para preparar el desayuno, saludar al sol y después despertar a mis amigos con música, saltos y buenos deseos para el día. Esas mañanas de pura alegría, plenitud y entrega son mi definición de paz. Ver el amanecer sin importar las pocas horas que haya dormido, lo largo que iba a ser mi día o lo que me dolían los músculos de caminar, saltar, bailar y jugar.

La paz es sentirse pleno, feliz y sentir que lo que uno está haciendo es aportar una pequeña gota de amor para mejorar el mundo. Lo que hicimos en aquellos días, no fue una pequeña gota, fue una catarata. ¿Cómo no sentirse en paz con una experiencia así?

Lola Schcolnik

Una experiencia de paz
Todas las semanas encuentro paz. Paz verdadera.
Lo que cuesta es mantenerla.
Es fácil encontrar esta sensación en la parroquia, viví muchos retiros, campamentos, convivencias y eventos. Todos la generan. Algunos una paz más tranquila y otras una llena de energía. Me parece que no es una cuestión de estar quieto, sino más bien de estar centrado.

Lo que me gustaría transmitir es otra cosa, más allá de los retiros y todo eso.
Porque esa paz es inmensa pero momentánea y yo encuentro otra mucho mayor, una que queda y creo que vale la pena.

Soy coordinador un grupo de jóvenes, chicos de último año de colegio que terminan el ciclo estando en la Facultad.
A pesar de tener muchos miedos, el mayor es perder la fe en las personas. Creer que todo lo que hago es en vano, que nada va a cambiar, que mi grano de arena no es suficiente porque constantemente veo odio que quita paz. Pero ellos, cada uno de esos chicos, me demuestra lo contrario, me devuelven la  fe.

El otro día discutía con algunos amigos sobre la paz y la guerra. Como la paz lleva al amor/ el amor a la paz y como la guerra al odio/ el odio a la guerra. Dos círculos viciosos de los que cuesta salir.
Discutíamos acerca de cómo salir de tanto odio y tanta guerra continuos que nos rodea, en una sociedad violenta y ansiosa. Es muy difícil encontrarse en paz cuando todos están tan alterados, pero salir de este círculo es posible. La pregunta era ¿cuál es el camino que transforma el odio en amor? Y la respuesta es muy fácil. El camino es Jesús.
El Papa Francisco dijo “no hay paz sin diálogo” y nosotros nos juntamos todos los domingos a hablar de Jesús, así OBVIO que es fácil encontrar la paz.
Por eso estoy agradecido y me considero afortunado, porque tengo la oportunidad de compartir a Jesús todas las semanas y transformar todo mi odio en amor y así combatir todas mis guerras con paz.

Julián Cosentino

A no rendirse

Cuando mi mente está en modo zen. Estoy cero acelerada, pienso en lo que tenga que pensar de una manera muy relajada asegurando que hay tiempo para todo y sin apresurarme a que suceda nada.

Me suele pasar en los viajes en el colectivo cuando estoy sentada con el rayito de sol suavemente en mi cara y pocas veces, cuando vuelvo de hacer una actividad. Vuelvo tan cansada y/o relajada que me siento en paz y bien con el mundo.

Una experiencia de paz fue un encuentro callejero que tuve con un señor mayor en el 161 volviendo a mi casa. Este encuentro empezó con un estirón de brazo, sin llegar a tocarlo, para que no se cayera y termino con un buen apretón de brazos deseándonos cosas hermosas y de real importancia.

Hablamos de su vida principalmente, de cosas que le habían sucedido, unas buenas otras no tanto, y rescatábamos lo importante que era darle para adelante pase lo que pase y no rendirse. Esta última parte se repitió a lo largo de todo el camino. El señor me pregunto sobre la religión y estuvimos debatiendo eso, tirando ambos para el mismo lado, aunque no practicáramos lo mismo. Me admitía que antes no le gustaba ir a la iglesia hasta que después de un problema empezó a ir y su vida de a poco fue transformándose. Estando cada día mejor espiritualmente aunque su cuerpo, quizás, no dijera lo mismo.

Fue el momento de mayor plenitud ese viaje, de una paz interna que se mantuvo a lo largo de todo el día. No nos importaba el frío de afuera, a el de unos 70 y largos ni a mí de 18, estábamos tan cálidos hablando que todo lo demás se había olvidado, lo único que importaba era ese instante, ese momento, donde su presencia con la mía se entrelazaban en palabras. Fue el viaje más corto y más largo de mi vida y ahí me di cuenta de la importancia de estar cien por ciento presentes en el presente.

Algo tan escuchado y tan poco practicado.

Mercedes Bina

¿Paz? Cuando me preguntan por la paz lo primero que pienso es en amor. Amor, que me lleva a pensar en mis amigas y mi familia.

Paz sentí cuando me desahogué escribiendo en un papel todo lo que sentía y me salía del alma decirle a mi hermana después que ella me escribió una cartita para mi retiro de Mar Adentro. Lloré mucho, y eso me ayudó un montón a sacarme todo ese peso que tenía, ese momento de paz que viví fue un respirar profundo y mirar hacia adelante con mucho optimismo, hacia todo lo nuevo que estaba por venir con ella. También sentí mucha paz en un abrazo fuerte y duradero con una amigota. Fueron de esos que cerrás los ojos y pensás solo en el contacto con la otra persona. Dura todo lo que necesitemos y se siente, y ese momento de paz completa deja un recuerdo hermoso, al que si pudiera fuera adicta.

Antonella Dileo

Así como todo en la naturaleza busca alcanzar y luego permanecer en un estado de equilibrio, las personas tendemos a un estado de paz.

Sería erróneo asociarlo a la tranquilidad, a lo estático, a lo seguro, a lo fijo. No se encuentra donde falta movimiento sino después de un arduo trabajo de búsqueda. Todos tenemos nuestras actividades, proyectos y aspiraciones. Razones y personas por las que nos levantamos de la cama todos los días. Nos desafían, nos ponen a prueba, nos enseñan, nos hacen crecer y nos demuestran constantemente la importancia de ponerle actitud a todo y de saber darle a cada cosa un valor. La libertad irrevocable que intrínsecamente nos fue dada, nos permite tomar nuestras propias decisiones, elegir en qué dar nuestro tiempo y cuánto dar de nosotros mismos, definir cómo encarar las cosas. Aún frente a situaciones de preocupación o desborde o momentos donde toca asumir consecuencias o arreglar errores, no existe lugar para la culpa cuando fuimos protagonistas de nuestra libertad. Contamos con la capacidad de estar tranquilos aún en situaciones de extrema turbulencia.  Nadie aguanta tener algo inconcluso, una carga constante, un problema sin solucionar, una pelea sin reconciliación, ni nada que no nos deje dormir profundo. Así es como se manifiesta nuestra tendencia a un estado de equilibrio. Encuentro la paz todos los días, en el dinamismo constante de nuestra vida cotidiana.

Julieta Vanella

Vivimos en un mundo en el que se nos presentan miles de estímulos cotidianamente. Nos vemos bombardeados por estos en diversas formas. Como noticias, en el diario, como fotos en Instagram o Snapchat, o como conocimiento difundido a través del colegio o facultad.

Al tener un ritmo de vida acelerado, prima una sensación de falta de tiempo.

Yo creo que los estímulos que recibimos son inevitables y muchos de ellos incluso necesarios. Por eso no buscaría rechazarlos, pero sí aprender a descansar de ellos. Poder tomarme algún momento de paz en el que la cabeza esté lo más libre y despejada posible. Esos momentos se pueden buscar aunque también aparecen solos, si se los sabe interpretar. Pueden ser desde ir a misa, meditar, salir a caminar, escuchar una linda canción, etc. Depende de cada uno, y por eso no hay una única receta.

Si bien veo a la paz en algunos momentos concretos, creo que existe también como sensación general. Es decir, uno podría vivir una vida acelerada o súper productiva, sin perder esa sensación de paz en su interior. Como a su vez, se puede vivir muy relajado, sin hacer muchas actividades pero no sentirse en paz.

Me parece que la paz está subvalorada y no terminamos de asumir su importancia porque creemos que se puede vivir sin ella.

Francisco Spector

La paz en el deporte

Por Juliana Giménez y Francisco  Cambilargiu, Estudiantes de 5° año de Sociales de San Gabriel

En las últimas semanas pudimos ver cómo la pintoresca ciudad de Río de Janeiro se tiñó de todos los colores con el comienzo de la 31° edición de los Juegos Olímpicos (JJOO). Cerca de 11.000 atletas de más de 200 países compiten con ansias por llevarse para su país una gloriosa medalla dorada. Estos JJOO cuentan con 41 disciplinas de 28 deportes olímpicos y con la gran novedad de un equipo formado por un total de 10 deportistas elegidos entre un total de 43 refugiados, quienes competirán bajo la bandera olímpica.

Pero no es todo risas y alegrías, ya que por la actualidad en la que vivimos, la amenaza de un atentado terrorista está latente más que nunca en esta edición de los JJOO, por ello, miles de efectivos policiales e incluso personal de las fuerzas armadas locales transitan por las calles de Río y se concentran en las principales sedes donde se desarrollan los juegos.

Estas son solo generalidades para ubicarlos en el contexto, pero lo que buscamos destacar en este artículo, es la buena voluntad de los atletas al competir amistosamente y más que nada con fair play, juego limpio. Pudimos ver infinidades de buenos gestos entre atletas de diferentes países, un abrazo luego de competir, palabras de ánimo y empatía con los perdedores son solo algunos de ellos, porque los atletas tienen más que claros que son rivales, pero no enemigos.

La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió proclamar el 6 de abril como el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz. Este año, diferentes países celebraron la contribución del deporte en el desarrollo del ser humano como vía de incremento social e instrumento universal para la paz. En este último tiempo, el deporte ha demostrando, y sigue demostrando, ser una herramienta muy eficaz para promover la paz y el desarrollo en poblaciones de todo el mundo.

Los Juegos Olímpicos surgen además, para competir en diferentes disciplinas, ganar medallas y sonreír para las fotos, para promover la paz mundial, la amistad, la solidaridad y la justicia, de diferentes formas. Los atletas que compiten y representan a cada país, deben ser un buen ejemplo para las poblaciones de todo el mundo, para demostrar cómo países que quizá se ven en conflictos entre sí, ya sean armados o no,  pueden dejar de lado sus diferencias. Personas que son como todos nosotros, demuestran que a pesar de los diferentes conflictos que puedan llegar a tener, se valoran como personas, no se prejuzgan y se dan una oportunidad el uno al la otro con pequeños gestos, desde sacarse  fotos juntos, hasta tan solo saludarse al finalizar su disciplina.

Uno de los gestos más claros de competencia en paz fue el buen gesto, tanto de los jugadores argentinos como de los brasileros de Rugby 7’, al sacarse una foto en conjunto tras finalizar el partido. A pesar de la derrota de los cariocas, estos reconocen la importancia de promover la paz entre las aficiones de ambos países, que chocan constantemente.

Otro hecho a destacar, es la buena voluntad por parte de dos competidoras en gimnasia artística, provenientes de Corea del Sur y Corea del Norte, quienes al finalizar la dinámica se sacaron una selfie. Cabe destacar que estos países viven en constante choque el uno con el otro, siempre con riesgo de que estalle una guerra. El hecho de que estas dos atletas se tomen una foto juntas parecía inimaginable, pero sin embargo lo hicieron con ansias de calmar las aguas entre sus países.

Estos pequeños gestos, entre otros, que podemos ver en los JJOO, demuestran que es posible competir en paz y armonía, donde tanto atletas como espectadores están en paz, disfrutando del espectáculo. Hoy en día estamos acostumbrados a ver incontables hechos de violencia en el fútbol, por ejemplo, donde los jugadores y fanáticos de diferentes equipos se enfrentan constantemente, dejando heridos y hasta muertos en los estadios y en las calles.

Que estos Juegos Olímpicos sean ejemplo para deportistas y para espectadores, que el deporte se disfruta mucho más si se juega en paz, si el ambiente es sano y agradable. No estemos en contra de las rivalidades, ya que sin rivales no existiría la competencia; estemos en contra de las enemistades, que lo único que hacen es generar un mal momento e impiden que el deporte se mire, se juegue o se viva como se debe, en paz.

 

LA PAZ
Francisco Cambilargiu

La paz… ¿Qué es la paz? Aquello que todo ser vivo anhela, ya sea hombre, mujer o animal. ¿La paz del destino, quizá? ¿La que proporciona la muerte? ¿O la paz en vida que permite a los trabajadores  volver tranquilos a sus hogares, sabedores de que pueden satisfacer una familia y poner el pan en la mesa? ¿Es la paz el saber que tenemos un Dios no arriba nuestro sino que a nuestro lado? ¿Es la paz solo la ausencia de un conflicto armado?

Cada alma busca su destino y la paz es un fin noble, para todos. De algún modo u otro, todos la buscamos, la perseguimos y, al final, damos con ella, sea en forma de sueño eterno o llegando a nuestras fronteras con una bandera blanca, símbolo perpetuo de amistosas y bondadosas almas.

Quien busca la paz merece respeto, más aquellos que la buscan no para su regocijo sino para el de otros, merecen admiración.

Así pues, ¿nos llegará algún día esa paz que algunos tanto ansiamos? Esperemos vivir para verlo.

 

Casa de la Mujer San Gabriel: La Paz en camino

Por Jorgelina Pereyra, Directora Casa de la Mujer San Gabriel
y Jorge Eduardo Scheinig, Párroco San Gabriel

El Año de la Misericordia, propuesto por el Papa Francisco, nos ha predispuesto como comunidad Parroquia-Colegio, a mirar la realidad social desde una nueva perspectiva.

En estos últimos tiempos, ha crecido el número de mujeres con hijos, que viven en situación de calle. Esta problemática es un acto de violencia a la dignidad humana y  a la paz social, porque interrumpe el desarrollo integral de las personas, vulnera su integridad física y emocional, expone su salud a todo tipo de fragilidad, afecta la participación y el compromiso en la sociedad, impulsando la exclusión social y aumentando considerablemente el ausentismo y la deserción escolar.

Las mujeres y sus hijos son el llamado del Dios de la Vida,  para que asumamos nuestro compromiso real,  en favor de promover condiciones de desarrollo, promoción y protagonismo dignos de toda persona.

Así, si nos comprometemos a transformar nuestras relaciones interpersonales,   abordándonos desde nuestro ser sujetos en la sociedad, si respetamos a toda persona en sus capacidades, derechos y deberes, podemos contribuir a la construcción de la paz.

Respetar a las familias, que están saliendo de vivir en la calle  y cuyo único sostén es la mujer-madre, implica proponer un proceso de espiritualidad integradora, donde ella puede sanar su cuerpo, legitimar su conciencia, y caminar por la vida erguida, desde nuevos círculos de autoridad, resignificando el sentido de trascendencia y por ende, el compromiso ciudadano.

Nosotros confiamos que ellas  pueden expresar con sus actos, que es posible la reconciliación con su historia personal y crecer en autoestima y además, pueden vivir desde su identidad, experiencias fundantes que les permitan disfrutar y compartir su paz interior.

Desde esta convicción profunda,  desarrollamos el proyecto de  la Casa de la Mujer San Gabriel. Sus puertas se abren en  Aguado 1324 de la localidad de Vicente López. Nos mueve la esperanza que ellas, pueden tomar su propia vida entre manos,  transformarla y generar así, vida plena. Acompañamos a las mujeres para que puedan crecer en la construcción de espacios donde integren las dimensiones: física, afectiva, socio-económica, de tal manera que puedan vivir de manera autónoma y ayudar a sus hijos a desarrollarse en un ámbito saludable.

Sin duda alguna, este proyecto está atravesado de Vida que se brinda, para que otras mujeres puedan seguir consolidándose, con la dinámica propia del Misterio Pascual que se ofrece, entrega y se transforma.

Así, aportamos desde la comunidad San Gabriel,  nuestro granito de arena,  para que contribuya a la pacificación de la sociedad, donde la equidad es posible. Si nos animamos y nos sumamos, juntos podemos seguir caminando y hacer presente El Reino, propuesta de Jesús en medio nuestro.

La Casa de la Mujer es un proyecto que intenta colaborar en el camino de “sanación”, “afianzamiento” y “promoción de las mujeres con sus hijos que habiten nuestra Casa. Son esas pequeñas familias las principales protagonistas de ese proceso y nosotros, simples servidores, acompañantes y facilitadores, que aseguramos que todo esté bien dispuesto para que se cumpla ese camino, sus pasos y sus pequeñas y grandes metas.

Lo específico de La Casa de la mujer, aquello que quiere ser como una diferencia específica sobre otros proyectos, es su “estilo”. Allí reside lo novedoso y lo particular, es decir, en el modo y en la pedagogía que se implementará en todo momento del camino.

Compartimos algunas características del estilo pedagógico de la Casa:

Reconocemos que en el Evangelio tenemos la fuente inspiradora tanto de los contenidos esenciales, los criterios de vida, los principios orientadores, como así también de los gestos y de las actitudes que deben animar la vida de nuestra Casa. Además, en esa Palabra viva que es Jesús, podemos descubrir el camino a transitar y los pasos delicados que debemos dar con todo el grupo y con cada familia. La Casa debe tener muy en cuenta a cada mujer, a cada familia y a todo el grupo como verdadera familia grande y comunidad. Como círculos concéntricos, el núcleo familiar de las mujeres y sus hijos, se agranda en otro que se conforma con el equipo técnico, con otro, constituido también con el equipo directivo, con otro en el que participan las cuidadoras de la casa de día y de noche y con uno mucho más grande integrado ya por la comunidad de San Gabriel y sus voluntarios.

En nuestro Dios Padre y Madre, sentimos que la vida de cada uno, de cada una, puede tomar siempre un valor y un sentido nuevo. Bajo la mirada amorosa de Dios todos somos valiosos, nadie es descartable. Por eso, toda persona se juega más hacia el futuro que hacia el pasado. Cada persona, cada familia, tiene más de proyecto abierto hacia la novedad del futuro y hacia la promesa, que hacia la historia pasada que muchas veces nos detiene, y bloquea. Lo pasado es para nosotros fuente de aprendizaje. El pasado no nos condena. La escucha atenta, el silencio y la discreción serán modos concretos de respetar entrañablemente nuestras historias.

Nos proponemos generar un clima de respeto a la historia personal y familiar de cada mujer, sin juicios ni prejuicios, por ser parte de la identidad profunda, a la que nos acercaremos siempre con máxima delicadeza y ternura, a fin de ayudar a que sea asumida con honestidad y realismo, pero también con mucha consideración y cuidado hacia el misterio que encierra cada situación vivida y que siempre sobrepasa nuestro entendimiento. Para sanar, necesitamos asumir el pasado sin culpa y ahí está nuestro Dios, que nos perdona y libera interminablemente y nunca se cansará de hacerlo. Nosotros también debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y saber perdonar continuamente y de corazón al hermano. La Casa es Casa de perdón.

El Espíritu de Dios nos hace libres para pensar, proyectar, discernir, decidir, hacernos cargo y responsables de la vida. El Espíritu siembra en nuestro interior el deseo de vida plena y nos acompaña para que podamos desarrollarnos y ser en verdad felices. Cada mujer, cada niño, cada familia que habite en nuestra Casa, está invitada a escuchar ese llamado profundo de Dios y nosotros facilitaremos esa escucha, tratándonos especialmente con gestos sobreabundantes de humanidad y misericordia.

La vida es un don y una tarea, la recibimos de Dios y de muchos, y está en nuestras manos hacerla crecer. Cada persona tiene la capacidad de ser sujeto de su propia historia y la de su familia. Los que participemos de la Casa necesitaremos cuidar en todo momento el sentido de gratitud y compromiso con lo recibido. Nunca desalentaremos al otro, nunca lo desvalorizaremos, nunca lo excluiremos de la mesa de la vida. Por el contrario, nos daremos ánimo para encarar el día a día y el futuro, con esperanza de saber que es posible ser dignos y vivir con dignidad. Todos somos capaces de más y podemos crecer en capacidades y habilidades.

Nuestra pedagogía mira hacia el futuro y anima a implicarse en la reinserción plena a la vida social y esto nos responsabiliza a todos en saber hacer buenas elecciones, saber tomar las decisiones correctas y oportunas, y saber comprometernos en la vida cotidiana y sus circunstancias. Para esto, necesitamos fortalecer y afianzar a cada mujer y a cada familia para que estén seguras de sí mismas y sin miedos antes las dificultades y desafíos, grandes o pequeños.

Todos necesitamos apoyos. Necesitamos apoyarnos en otros, en estructuras, en certezas, en sentimientos fuertes, en el trabajo, en un sueldo digno, en un techo, en el acceso a la salud, en una mesa servida… La Casa desea ser un apoyo para la vida vulnerada de las familias que la habiten y todos los recursos que serán puestos a disposición y al servicio de ellas, deben ser apoyos concretos que ayuden a dar pasos firmes hacia la inserción e inclusión social plena.

La Casa es nuestra Casa. Todos estamos invitados a cuidarla en todo, pero muy especialmente en este estilo de vida, que de corazón deseamos llevar adelante. Estamos profundamente convencidos que el estilo de vida de Jesús y de su Misericordia puede hacer maravillas en todos los que participemos de este sueño común, signo del Reino de Dios.

datos

La paz

Por Mamerto Menapace, Monje de Los Toldos

Cuando una persona que vive normalmente en la ciudad llega al monasterio, es frecuente que comente de entrada y con agradable sorpresa:

– ¡Qué paz que se respira aquí!

Probablemente esto sea cierto desde su punto de vista, porque al venir del ruido y del acelere, el contraste es muy fuerte. Por lo general aquí nadie grita, uno se cruza con relativamente poca gente, y no se aturde con los ruidos del tránsito ciudadano. Más que una presencia, pareciera que el primer contacto con la paz es el de una ausencia de cosas que habitualmente a uno lo tienen acorralado, una cierta sensación de libertad y hasta de bienestar.

Pero luego de un rato y de haber acomodado sus pocas pertenencias en la celda que se le asigna, comienza a entrarle un cierto desasosiego. En vano se busca llenar el silencio con algo. No hay televisor ni radio (¡a menos que uno se haya traído la computadora!) y sobre todo, uno se siente desvalido al darse cuenta de que en su habitación no hay señal para el celular. Y quizá tampoco se anima a preguntar. Aunque luego de unas horas descubre que en ciertos lugares del parque se puede encontrar una relativa señal, que se corta a menudo.

Y ahí comienza a desmoronarse un poco la sensación de paz que inicialmente se sentía con fuerza. Uno constata que hay ruidos. Quizá no tanto los de afuera, cuanto los de adentro de uno mismo. Comienza un desasosiego y se mira con insistencia el horario y el reloj para saber cuánto falta para la oración de los monjes o para la comida de la hospedería. Porque de alguna manera no se sabe qué hacer con el tiempo y sobre todo con el silencio.

Entre los instrumentos que el monje tiene que utilizar para su vida, San Benito coloca un axioma que dice:

¡Busca la Paz. Y síguela!

Pareciera que se imagina a la paz como algo que está en camino y hay que meterle pata para alcanzarla y luego más pata aún para seguirla. Tiene mucho de esfuerzo, de entrenamiento diario, de carrera, si se quiere. No se la puede agarrar para quedarse y gozarla como una sandía que una encuentra por casualidad entre el yuyal. Hay que alcanzara y luego seguirla por donde ella nos lleve, como se hace en la montaña con un buen guía que nos quiere conducir a la cumbre.

 

Es que en realidad al monasterio no se viene a buscar algo, sino a alguien. Los monasterios siempre quisieron ser lugares de paz. Incluso hay un libraco gordo con muchas ilustraciones que muestran las principales abadías de todo el mundo y lleva el título en Latín “Loco ubi Deus queritur”, es decir: Lugares donde se busca a Dios.

Generalmente la gente que viene a hospedarse en un monasterio puede quedarse solo un par de días, a lo sumo sumarle otras dos mitades entre llegada y partida. En el primero uno se siente desubicado, en el segundo busca ubicarse y cuando tienen que partir ya se da cuenta de que se le pasó la oportunidad. Diría que se le borró la sensación de paz que había experimentado en el primer momento. Y puede ser que hasta tenga ganas de reencontrarse nuevamente con aquello a lo que está habituado y sienta urgencia de regresar a lo suyo para retomar lo cotidiano.

Si la cosa ha sido así, su estadía fue un éxito. No encontró lo que buscaba, sino lo que necesitaba. Se encontró consigo mismo y con el Señor. Y más aún, si tuvo la oportunidad de abrir su corazón a alguien que lo escuchó y no le dijo gran cosa. Recién con el pasar de los días, y en su rutina diaria, comenzará a darse cuenta de la paz que encontró en ese parate que hizo en el monasterio, rezando con los monjes y perdiendo el tiempo en el parque escuchando la naturaleza o leyendo lo que encontró en la celda, por no saber qué hacer. Pudo pararse un rato y no le quedó más remedio que toparse con la paz, que lo invitó a buscarla y seguirla luego en la vida diaria.

Les cuento una experiencia. En una de mis salidas por estos caminos de tierra, una siesta de verano, luego de unas horas de caminata, sentí un tremendo cansancio. En realidad lo que sentía era sed y por eso debilidad. Necesitaba que alguien me diera fuerzas. Pero no había a la vista nada ni nadie a quien pedirle ayuda. Solo un alambrado y a unos cien metros, un molino con su tanque australiano para llenar bebederos. Crucé el alambrado y trepé el terraplén del tanque para alcanzar el chorro de agua fresca. No había ni siquiera una sombrita. Lo único que me podía ofrecer el molino era un poco de agua fresca, bebida trago a trago trayéndola a la boca en el cuenco de las manos. Luego de tomarla, miré el horizonte que se había agrandado un  poco gracias a la altura desde donde lo observaba. Pero no podía pedir nada más. Solo otro poco de agua antes de descender. Solo cuando estuve de regreso en el monasterio, me di cuenta que aquel molino con su poco de agua fresca, me había regalado todo el resto del camino.

¿Qué es la paz? No lo sé, pero me la imagino así. Es tener esperanza. Es decir, creer tanto en el futuro, que podamos vivir el pasado sin rencor y con fidelidad el presente. Y si esto puede lograrse con alegría, mucho mejor. El Papa Francisco diría, con una frase medio filosófica y difícil de entender de entrada:

“El tiempo es superior al espacio”.

Yo diría que existen más cosas que las que logro ver. Y caminar hacia ellas es avanzar. Y alcanzar es buscar la paz… y seguirla.

Sed de paz, religiones y culturas en diálogo

Discurso del Papa Francisco
Jornada Mundial de Oración por la Paz
Asís, 20 de septiembre 2016[1]

[1] Para ver el texto completo: http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/09/20/asis.html

 

“Santidades, Ilustres Representantes de las Iglesias, de las Comunidades cristianas y de las Religiones, queridos hermanos y hermanas:

Os saludo con gran respeto y afecto, y os agradezco vuestra presencia. Doy las gracias a la Comunidad de Sant’Egidio, a la Diócesis de Asís y a las Familias Franciscanas que han preparado esta jornada de oración. Hemos venido a Asís como peregrinos en busca de paz. Llevamos dentro de nosotros y ponemos ante Dios las esperanzas y las angustias de muchos pueblos y personas. Tenemos sed de paz, queremos ser testigos de la paz, tenemos sobre todo necesidad de orar por la paz, porque la paz es un don de Dios y a nosotros nos corresponde invocarla, acogerla y construirla cada día con su ayuda.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Muchos de vosotros habéis recorrido un largo camino para llegar a este lugar bendito. Salir, ponerse en camino, encontrarse juntos, trabajar por la paz: no sólo son movimientos físicos, sino sobre todo del espíritu, son respuestas espirituales concretas para superar la cerrazón abriéndose a Dios y a los hermanos. Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia.

No podemos permanecer indiferentes. Hoy el mundo tiene una ardiente sed de paz. En muchos países se sufre por las guerras, con frecuencia olvidadas, pero que son siempre causa de sufrimiento y de pobreza. En Lesbos, con el querido Patriarca ecuménico Bartolomé, he visto en los ojos de los refugiados el dolor de la guerra, la angustia de pueblos sedientos de paz. Pienso en las familias, cuyas vidas han sido alteradas; en los niños, que en su vida sólo han conocido la violencia; en los ancianos, obligados a abandonar sus tierras: todos ellos tienen una gran sed de paz. No queremos que estas tragedias caigan en el olvido. Juntos deseamos dar voz a los que sufren, a los que no tienen voz y no son escuchados. Ellos saben bien, a menudo mejor que los poderosos, que no hay futuro en la guerra y que la violencia de las armas destruye la alegría de la vida.

Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración. En esta jornada, la sed de paz se ha transformado en una invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y la violencia. La paz que invocamos desde Asís no es una simple protesta contra la guerra, ni siquiera «el resultado de negociaciones, compromisos políticos o acuerdos económicos, sino resultado de la oración». Buscamos en Dios, fuente de la comunión, el agua clara de la paz, que anhela la humanidad: ella no puede brotar de los desiertos del orgullo y de los intereses particulares, de las tierras áridas del beneficio a cualquier precio y del comercio de las armas.

Nuestras tradiciones religiosas son diversas. Pero la diferencia no es para nosotros motivo de conflicto, de polémica o de frío desapego. Hoy no hemos orado los unos contra los otros, como por desgracia ha sucedido algunas veces en la Historia. Por el contrario, sin sincretismos y sin relativismos, hemos rezado los unos con los otros, los unos por los otros. San Juan Pablo II dijo en este mismo lugar: «Acaso más que nunca en la historia ha sido puesto en evidencia ante todos el vínculo intrínseco que existe entre una actitud religiosa auténtica y el gran bien de la paz»  Continuando el camino iniciado hace treinta años en Asís, donde está viva la memoria de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco, «reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda» que ninguna forma de violencia representa «la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción». No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa. Sólo la paz es santa, y no la guerra.

Hoy hemos implorado el don santo de la paz. Hemos orado para que las conciencias se movilicen y defiendan la sacralidad de la vida humana, promuevan la paz entre los pueblos y cuiden la creación, nuestra casa común. La oración y la colaboración concreta nos ayudan a no quedar encerrados en la lógica del conflicto y a rechazar las actitudes rebeldes de los que sólo saben protestar y enfadarse. La oración y la voluntad de colaborar nos comprometen a buscar una paz verdadera, no ilusoria: no la tranquilidad de quien esquiva las dificultades y mira hacia otro lado, cuando no se tocan sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos cuando los problemas no son suyos; no el enfoque virtual de quien juzga todo y a todos desde el teclado de un ordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos ni ensuciarse las manos para ayudar a quien tiene necesidad. Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner en el primer lugar a los que sufren; el de afrontar los conflictos y sanarlos desde dentro; el de recorrer con coherencia el camino del bien, rechazando los atajos del mal; el de poner en marcha pacientemente procesos de paz, con la ayuda de Dios y con la buena voluntad.

Paz, un hilo de esperanza, que une la tierra con el cielo, una palabra tan sencilla y difícil al mismo tiempo. Paz quiere decir Perdón que, fruto de la conversión y de la oración, nace de dentro y, en nombre de Dios, hace que se puedan sanar las heridas del pasado. Paz significa Acogida, disponibilidad para el diálogo, superación de la cerrazón, que no son estrategias de seguridad, sino puentes sobre el vacío. Paz quiere decir Colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que es un don y no un problema, un hermano con quien tratar de construir un mundo mejor. Paz significa Educación: una llamada a aprender cada día el difícil arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la conciencia de toda tentación de violencia y de rigidez, contrarias al nombre de Dios y a la dignidad del hombre.

Aquí, nosotros, unidos y en paz, creemos y esperamos en un mundo fraterno. Deseamos que los hombres y las mujeres de religiones diferentes, allá donde se encuentren, se reúnan y susciten concordia, especialmente donde hay conflictos. Nuestro futuro es el de vivir juntos. Por eso, estamos llamados a liberarnos de las pesadas cargas de la desconfianza, de los fundamentalismos y del odio. Que los creyentes sean artesanos de paz invocando a Dios y trabajando por los hombres. Y nosotros, como Responsables religiosos, estamos llamados a ser sólidos puentes de diálogo, mediadores creativos de paz. Nos dirigimos también a quienes tienen la más alta responsabilidad al servicio de los pueblos, a los Líderes de las Naciones, para que no se cansen de buscar y promover caminos de paz, mirando más allá de los intereses particulares y del momento: que no quede sin respuesta la llamada de Dios a las conciencias, el grito de paz de los pobres y las buenas esperanzas de las jóvenes generaciones. Aquí, hace treinta años, san Juan Pablo II dijo: «La paz es una cantera abierta a todos y no solamente a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal». Hermanas y hermanos, asumamos esta responsabilidad, reafirmemos hoy nuestro sí a ser, todos juntos, constructores de la paz que Dios quiere y de la que la Humanidad está sedienta”.

Sed de Paz

Como en cada número de la Revista, intentamos presentar el tema elegido desde diversas perspectivas. Y bien decimos diversas, porque aspiramos a poner énfasis en lo heterogéneo, lo plural, para que la mayor cantidad posible de lectores se sientan interpelados con alguno de los artículos.

Es difícil pensar la PAZ disociada de la violencia, es casi un paradójico binomio. Y al mismo tiempo, bien sabemos que la PAZ es mucho más que no-violencia.

En esta edición presentamos artículos acerca de la PAZ interior relacionada con la espiritualidad y desde la mirada de la psicología y también, la PAZ en  el ámbito social, político, religioso, deportivo, artístico…

La PAZ como un bien multidimensional, es necesario observarla desde múltiples ángulos, que van de lo particular a lo general, de lo individual a lo colectivo. Es un ejercicio pendular que oscila entre lo macro y lo micro.

A nivel macro, pensemos en las cifras monstruosas que arrojan algunos estudios y que producen escozor: en 2015 en el mundo hubo 35 conflictos armados, de los cuales un tercio fueron de alta intensidad, causando miles de víctimas mortales (los más letales fueron 55.000 en Siria, 16.000 en Iraq, 4.000 en Ucrania…). El 70% de estos conflictos tuvieron lugar en países con graves desigualdades de género y la violencia sexual se utilizó de manera deliberada como arma de guerra. Esto llevó a que más de 60 millones de personas fueran desplazadas de manera forzosa, a causa de conflictos, violencia y persecución.

Este escenario seguramente nos deja pasmados en la impotencia. No obstante, es bueno saber que durante 2015 hubo una serie de procesos de PAZ que se pusieron en marcha en 39 contextos de negociación. Los principales fueron en Colombia, Chipre, Sudán del Sur, Afganistán, Tailandia.

Teniendo en cuenta la evolución y naturaleza de varios escenarios, se sabía que durante 2016 los mismos podían empeorar y convertirse en focos de inestabilidad y violencia todavía más graves. Todo esto sin mencionar al terrorismo, que por su complejidad requeriría de un análisis tan extenso y profundo, que trasciende el objetivo de esta publicación. Como es sabido, tanto al-Qaeda como ISIS han hecho llamamientos a ataques yihadistas de “lobos solitarios” contra objetivos en Occidente y esto trajo como consecuencia, el ascenso de discursos de ultraderecha y xenófobos en Europa y Estados Unidos, obstaculizando la centralidad de la PAZ.

Como vemos, es ínfimo el margen de maniobra que tenemos los seres humanos “comunes y corrientes” para incidir ante la perspectiva macro. Esas son decisiones que se toman en otras esferas.

Sin embargo, a nivel micro, cuando ponemos la lupa más cerca de la esencia del ser, de lo humano, observamos otro tipo de situaciones y actitudes que también son generadoras de conflicto, algunas de ellas sutiles, otras no tanto. A modo de ejemplo, podemos tomar algo tan simple como el lenguaje —para nada inocente ni inofensivo— como “disparador” de violencia. En el lenguaje cotidiano a través de la palabra, aparece con frecuencia un maltrato que ha sido tan naturalizado, que ya ni lo percibimos como tal. Aparecen modos discriminatorios como insultos y menosprecios, incluso hacia algunas minorías, hacia personas diferentes o hacia las mujeres, estos últimos bajo la forma de comentarios o actitudes rústico-machistas.

Así como la palabra puede ser generadora de violencia —de hecho la Carta de Santiago nos dice que la lengua es un mundo de maldad, incontrolable, llena de veneno mortal y que de la misma boca sale bendición y maldición (Carta de Santiago: 3,5-10) también la palabra puede ser fuente de pacificación, cuando aparece un trato afectuoso, respetuoso, amoroso.

Pero además de la palabra, vivimos a cotidiano situaciones que si bien son menores, también generan malestar y conflicto innecesarios. Enumeremos algunas de ellas: avivadas como colarse en una fila; pasar por la derecha a un auto para arrancar primero en el semáforo; no ser agradecidos ante algo tan simple como cuando alguien mantiene una puerta abierta para que pasemos; no dar prioridad a los peatones cuando manejamos un auto; ser indiferentes o ningunear cuando no respondemos mensajes, con el pretexto de que recibimos tal caudal de comunicaciones; dejar la puerta del ascensor abierta mientras charlamos con el encargado, sin importar el perjuicio de vecinos que están esperando para poder usar el ascensor;…

Este nivel micro pareciera ser más abordable para incidir y transformar algunas situaciones y desactivar, tan solo con un poco de civilidad, el mecanismo de malestar que puede desencadenar en una escalada violenta que nos aleja de la PAZ.

Así, la PAZ no es una entelequia que aparece en la nube de lo abstracto, o en el deseo de algunos románticos pacifistas. La PAZ es bien concreta. Es un bien público que podemos proponernos construir entre todos los miembros de la sociedad, desde las unidades más pequeñas: uno mismo, familia, colegio, barrio; hasta las más grandes: ciudad, país, región, planeta. Al apropiarnos de la PAZ como bien público, se puede reconstruir el tejido social y la convivencia pacífica.