ORACIÓN POR NUESTRA TIERRA

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el Universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta Tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan solo beneficios
a costa de los pobres y de la Tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.

ÉTICA Y ECONOMÍA DESDE LA FE ISLÁMICA

Por Hasan Bize[1]
Imam de la Asociación Islámica Yerrahi para el Desarrollo Espiritual

  1. La economía a la luz del Islam y de la fe

Indiscutiblemente en nuestra época la economía es la reina de la que todo depende, y a la que todo se subordina. Pese a su etimología griega es una ciencia moderna, y me atrevería a redefinirla —sin ánimo de ofender—, como “la ciencia de los efectos globales del egoísmo, el miedo y la codicia humana”. Sin egoísmo, sin miedo a perder o a no conseguir el sustento de cada día, y sin avidez por tener más o “juntar por si acaso”, no habría economía.

Esta caracterización —que admito simplista— tiene mucho que ver con la fe (o mejor dicho: con la falta de fe). Uno de los principios comunes de las grandes tradiciones religiosas abrahámicas es la existencia de un Creador que provee a sus criaturas sin mezquindad. Dice el Sagrado Corán:

En verdad, Dios es Quien otorga la provisión con abundancia… (51:58).

Y Dios provee a quien quiere sin medida (2:212, etc.).

Y decía Jesús a los preocupados por el sustento:

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan… y vuestro Padre celestial las alimenta. (Mateo, 6:26)

Pero no obstante, hoy en día confiamos más en el dinero que tenemos en el bolsillo que en la Providencia del Misericordioso:

¡Guay de todo difamador contumaz! Que junta dinero y lo cuenta. ¿Piensa acaso que su dinero lo hará eterno? (104:1 a 3).

El Islam es una de esas tradiciones abrahámicas, la última en ver la luz en el siglo VII de la era común. Como religión, el Islam no se circunscribe solo al ámbito íntimo del hombre, sus creencias, cosmovisión y conducta ética, sino que se proyecta en lo social, político y también económico, porque posee un corpus normativo, es decir un derecho propio que abarca todos los aspectos de la vida humana, tanto individual como social. ¿Eso incluye un sistema o modelo económico? Naturalmente que no, no había ciencia económica en el siglo VII. Pero sí transmite una serie de imperativos de conducta que inciden en la actividad económica y que son coherentes con la fe y los principios éticos que promueve. A un breve análisis de esto están dedicadas estas líneas.

  1. Algunas normas económicas del derecho islámico

La ley islámica tiene dos fuentes: el Sagrado Corán (la Palabra de Dios para los musulmanes) y la enseñanza del Profeta Muhammad (Mahoma), que se conoce como la Sunnah. Sobre esta base escrituraria —el Corán y la Sunnah— se apoya el edificio del derecho islámico o fiqh, también conocido genéricamente como sharî‘ah o ley sagrada. Veamos algunas de esas disposiciones.

2.1. La prohibición del incremento injusto (ribâ)

El término árabe ribâ se traduce a veces como “usura”, o sea el interés excesivo en un préstamo. Pero “usura” no es una traducción adecuada de ribâ. En árabe ribâ designa a todo incremento artificial o injusto en el valor de algo sin un trabajo o contraprestación que lo justifique, se trate de mercaderías o dinero. Dice el Sagrado Corán:

“Quienes usureen [lit.: “coman”, es decir “medren” con el ribâ] no se levantarán sino como se levanta aquél a quien Satanás ha derribado con sólo tocarle, y eso por decir que el comercio es como el incremento injusto (ribâ), siendo que Dios ha hecho lícito el comercio y ha prohibido el ribâ. Quien exhortado por su Señor renuncie [a seguir cobrando ribâ] conservará lo que haya ganado. Su caso está en manos de Dios. Los reincidentes, esos serán los condenados al Infierno y en él permanecerán para siempre” (Corán, 2:275).

Y añade enseguida:

“Dios hace que se malogre el ribâ y hace fructificar la limosna…” (2:276).

Destacando así lo improductivo del egoísmo y lo fructífero de la caridad. En el fondo el ribâ alude a un mecanismo del egoísmo humano que desemboca en la avidez y la codicia, lo cual queda claro en otra condena coránica:

¡Oh creyentes! ¡No medréis con el incremento injusto (ribâ), doblándolo y multiplicándolo! ¡Temed a Dios, quizás así prosperéis! (3:130).

Tradujimos como “incremento injusto” a la palabra ribâ, para dejar en claro que lo prohibido no es solo la usura: sin importar el porcentaje, el interés por cualquier transacción está prohibido en la ley islámica.

También en la tradición profética o Sunnah se condena este incremento injusto o ribâ y de alguna manera se lo caracteriza:

“El Mensajero de Dios dijo: «[Los intercambios deben ser] El oro por oro, la plata por plata, el trigo por trigo, la cebada por cebada, los dátiles por dátiles y la sal por sal, algo por lo equivalente, igual por igual, de mano a mano. El que agrega algo o pide que le agreguen está haciendo ribâ. El que da y el que recibe están equiparados [en cuanto a culpabilidad]»”. (Sahih Muslim, h. 3854).

Esta prohibición del interés hizo que hasta la época moderna no hubiera bancos en el mundo islámico, lo cual no fue óbice para el esplendor y la prosperidad de los musulmanes durante más de un milenio, desde el siglo VIII hasta las puertas de la modernidad (siglo XVIII). El califato abasí (s. VIII a XIII), la próspera España musulmana (Al-Andalus: siglos VIII a XV), los poderosos imperios Otomano (Turquía, Europa y Oriente Medio), Safaví (Persia) y Mogol (India), son todos ejemplos en este sentido.

2.2. La banca islámica

En las últimas décadas ha aparecido la “banca islámica”, bancos que no cobran ni pagan interés, sino que recolectan depósitos, hacen inversiones productivas lícitas según la sharî‘ah, y distribuyen ganancias entre los depositantes. Varios países musulmanes han legislado al respecto, y en algunos es el único sistema bancario permitido.

Un banco islámico no tiene inversiones “seguras” como los bancos convencionales (que solo “prestan” a los solventes, o bajo garantía real: prendaria o hipotecaria, e incluso asegurando las deudas a costa del deudor), tiene inversiones de riesgo: puede asociarse con personas o sociedades en actividades industriales o de servicio suministrando el capital, repartiendo las ganancias (o pérdidas) en los porcentajes que fija la ley sagrada; puede hacer operaciones de leasing con condición de transferencia de propiedad; compra y arriendo de granjas, etc., etc.[2]

La banca islámica está prosperando incluso en Europa donde algunos bancos importantes tienen divisiones de banca islámica. Naturalmente sus ganancias no son las de la banca tradicional, pero no han participado [ni hubieran podido hacerlo] en las grandes crisis financieras y de las “hipotecas basura” que conocimos en la última década, para dar solo un ejemplo.

2.3. El zakat

Uno de los cinco pilares del Islam es el zakât, la limosna[3], mencionada más de treinta veces en el Sagrado Corán. La palabra zakât significa “purificación”, pues el creyente purifica sus bienes [de los cuales es solo un usufructuario] entregando anualmente un porcentaje (generalmente un 2,5%) de su riqueza. Los pobres no están obligados al zakât y sí calificados para recibirlo.

El zakât enseña la caridad y la solidaridad social, y entre sus disposiciones hay algunas que encierran una gran sabiduría y equidad. El zakât de las cosechas, por ejemplo, es más bajo en tierras irrigadas artificialmente, y más alto cuando es suficiente la irrigación natural. Se desalienta el atesoramiento excesivo de riquezas a través de su aplicación acumulativa en algunos casos (oro, plata, dinero, mercancías), pues es propio de la fe confiar en la provisión que Dios promete a todas sus criaturas.

La distribución del zakât está definida en el Sagrado Corán:

“Las limosnas son sólo para [distribuir entre] los pobres, los indigentes, los recaudadores [en pago por su trabajo], los débiles de corazón [que pueden gracias a ello inclinarse a la fe], para [rescatar/liberar a] los cautivos [o esclavos] y a los quebrados, para la Causa de Dios y para el ‘hijo del camino’ [viajero que se quedó sin recursos]. Es [el zakât] una obligación que viene de Dios, pues Dios es Conocentísimo y Sabio” (9:60).

2.4. Otras normas ético-económicas

La tradición profética o Sunnah contiene numerosas disposiciones (éticas y obligatorias) para la actividad económica que han contribuido a conformar una ‘actitud cultural’ islámica respecto de la economía en todas sus vertientes. Veamos algunas de ellas:

1) Está prohibido alquilar la tierra por una parte de la producción de la misma: la tierra es para quien la cultiva (no en propiedad pero sí en usufructo), esto desalienta los latifundios improductivos. Al respecto dice una tradición:

“El Mensajero de Dios dijo: «El que tenga tierras que las cultive, pero si no puede cultivarlas o se siente incapaz de hacerlo que se la preste a su hermano musulmán sin aceptar pago por ella»”. (Muslim, 3719).

2) Prohibición de prácticas comerciales desleales tratando de obtener una ventaja injusta, como el caso del citadino que vende en nombre del hombre de campo, mentir sobre la mercadería, o la puja falsa en una venta para elevar el precio, etc.

“El Mensajero de Dios dijo: «No salgáis al encuentro de jinetes [de una caravana] para negociar con ellos [mejores precios antes de que lleguen a la ciudad]…, ni regateéis contra otro [elevando artificialmente el precio]. Que el citadino no venda para el hombre de campo [porque lo perjudica y eleva los precios de la producción hortícola]. Que no se aten las ubres de las camellas y las ovejas [para simular que dan mucha leche]…»”. (Muslim, 3620).

3) El perdón, remisión o quita parcial de las deudas, y la extensión de sus plazos a los que han tenido una mala racha, y también la condena de la morosidad del rico. Esto se apoya en muchas tradiciones, por ejemplo:

“El Mensajero de Dios dijo: «Los ángeles se llevaron el alma de un hombre que vivió entre los que os precedieron. Le preguntaron: ‘¿Has hecho algo bueno?’ Respondió: ‘No’. Dijeron: ‘Haz memoria’. Dijo: ‘Solía dar préstamos a la gente y ordenaba a mis siervos que les dieran prórroga a los que estaban en dificultades y descuentos a los solventes’. (Entonces) Dios, Exaltado y Majestuoso, dijo: ‘Debéis ignorar (sus errores)’»”. (Muslim, 3788).

“El Mensajero de Dios dijo: «El retraso del rico [en el pago] es una injusticia…»”. (Muslim, 3796).

Y otras muchas que omitimos brevitatis causae.

  1. Epílogo

De este paseo a vuelo de pájaro por la ley islámica y algunas de sus normas ético-económicas queda claro que el Islam condena el egoísmo, y que este aparece cuando el hombre cree que solo depende de sí mismo pues ha olvidado a su Creador.

Hemos hablado de “ley”, y claramente no es lo mismo la ley de Dios que la ley del hombre. El Creador conoce a Su criatura, el hombre todavía trata de conocerse a sí mismo. Pero la ley de Dios tiene un requisito previo: la fe. De nada sirve una ley sagrada sin fe, pues sería como cualquier ley positiva, y todos conocemos el refrán que dice “hecha la ley, hecha la trampa”. El creyente, en cambio, sabe que no puede sustraerse a la mirada de su Señor:

Dios conoce bien lo que hacéis. (Sagrado Corán, 2:234 y 271, etc.)

Y sabe también, sobre todo, que su mejor retribución no está en este mundo:

Y sin duda, para los creyentes piadosos, la recompensa de la otra vida es mejor aún [que la de este mundo]. (12:56)

Y la fe, el único verdadero remedio para los problemas del hombre, se construye y apoya en actos concretos, de adentro hacia afuera, prefiriendo al otro antes que a uno mismo. Así los define el Sagrado Corán hablando de los primeros musulmanes y su actitud con sus compañeros:

“…y les prefieren a sí mismos aunque se encuentren en estado de necesidad. Aquellos que están a salvo de su propia avaricia, esos son los triunfadores”. (59:9).

O como dijo el Profeta Muhammad:

“Ninguno de vosotros creerá realmente hasta que quiera para su hermano [en la fe] lo que quiere para sí mismo”.

[1] Imam de la Asociación Islámica Yerrahi para el Desarrollo Espiritual, Profesor de árabe clásico, y de cultura y pensamiento islámico en la Maestría en Diversidad Cultural, Universidad Nacional de Tres de Febrero.

[2] Por razones de espacio no podemos profundizar en el tema, pero basta con googlear “banca islámica” o “islamic banking” para tener una idea de la dimensión del fenómeno.

[3] Los otros cuatro son la profesión de fe (“No hay divino sino Dios y Muhammad es Su Profeta”), la oración diaria, el ayuno en el mes de Ramadán, y la peregrinación a los lugares sagrados.

¿QUÉ LE ESTÁ PASANDO A NUESTRO MUNDO?

Rabino Fabián Skornik
Comunidad Lamroth Hakol

Esta pregunta se repite desde hace mucho tiempo, nos aqueja, nos atormenta alertándonos acerca de cambios y amenazas que afectan nuestra vida. Expresa algo así como un reclamo al mundo, o a su Creador, que por fallas en su constitución, podríamos vernos afectados. Detrás de ella asoma la idea de una garantía, que quisiéramos saber si todavía está vigente, si podemos hacer el trámite correspondiente para que quien lo haya fabricado pueda responder por los errores que nos afectan, o en su defecto lo pueda cambiar por uno en mejor estado.

Pero la mayor dificultad que tiene esta pregunta es que nos coloca en un lugar equivocado, no pone el foco donde debería ponerlo y nos impide analizar honestamente el verdadero problema. En lugar de empezar por contestar la pregunta les propongo que la volvamos a formular, para no caer en la trampa de desviar la atención de donde deberíamos ponerla, y evadir así toda responsabilidad.

Para poder hacerlo los invito a un recorrido, desde los textos sagrados del pueblo judío, que puedan guiarnos en esta búsqueda, y nos arrojen un poco de luz acerca de la cosmovisión de este pueblo, que además nos otorguen algo de inspiración que nos impulse a comprometernos con la construcción de un mundo mejor.

La Torá (el Pentateuco) comienza su relato con la creación. Y si la analizamos desde la ciencia nos encontraremos con una enorme dificultad que nos permita armonizar entre esa mirada y la religiosa.  Y no debiéramos enfrentarnos a la disyuntiva de tener que elegir entre ambas. Sugiero pensar que cada una de ellas se enfrenta a objetivos  diferentes, responden a preguntas distintas, y nos arrojan dos miradas que pueden ser complementarias, y no excluyentes entre sí.

La ciencia viene a contestar la pregunta acerca de cómo funciona el mundo, le interesa desmenuzar y explicar. Separa las cosas y ve cómo están constituidas.  En cambio la religión intenta contestar la pregunta para qué. Frente a la existencia le importa entender la razón de ser, la finalidad, el objetivo último. Se trata de unir las cosas y darle significado.

El relato de la creación del mundo puede ser nuestro punto de partida para entender la voluntad de D´s respecto a nosotros. ¿Para qué nos creó D´s? ¿Con qué fin nos colocó en este mundo? ¿Cuál es nuestro lugar en esa creación? ¿Qué debemos hacer para que nuestras vidas tengan sentido y significado?

Empecemos entonces con algunas de las miles de enseñanzas que nos deja este breve pero profundo relato. El primer día D´s crea la luz, como opuesto a la oscuridad que reinaba en este mundo. Uno podría conjeturar que es bastante lógico hacerlo ya que ella será imprescindible para el desarrollo de la vida. Salvo que el sol será creado el cuarto día, y todos sabemos que es ese astro la fuente de toda luz. Que sin sol esta no existe.

Enseñan los rabinos que esa luz inicial es la representación de la paz, de la armonía, del equilibrio, como opuesto al caos que describe la Biblia que existía en el comienzo. El mundo es llamado a la existencia para dejar atrás la oscuridad y llenarse de luz, sólo así podrá haber vida, solo con ella estaremos cumpliendo con la voluntad divina. Una de nuestras tareas más importantes en la vida, que dan sentido a nuestra creación es convertirnos en socios de D´s y traer paz, ayudar a conseguirla, trabajar para alcanzarla. Y no me refiero solo a la paz entre las naciones, a la ausencia de guerras con armas de destrucción masiva, sino también a la manera en la que nos relacionamos con nuestro prójimo, a la forma en la que nos tratamos, nos hablamos, nos saludamos y al compromiso que estamos dispuestos a asumir para que cada vez más personas puedan lograr sentirse en paz.

Luego de ese acto creador, D´s observa y sentencia una fórmula que se repetirá al finalizar cada creación: “Y vio D´s que era bueno”. Puestos en este mundo con igual desafío, después de cada acto, después de cada acción que emprendemos debemos poder observarla y juzgarla como buena. Es imperativo vivir de forma tal que nuestros actos reflejen esa bondad, que de ellos pueda desprenderse ese calificativo, que sean ellos los que hablen acerca de nuestra esencia.

A partir de allí tendremos seis días intensos, que harán de este mundo un lugar para la existencia. Se irán sucediendo los días e irán apareciendo las diferentes partes del planeta. Hasta que el sexto día concluirá con la creación más grandiosa, la más especial y la más llamativa. Ese día el hombre será llamado a la vida y con él comenzará la historia. Será desde allí que habrá un cambio cualitativo diferente a todo lo anterior y que ocupará el lugar más destacado en este relato. Aparecen allí también algunas características distintivas que vale la pena examinar.

El texto del versículo 26 de Génesis nos dice: “Hagamos un hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. Si D´s es único, se encontraba solo, ¿a quién le habla, con quién establece esa conversación y a quién invita al acto creador? Es llamativo el plural de hagamos, que parece no corresponder al relato previo. Y es allí donde aparece otra enseñanza rabínica, que interpreta ese hagamos como una conversación entre D´s y ese primer hombre: Hagamos, vos y yo, juntos, a un hombre. Es decir, el hombre es el primer ser no creado del todo, D´s inicia el proceso creador, pero nos invita a que lo concluyamos nosotros. Para ser un verdadero hombre debemos hacer parte del trabajo. Un animal lo es, sin necesidad de realización alguna. Nosotros, en cambio, debemos llegar a ser seres humanos, es imprescindible un comportamiento, una conducta, una ética determinada que nos otorgue ese status. Solo una vida de compromiso con esto nos dará el privilegio de ser considerados seres humanos plenos.

¿Cómo transformarnos? ¿Cómo completarnos? Ese primer hombre tendrá un mandato, una orden que cumplir. Debe ponerse al frente de la creación, liderarla, conducirla. Este mandato, que parecería un privilegio, ya que coloca al hombre por encima de todo lo demás, en realidad trae una enorme responsabilidad. El hombre debe cuidar por los demás seres, por todos los animales, las aves y los peces, así como del mundo entero. Es decir que como corona de la creación debe asegurar la continuidad del mundo, debe velar por su supervivencia y por la calidad de su existencia. Para ser hombre, para alcanzar nuestro destino, para ser quienes fuimos llamados a ser, debemos comprometernos con los valores ecológicos más importantes, entendiendo que de nosotros depende que nuestros hijos reciban un mundo con futuro asegurado.

Por último, el séptimo día, aparece la creación más brillante, la santificación del tiempo. Ese día D´s descansó, y al hacerlo nos invita a nosotros a que lo copiemos, dejando un día por semana para que haya armonía entre nosotros y nuestro entorno. Un día dedicado al estudio, a la plegaria, a la familia. Un día donde no podemos intervenir, transformar ni alterar al mundo y a su naturaleza. Un día de reposo en el cual nos abstenemos de todo trabajo transformador. Ese día nos recuerda que no somos los dueños últimos de este mundo, no somos los amos indiscutidos, sino que simplemente somos los depositarios del mundo, sus custodios, y como tal debemos rendir cuentas de lo que hacemos, y tenemos que ser concientes de los límites que tenemos para con él. Algún día nos demandarán por cómo lo devolvimos, deberemos hacernos responsables ya que deberemos rendir cuentas.

Por eso es tiempo de volver a formular la pregunta inicial: ¿Qué le estamos haciendo a nuestro mundo? Una pregunta que debemos ser capaces de contestar tanto como individuos como también como sociedad. Una mirada profunda que podrá arrojarnos un poco de claridad respecto a nuestra situación, en función de lo que nuestra tradición espera de nosotros. Un análisis que podemos realizar confrontándonos con un deber ser heredado de nuestros antepasados.

Fuimos creados para traer luz a este mundo, para llenarlo de paz. Para lograrlo debemos ser capaces de mirar cada cosa que hacemos y afirmar sin ninguna duda que lo hecho es bueno. Debemos poder sentir orgullo de nuestras acciones, medidas y pesadas en función del plan de D´s descripto en los textos sagrados y no en función de las leyes de un mercado ciego, ni de la búsqueda interminable de un placer individual o una satisfacción personal. Solo si lo hacemos podremos ser la corona de la creación, ocupar ese lugar que D´s imaginó para nosotros, respondiendo por la preservación del hermoso y valioso legado recibido de nuestros antepasados, y transformarnos en seres humanos plenos, protagonistas de una transmisión de un mundo en excelentes condiciones para las próximas generaciones.

 

HACIA UN MUNDO SIN POBREZA

Norberto Kleiman. Presidente Grameen Argentina

 “El microcrédito no es una cura milagrosa para todo,
pero es una fuerza a favor del cambio, no sólo
económico y personal, sino también social y político”
 Muhammad Yunus

El sistema Grameen de microcréditos creado por el profesor Muhammad Yunus en Bangladesh, hace ya más de 40 años, está basado fundamentalmente en la solidaridad, la confianza, la libertad y el respeto. El respeto por la persona por el sólo hecho de ser eso, una persona, un ser humano. En Grameen las personas valen por lo que son, por su historia de vida, no por lo que tienen.

Basado en estos principios, en el año 1999 se crea la Fundación Grameen (Aldeas) Argentina con el objetivo de difundir la metodología Grameen de microcréditos para microemprendimientos, y desarrollar réplicas en distintos lugares del país, capacitando a aquellas organizaciones que desearan aplicar dicha metodología para contribuir a aliviar la pobreza utilizando al microcrédito como herramienta para tal fin.

Los primeros créditos Grameen de la Argentina se entregaron el 14 de abril del año 2000 en Posadas, Misiones.

En abril del año 2001 Yunus visita por segunda vez la Argentina –la primera había sido en abril de 1999 para la presentación de su libro “Hacia un mundo sin pobreza” (Ed. A. Bello) – y aprovechamos esa oportunidad para realizar un taller con él, del que participaron –además de la Fundación– todas las réplicas existentes en ese momento.

Ese domingo a la mañana Yunus nos dijo: “No es realmente la cantidad de personas a las que Uds. han podido llegar lo que importa, ya que cada persona es importante. Una persona es tan valiosa como la totalidad del mundo, así que no es una cuestión de acumular cantidades, números. No es cuestión de sumar, porque las vidas humanas no se suman; cada una de ellas es extremadamente importante por sí.

El proceso que Uds. han iniciado, se van a dar cuenta en el futuro, la importancia enorme que tiene. Aún cuando puedan transformar a un solo pobre en una persona que ya no lo sea, eso se convierte en un mensaje muy potente para toda la sociedad”.

De modo que cuando una prestataria dice que Grameen le cambió la vida, sentimos que estamos en el camino correcto.

Es notable observar los cambios –no solo económicos, sino también sociales– de las mujeres a medida que van pasando los meses dentro de Grameen. Mujeres que no eran capaces de decir una palabra dentro de su grupo, aprenden a expresarse y a saber que su opinión es valorada por sus pares. La posibilidad de crecer económicamente a través del microcrédito y tener un grupo de referencia que las considera valiosa, incentiva su confianza y autoestima, hasta niveles insospechables poco tiempo antes. Ya no son sumisas mujeres que no tienen un lugar en el mundo, son vitales emprendedoras que hasta se convierten en referencias importantes de su familia,  comunidad y barrio.

Ya no se trata sólo de la expectativa económica del crédito que los ayude a salir de la pobreza y a crecer en su calidad de vida. Se trata de una visión diferente, propia y de los demás, de sentir que se puede modificar la realidad con el esfuerzo personal. El micro crédito les da la oportunidad de ver lo que son, lo que está escondido, su potencial. Vuelve viable aptitudes, capacidades, voluntades que de otra manera permanecerían para siempre ocultas en la impotencia. Y lo mejor es que no lo hace desde el punto de vista individual, sino que crea una conciencia colectiva impensable en esta sociedad individualista y carente de valores que se asemejen al cuidado por los demás, por nuestros vecinos, por la gente que nos rodea.

“El microcrédito es ayudar a cada persona a alcanzar su máximo potencial. No se refiere al capital monetario, sino al capital humano. El microcrédito es, sobre todo, una herramienta que libera los sueños de los hombres y ayuda incluso a los más pobres a lograr dignidad y respeto y dar sentido a su vida”.

En Grameen confiamos en la gente, en su palabra; descontamos que actúan de buena fe, pero tratamos de evitar que cometan errores, de allí la importancia de las reuniones semanales de Centro. El alto porcentaje de recupero que es una de las características de Grameen, no es un fin en sí mismo, porque si bien es importante mantener el capital prestable, el objetivo por lograr es que a la gente le vaya bien, que sea exitosa en su emprendimiento y, si a la gente le va bien, cumple con sus obligaciones. En Grameen se trabaja para asegurar que a la gente le vaya bien y, si se confía en la gente, la gente devuelve esa confianza cumpliendo con el compromiso contraído, y de esta manera se destruye uno de los más importantes prejuicios acerca de los pobres y de la pobreza. “Durante una entrega de créditos en Rosario, he visto llorar a un hombre de unos cuarenta años que recibía su primer préstamo Grameen porque –dijo–  esa era la primera vez en su vida que alguien confiaba en su palabra”.

Grameen nos permite entender que no se ES pobre, sino que se ESTÁ pobre; es decir, que la pobreza no es un estigma, que no es algo inherente a la persona, como el sexo o el color de la piel, algo que no puede ser modificado, sino que es una circunstancia de la que es posible salir; que las cosas no son necesariamente como son, sino que pueden ser de otra manera. Que no necesariamente el que nace pobre, inevitablemente morirá pobre. Que la pobreza no está en lo genes, que no se hereda biológicamente, pero que sí se transmite por sus condicionantes: mala alimentación, mala vivienda, mala educación, mala salud, mala higiene, es decir, mala calidad de vida, y estas son las condiciones que hay que cambiar para erradicar la pobreza.

“El crédito, por sí solo, no va a acabar con la pobreza”.

“Los pobres son como los árboles bonsai. Podrían haber crecido como árboles gigantescos si hubiesen sido apoyados por el medio adecuado para su crecimiento. Es el tamaño de los maceteros en que los cultivaron lo que los convirtió en tristes réplicas de los árboles reales. De manera similar, los pobres son réplicas tristes de las personas reales que se encuentran escondidas en su interior. No pueden crecer a su tamaño potencial porque la sociedad no les ofrece la base social y económica para crecer. La gente pobre está condenada a sobrevivir como liliputienses en el país de los súper titanes” (Conferencia pronunciada en el Instituto de la Commonwealth de Londres, el 11 de Marzo de 2003).

Retomo la experiencia de Yunus.

¿Qué enseñanza nos deja su ejemplo? Que hay circunstancias en las que hay que actuar, que no se puede esperar hasta mañana para empezar, y que hay que hacerlo con lo que uno disponga, con lo que esté a su alcance. Dar el primer paso, y después el siguiente; pasos cortos, para no perder el equilibrio, sin prisa pero sin pausa. No plantearse grandes metas inalcanzables que sólo sirven para inmovilizar frente a la impotencia que genera la imposibilidad de alcanzarla.

Tal vez, una de las mayores contribuciones de Yunus, haya sido hacer visible lo que para muchos era invisible: el flagelo que significa la pobreza.

En la Fundación creemos que hemos seguido el ejemplo de Yunus, y procedido acorde con lo que nos dijera aquella mañana de un domingo de abril del año 2001.

Dice Yunus: “Quería hacer algo inmediato para ayudar a la gente a mi alrededor. Sin saber qué podría hacer, decidí encontrar una manera para hacerme útil para otros en una relación de uno a uno. Quería encontrar algo específico que hacer para ayudar a otro ser humano a pasar un día más con un poco más de facilidad que el día anterior” (Conferencia pronunciada en el Instituto de la Commonwealth de Londres, el 11 de Marzo de 2003).

Nuestra Misión siempre ha sido –y sigue siendo–  difundir la metodología Grameen, e instalarla a través de organizaciones que la repliquen en los distintos lugares en que dichas organizaciones trabajan; en este sentido, creemos que hoy Grameen está firme y definitivamente instalado en nuestro país.

El crecimiento de Grameen no es explosivo, es un crecimiento pautado, ordenado, lento pero constante, sostenido en el tiempo. Más importante aún que empezar, es continuar.

Durante nuestra capacitación en el Grameen Bank de Bangladesh, Yunus nos dijo: “No corran; primero aprendan a pararse, después aprendan a caminar, y recién después empiecen a correr”.

Desde que comenzamos hasta este momento, algo hemos avanzado, pero aún queda mucho por hacer.

“A todos ustedes me dirijo una vez más: ¡No se olviden de los pobres!” (de la carta enviada por el Papa Francisco al Foro Económico Mundial de Davos el 20/1/2016 http://www.lanacion.com.ar/1863962-no-se-olviden-de-los-pobres-les-pidio-francisco-a-los-lideres).

 

 

MEDIOAMBIENTE, ÉTICA Y ECONOMÍA

Matias F. Argarate
Exalumno del colegio y miembro de la Comunidad San Gabriel

 

A propósito de la Carta Encíclica Laudato Sí del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común

Muy a menudo tomamos conocimiento a traves de los medios de comunicación de innumerables situaciones o prácticas que producen un daño a nuestro medio ambiente, ya sea por actos individuales de los seres humanos o producto de la actividad industrial que llevan a cabo las empresas.

Son factores determinantes de las prácticas que ocasionan el impacto negativo o contaminación ambiental, entre otros, el incremento sostenido de los niveles de industrialización, muchas veces empujado por el capitalismo, sumado al afán de las empresas de obtener ingresos a costas del agotamiento o contaminación de recursos no renovables. Muchos de estos recursos naturales son vitales para el desarrollo de los seres vivos y sobre todo para asegurar el desarrollo sustentable de las generaciones futuras.

El impacto negativo de dichas prácticas en nuestro planeta nos lleva a reflexionar acerca del cuidado de nuestro hogar, entendido como el lugar común de todos los seres que habitamos el planeta Tierra. Ese es el desafío que el Papa Francisco nos plantea como cristianos a través de esta encíclica papal, en búsqueda de un desarrollo sostenible e integral para garantizar la protección del hogar común que compartimos, y del que también tienen derecho a gozar nuestros hijos, nietos y las generaciones futuras de la humanidad y el resto de los seres vivos con quien Dios ha dispuesto que compartamos este hogar común.

Debemos tomar conciencia de que muchos esfuerzos para solucionar la crisis ambiental lamentablemente se ven frustrados no solo por el rechazo de los poderosos sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas.[1] A su vez, la falta de conocimiento e instrucción sobre esta problemática dificulta la toma de conciencia de la magnitud del daño que se le está causando a nuestro planeta. Debemos reflexionar también en relación a estos aspectos, convenciéndonos que, si bien no todos serán parte del problema, necesitamos de todos para formar parte de la solución a nuestro medio ambiente.

Son múltiples las formas y vías de contaminación de nuestro planeta, las cuales en honor a la brevedad, no podré describir en detalle porque que exceden el alcance y objetivo de este breve artículo. De todas maneras, a modo ejemplificativo, paso a mencionar algunas prácticas no sustentables que causan un impacto negativo en el ambiente y los seres vivos; sin que su mención implique darle mayor trascendencia o atribuirles mayor gravedad que a otros omitidos en el presente. El caso de la contaminación de nuestra atmósfera por generación o acumulación de sustancias diversas, como gases o fluidos y otros desechos en general, que afectan diariamente a los seres vivos que se ven expuestos. Esta exposición causa gran cantidad de enfermedades de diversa índole, por ejemplo, por inhalación de humo de las industrias o contacto directo con dichas sustancias. Entre otros, depósitos de sustancias, fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general, tanto los residuos industriales como los productos químicos utilizados en las ciudades y en el agro pueden producir efectos irreversibles para la salud de los seres vivos.[2]

A su vez, algunos problemas de contaminación están ligados también a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente convertimos o se convierten en basura. A modo de ejemplo, la mayor parte del papel producido es descartado sin ser sometido a un proceso de reciclado. Gran parte de los sistemas industriales no han implementado modelos de producción, distribución y comercialización que garanticen recursos para todos, ricos y pobres, y a su vez para las generaciones futuras. Para ello debieran ser implementadas decisiones a nivel gobal para restringir el uso de los recursos no renovables, moderando el consumo a niveles sustentables, haciendo más eficientes los productos, y también contemplando la posibilidad de reciclarlos y reutilizarlos.

El clima es otro bien común de esta Tierra que establece condiciones esenciales para la vida humana. La contaminación de nuestro planeta además de dañar en forma directa a sus habitantes también genera modificaciones en las condiciones climáticas de distintos ecosistemas que terminan siendo perjudiales para los seres vivos. Hay consenso indiscutido a nivel global respecto a que nuestro planeta Tierra está en una situación muy preocupante debido a los niveles de calentamiento cada vez más elevados del sistema climático. Son señal de ello el nivel elevado del mar por reducción de glaciares, entre otros factores, y los innumerables eventos meteorológicos extremos sucedidos durante las últimas décadas.

Las reacciones de los países más industrializados, principales responsables de las emisiones desmedidas que ocasionan los desajustes del sistema climático salvo excepciones, han sido lo suficientemente débiles como para consentir que nada cambie; o que el cambio siga siendo rentable desde el punto de vista económico y financiero pero que siga dando pérdida desde la perspectiva ambiental. Dice nuestro Papa Francisco que “nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos”.[3] Francisco nos convoca a construir liderazgos necesarios para marcar el camino del cambio cultural ambiental y ético, que busquen atender las necesidades de las generaciones actuales con inclusión de todos, sin perjudicar a las generaciones futuras.

La idea de un crecimiento económico infinito e ilimitado supone la falacia de la disponibilidad eterna de los bienes del planeta que, según Francisco, lleva a exprimirlo mas allá de sus límites. Esa concepción económica es éticamente incorrecta ya que parte de la premisa falsa de que existe “una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efecos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos”.[4]

Sería un error grosero intentar que el cambio de cultura ecológica necesario sea reducido simplemente a respuestas y soluciones reactivas a una serie de eventos y problemas que se suscitan en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Nuevamente Francisco nos pide una mirada distinta,  políticas y hasta un estilo de vida, “que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático.”[5] La tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán, dice Francisco. Desde una perpectiva de ecología integral, se la debe considerar como un préstamo que recibe cada generación y que debe transmitir a las generaciones futuras.[6]

Hay diversas opiniones respecto a las posibles soluciones de los problemas y daños ambientales a nuestro planeta. Mientras algunos sostienen el mito del progreso para justificar el daño, considerando que los desajustes ambientales serán solucionados mediante nuevas aplicaciones técnicas, en el otro extremo otros ven al ser humano como una amenaza ante cualquier interacción con el ecosistema mundial. Entre ambas posturas radicales, Francisco nos propone el desafío de identificar posibles escenarios futuros para debatir respuestas integrales, ya que no hay un único camino de solución. Hay que apuntar a ampliar la mirada para orientar la técnica al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. [7]

Es necesario que los Estados en forma mancomunada implementen nuevos modelos de progreso económico y social, y para eso se requiere modificar el modelo de desarrollo a nivel mundial. Esto implica una reflexión para repensar la finalidad de la economía, y así poder corregir sus distorsiones y disfunciones.[8] Históricamente la mayoría de las empresas han buscado alcanzar el principio de maximización de la ganancia, calculando y pagando una parte ínfima de los costos, sin interesarse demasiado por la escases futura de los recursos naturales o el menoscabo al ambiente. Benedico XVI ha dicho al respecto que solo podría considerarse ético un comportamiento en el cual “los costos económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean asumidos totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones.”[9]

Como habitantes de esta Tierra, el cambio de paradigma es forzoso e indispensable para poder generar y fomentar desarrollos sustantables que tiendan al cuidado de nuestra casa común y a exigir de manera firme una responsabilidad social del empresariado y grupos de poder en general. Tengamos en cuenta que el cambio también depende de nosotros mismos, por más insignificante que pueda parecer, desde el lugar que nos toque en la comunidad, comenzando por el ejemplo en nuestros hogares, ante nuestros hijos, ya que el primer paso es sembrar conciencia pregonando con el ejemplo. No obstante ello, el cambio individual no alcanza por sí para modificar el paradigma cultural ambiental a nivel global.

Para generar y poder plasmar un cambio contundente, duradero, que implique un compromiso internacional de las mayores potencias (y generadores de contaminación) del mundo, es indispensable celebrar acuerdos internacionales que se cumplan, ya que las naciones en forma aislada no pueden intervenir de manera eficaz. Se deben generar marcos regulatorios globales que impongan obligaciones de manera uniforme y prohíban acciones inaceptables.[10]

Al parecer, las principales potencias del mundo están empezando a tomar lentamente pero cada vez más en serio la problemática ambiental. Una muestra de ello, son las medidas adoptadas en el marco de la reciente Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático que tuvo lugar en París durante los meses de noviembre y diciembre de 2015[11], y fue coronada con la firma del Acuerdo de París.[12] Este acuerdo refleja fuertes señales de avance en materia de compromiso global ambiental por parte de las grandes naciones del mundo firmantes, las que reconocen que el cambio climático representa una amenaza urgente y potencialmente irreversible para la Humanidad y el Planeta.

Es importante destacar que el acuerdo reconoce una responsabilidad compartida pero diferenciada de los Estados, en función de las capacidades respectivas y de los contextos nacionales diferentes. En concreto, toma en consideración el nivel de desarrollo y las necesidades específicas de los países especialmente vulnerables. Además de los compromisos financieros, los países industrializados deberán facilitar las transferencias de tecnología y, de forma más amplia, la adaptación a una economía descarbonizada.[13]

Uno de los principales objetivos de dicha Cumbre fue profundizar medidas de protección en materia de niveles de emisión de gases de efecto invernadero tendientes a acelerar su reducción. La reducción de los niveles de emisión es vital para contener el aumento de las temperaturas de nuestro planeta. Por eso, el eje del acuerdo se centró en la implementación de medidas para contener el aumento de la temperatura media muy por debajo de los 2° C con respecto a los niveles preindustriales y continuar con las actuaciones llevadas a cabo para limitar el aumento de la temperatura a 1,5° C.[14]

Es importante destacar que el Acuerdo de París ha sido celebrado con la participacion adicional de algunas naciones que hasta ahora se habían mostrado renuentes a reducir sus parámetros de emisión de gases.[15] Ello debido justamente al lobby que ejercen las industrias y los grupos de poder, aferrados a mantener o aumentar su rentabilidad a cualquier precio. Es la primera vez que se logra un acuerdo universal exigible sobre lucha contra el cambio climático.

Esperemos que finalmente soplen vientos de cambio y se encienda una luz de esperanza en materia ambiental en pos del cuidado sustentable de nuestra Casa Común. Tengamos fe.

2Y0A6073

[1] Francisco, Carta Encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común. 16, 2015

[2] Ibis,  20 y 21.

[3] Ibis, 37.

[4] Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 462.

[5] Francisco, Carta Encíclica Laudato si, sobre el cuidado de la casa común. Pag. 71, 2015.

[6] conferencia episcopal Portuguesa, carta pastoral responsabilidade solidaria pelo bem comun, 15/09/03, 20.

[7] Ibis, 72.

[8] Ibis, 114.

[9] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate, 29/06/09, 50:AAS 101 (2009), 686

[10] Ibis, 104.

[11] United Nations. Framework Convention on Climate Change, Paris, Nov. Dic. 2015.

[12] Paris Agreement, Diciembre 12, 2015, https://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/eng/l09r01.pdf

[13] http://www.diplomatie.gouv.fr/es/asuntos-globales/clima/paris-2015-cop21/cop21-el-acuerdo-de-paris-en-cuatro-puntos-clave/article/cop21-el-acuerdo-de-paris-en-cuatro-puntos-clave-un-avance-historico-para-el

[14] Ibis 13.

[15] Los 195 Estados Partes en la negociación se han comprometido a formular estrategias de desarrollo bajas en emisiones de gases de efecto invernadero a largo plazo.

ECOLOGÍA DEL CORAZÓN

Por Javier Goliszewski

Apuntes para un asombro sustentable[1]

Ecología es cuidar de tu casa.

Conocemos la sugerencia, si la casa está bien barrida, podré encontrar la dracma perdida.

Una casa interior es una buena imagen para imaginar nuestro corazón.

Si pierdo sensibilidad por mi casa, si tengo poca estima por la ecología de mi  corazón, es difícil que mi sensibilidad se nutra, es difícil que me oriente y sepa dónde buscar.

Entrar en el silencio de mi corazón, más aún en medio de las miserias de la vida cotidiana, sustraerme a lo compulsivo, a la rutina descuidada, al individualismo fastidiado, entrar en mi corazón me abre al escenario en el que se producen los encuentros y los significados.

Encontrar la dracma en mi corazón, es abrirse al tesoro. Es celebrar la perspectiva del encuentro con algo que me trasciende, en un cierto sentido, con la belleza.

Para que el corazón pueda encontrarse con la belleza, es importante desarrollar y nutrir estima por él, por mi casa,  luego le sigue decidirme a habitar en ella, tratar el corazón con respeto. El corazón ecológicamente descuidado, desordenado, puede encontrar enormes dificultades  para darse cuenta de la trascendencia de la ecología. La trascendencia de la belleza en la naturaleza y la vida sería algo ajeno y tanto más difícil de descubrir para él.

La belleza que me espera, que me busca y me llama desde el corazón, no tiene etiquetas como en un museo de arte o en un catálogo. Viene al encuentro del corazón alerta y tranquilo.

Un estado de ánimo como de asombro puede anunciar que nuestro corazón está pronto para encontrar la dracma, la gracia de la vida. El asombro tiene luz simple, sin sobrecargas de ansiedades ni certezas. El asombro, hace que el hombre vea.

Es importante ser gentil con el asombro. Es delicado. Es como si en la casa del respeto, el color de la luz que nos ilumina al atravesar el umbral fuera la del asombro. La luz que reina en el corazón, es la del asombro. Es la del saber del no saber y respetar lo que nos rodea. Hasta las nubes. Hasta los granitos de arena. Hasta esta gota de lluvia.

La inteligencia busca poner luz y elegir.

El asombro encuentra y es elegido.

¿La diferencia?

Ser gentil. Desde el asombro maravillado.

Vivir en la necesidad del asombro. Hacerle lugar. Tal vez a través del contacto con la naturaleza, con la respiración, con el silencio. No sé. Llega sin buscarlo pero hace falta reconocerlo.

Parecería como que todas las ecologías, todas las éticas, partieran de aquí. Partieran de una actitud de asombro prudente, maravillado, hacia el Universo más cercano.

La ecología ocurre en este mi propio Universo cercano, no ocurre en otra parte, y así en el Universo de cada persona, de cada comunidad.

Está en el centro de mi respeto asombrado por un Universo que recíprocamente nutre de significados de lo frágil y lo necesario a mi persona y nutre a la comunidad, le da alegría, entusiasmo y sustento, le da identidad y realidad sobre la cual plasmar su ser en el mundo.

La ecología no es apenas una meta ni una opción para épocas de crisis, ni ocurre solo en el Universo de los demás, ni en un futuro distante. Ocurre en un Universo en el cual estoy situado en un punto central de sensibilidad y responsabilidad.

En una visión mas íntima, mas poética, orgánica y vital  de lo subjetivo que nos sugiere e integra y lo objetivo que nos refleja y atañe, celebramos ecológicamente nuestra autoestima con los otros en nuestro corazón para –como decía el poeta– “vivir y en tanto somos, dar un sí que glorifica”.

Nuestro clima psicológico, nuestro estado de ánimo, se decanta en nuestro corazón, busca primariamente referirse con nuestra actitud, con nuestra conciencia y sus valores y rechazos, hacia la sociedad y lo que nos rodea. Si la actitud en mi corazón es abierta y respetuosa, sin prejuicios ni indiferencias, mi corazón saltará de alegría. Estará disponible para el asombro.

La apertura hacia los demás les va al encuentro tácitamente también en formas ecológicas, tranquilas, espontáneas, consideradas, formas no directamente conectadas a un otro, pero que son parte de un sensible y abierto “no hacer a los demás lo que no me gustaría que hicieran a mí mismo”, aunque no me vieran. La ecología es en estos casos cuidar también la posible casa del otro, la paz y la armonía en el corazón del otro, su posibilidad de celebrar la vida en mayor plenitud, con asombro y menos ansiedad y penuria. Aquí el asombro nos ayuda a pensar a quien no está presente para despertar nuestro respeto.

Esta actitud de abierta y tácita empatía con los demás, resplandece ecológicamente en sensibilidad alerta hacia lo que me rodea. Se nutre de este caldo de cultivo subjetivo, intimista, de escucha y consideración, fruto de un universo interior que se corresponde con el grado del equilibrio asombrado de mi ser en el mundo.

No existimos aislados. Hay un coro, un diálogo, un equilibrio que se renueva a cada momento, entre mi universo, mi capullo interior (weltanschauung) y mi universo, mi capullo exterior, la naturaleza, la ciudad, el clima. Diálogos y equilibrios, con su dinamismo y su gracia, no tanto para ser intervenidos sino para encontrarse en ellos, conocerlos y celebrarlos. La tensión, magnetismo y fricción entre nuestros  universos, interior y exterior, crean la ecología del corazón, lo que le nutre, le hace crecer. Le hace sentir los valores de la vida. De su propia graciosa naturaleza.

Es la actitud hacia la gracia la que está en juego.

Esta es la ecología del corazón.

Ecología de lo que te toca de cerca, transparencia del cuidado de tu corazón, invitación a la paz.

Este diálogo pacífico logrado entre mi universo interior y el exterior, me acompañará hacia la inspiración ecológica considerada, afable, armónica, misericordiosa, y puede guiar mi vida. La inspiración se vuelve admiración, asombro,  comienza a celebrar lo que me rodea,  comienza a generar en mí respeto por el equilibrio de las cosas, de la naturaleza y nuevamente, de retorno a mi casa, respeto por mi corazón y su naturaleza graciosa en armonía con el mundo.

En la tradición Zen, se descubre un enorme significado “ecológico”, de actitud hacia el Universo, interior y exterior, acerca del estado de nuestra conciencia, en el modo con que se quita y deja en orden aparejado el calzado al entrar en una habitación. Todas las gradaciones del estado de conciencia, misericordioso, poético, respetuoso, hasta irritado e inconsciente, pueden mostrarse ahí. Todos los tonos, desde desparramado hasta ordenado. Atento o descuidado, agradecido o arrogante.

La ética ecológica del corazón puede empezar muy cerca, como con un par de pantuflas. Su resplandor llega donde menos se espera, con nuestra espontaneidad enriquecida a partir de la repetición considerada del gesto familiar de acomodar un par de pantuflas al descalzarse.

Este resplandor, este asombro, esta consideración (con-siderae, mirar juntos las estrellas), nos devuelve a la actitud sensible ante el mundo que nos rodea. Nos ilumina con inspiración que escucha. Para escuchar es bueno partir del silencio y para llegar al silencio el mejor aliado es el asombro. El asombro escucha.

La ecología de la compañía, de la comunidad de dos o más, se vive con más sensibilidad desde el asombro que escucha que solo desde la estructurada operatividad técnica, conocedora, práctica.

En lo material, a veces en casos de situaciones técnicamente más difíciles, el asombro permite resolver eventualidades imprevistas, con lucidez intuitiva que va, más integradora, abarcando, más allá de la técnica rutinaria, académica, racional.

Pero sobre todo la ecología del asombro es la madre generosa del momento sensible, poético. En la poesía encuentro la mejor expresión de la naturaleza del asombro.

Recuerdo de un diálogo con un monje benedictino amigo, la siguiente historia: Dos amigos van en auto, lejos de las ciudades, al atardecer, y uno de ellos observa una bandada de garzas que levanta vuelo contra el sol poniente, y comenta con emoción la escena. A lo que el amigo responde,: “No es extraordinario, ¡es la egretha thula en época de migración!”.

Según me siguió contando el monje, con esta respuesta, el segundo amigo peca.

Habría una ecología del silencio que rodea la sensibilidad, una ecología del asombro en riesgo.

Hay un espacio de reconstitución continuo de la ecología de nuestro cosmos, (nuestro universo, nuestro capullo), de reconstitución del significado de lo que pasa, de nuestra respuesta ética ecológica necesaria, que se alcanza con mayor integridad y fuerza si nos dejamos tocar desde nuestra profundidad original y no desde el sentido materialista, egoísta, pragmático de la ley solamente. Habría aquí una paradoja escondida. La sensibilidad a la escucha es necesaria. Lo material y craso, en esta línea de crecimiento, no. Aún cuando se presentara como académico, legal o pragmático.

El asunto pasa por sentir la ecología como algo a partir del ser integral de nuestra humanidad, racional sí, ético, pero sobre todo en comunión con la realidad en su dimensión orgánica, plena, no selectiva racionalmente, dimensión original y no manufacturada, que incluye este dinamismo de la sensibilidad ecológica hacia el ser profundo, hecho de fragilidades, de ilusiones, de esperanzas. De lo que es ya y no es todavía. Entre lo necesario y lo superfluo.

Cuentan que Platon describe el saltar de alegría, como la primera poesía del hombre. Estos saltos, que surgen en nosotros integralmente, abrazados o solos, asumidos con toda la personalidad pueden considerarse plenos de significado, y no sirven para nada, son puro arte y plenitud, ecología perfecta. Son lo más necesario.

La inquietud ecológica con el medio ambiente, quizá pueda arraigarse con más sensibilidad, con más inmediata percepción desde nuestro mundo interior, si nos dejamos abrazar como en los saltos de alegría de Platon, conectándonos cada vez  con cada gesto ecológico, como lo que puede ser: un salto espontáneo con otros corazones, de consideración y  empatía hacia la vida, hacia la fragilidad de lo necesario, hacia el asombro maravillado.

[1] (asombro en este texto asumiria el significado de la palabra inglesa  “ awe”  usada en textos de espiritualidad como el estado de animo prescindente de juicios, maravillado, absorto, contemplador, gozoso)

 

ECOLOGÍA, MEDIOAMBIENTE Y EDUCACIÓN

Lic. Silvia E. Derderian
Docente del Colegio San Gabriel

“La ecología es la ciencia que estudia las interrelaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con su entorno.”

¿Sabemos realmente cómo estamos  estableciendo estas interacciones? ¿De qué manera interferimos en el desarrollo de la naturaleza y de qué modo estamos afectando a nuestro Planeta Tierra?

Es imperioso plantearlo  para poder modificar aquellos hábitos perjudiciales y particularmente  pensarlo desde nuestro lugar de educadores  para  incorporar desde la escuela hábitos para el cuidado del medio ambiente.

En mis vacaciones este año, estuvimos en familia en Bariloche y realizamos el ascenso al Cerro López,  para pasar la noche en el Refugio, y continuar al otro día hacia el próximo  punto, Laguna Negra, cumpliendo así nuestra travesía anual por aquel maravilloso escenario del sur de nuestro país.

Llegar a un refugio es una experiencia única, adonde  nos  reciben siempre muy calurosamente, y nos ofrecen rica comida, abrigo y un lugar adonde descansar hasta el otro día en el que  emprendemos la siguiente etapa.

Al refugio se llega solamente caminando, porque la naturaleza del terreno impide el acceso de vehículos, por lo tanto todo con lo que allí cuentan,  los materiales y productos con lo que preparan aquello que nos van a servir a todos, es por la voluntad de alguien que lo carga hasta allí. Cuando uno se acerca al punto limite hasta donde  pueden  acceder  los autos, al lado de muchos troncos talados  encuentra un cartel  que reza “llevar un tronco por persona”.Todos los visitantes tomamos uno de los troncos y lo llevamos  hasta el refugio de manera muy natural. Para quienes atienden el refugio sería imposible cargar todos los troncos que se necesitan para alimentar el fuego, pero como cada uno de quienes ascendemos llevamos solamente uno,  con el mínimo esfuerzo, logramos un enorme beneficio para todos.

Así es con el cuidado del medio ambiente…uno podría pensar que sería un esfuerzo en vano juntar una o dos tapitas de plástico para reciclar… ¿que se aporta al cuidado de la naturaleza con una tapita?  ¿En que se reduce la contaminación por  tan poco?Hagamos el esfuerzo de pensar por un segundo cuánto le ahorraríamos a los basurales, a los “cinturones ecológicos” si evitáramos enterrar las tapitas de todos…

Para  que las nuevas generaciones internalicen esto, es necesario educar… pero  debemos reflexionar sobre  cómo hacerlo…a través de mi experiencia, creo que la educación en el cuidado del medio ambiente, debe ser similar a la transmisión de “valores”.  Si definimos a los valores como  “convicciones profundas de los seres humanos que determinan su manera de ser y orientan su conducta”   veremos que proteger el ambiente en el que nos desenvolvemos debería ser una  de estas convicciones.  Los valores como tales, no se enseñan en una sola asignatura de la escuela.  Debemos pensarlos  vinculados con la transversalidad,  Es un aprendizaje que comienza en la familia, continua durante toda la escolaridad, en cada una de las materias, en cada uno de los actos en las diferentes instancias por las que se transita por un colegio.  Los transmitimos de manera teórica, pero sobre todo se transmite a través del ejemplo, como todos los valores.

Es muy importante abordar esta temática con la seriedad que merece, ya que involucra a las generaciones presentes y futuras.   Si bien escuchamos organizaciones especializadas que luchan por esta causa, reuniones de organismos internacionales que debaten sobre el calentamiento global, campañas de incentivo para la concientización en el cuidado del medio ambiente, cabe preguntarnos ¿Cuál es el aporte que puedo hacer desde mis posibilidades?  Me refería en párrafos anteriores a educar con el ejemplo, ¿que podemos hacer desde las familias y la comunidad educativa? A diario nos maravillamos con la capacidad de asombro y la curiosidad  de los mas chicos, es necesario aprovechar al máximo esta capacidad  para ir incorporando en ellos hábitos, que puedan tomar conciencia de lo necesario que es cuidar cada uno de los recursos: la flora, la fauna, el aire, el agua…  Probablemente empezar de a poco, comenzar por lo más simple,

Sabemos por ejemplo que la fundación del Hospital Garraham a través del programa “Va por los pibes”,  recolecta tapitas de plástico, papel y llaves con el doble propósito de reciclar el material recibido, promoviendo la protección del medio ambiente y recaudar fondos con la venta de los productos elaborados a partir del material que reciclan , para cumplir con su misión   “alentar en todos los aspectos el desarrollo del Hospital y atender las necesidades sociales y emocionales de los pequeños pacientes y sus familias, especialmente los más necesitados.”

Este fue el proyecto al que nos sumamos el año pasado a través del trabajo de los alumnos de 5° año Economía. Si bien fue una actividad  incorporada  a través de los contenidos de una materia, hemos querido con esto traspasar ese limite,  y contribuir a la formación de futuros ciudadanos responsables y comprometidos  Creo que es participando y valorando el esfuerzo de cada uno desde su lugar, que vamos a poder  internalizar en nuestros jóvenes este valor  y  lograr que separar los residuos, cuidar los recursos, sea algo tan natural como llevar un tronco hasta un refugio.

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NO SOLO UN SUEÑO SINO UNA REALIDAD

Dra. Cristina Calvo
Profesora universitaria de Ética y Desarrollo

La iniciativa de una “economía de comunión” lanzada en Brasil y de allí a todo el mundo en mayo de 1991 se comprende ubicándola en el marco del Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich, con un carisma dedicado a la unidad, al diálogo, a la construcción de una paz con justicia. La práctica de la comunión de bienes materiales y espirituales está dentro del ADN del Movimiento desde sus orígenes en 1943 en Trento, Italia. El valor agregado que le dió Chiara Lubich en el ´91 fue, invitar a todos los que hacían de su compromiso evangélico una causa  para la transformación social, a que pasaran de una “comunión de bienes personal a una comunión de bienes a escala productiva”. De ahí que la “economía de comunión” pasa a ser una experiencia mundial, en la que participan ciudadanos, trabajadores, profesionales, estudiantes, organizaciones  y personas en situación de necesidad y, tiene como objetivo, contribuir a erradicar la pobreza mediante el compartir de bienes espirituales y materiales y el fomento de la autosostenibilidad,  a fin de crear  una economía   más justa y más humana.  “Economía  de comunión” ha evolucionado y se ha expandido por todo el mundo, alcanzando resultados palpables en estas dos últimas décadas, entre los que cabe destacar:

  • El desarrollo de una red socialmente responsable formada por empresas productivas que están dispuestas, colectivamente, a aplicar sus utilidades para facilitar el acceso a una vida digna de personas en situación de vulnerabilidad, a crear puestos de trabajo para que esa salida de la pobreza sea sostenible y a divulgar una “cultura del compartir”. La red incluye más de 800 empresas, cooperativas  y organizaciones  pequeñas y medianas, con  y  sin  fines  de  lucro,  en  más  de  50  países   presentes   en  todos  los continentes y un número mayor de organizaciones que, sin participar directamente de la red, adhieren a su espíritu y a sus valores
  • Una red de recursos financieros  que apoya,  en África, Asia, América Latina y Europa Oriental, a miles de familias  mediante: alimentos,  refugio,  asistencia  médica,  iniciativas  educativas, formación profesional y oportunidades de trabajo
  • La divulgación de   una   nueva   “cultura   del   compartir”,   ofreciendo   cientos   de ponencias  en  conferencias,  cursos  académicos  y  seminarios  internacionales sobre temas    económicos,    empresariales    y    de    desarrollo,    en    universidades de todo el mundo
  • Un modelo de desarrollo económico y social que atrajo la atención de más de 300 tesis de investigación y doctorado realizadas por jóvenes, en 14 idiomas distintos y en diversos entornos académicos.
  • La fundación y financiación del Instituto  Internacional  de la Universidad  de Sofia, cerca de Florencia  (Italia), que forma en la cultura de la comunión a jóvenes de todo el mundo.

Pero también la “economía de comunión” , fundamentalmente a través de los jóvenes, aprovecha las convocatorias internacionales para cuestionar el desigual sistema dominante en el mundo y proponer alternativas de cambio. En febrero del 2012, por ejemplo, en las reuniones del Consejo Económico Social de Naciones Unidas presentaron su experiencia testimonial y pidieron cambios concretos, mencionando entre otras cosas: “En  los últimos años el desarrollo económico ha estado drogado por un comportamiento éticamente   discutible   que pone en peligro la vida en el mundo.   El sistema económico y financiero occidental sigue siendo estructuralmente frágil y requiere nuevas reglas que le hagan recuperar sus  funciones en pro del bien común. Por ello, pedimos a los gobiernos y a los grupos de organizaciones no gubernamentales reunidos hoy:

  1. Que involucren a la sociedad  civil en el desarrollo  de políticas  que den valor a los trabajadores, incluidos los que se dedican al cuidado de los niños y a la asistencia a personas ancianas o con discapacidad.
  2. Que desincentiven las transacciones  financieras  altamente  especulativas, fomenten la transparencia fiscal y dicten impuestos justos para todas las transacciones.
  3. Que reduzcan el gasto militar.
  4. Que eliminen las barreras aduaneras para los productos de los países que respetan a los trabajadores y el medio ambiente.
  5. Que apoyen  las  políticas  e infraestructuras  que  alientan  a las  empresas a asumir responsabilidades como ciudadanos por el bien común.

La “economía de comunión” fue reconocida por el Papa Benedicto XVI en su encíclica  Caritas  in Veritate,  de 2009,  como  “una  nueva  y amplia  realidad compuesta,  que implica al sector privado y público y que no excluye el beneficio, pero lo considera instrumento para objetivos humanos y sociales”, dentro del universo de economías alternativas centradas en el bien de la persona, su comunidad y el medio ambiente. En la actualidad todos sus integrantes, según sus específicos ámbitos de actuación, participan y se comprometen en el incesante llamado del Papa Francisco a cambiar “esta economía que mata”. Para profundizar sobre estos temas existe una web muy completa www.edc-online.org desde donde también se pueden conocer sus desarrollos en Argentina. Si estas convicciones, esperanzas y compromisos  son compartidos  por muchas  personas  de todos  los continentes  y, si nuestro comportamiento cotidiano, refleja estas convicciones, la aspiración a una economía  no solo eficiente, sino también justa y fraterna, no será un simple sueño sino una realidad.

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LA ÉTICA Y LOS IMPUESTOS

Horacio Ziccardi
Profesor UBA, miembro de la Comunidad San Gabriel.

Introducción

 

Ética e impuestos son dos conceptos que se han entrecruzado constantemente aunque no siempre en concordancia.

La ética, en esencia, proporciona una serie de criterios y marcos teóricos indispensables para normar la conducta haciendo al ser humano responsable y capaz de tomar decisiones a la luz de los valores universales.

Sin embargo el ser humano, como ser social por naturaleza, utiliza su inteligencia y su voluntad para realizar todas sus actividades, aunque muchas veces, la superficialidad, el hedonismo, la ignorancia y la indiferencia, no le permiten ser plenamente consciente de los actos que realiza por costumbre, evitando la reflexión que le permita juzgar y valorar todos los actos de su propia vida.

Veremos entonces al individuo, como miembro de la sociedad, en su carácter de sujeto de un deber ético en el acto de contribuir.

Por su parte, los impuestos son cargas obligatorias que las personas y las empresas tienen que pagar para financiar al Estado. En pocas palabras: sin los impuestos, el Estado no podría funcionar ya que no dispondría de fondos para financiar la construcción de infraestructuras (carreteras, puertos, aeropuertos, etc.) y prestar los servicios públicos de sanidad, educación, defensa, sistemas de protección social como jubilación, desempleo, prestaciones por invalidez o accidentes laborales, etc.

Para su aplicación se tiene en cuenta, fundamentalmente, la capacidad contributiva que indica que quienes más tienen deben aportar en mayor medida al financiamiento estatal, para respetar el principio constitucional de equidad.

Por ello, teniendo en cuenta la trascendencia del objetivo de los impuestos y la importancia de las necesidades sociales por cubrir, resulta un imperativo ético contribuir al sostenimiento del Estado a través del sistema impositivo y, por lo tanto, podemos decir que quien no lo hace, desarrolla un comportamiento inmoral y repudiable. Así en términos generales, pero la cuestión es muchísimo más compleja y requiere un análisis más detenido.

 

Evolución de la relación Estado-contribuyente

En el transcurso de la historia, el ser humano ha ofrecido tributos, pagado impuestos y contribuciones, actos que implican necesariamente la asunción de elementos éticos.

Estas obligaciones vienen de antiguo como lo leemos en el Levítico “Todo diezmo entero de la tierra, sea de los productos de la tierra, sea de los frutos de los árboles, pertenece a Yavé. Todo diezmo del ganado mayor o menor, es decir, cada décima cabeza que pasa bajo el cayado, será cosa sagrada de Yavé” (Lev 30-32).

Se especifica en el Deuteronomio que la finalidad del diezmo es ayudar “al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman hasta saciarse” (Dt 26,11).

Estas reflexiones se refieren a la relación con              Dios. Sin embargo también los evangelios tratan la relación del contribuyente con el Estado y así, cuando los fariseos le preguntaron a Jesús si está permitido pagar el impuesto al César, respondió “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22.21), de manera que independiza el aporte ordenado por Dios de aquél que corresponde como ciudadano.

Estos conceptos los reitera San Pablo en su carta a los Romanos, diciendo que todos deben someterse a las autoridades constituidas porque no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen han sido establecidas por Él señalando que “por eso también, ustedes deben pagar los impuestos: los gobernantes, en efecto, son funcionarios al servicio de Dios encargados de cumplir este oficio… Den a cada uno lo que corresponde: al que se le debe el impuesto, el impuesto; al que se debe contribución, contribución; al que se debe respeto, respeto; y honor a quien le es debido” (Rom. 13, 6-7).

Fue Santo Tomás de Aquino quien en el siglo XIII, en su obra Suma Teológica, nos habló de la “justicia del impuesto”. Hasta allí había prevalecido la doctrina sustentada por los padres de la iglesia, los que basándose en el pasaje evangélico y en la carta de San Pablo, consideraban que correspondía el pago de los impuestos a los gobernantes, por tener estos, un poder recibido de Dios; siendo tal deber, por tanto, un deber moral, tanto si los impuestos eran justos como si no lo eran.

En cambio Santo Tomás consideró que el impuesto era justo y producía el deber moral de pagarlo si cumplía los siguientes cuatro principios:

  1. La causa final. Un impuesto solo es lícito cuando se dedica al bien común. Solamente se debe aprobar en el caso de que los representantes de la sociedad lo consideren justificado por los beneficios que para el bien común producirá la actividad a financiar con él.
  2. La causa eficiente. El impuesto debe ser aprobado por los representantes de la sociedad, aquellos a los que la constitución política conceda poderes para implantarlo. Además, tiene que ser exigido con las debidas garantías.
  3. La causa material. El impuesto debe gravar a quien tenga la capacidad económica suficiente para hacer frente a su pago. Es preciso que exista una realidad económica que posibilite la recaudación del tributo.
  4. La causa formal. La cuantía del impuesto debe guardar una adecuada proporción con la capacidad de pago del obligado para hacer frente a este. Este principio constituye “el requisito básico de la justicia del impuesto”.

Características de la imposición en la actualidad y la ética tributaria

La doctrina, a partir de Adam Smith, en su obra  Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones en 1776, fue estableciendo criterios que, como principios básicos, tomaron en cuenta las condiciones fijadas precedentemente y que llegan al día de hoy.  Considerando la situación argentina podemos decir que esos principios básicos han sido recogidos en normas constitucionales que sirven de sustento a la legislación positiva.

Así entonces, para la procedencia de la imposición debe respetarse, en primer término, el principio de legalidad, es decir que las normas fiscales deben estar aprobadas por el Congreso de la Nación. El segundo principio es el de igualdad que impide que haya diferencias en la carga del impuesto entendiendo por tal igual tratamiento a igualdad de capacidad tributaria. El tercero, el principio de proporcionalidad, que significa que debe estar equitativamente y proporcionalmente distribuidas las cargas fiscales en la población lo que no significa la prohibición de impuestos progresivos. El cuarto es el principio de no confiscatoriedad, en virtud del cual no se puede aplicar tributos que violen el derecho de propiedad.

Estos criterios se respetan en nuestro país a efectos del dictado de los respectivos gravámenes, pero sin embargo ello no es suficiente desde el punto de vista ético.

Por eso cabe señalar, que en materia de la imposición de tributos la ética exige el cumplimiento de distintas condiciones:

Así, en primer término, no basta que el tributo sea establecido por la autoridad legítima sino que además debe respetarse por las autoridades que administran esa imposición impidiendo la adopción de actitudes arbitrarias que obligan al cumplimiento de condiciones no previstas específicamente en la norma. Ello conlleva, desde ya, a la eliminación absoluta del uso del poder de esas autoridades para llevar adelante persecuciones políticas.

La segunda condición de una ética fiscal es que el sistema tributario tenga por fin obtener los recursos necesarios para atender las demandas de la sociedad y no buscar la solución para determinados factores de poder aun cuando ello se justifique en evitar daños supuestamente más graves.

La tercera condición, es que el gasto público sea gestionado con suficiente eficacia y honradez. El Estado debe evitar todo despilfarro de los fondos públicos, así como prevenir los abusos y las injusticias de sus funcionarios.

Por último la ética fiscal plantea que los tributos deben ser adecuados a la posibilidad de cada contribuyente, es decir respetar la capacidad económica de manera tal que las leyes fiscales deben contemplar la no gravabilidad, o hacerlo en mucha menor medida, a los menos pudientes y aumentando progresivamente en la medida que crecen las posibilidades económicas.

Es indudable que el no respeto de esos factores por parte de la administración puede implicar un rechazo de la obligación de pago de los tributos por parte de los contribuyentes, pero que quede claro que ellos no están legitimados para incumplir, pues el deber de contribuir conlleva un imperativo inseparable del individuo que vive en sociedad.

 Futuro. Oportunidad para cambiar

Todos los factores que hemos mencionado en los puntos anteriores nos indican que la marcha de la relación                         fisco-contribuyente debe estar imbuida del concepto de ética y para ello debe adaptarse y modificarse a efectos de formar una nueva cultura tributaria pues el momento que vive el país es oportuno para revisar los caminos seguidos y encarar una nueva visión ética tanto por el contribuyente como por las autoridades fiscales.

El contribuyente debe entender que dejar de pagar o evadir impuestos no soluciona nada, sólo promueve el fomento del individualismo. La consolidación de la conciencia social pasa necesariamente por la formación de la cultura contributiva.

Por ello su cuestionamiento por los desvíos efectuados por las autoridades fiscales en la aplicación correcta de los principios de la imposición no pasan por la evasión, sino por la exigencia clara y firme del respeto de estos y la vía para ello será mediante su actuación ciudadana.

Por su parte las autoridades fiscales deben extremar todos los recaudos necesarios para depurar la estructura de la administración tributaria de los integrantes corruptos o arbitrarios y, a la vez, tender al dictado de normas que sean claras y que permitan su aplicación mediante el respeto de la real capacidad económica, liberando a aquellos de menor poder adquisitivo.

Asimismo debe destinar los recursos exclusivamente al cumplimiento de los fines económicos y sociales previstos, cuidando celosamente de evitar su dispendio en gastos innecesarios o superfluos.

Está claro que el logro de este objetivo no es simple, pero es el camino que debemos proponernos para avanzar como sociedad, consiguiendo imponer la ética en la relación tributaria.

 

 

 

LA ÉTICA Y LA ECOLOGÍA EN LA CIENCIA ECONÓMICA

Manuel  Alvarado Ledesma
Economista, Profesor de la Universidad del CEMA

 De a poco, el criterio de maximización del beneficio comienza un proceso de subordinación a la ética y los valores y, por ende, la sustentabilidad ambiental

La economía es una ciencia nueva. Como ciencia, solo tiene poco más de dos siglos. Sin embargo, la historia de la economía viene desde los comienzos del hombre y se desarrolla en estrecha relación con la ética.

En el libro V de su obra Ética a Nicómaco y en el I de la Política, Aristóteles utiliza el término oikonomiké, para expresar el uso de lo necesario para la vida buena. Vale interpretar que considera la economía junto a la ética y la política como parte de la filosofía práctica. Patentiza, así, un vínculo inicial entre la ética y la economía, a través de los fines humanos.

Por siglos, la ética se mantiene relacionada con el estudio de la economía. Pero, luego de las obras de Adam Smith, considerado el padre de la ciencia económica, los economistas tienden a desprender sus análisis de la ética, pese a que este era catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow.

En su avidez por alcanzar un nivel más tangible y atemporal, como en la Física y otras ciencias naturales o experimentales, la mayoría de los sucesores de Smith, apuntan a encontrar leyes de comportamiento económico de carácter autorregulado, estable, permanente y de validez universal. Puede afirmarse que partir de David Ricardo, el análisis económico comienza un largo proceso de distanciamiento del plano ético, por introducir un enfoque más próximo a la ingeniería, centrado en los “medios” y dejando de lado los “fines” que se consideran dados.

Durante este proceso de alejamiento, el conocimiento económico mantiene un método crecientemente aséptico y cuantitativo, en menoscabo de los juicios de valor y del subjetivismo propio de la condición humana. En tal sentido, las contribuciones del utilitarismo y de las escuelas marginalistas y neoclásicas, que siguen a Ricardo, adoptan posiciones teóricas sin tomar en cuenta su carácter social. Porque la realidad es que, a diferencia de las naturales, las ciencias sociales tienen al hombre y su comportamiento como objeto central de la investigación.

De esta forma, por años la ética y la economía caminan por senderos diferentes. Y así, con una amplia distancia entre una y otra, se construye sobre la economía moderna un enfoque técnico sin considerar el plano ético, salvo contadas excepciones.

El distanciamiento entre ambas es, seguramente, la principal causa de los problemas ecológicos que sufre el mundo moderno. Acá es donde se encuentra el meollo de la cuestión.

Pero en las últimas décadas, al advertir la sociedad  los múltiples daños al ecosistema y, por ende, a su calidad de vida, la economía vuelve a tomar en cuenta la ética.  Así, esta ciencia comienza a entender su horizonte de mediano y largo plazo por lo que reconoce las restricciones que debe imponerse en pos del desarrollo sustentable. La palabra “desarrollo” expresa un compromiso de equidad y el adjetivo “sostenible” implica perduración y futuro.

En tal sentido, vale destacar el papel de la escuela neoinstitucionalista. En 1993, el neoinstitucionalista Douglas North obtiene el premio Nobel de Economía, en buena parte por demostrar la estrecha vinculación existente entre el desarrollo económico y el desarrollo institucional, con las normas y los valores de una sociedad. Para esta escuela, las instituciones proporcionan una infraestructura que sirve a los hombres para crear orden y reducir la incertidumbre.

Al premio Nobel de Economía Amartya Kumar Sen se debe, muy especialmente, la recuperación de la consideración ética para la ciencia económica. En su obra Sobre ética y economía, Sen dice: «No hay ninguna justificación para disociar el estudio de la economía del de la ética y del de la filosofía. La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano».

Justo es reconocer que pocas décadas antes, se encuentran economistas que, pese a la corriente general, destacan la necesidad de la ética en la economía. A mediados del siglo pasado, por ejemplo, el economista de la Universidad Católica Argentina, Francisco Valsechi, argumenta que la economía debe recurrir a la ética para que ella señale cuáles son los fines de la actividad humana y cuál es la adecuada jerarquía existente entre estos fines. Así, afirma que la “ciencia de los medios” debe subordinarse a la ética que es la “ciencia de los fines”.

La importancia de la ética en la economía se nota claramente cuando gran parte de los economistas incorporan la noción de capital humano y capital social, como factores intangibles de producción. Entre los primeros en retomar este camino, sobresale el Papa Juan Pablo II. En la Encíclica Centesimus Annus, afirma que “el desarrollo no debe entenderse de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral” y que “si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego fue el capital, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo”

Con las nuevas corrientes, queda patente la necesidad de modificar el “paradigma” de la maximización de beneficios, predominante en la ciencia económica.

Una vez comenzado el siglo, el criterio de maximización de beneficios comienza un proceso de subordinación a la ética y los valores y, por ende, la sustentabilidad ambiental. Es destacable la denuncia del Papa Francisco al hablar de “la lógica de las ganancias a cualquier costo”.

El instrumental de la economía así como de la ecología debe utilizarse paralelamente y simultáneamente con los principios éticos. De esta forma, es posible adquirir una visión holística de lo que es y de lo que no es posible ni deseable.

La explotación de recursos (finitos) y la aparición de desechos son problemas biofísicos que requieren de la ecología. No se trata sólo de problemas de eficiencia económica. La economía no puede asignar recursos en el contexto de un sistema global que desconoce. La economía puede, en cambio, estimular al conjunto social a caminar con estilos de vida en consonancia con la renovabilidad de los recursos y la reducción de los desechos con sentido ético.

El neoinstitucionalismo analiza las instituciones como hábitos y prácticas y ello permite entender la urgencia en desarrollar instituciones económicas que respondan a la ecología.

Para mejorar el medio ambiente, Juan Pablo II advierte que es imprescindible un cambio profundo en «los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad»[i] En otras palabras: se necesita el desarrollo de instituciones de producción y consumo que sometan los deseos y aspiraciones de los hombres a determinadas vías de acción en el marco de la ética y la ecología.

Por su parte Francisco explica que San Francisco de Asís “nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las Matemáticas o de la Biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas”[ii]

La conducta humana está vinculada directamente con el sistema de valores de la sociedad contemporánea. A lo largo de la historia, muy especialmente a partir de la Revolución Industrial, los valores individuales y sociales han estado alejados de preservación del ambiente.

La crisis ambiental exige que, cada vez más, la economía tome en cuenta la ética y la ecología a través de un sistema de valores donde la integralidad del hombre se desarrolle en armonía con el medio donde se desenvuelve.

[i] Centesimus Annus, 1991.

[ii] Laudato Si, 2015.

¿SABÍAS QUE VICENTE LÓPEZ CUENTA CON UNA RESERVA ECOLÓGICA?

La Reserva Ecológica de Vicente López tiene una superficie aproximada de 3,5 hectáreas y comprende a ocho ambientes naturales:
el sauzal, el pantano, el talar, la selva marginal, el pastizal, la laguna con su vegetación flotante, el matorral ribereño, y por fuera, el juncal.

Se visitan los ambientes con su flora y su fauna autóctona, recorriendo un sendero de aproximadamente 450 metros, con pasarelas que atraviesan el bosque del pantano y la laguna, donde se pueden observar las especies que la habitan.

Además, en otras 3 hectáreas contiguas hay un amplio Parque con juegos y lugares para sentarse y descansar.

ACTIVIDADES:
Recorrido por senderos y pasarelas
Visitas guiadas participativas para entidades educativas
Visitas guiadas gratuitas para el público (sábados 15 hs.)
Tareas de voluntariado
Charlas educativas
Talleres y proyección de audiovisuales
Biblioteca y videoteca
Vivero didáctico de plantas autóctonas.

HORARIOS:
Invierno de 9 a 17hs.
Verano de 9 a 18hs.
Cerrado los días de lluvia y sudestada

TELÉFONO:
4513-9858

DIRECCIÓN:
Paraná y Río de la Plata ( Altura Av. del Libertador al 4.000, Barrio La Lucila)

Para ampliar información: https://www.vicentelopez.gov.ar/sec_privada/imprimir.php?veidnota=84

NO HABÍA LUGAR PARA ELLOS

Mensaje de Navidad de los Obispos de la Región Patagonia-Comahue (diciembre de 2009)

Queridas hermanas y hermanos,

Una vez más las festividades de la Navidad nos unen en la gozosa meditación del gran amor de Dios Padre que “tanto amó al mundo que quiso enviarnos a su Hijo, para que tuviéramos vida por medio de él” (1 Jn. 4,9).

No tendría sentido hacer fiesta, comer pan dulce y brindar con sidra si no pensáramos, al menos un momento, por qué estamos haciendo fiesta y por qué intercambiamos los augurios de felicidad.

1- “No había lugar para ellos”

En la narración del nacimiento de Jesús hay una  afirmación que nos parece muy importante reflexionar. El Evangelio de S. Lucas dice que José y María, cuando llegaron a Belén, tuvieron que refugiarse en una gruta porque “NO HABÍA LUGAR PARA ELLOS” (Lc. 2,7) en el albergue de la ciudad. La triste realidad era que el mundo que había nacido de Dios Padre como un proyecto de amor para ser “casa de todos”, no hacía lugar para hospedar una mujer que estaba a punto de dar a luz.

Situación que se ha vuelto muy frecuente en la historia de la humanidad. Hoy se torna cada vez más difícil que todos “tengan un lugar”. No sólo no hay viviendas para todas las nuevas familias, en particular las más pobres que tienen que amontonarse en asentamientos inhumanos, sino también porque se multiplican los lugares donde la vida humana ya no es posible por la contaminación y la desertificación.

El drama de Belén hoy se repite. Hay quienes no tienen lugar porque se les niega el derecho a la vida antes de nacer, así como existen ancianos que sufren el desalojo y alejamiento de su propia familia. Hay familias que por la inseguridad y la violencia sufrida pierden su casa y sus bienes. Y de no tomarse en serio el cuidado del suelo, el aire y el agua muchos más quedarán sin “un lugar” para vivir. Es por eso que, en sintonía con el lema del año 2010: “SI QUIERES CULTIVAR LA PAZ, CUIDA LA CREACIÓN”,  propuesto  por Benedicto XVI, quisiéramos llamar su atención sobre el cuidado del universo  para que no transformemos este mundo en un lugar inhabitable

2- La tierra, el aire y el agua don de Dios para todos

La familia humana necesita una casa a su medida, un ambiente donde vivir sus propias relaciones. Esta casa es la tierra, el ambiente que Dios Creador nos ha dado para que lo habitemos.

El Papa Benedicto XVI nos dice: “Cuando Dios, con la creación, ha dado al hombre las llaves de la tierra, espera de él que sepa usar de este gran don haciéndolo fructificar en modo responsable y respetuoso”.

Solamente así con responsabilidad y respeto esa naturaleza que nos alberga y que hemos recibido como un don será capaz de ser la casa de nosotros y de nuestros descendientes.

Existen dos formas de relacionarse con la creación: usarla de manera respetuosa, para que nos conceda lo necesario para la vida, o explotarla de forma irresponsable, para sacarle todo lo que tiene y dejarla inservible y nociva para las futuras generaciones.

Dice Benedicto XVI: “Hoy se ha de ayudar a las personas a que sepan ver en la creación algo más que una simple fuente de riqueza o de explotación en manos del hombre”. La Creación es la casa común de todos nosotros y  de nuestros sucesores. Una casa que debemos cuidar, que no podemos explotar bajo pena de destruirla para siempre.

En la vida cotidiana cuando alguien puede llegar a tener una casa propia se esmera para hacerla habitable, trata de mejorarla cada día y no permite que alguien la arruine o destruya. Así tendría que ser nuestra relación con la naturaleza que nos cobija, tanto más para aquellos que vivimos en este rincón maravilloso del planeta: la Patagonia. Un lugar ciertamente muy codiciado por ser aún natural, por no haber sido dañado por la mano del hombre, por ser uno de los reservorios de agua dulce más importante del mundo.

Es por eso que nos preguntamos: ¿Qué intenciones pueden inspirar a ciertos proyectos que terminan transformando una naturaleza llena de vida en tierra de muerte? La explicación posible parece ser la búsqueda del lucro inmediato sin alguna preocupación por el futuro. Esta actitud no tiene en cuenta“el bien común” y  prioriza el interés de unos pocos en desmedro de las necesidades de la familia humana de hoy y  de mañana.

Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente al cesar sus actividades y al retirarse dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener.

La pesca y la minería son actividades necesarias, nobles y dignas de ser aprobadas, siempre que se ejerzan evitando la depredación impune y la contaminación.  Hay que cultivar la tierra, sin intoxicarla y sin agotarla. Todas las actividades productivas y extractivas, deben respetar un determinado orden inscrito en las leyes y en la finalidad de la naturaleza para que no se vuelvan contra el hombre.

Debemos entonces ser consientes y estar preocupados por  las consecuencias de la actividad del hombre, sobre los frágiles equilibrios del planeta. La afirmación del Evangelio que estamos comentando, es dramática y muy triste: “no había lugar”, más dramática y triste cuando es producto del egoísmo humano y de una ausencia total de solidaridad.

3- Todos somos responsables

Frente a la situación de María y José al “no encontrar un lugar” para cuidar la vida de Jesús, queremos llamar al compromiso para que el mundo pueda ser  siempre la casa de todos. Compromiso entonces de cuidar y defender la tierra, el agua y el aire, para que sea en definitiva un “mundo habitable”, como Dios quiere (cf. Is. 45,18).

Cuidar de la creación requiere la participación responsable de todos en lo que atañe al bien común.

Invitamos a nuestros legisladores para que pongan reparo a esta situación mejorando las leyes existentes, haciendo más rigurosos los controles necesarios y estableciendo regalías e impuestos que permitan a los gobiernos provinciales y municipales pensar en la economía futura cuando las empresas hayan dejado el lugar.

Pedimos a los gobernantes que no se dejen ilusionar por las promesas y el dinero que empresas sin escrúpulos pudieran ofrecer. Que piensen políticas de estado a mediano y largo plazo apropiadas en la búsqueda de un desarrollo sustentable para las actuales y futuras generaciones.

Comprometemos a todos, y en especial a los medios de comunicación social, a incentivar la responsabilidad que nos compete a todos de cuidar el ‘eco sistema’ en función del bien común.

Exhortamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad  para que estén alerta y se organicen para impedir proyectos que no tengan en cuenta la preservación del medio ambiente y de la vida, que no se dejen ilusionar por beneficios inmediatos que comprometen negativamente el futuro.

Invitamos a todos los empresarios a tener en cuenta la responsabilidad social de sus emprendimientos, la explotación de los recursos naturales tiene una hipoteca social.

Alentamos a cada familia, y al mundo de la educación, que siembren en las nuevas generaciones un estilo de vida marcado por la sobriedad y austeridad solidaria, como camino seguro para que el planeta sea siempre “casa para todos”.

Valoramos a todos aquellos, especialmente a los pueblos originarios, que consideran a la tierra como madre, fuente de vida y casa común, y los alentamos a promover esta verdad en los demás.

  1. Imploremos la gracia de la Navidad.

Pedimos al Señor, por intercesión de María que buscaba albergue para dar a luz a su Niño, para que todas las mujeres y los hombres, especialmente los más pobres, puedan encontrar un lugar digno en el mundo, y que el nuevo año nos encuentre comprometidos viviendo el lema de la jornada mundial de la paz que nos propone el Papa: “Si quieres cultivar la paz, cuida la creación”.

Los Obispos de la Región patagónica muy fraternalmente compartimos con ustedes y sus familias la alegría del Nacimiento del Salvador, y  el compromiso que su presencia suscita  de hacer de nuestro suelo y de nuestra historia un lugar feliz, de bendición, de gracia y de progreso sustentable para todos.

Les damos nuestra afectuosa bendición personal en estas fiestas de Navidad y del Nuevo Año del Bicentenario de nuestro camino como Nación Argentina.

Rezamos por ustedes, recen por nosotros.

Mons. Marcelo Melani, sdbobispo de Neuquén
Mons. Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle
Mons. Esteban Laxague, sdbobispo de Viedma
Mons. Fernando Maletti, obispo de San Carlos de Bariloche
Mons. José Slaby, cssrobispo Prelado de Esquel
Mons. Virgino Bressanelli, scjobispo de Comodoro Rivadavia
Mons. Juan Carlos Romanín, sdbobispo de Río Gallegos 

 

¿QUÉ HAGO POR LA ECOLOGÍA EN MI CASA?

Los alumnos de 5° año de primaria se animaron a responder esta pregunta y relatan las distintas cosas que realizan en sus casas para cuidar el medioambiente.

Recopilamos algunas de ellas e invitamos a los lectores a inspirarse con sus respuestas para seguir cuidando nuestro Planeta, que es un regalo de Dios, entre todos.

Datos estadísticos:

Universo: 61 respuestas

  • Pilas recargables: 12 respuestas 20%
  • Agua: 31 respuestas 51%
  • Electricidad: 29 respuestas 47%
  • Reciclar/Separar: 41 respuestas 67%
  • Tapitas: 4 respuestas 6%

Ailén R.

Yo compro pilas recargables, junto tapitas, no uso mucha luz, solo la luz del día, uso las cosas de electricidad pero después las apago y cuido las plantas.

Vicky O.

Apago la tele y las luces en mi casa cuando no lo necesito y cuando como la comida y sobra, no la tiramos, la comemos otro día.

Ezequiel

Yo reciclo las botellas, papeles, apago la electricidad de mi habitación cuando me voy.

Felipe V.

Yo uso pilas recargables, cuando me voy de mi cuarto apago la luz y el ventilador si está prendido.

Emilia J.

Yo para cuidar el medioambiente, cuando como una naranja o mandarina, después hago una cajita. Cuando salgo de mi cuarto o de alguna parte de mi casa, apago la luz.

Chiara

Lo que hago es: a veces sacar la basura, siempre que hay una canilla abierta la cierro (a menos que la estén utilizando), cada vez que tenemos (mi familia y yo) que tirar el telgopor lo uso para hacer manualidades, con una amiga hicimos tambores con latas y maracas con vasos descartables. Eso es todo lo que hago para cuidar el medioambiente

Renata Be.

Tiro los papeles a un tacho, las latas en otro y el plástico en otro. Los cartones en una caja aparte. Reutilizo los tarros de mermelada en mini-macetas.

Pedro

Yo tiro la basura en el tacho de reciclaje (verde) y lo otro va en el tacho de no reciclaje (negro). No uso mucha tecnología.

Julia R.

Hay una plaza que está a la vuelta de mi casa que recicla y yo todos los meses junto dos bolsas y las llevo para reciclar: una bolsa por plástico y una por papel.

Matteo F.

Si uso un sachet de leche cuando se termina lo lavo y lo pongo en el reciclaje, lo mismo con un pote de postrecito.

Francisco M.

Yo cuido el medioambiente cuidando el agua y la luz. Cuando la luz no la uso la apago y el agua la cierro bien y reciclo.

Victoria R.

Yo lavo los potes de yogur y los pongo para que mi hermana juegue al supermercado. Con mi mamá separamos la basura del diario y cartón.

Carolina B.

Yo en mi casa en vez de prender todas las luces, abro las persianas.

Marco D.

Yo cierro la canilla cuando me lavo los dientes, cuando me compran yogures los envases los uso para cosas, o cuando le hago el té a mi papá cuando termino, cierro la llave de gas.

Lara I.

Yo cuando me lavo los dientes, mientras me los lavo no dejo la canilla abierta y lo mismo cuando me lavo las manos. En vez de venir al cole en auto, vengo caminando. Cuando lavo los platos, no dejo la canilla abierta, primero le pongo detergente a unos cuantos y después abro la canilla para enjuagarlos.

MISERICORDIA

Llegando a un nuevo fin de año, que este en particular coincide con el fin de un ciclo político y la asunción del nuevo presidente, la Iglesia nos sorprende con la celebración de la Encarnación del Hijo de Dios, la Navidad.

¡Dios se hace carne! ¡Dios se hace hombre!

Fácil decirlo, pero difícil pensarlo y razonarlo, si ese Hijo cuyo nombre es Jesús, no nos hubiese dado con su mensaje y con su vida, las necesarias coordenadas para que desde nuestra pequeñez humana, con el solo acto de fe, alcancemos a tocar con el propio corazón este misterio: Dios y el ser humano se han unido y nada ni nadie podrá romper esta Alianza eterna.

La Historia humana con la fuerza de cada pueblo y de todos los pueblos, que cada vez estamos más cercanos, el mundo es una aldea, las historias de cada persona, aún la de los sin nombre y sin rostro, la historia de la Humanidad en todas sus dimensiones y expresiones de fe, busca conciente o inconcientemente renovar esta Alianza. El ser humano y la Historia caminan a esa unión definitiva que ya ha comenzado en Cristo y se realizará en la consumación de los tiempos, en el advenimiento definitivo del Hijo del Hombre. Esta es nuestra fe y esperanza.

Pero la Historia del género humano es también historias de ruptura del Amor y de la Alianza, se trata de romper lazos con Dios y con los otros, ignorar al hermano y matarlo, violencia, indignidad, pobreza, guerras, París, ISIS, ignorancia, persecución, refugiados, sin techo, sin tierra, hambre, drogas… es parte del mismo misterio, no son dos, es uno solo, es el misterio del hombre y la mujer, que es capaz al mismo tiempo de amar y unir, y de odiar, matar y destruir.

El mismo individuo y la misma Humanidad toda, es capaz de amar y odiar intensamente.

Somos capaces de la maravilla de construir y del horror de destruir al mismo constructor y su obra: el hombre y la Humanidad.

 

Tal vez porque la historia nos está apremiando en tanta humanidad herida es que Francisco, Pastor Bueno, lanza un grito firme, cálido, humano y lleno de ternura: ¡MISERICORDIA!

 

Con el equipo de redacción, en este número en particular, nos hacemos eco de esta palabra y sin querer menoscabarla y/o moralizarla, muy por el contrario, redescubriéndola y admirándonos de su fuerza, deseamos invitar al lector a detenerse en una lectura pausada y en oración, si fuese posible con la imagen de la tapa, el abrazo en el que Rembrandt recrea el encuentro del Padre con su hijo pródigo. Detenerse decíamos, en las primeras hojas y rezar con la Bula de convocatoria del Jubileo, en el que el Papa Francisco convoca al Año Santo de la Misericordia, Misericordiae Vultus. Se nos hace una obligación leerla.

En ella, recorreremos las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales, que la Iglesia tomó de diversos textos de la Biblia y que reflejan las enseñanzas de Jesús. Así, en esta edición nos proponemos reflexionar sobre ellas, recordarlas y resignificarlas en nuestra vida cotidiana. Algunos artículos arrojan luz sobre las Obras Corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Otros, dan muestra de las Espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.

Todos estos artículos, cargados de contenidos pero fundamentalmente de experiencias personales e incluso el examen de conciencia que ofrecemos al final, intentan al modo en que lo hizo Francisco en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre, abrir la puerta no tanto de la cabeza, sino la del corazón y mejor aún, la puerta de las entrañas personales.

Deseamos colaborar en ese proceso personalísimo que es abrir la puerta a la Misericordia, con la esperanza de ser alcanzados y transformados por ella, porque la Misericordia es el Ser de Dios.

¿Puede la Misericordia sacarnos de la dinámica del mal, del odio, del desamor y del sin sentido?

¿Será la Misericordia la que nos lleve a la dignidad humana?

¿Podrá la Misericordia sanar el macro-mundo de todos y el micro-mundo de cada uno?

No se trata de preguntas retóricas que buscan moralizar la realidad, se trata de pensar hasta dónde seremos capaces de dejar que Dios nos toque con Su Amor y Ternura, con Su Misericordia. Y además, dejar que ese toque profundo y sanador, venga de la hermana y del hermano cotidiano o ajeno.

 

El Obispo ha encargado a nuestra Parroquia junto a otras de la Diócesis, ser lugar de peregrinación, para el encuentro con el Dios de la Misericordia. Estamos invitados a convertirnos en una puerta humana, para que toda humanidad, especialmente la herida, encuentre aquí el espacio para la contención y la sanación. ¡Que nadie se quede afuera!

Todos estamos invitados en el Año Santo, a pasar la puerta de la Misericordia y ser nosotros mismos en puerta para muchos, en la comunidad parroquial y escolar, en cada familia, en cada corazón y allí donde estemos, sin excusas.

 

EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO

Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt

“El joven sostenido y bendecido por el padre es un pobre hombre. Dejó su casa lleno de orgullo y dinero, determinado a  vivir su propia vida lejos de su padre y de su comunidad. Ahora vuelve sin nada: dinero, salud, honor, dignidad, reputación. El hijo arrodillado no lleva túnica alguna. Su ropa amarilla con tonalidades marrones sólo le cubre el cuerpo cansado y sin fuerza. Las plantas de los pies muestran la historia de un viaje humillante. Tiene una cicatriz en el pie izquierdo, que está fuera de la sandalia. El pie derecho, cubierto en parte por una sandalia rota, habla también de miseria y sufrimiento.

Al ver la forma como Rembrandt retrata al padre, surge en mi interior un sentimiento nuevo de ternura, misericordia y perdón. Pocas veces el amor compasivo de Dios ha sido expresado de forma tan conmovedora. Cada detalle de la figura del padre —la expresión de su cara, su postura, los colores de su ropa y sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos— habla del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre.

Veo también compasión infinita, amor incondicional, perdón eterno —realidades divinas— emanando de un Padre que es creador del Universo. Aquí, lo humano y lo divino, lo frágil y lo poderoso, lo viejo y lo eternamente joven están plenamente expresados.

Dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de la realidad espiritual de que pertenezco a Dios con todo mi ser, de que Dios me tiene a salvo en un abrazo eterno, de que estoy grabado en las palmas de las manos de Dios y de que estoy escondido en sus sombras.

El núcleo del cuadro de Rembrandt son las manos del padre. En ellas se concentra toda la luz; en ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y cura y a través de ellas, encuentran descanso no sólo el hijo cansado sino también el anciano padre.

Estas manos, son las manos de Dios.

Rembrandt quiso hacer algo diferente al pintar a Dios como un sabio y anciano padre de familia. Las manos son algo diferentes la una de la otra. La izquierda, sobre el hombro del hijo, es fuerte y musculosa. Los dedos están separados y cubren gran parte del hombro y de la espalda del hijo. Veo cierta presión, sobre todo en el pulgar. Esta mano no sólo toca sino que también sostiene con su fuerza. Aunque la mano izquierda toca al hijo con gran ternura, no deja de tener firmeza.

¡Qué diferente es la mano derecha! Esta mano no sujeta ni sostiene. Es fina, suave y muy tierna. Los dedos están cerrados y son muy elegantes. Se apoyan tiernamente sobre el hombro del hijo menor. Quiere acariciar, mimar, consolar y confortar. Es la mano de una madre.

El Padre no es sólo el gran patriarca. Es madre y padre. Toca a su hijo con una mano masculina y otra femenina. Él sostiene y ella acaricia. Él asegura y ella consuela. Es, sin lugar a duda, Dios, en quien femineidad y masculinidad, maternidad y paternidad, están plenamente presentes”.

 

CONTENIDOS DE MISERICORDIAE VULTUS

Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

Francisco, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios. A cuantos lean esta carta. Gracia, misericordia y paz.

 

  1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.
  1. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.
  1. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.

  1. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella »[2]. En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades »[3].

Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia[4].

  1. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.
  1. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia »[5]. Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón »[6] Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

«Paciente y misericordioso» es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor «visceral». Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.

  1. «Eterna es su misericordia»: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con su pueblo una historia de salvación. Repetir continuamente «Eterna es su misericordia», como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de su él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: «Eterna es su misericordia».

  1. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

Jesús, delante a la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde la profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo[7]. Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

  1. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete » (Mt 18,22) y pronunció la parábola del «siervo despiadado». Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, lo suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos » (Mt 18,35).

La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser un palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.

  1. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia »[8]. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.
  1. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia, que en su momento llegó sin ser esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente: « La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios »[9].

Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: « Ella está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo … me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo »[10]. Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora »[11].

12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.

14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta: « No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar y dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el «lema» del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: « Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme » (Sal 70,2). El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.

15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de violencia que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos «más pequeños» está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga … para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor »[12].

16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,12). «Un año de gracia»: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).

17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).

Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este tiempo de oración, ayuno y caridad: « Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: « ¡Aquí estoy! ». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan » (58,6-11).

La iniciativa «24 horas para el Señor», de celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.

Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.

18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).

Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis «misiones para el pueblo» de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en el invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).

19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.

La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.

¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.

20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.

Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y sus amigos dice a los fariseos que lo contestaban porque comía con los publicanos y pecadores: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende porque en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las persona, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas.

Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas -« yo quiero amor, no sacrificio ». Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.

También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley » (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).

21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo. El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras del profeta lo atestiguan: « Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se han negado a convertirse »

(Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero rostro de Dios: « Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar » (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: « Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia »[13].

Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos judíos: « Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree » (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dos, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa.

23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El Islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.

Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.

24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende « de generación en generación » (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.

Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que han hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su amor.

25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable es la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos » (Sal 25,6).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado.

Franciscus

 

[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 4.

[2] Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 2-3.

[3] Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965.

[4] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16; Const. past. Gaudium et spes, 15.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.

[6] XXVI domingo del tiempo ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el Siglo VIII, entre los textos eucológicos del Sacramentario Gelasiano (1198).

[7] Cfr Hom. 21: CCL 122, 149-151.

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.

[9] N., 2.

[10] Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, 15.

[11] Ibíd., 13.

[12] Palabras de luz y de amor, 57.

[13] Enarr. in Ps. 76, 11.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MISERICORDIA?

Por Javier Goliszewski. Miembro del Equipo Responsable de la Revista.

Sed misericordiosos como vuestro padre eterno es misericordioso. (Lc.6, 35-36)

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿Cómo configurarnos en la atmósfera de la misericordia? ¿Es, por ejemplo,  posible vivirla en permanencia?

Para cada persona, la palabra misericordia resuena dando vida a diferentes raíces, hechas de experiencia, aspiraciones y Gracia. Misericordia es una palabra que nombra este misterio presente en la creación, que se puede hacer cada vez más presente en nosotros por la Gracia de la oración y puede ser asistido por las raíces que hayamos sabido nutrir en nosotros, masticando la palabra, viviendo la palabra, actuando la palabra.

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿De algo episódico o más bien algo continuo? ¿De un estado de conciencia permanente o de la connotación de un hecho aislado misericordioso? ¿De algo que nos llega como una inspiración o de una condición más interior, que emerge y da tono a nuestra conciencia?

Cuestionarnos en nuestra comprensión misericordiosa de la realidad, puede ayudarnos a enraizar en nuestra conciencia un marco de referencia creativo y coherente, convincente, movilizador.

El sentido de estas líneas es darnos alguna guía  acerca de cuál es la ecología de la manifestación misericordiosa, ecología que necesita ser nutrida con acción y oración, cuando no decantada, considerada, en sus condiciones más propicias para así poder meditarla y que tomando todo nuestro ser, nuestra respiración, nuestro corazón, surja natural en nosotros.

El planteo individualista de la búsqueda de progreso y provecho, del triunfo, de la ventaja y la superioridad por encima de los competidores, puede haber contribuido a generar una niebla que si no nos alejó totalmente del sentimiento y la vivencia misericordiosa, puede haber modificado nuestra capacidad, nuestra espontaneidad de reconocerla, actuarla, celebrarla.

En esta atmósfera, en el año del jubileo y coincidente con la publicación de la Bula Misericordiae Vultus, puede ser bueno prepararnos mirándonos en nuestro interior y desde allí, familiarizarnos con ayuda de la memoria, reflexionando acerca del trayecto que hemos cumplido desde nuestra niñez, al atravesar el “planeta misericordia” en nuestro corazón.

Si no hemos sido permanentemente concientes de la actitud de misericordia de nuestros pensamientos y actos, al menos reconoceremos vivencias en que nos hemos sentido involucrados en primera persona, ya sea como receptores o dadores y a veces en que percibiendo esa atmósfera entre terceras personas, algo en nosotros fue tocado por una experiencia que no era posible reducir a términos explicativos, racionales o morales, que era más bien, “una celebración de un encuentro”.

Luego, una alternativa parecida a veces puede ser el ejercicio de respirar en meditación, luego de un breve examen de conciencia,  focalizándonos en meditar acerca de alguna breve frase que nos persuade en la  actitud de misericordia, para incorporarla en nuestra manera de vivir el día a día, o para acercarnos y acoger momentos, situaciones de misericordia, con creciente espontaneidad, creatividad, profundidad.

La oración y la contemplación del Corazón de Jesús, como centro del Universo, y la práctica de la respiración con meditación, son un umbral muy fértil para vivir en el mundo en presencia de la misericordia.

Los factores del mundo que nos rodea pueden también ser un posible y fértil condicionamiento para asimilar la atmósfera de la misericordia. No siempre estamos rodeados de circunstancias ideales. En principio haber crecido en medio de una familia funcional, con relaciones vivas de ternura y delicadeza, es un privilegio y una Gracia que despliega en nuestras raíces del pensamiento la comprensión y la invocación, el entendimiento y acogida de la Gracia de la misericordia. Sin embargo la realidad urbana contemporánea, introduce una enorme cantidad de estímulos compulsivos, reactivos, que a veces embargan nuestra conciencia con singular extensión en tiempo e intensidad y que alteran la escucha de la inspiración misericordiosa en nuestro interior, con innumerables pulsiones disonantes y no exactamente acogedoras.

Las comunidades en que trabajamos, empresas, oficinas, también pueden ser si son positivas, un agente que nos confirma  para ayudarnos a permanecer en la misericordia, en mayor o menor medida.

Visitar por unos días monasterios contemplativos, por ejemplo los trapenses como los de Azul e Hinojo o, benedictinos como los de Jáuregui, Los Toldos, Victoria en Buenos Aires o Victoria de Entre Ríos, puede ser una forma de conectarse con la actitud de misericordia al interior de una comunidad. Esta es una forma de conectarse con una experiencia de comunidad que vive profundamente la actitud de misericordia. En ellas, el trato con el monje hospedero u otros monjes, la frecuentación de los salmos en el oficio divino y la cadencia de diálogo del canto gregoriano, suplen con suave y resistente fibra el entramado de nuestra conciencia misericordiosa.

Cuando la fragmentación de nuestra vida supera un cierto límite, la contemplación de la naturaleza, de la música, la frecuentación de ciertas manifestaciones artísticas, el cine, la pintura, pueden adecuarnos por analogía en su estructura sinfónica, articulando diversas partes en una armonía en las que estas interactúan dentro de un todo que supera las partes, resuena mas allá de las partes. Esas experiencias dejan el espíritu proclive a considerar la realidad con amplitud e inteligencia, llevándolo a un deseo de extender  ese ánimo suavemente al corazón de nuestros semejantes.

A la raíz de esta pregunta acerca de qué significa para nosotros la misericordia, debemos considerar como fundamento y guía, que la voluntad de ser amados que anida en todo ser humano, es la que nos hace ser misericordiosos.

Y en el misterio de la voluntad divina de encarnarse para hacerse cercano, en un Dios que no se rinde, que misericordioso, se nos ofrece accesible a través de Cristo, se nos ofrece ser amados para nuestra salvación como personas.

Nos queda buscar corresponder, comprender, querer y hacer (interesante leer Ez. Caps. 16, y 47) lo que la inspiración de la Gracia y el tesoro de nuestra naturaleza nutrida de la experiencia, nuestras raíces semánticas de la palabra misericordia,  nos sugieran a cada uno, acerca de esta fidelidad con que somos amados.

Nacemos misericordiosos, inocentes y sujetos a buscar el todo, el absoluto de la misericordia y el amparo, primero en nuestra familia, en nuestra madre, y luego en un viaje que puede ser más o menos accidentado, en Dios.

El resultado de este viaje accidentado en busca de esa misericordia y amparo absolutos, que ya es misericordia cuando es búsqueda, puede volver necesario hacer memoria como escribiendo un diario, una historia, en la que las escenas de atravesar la nebulosa de nuestras desorientaciones y búsquedas haya dejado tal vez períodos de confusión, frialdad, rigidez, indisponibilidad para con los demás, si no con nosotros mismos. Un balance que nos estimule a perseverar.

Tal vez tengamos que aceptar que nuestra relación con la misericordia pareciera haberse hecho más relativa aún en el tiempo actual.

Desde la diáfana empatía de nuestra niñez, el aislamiento, la inseguridad psicológica, el racionalismo y su reverso, el descreimiento,  la competitividad en general, la inseguridad y desconfianza urbanas, la baja autoestima y tantos otros fenómenos del relacionamiento, han actuado a veces como disuasores de aquella fe en la misericordia.

Cuando desorientados podemos haber perdido de vista nuestra cualidad misericordiosa esencial y nuestra virtud constante del encuentro celebrado, dejamos de nutrirlo. Enseguida otras cosas comienzan a influir en las prioridades de nuestro existir.

Sigue en nosotros la misericordia, pero la cubre una niebla.

Atravesar la niebla de nuestra desorientación, revisitar nuestra memoria y zambullirnos para recordarnos y reposicionarnos en misericordia, puede incluso al comienzo  descolocarnos, puede significar la experiencia de salir de la niebla con algo parecido a “invocar intelectualmente la misericordia”, en una especie de balance  aún sin  fuerza, sin las características que residen potenciales, en nuestro corazón, en nuestro relacionamiento con este don de Dios, este don de aquella esencia misericordiosa que paladeáramos en nuestra infancia.

Con la conciencia de lo que nos hace  falta, es muy necesaria y oportuna la oración y el pedido de la Gracia para encarar ese examen, para preparar el corazón.

Luego, podemos continuar con actos de observación particular de nuestros recuerdos relacionados con la misericordia.

Por ejemplo, a veces puede ser más simple identificar en la memoria nuestra actitud de misericordia en un acto aislado, atento, de generosidad hacia alguien dramáticamente necesitado, para recordar luego el sabor de volver a nuestro legítimo desempeño social, laboral, familiar o económico, necesario, e inadvertidamente más seco, racional y material. Saborear el contraste de estas actitudes.

Otras, podemos recordar como ejercicio, como se gustaba absolver una secuela de actos misericordiosos solo materialmente, como cuando se contribuye ya sea en dinero o especie con una causa, concreta, pero abstrayéndonos del encuentro con la presencia del otro. Meditar en la diferencia entre situaciones con contacto personal, con involucramiento subjetivo en contrapunto con otras en que actuamos sí, con generosidad, pero sin conocer a los destinatarios concretos de nuestro gesto.

Es más intenso y claro encontrar el significado personal de la misericordia en situaciones concretas que nos han colmado de satisfacción por el bien hecho, o bien, predicados que sean más bien ausencia de ella (el insulto, el bullying, el chisme y la difamación) pero que hablan aún negativamente a nuestro corazón, a nuestra emocionalidad, dejando un mensaje de contrapunto, de cómo es detestable, desagradable el recuerdo de la actitud carente de misericordia.

No solo racionalizar, sino recordar y orar.

Me animaría a decir, que somos misericordia. Búsqueda y encuentro de misericordia. Y que lo olvidamos.

Misericordia es como una gracia de buscar con el corazón, ser, viendo y viviendo el momento del corazón del otro como un momento nuevo. Como teniendo su destello en un momento central, un centro del momento, en el que se reproduce el contacto de celebración de las creaturas, en torno a la fuente del amor, que es Dios.

Esta misericordia que somos, este don de Dios que se desarrolla en nutrimiento, calor y dulzura en nuestros pensamientos y en nuestros actos, que admiramos o anhelamos, pareciera que se ceba y cultiva en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, en tres fuentes o puertas de manifestación: la presencia, el encuentro y la celebración.

Presencia en la misericordia significa estar ahí. Estar con el corazón y la intención puesta en acoger integralmente al otro, con su necesidad pero también con su dignidad, su resplandor, su corazón.

El encuentro en la misericordia significa la búsqueda de manifestarme al otro en la escucha de su presencia. Presencia del otro que no solo es Epifanía, erlebnis –vivencia –, sino también huellas, heridas y alegrías de su camino, su épica y sus derrotas, erfahrung –experiencia de vida –, consideración desde el corazón de lo visible en él y de lo que solo se acoge a través de la búsqueda de la escucha empática, alerta.

La celebración en la misericordia es un hacer y un reconocer –aceptar- en el encuentro. Mucho de la celebración acontece sin nuestra intervención voluntaria, en mi acoger con humildad la inmensidad que ocurre en este momento presente en que estoy con el otro. Mas allá de mis prevenciones o estrategias, mas allá de mis expectativas o contribuciones. Es un hacerme humilde frente a la cualidad numinosa  del encuentro con el otro.

Creo que esto es así porque antes que nada la misericordia es un centro en el cual vivimos aunque no nos demos cuenta, en el cual somos amados tácita e intensamente por Dios y desde el cual podemos abrirnos en el desbordar de la Gracia, hacia nuestros semejantes y a través de nuestros sentidos. Nuestros sentidos, humanos, falibles, obnubilados a veces o muy ocupados otras, frustrados, detallistas, impacientes, apáticos, distraídos y dispersos, o concentrados e inalcanzables. Toda una niebla de los sentidos. Revelar la esencia detrás de la niebla a través de la oración, el ruego por la transparencia del amor, en lo que dar la capa, caminar otra milla, significan no solo superarnos en la ofrenda, sino celebrar el infinito del amor de Dios en el que la criatura se sintoniza con la actitud de misericordia.

De las tres fuentes juntas, presencia, encuentro y celebración, en Dios que está en nosotros y por su Gracia, nace el don.

Cuenta una leyenda que Kwiakiutl es el nombre que George Vancouver, el explorador naval, dio a una tribu de la costa del Pacifico canadiense. Extraviado en medio de muy densa niebla con sus naves en el corredor interior de las islas de la costa de América del Norte, buscando el mítico pasaje hacia el este, anclo y durante la espera vinieron a su encuentro en medio de la niebla decenas de indios en canoas. Atemorizado y un poco resignado en su suerte ante la impracticable opción de levar anclas y alejarse, les acogió en la cubierta de su navío y en medio del parlamento ininteligible y confuso, intentó preguntarles cuál era el nombre de su tribu,  para poder así ilustrarlo en el cuaderno de bitácora, como parte del reporte.

–Kwiakiutl!! Kwiakiutl! le respondieron, a lo que el procedió, registrándolo.

Años después se reveló, continúa la leyenda, que Kwiakiutl en el idioma de ese pueblo, quería decir –“Perdidos en la niebla”. Aparentemente, aquellos habitantes originarios estaban movidos de una simple y humana empatía por estos visitantes extranjeros, no les temían y querían suavizar su experiencia, indicándoles con calma, que aquello era solo una niebla y entendían y podían guiar a las naves europeas hacia la claridad. El temor y la fijación racional de los europeos limitaba la posibilidad de comprender la asistencia, que era una gran Gracia,  limitada en su comunicación por la “niebla” del cometido profesional, racional del explorador, quien estaba legítimamente más preocupado por registrar datos, que por celebrar encuentros misericordiosos o por celebrar el encuentro de dos culturas, de dos realidades.

Kwiakiutl venía a significar: están perdidos en la niebla, conocemos qué hacer, venimos a guiarles en el pasaje, a abrirles la puerta, venimos a traerles una novedad…

Es así también, que el bonus de la actitud de misericordia, es que sea creadora de un tiempo nuevo, de una apertura. La generosidad no se queda en el don material o de trabajo, sino en la persuasión íntima, de que con el don puede renovarse un horizonte oculto bajo la niebla. Para el que recibe y para el que da. Un tiempo de nuevo encuentro.

Es en esta condición de niebla de los sentidos, que los textos a que se acceda si bien mencionan la misericordia, no la describen, no la agotan, ni siquiera aportan en sí mismas el elemento espiritual que los hace consistir en actos misericordiosos.

Analizar solamente la misericordia, se parecería también un poco a una situación de monótona rutina, (“No caigamos en la indiferencia humillante y la monótona rutina que nos impide descubrir lo que es nuevo”, Misericordiae Vultus,  15).

Nos dejaría en la antesala del misterio, nos indicaría con la palabra como para abrir el tal vez aparente laberinto, con algo velado y neblinoso u ocasional, entre nuestras ocupaciones de este mundo. Pero el misterio de la misericordia está más allá de las palabras y es necesario honrarlo como tal, con la oración y la acción, no solo con el examen. Es una Gracia y nos preparamos como las vírgenes prudentes para mejor recibirla.

Conocemos y vivimos en la misericordia todo el tiempo. Solo que no siempre la entendemos como para sentir su oportunidad ni la actuamos, y si se nos presenta, debiéramos ir más allá de entenderla racionalmente, hasta abandonarnos a ella.

Quisiera solamente agregar algunos comentarios paradójicos, es decir no lógicos sino más bien simbólicos y de aplicación por analogía, amplia, según  la sensibilidad y el significado que alcancen en la subjetividad de cada persona.

La actitud de misericordia se nutre de un ejercicio diverso de los ejercicios que nos recomienda la vida en el mundo. En lugar de ejercicios concentrados en un fin, una tarea, una habilidad académica, atlética o comercial por ejemplo, concentrados, el ejercicio en la actitud de misericordia es más bien como un “cuenco” de receptividad, ya sea receptividad de la Gracia por medio de la oración, del corazón del otro, o de la inspiración en el Espíritu en mi corazón para actuar. Se parece a una caminata en un bosque, alerta pero distinta del camino que hago para ir a determinado lugar.

La actitud de misericordia es determinación y diligencia también, pero sobre todo es búsqueda, desde el no saber, un poco al estilo de la propuesta de La nube del no saber, ese texto medieval tan conocido.

La actitud de misericordia, en lo que tiene de encuentro, tiene mucho de búsqueda, de otear y escuchar. Dios en su misericordia, nos busca siempre pero no siempre nos encuentra. Así también está en nosotros el buscar la misericordia, buscar a Dios siempre, aunque muchas veces no lo encontremos.

Nuestra actitud de misericordia, como cuenco y búsqueda desde el no saber, elude conclusiones, y podría encontrar más sustento siendo fiel, abierta, generosa.

EL SACRAMENTO DE LA MISERICORDIA

Por Jorge Eduardo Scheinig. Párroco de San Gabriel

Hasta no hace mucho, la práctica de la confesión estaba como dominada por un sentimiento de obligación, que le exigía a las personas en conciencia, recibir el perdón sacramental antes de comulgar.

El tiempo fue pasando y las prácticas derivaron en otro modo de confesión, ya no tan ligada a los pecados, sino mucho más a la vida misma. Las personas confiesan la vida, especialmente el drama y el dolor de lo vivido, aquello que les llena de perplejidad y de angustia. El pecado está presente, pero queda como velado en medio del dolor de la vida. Es por este motivo que en el confesionario necesitamos más tiempo para escuchar, porque no son solo actos aislados los que “el penitente” desea compartir, sino la vida y sus circunstancias.

Si las personas que hoy son mayores, al confesarse en otros tiempos sintieron el alivio del pecado y la liberación de la culpa, los que lo hacen en la actualidad, sienten como un descanso frente a las exigencias de la vida, la alegría de la presencia de Dios, su compañía y su fuerza para seguir adelante.

En mis 32 años de sacerdote he vivido en la práctica de este sacramento, el cambio de la confesión del pecado y de la culpa, a la confesión de la vida y del dolor, y lo he experimentado tanto en el servicio de confesor del Pueblo de Dios, como de penitente, es decir, como un hijo más de este Pueblo, que necesita del perdón y también confesar la vida.

Soy testigo que en ambas situaciones existenciales y de consciencia profunda, allí donde las personas nos desnudamos frente a Dios en la máxima y posible transparencia, siempre y lo que más prevalece, es la necesidad de que la Misericordia de Dios nos toque.

El Pueblo de Dios intuye y sabe que en ese lugar reservado a la intimidad humana, como en un círculo amoroso, sacerdote y penitente en ese mismo acto sacramental y sobrenatural, están como envueltos por un Dios que como una Madre, abre sus entrañas para tocar con ternura y así, sanar lo que más nos duele en lo profundo de la vida y de la conciencia.

Dios siempre es Misericordioso y no puede ser de otra manera y es el primero en perdonar hasta setenta veces siete, es decir, siempre, siempre, siempre.

Es una pena que haya disminuido la práctica de este sacramento. Seguramente, los sacerdotes debemos tener mucha responsabilidad, por no haber sabido transmitir al Pueblo de Dios semejante riqueza. Tal vez, los alejaron la dureza de nuestras palabras, la incomprensión al dolor y a las situaciones difíciles y particulares, o ciertos modos duros, enjuiciadores, que los distanciaron dolorosamente, e indudablemente, el hecho de no estar presentes para confesar cuando la persona lo necesita.

Es posible que el desuso de la confesión tenga también que ver con la apertura de otros espacios de contención existencial y humano, muy valiosos y necesarios, como las diversas terapias, que van de las más profundas a las más ocasionales, de las que tratan la psiquis a las que tratan el cuerpo, terapias más holísticas, centros de escucha y grupos de autoayuda, en donde muchas veces se encuentra con mayor naturalidad la ternura y la misericordia deseada.

En todo caso, este Año Santo puede ayudarnos a volver a poner en el centro, el Sacramento de la Reconciliación, que es el Sacramento de la Misericordia.[1]

Las personas de fe precisamos que lo invisible de la Gracia de Dios, en este caso Su Misericordia, se haga visible y palpable. Y justamente, esa es la propiedad de un sacramento: hacer visible, cercana y concreta la acción invisible de Dios al hombre. El sacramento nos ayuda a tener una experiencia real de la Gracia Divina.

Porque no cabe la menor duda que la intensidad de un momento a solas con Dios, en el que le abrimos nuestra humanidad y le confesamos la vida y el pecado, es de un valor incalculable y es muy cierto que la propia conciencia queda renovada. Pero esa misma experiencia frente a un confesor de la Iglesia, de  enorme apertura y transparencia, en el que llegado el caso con su mano en la cabeza, me dice, no en su nombre, sino en el de Dios y por medio de la Iglesia: “Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”,  produce algo extraordinariamente distinto a lo experimentado en la soledad con Dios.

El pecado, el mal, siempre hacen referencia a un otro individual, o a otros como grupo, sea familia, amigos, comunidad, sociedad. No vivimos solos ni en soledad.  Los seres humanos quedamos como atados por una especie de hilo invisible y hay formas de ataduras a los otros y a la misma realidad, que nos anudan en el mal y para el mal. Ese es el pecado.

Misteriosamente, siempre necesitamos de otro para desatar lo que hemos atado y tanto daño nos hace, no podemos desanudar solos semejante fuerza, la fuerza del mal. Y Dios, entre otros muchos modos que tiene de tocar a Su Pueblo y a cada ser humano con Su Amor, Misericordia y Perdón, ha querido que cada persona y cada comunidad, sea tocada por medio de los sacerdotes que servimos con este don sacramental del perdón.

Dios, que sabe de nuestras debilidades y miserias, no desea desentenderse de la vida y desea que la liberación personal del mal, no la experimentemos sólo en la intimidad de la conciencia, sino también y fundamentalmente, por medio de la Iglesia y lo hagamos en el encuentro fraterno con el sacerdote.

Por supuesto que esa reconciliación es también con uno mismo. Esto implica darnos cuenta que en realidad estábamos sufriendo y cuando el corazón responde ante ese dolor,  podemos comprendernos bondadosamente, sin juzgarnos con dureza por haber fallado y haber cometido errores, sino aceptando con calidez nuestra propia imperfección, y esta es una puerta fundamental para ir hacia el encuentro con los otros.

Si la vida y el pecado siempre están emparentados con otras personas, es con otras personas que también debemos encontrar la salida, no en la soledad de la introspección, sino en la entrega confiada y humilde a otros. Esto es parte del misterio y como todo sacramento, aún el de la reconciliación en el que nos confesamos delante de un solo hombre, detrás del sacerdote está la Iglesia, es decir, la comunidad de hermanos.

Es algo estupendo y liberador tanto en lo espiritual, como en lo psicológico, saber que habiéndonos peleado, ofendido y enojado con otros, actuando mal ya sea de palabra o de obra, u omitiendo actuar y quedando así, de espalda a los otros, contamos con la reconciliación sacramental. En ella, aunque estemos frente a un otro individual, detrás se encuentra la comunidad, mi familia, mis amigos, conocidos, el mundo, Dios.

Me perdona Dios, pero ese perdón es reconciliación con todos.

Dios no obra sólo en los misteriosos vericuetos de nuestra psiquis humana y de nuestra conciencia individual, Dios obra con su Misericordia en el mal que siempre daña a otros. En ese acto sacramental, Dios me perdona a mí que he confesado mis pecados, pero obra en los hilos invisibles que nos atan a todos en el mal. Por eso, el perdón es paz para mí y para el grupo en el que mi mal influenció y también es paz para el mundo, porque es una acción directa hacia el mal.

Cuando me reconcilio con Dios sacramentalmente, Dios ejerce una Misericordia tan infinita y tan potente, que quedo reconciliado con Él y con todos los otros, incluso aquellos en que jamás me hubiese dado cuenta que mi pecado los había tocado secretamente.

La Misericordia de Dios cuando nos toca, pacifica todo, es decir, nos vuelve a la inocencia primera, en la que nos sentimos dignamente humanos, hijos suyos amados y hermanos de toda la Humanidad.

Dicho así, parece como demasiado fácil, y en algún sentido lo es, porque como una Madre y un Padre, Dios quiere facilitarnos el camino de humanización, que es camino de lucha y de esfuerzo cotidiano por vivir, y por eso, Su Misericordia nunca pude ser difícil de alcanzar. Dios siempre deseará arriesgar su cercanía y su ternura con nosotros, más que hacérnosla difícil. La Misericordia del Señor está siempre al alcance de la mano.

San Pablo le decía a su comunidad de Corintio: “Les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor 5,20).

A mi modo les digo: “Dejémonos tocar por la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Reconciliación”. Porque todos somos sus hijos pródigos, que cuando regresamos dolidos y heridos por el mundo, Él siempre nos recompensa dándonos cobijo y condonándonos toda deuda, haciendo un “borrón y cuenta nueva” en nuestras vidas, para que podamos empezar de vuelta, más ligeros, con mayor conciencia y honrando nuestra propia humanidad.

[1] Misericordiae Vultus 17: De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Proponemos algunas preguntas orientadoras, todas ellas están hechas en primera persona como para guiar un examen de conciencia personal.

Se trata de ayudar a que cada persona, sumergida en la Misericordia de Dios, pueda experimentar profundamente el deseo de más plenitud y más felicidad, y volver a emprender así el camino de conversión.

Dios
 ¿Cuál es la imagen más profunda de Dios que habita en mí?
 ¿Experimento la Misericordia de Dios en mi propia carne?
 ¿He sentido la ternura de Dios sobre mis fragilidades?
 ¿Quién es Jesús para mí?
 ¿Cómo vivo el Amor que Dios me tiene?
 ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le tengo miedo?
 ¿He experimentado el perdón de Dios sobre todos mis pecados?
 ¿Hay algo que Dios todavía no toco en mí con su Misericordia? ¿Qué?
 ¿Hay algo que necesito que Dios me perdone? ¿Qué?
 ¿Cómo es mi práctica del sacramento de la reconciliación?
 ¿Deseo seguir a Jesús y seguir aprendiendo de su Evangelio?
 ¿Dejo obrar a Dios en mi vida y en mis relaciones?
 ¿Celebro mi vida junto a mis hermanos en la misa de cada fin de semana?
 ¿Tengo tiempos de oración, de dialogo con Dios, de encuentros de amistad con él?

Fragilidad
 ¿Cuáles son las situaciones en las que me descubro frágil, vulnerable?
 ¿Qué provoca en mí ser consciente de esa fragilidad?
 ¿Me asocio a la cruz de Jesús?
 ¿Soy agradecido por los bienes y dones recibidos?
 ¿Puedo aceptar el hecho que no puedo todo, que no soy omnipotente?
 ¿Soy realista en el reconocimiento de mis capacidades y limitaciones?
 ¿Cómo vivo la humildad? ¿O me vanaglorio en todo momento?
 ¿Puedo aprovechar mi fragilidad como puerta, como puente para llegar al te-soro del amor y la vida en plenitud?
 ¿Puedo respetarme y respetar a los otros?
 ¿Puedo vivir con alegría en mis fragilidades y las e mi comunidad?
 ¿Tengo sentido del humor?
 ¿Doy esperanza a los otros?

Hacia una Iglesia en salida

Vínculos
 ¿Sé escuchar atentamente a los otros?
 ¿Sé dialogar?
 ¿Puedo ser franco, abierto, transparente, comunicativo?
 ¿Tengo verdadero cuidado por mis prójimos?
 ¿Estoy interesado en mi comunidad?
 ¿Soy competitivo a tal punto que me entristece que a los otros les vaya bien?
 ¿Sé alegrarme con el bien del otro y evitar así la envidia?
 ¿Acepto de buen grado las diferencias de los otros?

¿Pretendo imponer mi manera de ver, de sentir, mi pensamiento, mis modos?

Responsabilidad
 ¿Me hago cargo de las heridas que produzco en los otros?
 ¿Sé vivir con sentido de corresponsabilidad, es decir, colaborando con otros?
 ¿Tengo serenidad frente a los problemas comunes?
 ¿Soy autoritario, violento?
 ¿Puedo aceptar la ayuda de los otros?
 ¿Sé trabajar con otros?
 ¿Sé ayudar a los que lo necesitan, o soy paternalista?

¿Puedo aceptar críticas y desacuerdos, con mente abierta, sin prejuicios, bus-cando crecer junto a otros?

Amor
 ¿Puedo aceptar el amor de otra persona y simultáneamente darle yo también amor?
 ¿Puedo dar amor sin esperar recibir nada a cambio?
 ¿Considero ser más generosa/o y tener gratitud como una expresión del amor?
 ¿Cómo es mi actitud de servicio en las cosas cotidianas?
 ¿Sirvo a los otros o me sirvo de ellos?
 ¿Actúo buscando siempre mi beneficio?
 ¿Soy egoísta, narcisista?
 ¿Culpo a los demás de las cosas que me pasan?
 ¿Cómo vivo la paciencia?
 ¿Soy celoso, envidioso, incapaz de alegrarme con el otro?
 ¿Busco promocionar a los otros?

Misericordia
 ¿Puedo descubrir las miserias de los otros y ser compasivo?
 ¿Me duele en lo más profundo de mi corazón el pecado del mundo?
 ¿Vivo juzgando a los demás?
 ¿Cuál es la medida que uso con los otros?
 ¿Hago el bien como me gustaría que me lo hagan a mí?
 ¿He perdonado? ¿He retenido el perdón?

Camino diocesano para la conversión pastoral

 ¿A quién debo perdonar?
 ¿Estoy siempre atento a las faltas de los otros?
 ¿Se vivir sosteniendo a mis hermanos en sus dificultades?
 ¿Estoy dispuesto a admitir que no sé todas las respuestas?
 ¿Puedo ser tolerante frente a las miserias de mis hermanos?
 ¿Practico las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los en-fermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos?
 ¿Las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corre-gir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con pacien-cia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Fraternidad – Solidaridad
 ¿Puedo vincularme con personas diferentes?
 ¿Cómo hago crecer la fraternidad en los lugares donde vivo, trabajo, participo?
 ¿Cómo es mi manera de compartir mis bienes?
 ¿Participo en la construcción del Bien Común de mi comunidad, barrio, país?
 ¿Estoy siempre en el centro o puedo dejar que otros sean protagonistas?
 ¿Puedo hacer cosas como lo sugiere otra persona?
 ¿Cómo es mi relación con los pobres, enfermos, débiles, sufrientes?
 ¿Margino, hago hostigamiento (bullying) a otros?
 ¿Discrimino a mis hermanos? ¿Por qué causa?

Iglesia – Comunidad
 ¿Cómo vivo mi relación con la Iglesia?
 ¿Cómo es mi relación con mí comunidad?
 ¿He sido maltratado, herido por mi comunidad? ¿He perdonado?
 ¿He maltratado a otros de mi comunidad? ¿He pedido perdón?
 ¿Cómo han sido mis aportes a la vida comunitaria?
 ¿He difamado, generé chusmerío dentro de mí comunidad?
 ¿Sé sobreponerme y ayudar a sobreponernos de las dificultades comunitarias?

Misión
 ¿Intento ser ejemplo para otros, dar testimonio con la propia vida?
 ¿Ofrezco mi tiempo, mis talentos al servicio de la comunidad?
 ¿Me intereso por los otros, sus problemas, sus vidas?
 ¿Puedo irradiar el evangelio con mi vida?
 ¿Soy un poco de luz y de sal en las cosas de la vida cotidiana?
 ¿Puedo hacer presente el Reino de Dios en el mundo que habito?
 ¿Cuido del Medio Ambiente y ayudo a cuidarlo?
 ¿Cuido a los pobres?

CAMINAR CON LOS ÚLTIMOS

Por Marcela Mazzini. Dra. en Teología y Asistente al Sínodo de la Familia como auditora.

“El Sínodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del santo pueblo de Dios, del cual nosotros formamos parte en calidad de pastores, es decir, servidores. El Sínodo, además, es un espacio protegido donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo. En el Sínodo el Espíritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, por el Dios que se revela a los pequeños, y se esconde a los sabios y los inteligentes; por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa; por el Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida; por el Dios que es siempre más grande de nuestras lógicas y nuestros cálculos.” Del discurso de apertura de Francisco en la primera sesión del Sínodo de la Familia 2015.

“(El Pueblo de Dios, la Iglesia) Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque éste es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos.” Palabras de Francisco en el Angelus del 25 de octubre, día en el que terminó el Sínodo de la Familia.

Introduzco estas líneas con ambos textos del Papa que nos permiten comprender de qué manera el pensamiento de Francisco sobre la familia, va unido al tema de la misericordia. En efecto, no solo hay una proximidad de tiempo entre la finalización de la sesión ordinaria del Sínodo de la Familia y el comienzo del Jubileo de la misericordia el próximo 8 de diciembre, sino que en el corazón del Santo Padre hay una relación establecida entre ambas realidades, relación que nos quiere participar y comunicar.

Se entenderá mejor esta relación si nos damos cuenta que en el segundo texto, el Papa define a la Iglesia como familia de familias, una imagen cercana a la de la Iglesia como familia de Dios que nos trae el documento de Puebla (DP 241).

En la familia, la lógica de la misericordia, fluye con más naturalidad que en otros espacios humanos. En familia, se suele adecuar el ritmo a las necesidades de las personas, haciendo una natural opción por los más pequeños y los más frágiles. Cuando nace un bebé, toda la familia comenzando por los padres, adaptan horarios, ambientes, actividades al nuevo integrante que por su condición es absolutamente dependiente. Otro tanto sucede con los abuelos, o cuando alguien está enfermo. La familia se adapta y en general toma el ritmo de las necesidades de sus miembros, caminar con los últimos, sin dejar a nadie afuera, parece lo normal.

De hecho, cuando esto no se da, la familia comienza a desarmarse, a desectructurarse y deja de ser ese “lugar seguro” en el que podemos ser nosotros mismos, en el que no hay necesidad de disimular o de presentarse fuerte y resuelto.

Se siente familia al grupo humano que nos quiere, nos acompaña y nos cuida, más allá incluso de los lazos de sangre. Cuando queremos expresar la próximidad máxima con una o más personas, decimos: “somos familia”. Es decir, que el hecho de acompañar, cuidar, comprender, aceptar y estar al servicio unos de otros, es lo que identificamos con la idea de familia. Lo interesante y asombroso es que en general no asociamos esto con una obligación, o con algo pesado (aunque ocasionalmente pueda serlo) sino con un deseo profundo del corazón.

En el reciente Sínodo de la familia, quedó de manifiesto el hecho de que, aunque ha cambiado la configuración de los grupos, el deseo de familia no se ha apagado del corazón humano, en ningún lugar del mundo. Los jóvenes siguen deseando formar una familia, siguen anhelando un amor que dure toda la vida, que sostenga y acompañe los devenires de las historias personales. Caminar juntos en la vida, compartiendo penas y alegrías es lo que buscamos y deseamos.

La palabra “Sínodo” de hecho significa “camino común” o “caminar juntos”, la imagen de la familia ilumina también en esto la marcha de la Iglesia. En el Sínodo el Papa nos propuso caminar como familia y estar precisamente al servicio de las necesidades de los últimos, de los más solos y postergados. El Papa pidió que los padres sinodales pensaran en todas las familias, las de todo el mundo, pero en especial las que más necesitan de la mirada, de la presencia y del servicio misericordioso de la Iglesia como familia de Dios: las familias más pobres, las familias de los migrantes, las de los cristianos que son perseguidos, las monoparentales, las ensambladas, las de los divorciados en nueva unión, las de los que tienen un miembro enfermo o con capacidades especiales, etc. El instrumento de trabajo del Sínodo adoptó al acertada expresión “familias heridas”, para describir todas las situaciones familiares dolorosas o difíciles.

Hubo ideas distintas en casi todas las cosas, y había momentos en que los presentes nos preguntábamos cómo podría resultar un texto común a partir de posturas tan diversas. Pero el Espíritu de Dios, que actúa siempre en su Iglesia, aún a pesar de nuestros errores, límites y pecados, nos sorprendió una vez más. En medio de todas esas opiniones que parecían por momentos tan lejanas entre sí, fue alentador comprobar que había un deseo profundo y unánime: acompañar a las familias, a todas, sean cuales fueren las circunstancias en las que se encuentren.

Escucha, acompañamiento, discernimiento y sinodalidad (hacer camino juntos), fueron las palabras que más se escucharon en el aula. Este deseo de integración es una aspiración profunda que nos define como Iglesia familia de familias, como familia de Dios.

Considero también que es un “signo de los tiempos” (GS4), una inspiración y una orientación fundamental para la pastoral en nuestro tiempo el hecho de acompañar a las familias, asumiendo el paso y el caminar de los últimos, de aquellas familias que más necesitan la presencia y la ayuda de la Iglesia, no importa en la situación en la que se encuentren. Acompañar y ayudar a crecer, porque la misericordia y la verdad no se excluyen, sino que se potencian.

Ahora tenemos que asumir la conversión pastoral de la que nos habla Francisco y aprender lo que significa concretamente para cada comunidad, caminar con los últimos, saliendo a buscar a las familias más heridas, más alejadas, más pobres, más solas. Desarrollando también una actitud de profunda fe en Dios, que siempre nos sorprende, como dice Francisco, que va más allá de nuestros cálculos humanos. A nosotros nos toca sencillamente ponernos en camino y llevar “el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.” (EG 169) Ese es el servicio humilde y maravilloso al que estamos llamados todos aquellos que estamos comprometidos en la pastoral familiar. No lo hacemos porque nuestras familias sean perfectas (todas las familias y todas las personas estamos más o menos heridas), sino porque somos pecadores que hemos sido perdonados por el Señor y que salimos a anunciar su misericordia, habiéndola experimentado en nuestras vidas.

Que Jesús que quiso nacer en una familia pobre de la periferia de un imperio poderoso, que conoció siendo niño las vicisitudes de escapar de una persecución, que fue un migrante en Egipto y vivió 30 años en la sencillez cotidiana de la vida familiar, nos muestre los caminos para decir palabras que den esperanza y que iluminen tantas realidades de las familias de hoy. Que nos regale a todos la alegría de vivir en familia y nos enseñe a caminar con los últimos.

Parroquia – Colegio