Pregón Pascual

Alégrese en el cielo el coro de los ángeles.

Alégrense los ministros de Dios,

y por la victoria de un Rey tan grande,

resuene la trompeta de la salvación.

 

Alégrese también la tierra inundada de tanta luz,

y brillando con el resplandor del Rey eterno,

se vea libre de la oscuridad

que envolvía a todo el mundo.

 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

adornada con los fulgores de una luz tan brillante,

y resuenen en este recintos

las voces clamorosas del pueblo.

 

V: El Señor esté con vosotros.

R: Y con tu espíritu.

V: Levantemos el corazón.

R: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R: Es justo y necesario.

 

Realmente es justo y necesario

que aclamemos con nuestras voces

y con todo el fervor de nuestra inteligencia

y de nuestro corazón

al Dios invisible, Padre todopoderoso,

y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

 

Porque Él pagó por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán, y borró con su sangre

la sentencia del primer pecado.

 

Éstas son las fiestas pascuales,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

con cuya sangres son consagradas las puertas de los fieles.

 

Ésta es la noche en que antiguamente sacaste de Egipto

a nuestros padres, los hijos de Israel,

y los hiciste pasar milagrosamente por el mar Rojo.

 

Ésta es la noche que disipó las tinieblas

de los pecados con el resplandor

de una columna de fuego.

 

Ésta es la noche que devuelve la gracia y santifica

a todos los que creen en Cristo,

una vez que se han apartado de los vicios del mundo

y de la oscuridad del pecado.

 

Ésta es la noche en la que Cristo

rompió los lazos de la muerte

y subió victorioso de los abismos.

 

¡Qué admirable es tu bondad con nosotros!

¡Qué inestimable es la predilección de tu amor:

para redimir al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!

 

¡Pecado de Adán ciertamente necesario,

que fue borrado con la muerte de Cristo!

¡Culpa feliz, que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!

 

Por eso, el misterio de esta noche

aleja toda maldad, lava las culpas,

devuelve la inocencia a los pecadores

y la alegría a los afligidos;

 

¡Noche verdaderamente feliz

en la que el cielo se une con la tierra

y lo divino con lo humano!

 

En esta noche de gracia, recibe, Padre santo,

la alabanza de este sacrificio

que te presente la santa Iglesia

por medio de sus ministros,

al ofrecerte solemnemente este Cirio,

cuyas sustancias elaboraron las abejas.

 

Por eso, Señor, te rogamos,

que este cirio consagrado en honor de tu Nombre,

continúe ardiendo constantemente

para disipar la oscuridad de esta noche,

y que aceptado por ti como perfume agradable,

se incorpore a los astros del cielo.

Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana,

aquel lucero que no tiene ocaso:

Jesucristo, tu Hijo, que volviendo de los abismos

resplandeció sereno sobre el género humano,

y vive y reina por los siglos de los siglos.

R: Amén.

Resucitar con Cristo

Por Jorge Casaretto, Obispo emérito de la diócesis de San Isidro

Muchas veces hablamos de la pascua, de la resurrección de Jesús, sin comprender mucho de qué se trata. En el evangelio tenemos relatos tanto del hecho de la resurrección de Jesús, como de las apariciones del resucitado. Uno de los más conocidos nos cuenta que Jesús se aparece a sus amigos, que estaban “encerrados por miedo a los judíos” (Juan 20,19-23.) El primer deseo de Jesús es de paz y ellos con sólo verlo “se llenaron de alegría”. Jesús reitera su saludo de paz y los envía… como el Padre lo envió a Él. La secuencia del relato es: Presencia del resucitado, paz, alegría, nuevamente la paz y el envío.

El evangelio de Juan, con su lenguaje simbólico, nos quiere transmitir el hecho de que la misión parte de lo más íntimo de la Trinidad: la misión de los discípulos se sitúa como una continuación exacta de la misión del Hijo, enviado por el Padre. Cuando Jesús se aparece a los suyos, les comunica Su Espíritu, de esta forma, su envío explicita, ya desde el comienzo, la misión de la Iglesia a través de los siglos.

La fe de todos los creyentes, de todos los tiempos, se fundamenta en la fe de estos primeros testigos de la resurrección, cuya esencia es ser transmitida y compartida.

No en vano en el Evangelio de Juan, creer y vivir son términos que se implican: el que cree, tiene vida.

En todo aquel que ha aceptado esta fe, fundada originariamente en el testimonio de los apóstoles, Cristo estará presente y vivo. Esta presencia lo llevará como a Pablo a “trasmitir lo que a su vez recibió”. La experiencia del resucitado, es para los primeros y para todos, la causa y el motivo central de la predicación.

 

Con palabras más cercanas a nuestra sensibilidad, el Papa Francisco nos dice en este tiempo de cuaresma:

“La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.”[1]

 

La pascua puede ser un enunciado de fe, una especie de declaración de principios o puede ser una de esas noticias que dan vuelta la vida y que no es posible callar. La resurrección significa que Dios nos asegura la vida y la felicidad para siempre y eso para todos y por puro amor.

¿Cómo sabe el mundo que Jesús resucitó? Más que por lo que decimos, por lo que hacemos, por cómo vivimos. La resurrección tiene que transformar nuestro hoy, nuestro entorno personal, pero también nuestro entorno social, ahí es donde podemos decir que en las “islas de misericordia”, siguiendo la imagen del Papa,  las personas que no conocen a Jesús, podrán darse cuenta que hay una novedad cambiando la historia.

Yendo a lo concreto, será necesario que esas islas de misericordia se verifiquen en nuestras comunidades eclesiales, y para ello habrá que surcar los mares de nuestra indiferencia argentina y crear también esas islas de misericordia en nuestra comunidad nacional.

Sucede que el aterrador océano de nuestra indiferencia argentina, tiene algunos indicadores alarmantes:

  • Tenemos un nivel promedio de pobreza cercano al 30%, situaciones de desnutrición y  mortalidad infantil en algunos distritos, déficit en los niveles educacionales, carencias de vivienda y hábitats saludables y propagación de enfermedades prevenibles.
  • A todas estas carencias “materiales básicas”, se suman otras igual o más importantes que son las afectivas, cognitivas y a veces espirituales que padecen las personas. Los niveles de pobreza extrema en que viven muchos hermanos y hermanas se traducen casi simultáneamente en situaciones de tristeza y carencia emocional crónica, donde la dignidad y esencia del hombre quedan realmente desdibujados.
  • Mucho más importante que el cómo estamos ahora, es cómo nos encontraremos dentro de 30 o 40 años si estas tendencias no se revierten.

Los niveles de desnutrición y los déficits en educación en la población infantil, son factores que claramente atentan con la posibilidad de generación de capital social para las futuras generaciones y de cualquier otro tipo de desarrollo.

 No se nos escapa el hecho de que estamos en un año de elecciones. Está terminando un ciclo, que como toda experiencia humana ha tenido sus luces y sus sombras, pero éste no parece ser el momento oportuno para hacer una evaluación.

Es claro el deseo de todos los argentinos de tener una larga continuidad democrática, lo cual requiere que los fundamentos éticos sean los que prioritariamente la sustenten y que la división de poderes se fortalezca, precisamente porque ésa es la base de la democracia.

Creo que a la hora de elegir candidatos debemos no sólo pensar en los poderes ejecutivos, sino también en los legislativos. Recordemos también que la democracia nace en la convivencia cotidiana y por ello es que debemos estar muy atentos a los municipios.

Yendo a la concreta elección de los candidatos, es importante darnos cuenta que no es posible una ética social que no esté basada en una ética personal. Si a mí me preguntaran qué es lo más importante en un candidato les diría: miren su vida, sus comportamientos familiares, sociales y laborales.

Estamos en un tiempo de excesivo pragmatismo y si bien es cierto que la acción política es una herramienta práctica, basada en la gestión del bien público, es igualmente cierto que todo accionar responde a un modo de pensar, por ello es bueno preguntar y saber  qué piensan los que aspiran a un cargo público.

A esta altura del año, ningún partido político parece contar con una mayoría abrumadora. Quizás esto sea un bien ¿Habrá llegado el momento para los argentinos de tener que acordar y consensuar políticas de Estado? Dios quiera que sea así. Sin mayor diálogo y consenso difícilmente vamos a encontrar los caminos para el futuro de nuestro País.

Creo que los acuerdos a los que deberíamos llegar, deben ser sobre los siguientes temas:

  1. Necesitamos políticas macroeconómicas y universales de salud y educación. Éstas  tienen mucho más incidencia en la construcción de la equidad social y el alivio de la pobreza que la suma de todos los programas sociales focalizados.
  2. La Educación es fundamental, representa para una nación mucho más que el simple esfuerzo de proveer conocimientos, implica la manifestación de una política de Estado definida y orientada a inculcar a nivel de formación inicial ciertos valores y estimularlos a lo largo de las demás etapas de formación de la persona. Sin educación no hay desarrollo integral ni para las personas, ni para las sociedades.
  3. Hacer una importante inversión en salud, pues es este un factor fundamental en el marco de desarrollo de un país (Ejemplo: A través del accionar en terreno de Caritas, nos hemos encontrado con niños que ya eran la tercera generación en recibir enfermedades congénitas al nacer derivado de enfermedades “prevenibles” no atendidas ni en sus madres, ni en sus abuelas, lo cual les había generado efectos en el crecimiento y en el desarrollo).
  4. Sin un sistema de Justicia imparcial e independiente y un marco legislativo adecuado, será imposible luchar eficazmente contra la corrupción y la pobreza y tener perspectivas de un desarrollo sustentable.
  5. Los obispos hemos hablado largamente sobre el desafío del narcotráfico y la expansión de la droga. Esta lucha debe ser encarada prioritariamente.

 

En una palabra, amigos, tenemos que emplear lo mejor de nuestra creatividad para pensar un  plan social estratégico, preguntándonos qué tipo de sociedad queremos tener en 20 años, y no armando políticas sociales de coyuntura que son  respuestas a la situación del momento.

No soy ingenuo: todo esto no se logrará ni rápido, ni fácilmente, pero tenemos que poner toda nuestra energía en este trabajo, porque si la resurrección de Jesús no va transformando concretamente la vida de nuestros hermanos, en especial de los más pobres, no estamos dejando que la Vida Nueva del Señor resucitado nos vivifique.

Primero las islas de la misericordia, habitadas por la justicia, la equidad, la paz y la solidaridad, serán pequeñas, pero el deseo del Señor y de su Iglesia es que vayan creciendo, hasta el día del encuentro con Él. Ese día, en el mar de su misericordia, comprenderemos el valor de estas acciones.

Pidamos la energía del Espíritu que renueva todas las cosas para que “fortalezca nuestros corazones” como reza el título de la carta de cuaresma de Francisco, y podamos llevar la resurrección del Señor hasta los confines de nuestra Argentina. Que así sea!

 

[1] Carta de Cuaresma 2015.

¡He visto al Señor! Y les contó…

“¡He visto al Señor! y les contó…” (Jn 20,18)
Experiencia de Resurrección: intimidad y misión

 “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EG 1) Con estas palabras el papa Francisco quiso comenzar su Exhortación programática para la renovación misionera de toda la Iglesia. Por eso nos urge: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.” (EG 3)

 

Para los cristianos, Jesús sólo existe como el Señor Resucitado. Queremos, en esta Pascua, volver a recibir, como testimonio privilegiado, el de una mujer:

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y ve a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dicen: «Mujer, ¿por qué estás llorando?» Ella les dice: ¡Sacaron a mi Señor y no sé dónde lo han puesto! Diciendo esto se dio vuelta y ve a Jesús, que estaba allí, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién estás buscando?»

Ella, creyendo que era el cuidador del jardín, le dice: «Señor, si tú lo llevaste, dime dónde lo has puesto, y yo lo sacaré.» Le dice Jesús: ¡Mariam! Dándose vuelta, ella le dice en hebreo ¡Rabuní!, es decir «¡Maestro!». Le dice Jesús: «Suéltame, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes, a mi Dios, el Dios de ustedes.”» María Magdalena va anunciando a los discípulos «¡He visto al Señor!» y que le había dicho esto. (Jn 20,11-18)

En la mañana de la primera Pascua cristiana se nos ofrece esta entrañable escena evangélica. Es un testimonio personal e íntimo y a la vez un desafío apremiante y público, de la experiencia que constituye el fundamento de nuestra fe: el encuentro con Jesús Resucitado. Es un texto único en su género, que se resiste a un uso funcional, ya sea litúrgico, apologético, catequístico, ejemplar o misionero. Todo se concentra aquí en las relaciones personales, invitando a la contemplación atenta, gozosa y gratuita de lo que ha sucedido, para revelar lo que sigue sucediendo, desde aquella mañana, en cada Pascua personal o pública. Con la discreción de quien se siente invitado a la intimidad, entremos en la escena.

El llanto prolongado de María, mencionado cuatro veces, expresa su estado emocional. Su dolor por la pérdida es muy grande, pero no la aleja. Pedro y el discípulo amado, los discípulos varones, después de venir y ver, como ya no había nada que hacer, se volvieron (final de la escena anterior), pero ella, María, se había quedado. Su pena no la encierra ni la paraliza; su deseo la mueve: se asomó al sepulcro. No se sorprende por la presencia de los ángeles; más bien es la pregunta de ellos ¿Por qué estás llorando? lo que da ocasión para que ella diga, nuevamente, la razón de su desconsuelo: ni siquiera sabe dónde han puesto el cuerpo; cree un cadáver a quien, sin embargo, continúa llamando su Señor.  Situación extraña; todo está mal: ¡la tumba no guarda ningún cuerpo y los mensajeros (ángeles) no transmiten ningún mensaje! A ese mundo, María debe darle la espalda, darse vuelta. Pero esto, indispensable, no es aún suficiente.

Jesús Resucitado, el Viviente, ya está allí; como tantas veces, antes de que se lo reconozca. Él no irrumpe imponiendo su identidad, como para suscitar una profesión de fe, sino que quiere acompañar un proceso gradual de reconocimiento de su persona y de su presencia nueva. María debe superar la confusión en que la tiene sumida su congoja y el desconcierto por la situación inaudita que está viviendo. La pregunta de Jesús, que ella escucha como viniendo de un extraño, toca su deseo más profundo: ¿A quién estás buscando…?

 

El seguimiento de los discípulos había comenzado con una búsqueda y una pregunta:

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y mirando a Jesús que pasaba dice: «He aquí el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Dándose vuelta Jesús y viéndolos seguirlo, les dice: «¿Qué están buscando?»

Ellos le dijeron: «Rabí –que traducido significa Maestro– ¿dónde permaneces?» Les dice: «Vengan y verán». Fueron, pues, y vieron dónde permanece, y permanecieron junto a él ese día. Era como la hora décima.

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían escuchado a Juan y lo siguieron. Encuentra primero a su propio hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías –que traducido es Cristo–» Lo condujo a Jesús. Jesús mirándolo dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú serás llamado Cefas –que traducido es Pedro–». (Jn 1,35-42)

Muchas cosas tenía que decir Jesús, pero su primera palabra es una pregunta a los que quieren seguirlo: ¿Qué están buscando? Un lugar, un dónde que sepa el secreto del permanecer. Mas el saber no es dado en un “lugar” (que el relato deja ignoto) ni en “algo” que corresponda más o menos con la búsqueda, sino en el vínculo personal: permanecieron junto a él. El encuentro con Jesús lleva a Andrés al encuentro inmediato en la fraternidad (su propio hermano) con su testimonio personal, el anuncio mesiánico y el empuje para ese encuentro con Jesús que cambiará el nombre y la vida entera de Simón. Así, con otros, se crea una nueva comunidad en torno a Él…

… Pero Él había muerto, y ellos ya no están aquí. María, la que se había quedado, está dispuesta a todo. No hay ningún qué que pueda ya saciar su deseo, sólo un quién, anticipado en su última pregunta ¿A quién estás buscando? por Jesús, el mismo que la saciará. También ella quiere saber el lugar: “dime dónde lo has puesto…” Entonces Jesús simplemente la llama por su nombre: ¡Mariam! (que recuerda el arameo). Esto le basta, y Jesús lo sabía como nadie: María se sabe conocida en el mismo acto en el que reconoce a aquél a quien buscaba. Un nuevo paso, un nuevo darse vuelta. En su ¡Rabuní! (que también recuerda el arameo) se unen el respeto y la ternura.

Se ha(n) reencontrado… el evangelista deja resonar las melodías bíblicas de la pasión del amor humano/divino: “Busqué al amado de mi alma, ¡Lo busqué y no lo encontré! […]¡Encontré al amado de mi alma! Lo agarré y no lo soltaré” (Ct 3,1.4) exclamaba, exultante, la amada del Cantar, la que también debía darse vuelta dos veces (¡vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve, vuelve para que te veamos! 7,1) para la danza del amor.

Pero el (re)encuentro no puede retener ni debe clausurar la experiencia; debe abrirse a la misión y al anuncio. La subida de Jesús al Padre (mi Padre, el Padre de ustedes) que es Dios (mi Dios, el Dios de ustedes) ha inaugurado una nueva fraternidad (mis hermanos), que supera los vínculos de la carne y la sangre. Antes de la Pascua, “ni sus propios hermanos creían en él” (7,5); sus discípulos habían pasado de “siervos” a “amigos” (15,15). Sólo ahora, después de la muerte del amigo, del Hijo único traspasado, ellos, los amigos, son llamados “hermanos”, en una fraternidad que brota de la Pascua del Hermano. Jesús no necesita explicárselo; María lo entiende porque ella va a los discípulos. Ha comprendido, al mismo tiempo, quién es Él, quién es ella y quiénes son sus hermanos: ¡ésta es la Resurrección! Nueva identidad, nueva comunidad, vínculos nuevos: ¡éste es el mensaje! que ella (¡la mujer, no los ángeles!) debe llevar a los otros, junto con el testimonio de su experiencia: ¡He visto al Señor!

Era la mañana del primer día de la semana, en el jardín… de la nueva creación.

El evangelista no nos dice si, en aquella ocasión, los discípulos le creyeron a María, pero él incluyó en su libro esta escena que, brotando del encuentro con Jesús Resucitado, comunica una experiencia de resurrección, y quiere evocar y provocar otras. Ella se inserta en la dinámica misma de la vida y de la fe, que sólo pueden abrirse a la novedad (sobre todo a la novedad inaudita y siempre actual de Jesús Resucitado) a partir de lo ya vivido, para dejarlo atrás sin ser por eso dejado atrás. Lo nuevo mismo, que es Jesús, el Viviente, da y hace dar el paso, darse vuelta para el encuentro decisivo que recrea y resignifica todas nuestras relaciones: con nuestros llantos, muertes y tumbas, con nuestros deseos, necesidades y búsquedas, con nuestra identidad más profunda (nombre), con la intimidad de nuestro amor, con los demás, con la creación entera, con la misión que somos…  abiertos a la permanente novedad de su Pascua, hasta que Él vuelva.

 

Resurrección

La palabra clave de este número es RESURRECCIÓN.

Nos inspira la Pascua de Jesús que por cierto es también la nuestra. Con Él morimos y con Él resucitamos.

Son tantas las muertes que vivimos a diario, muertes personales y sociales, muertes físicas, psíquicas, morales, espirituales, que bien vale la pena detenernos a reconocerlas y pensarlas desde el lugar de la Pascua.

Jesús nos enseña a vivir con la sabiduría pascual, es decir, reconocer que en toda muerte vivida con él y en él, la vida es más fuerte y triunfa sobre aquello que nos mata. Porque Jesús ha vencido a la muerte en la cruz y lo ha hecho de manera definitiva y su resurrección es también la nuestra. Claro, esto nos desafía a una fe que sin anular la razón, la supera inmensamente. Porque la muerte cobra una luz particular desde la resurrección, nuestros más lógicos pensamientos, desprovistos de esta sabiduría, terminan muchas veces ensombreciendo la Luz Pascual.

Cercano a su Pascua, Jesús dijo con extrema sencillez, profundidad y claridad: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto,” (Jn 12, 24). Para dar fruto es necesario pasar por la experiencia de la muerte.

No estamos hablando de manera metafórica, como si las situaciones difíciles y dolorosas de la vida fuesen experiencias pasajeras a las que nos tenemos que resignar, o momentos efímeros a los que debemos pasar de manera estoica, o a los que debemos ponerles el pecho con fuerza y voluntad. No, no podemos negar ni minimizar la realidad y profundidad de las pruebas y el dolor.

Es cierto que muchos de esos momentos nos desafían a ser muy fuertes, pero transitar todo dolor, sufrimiento, toda pasión y muerte desde la resurrección del Señor, es para hacerlo no desde un imperativo voluntarista y una posición endurecida, sino también, para vivirlos con máxima entrega y confianza en el Amor de Dios que es el que da sentido a todas las cosas.

La fe en el resucitado, lejos de anestesiar el dolor, nos ayuda a entregarlo a Dios de manera confiada para que Él mismo lo abrase y transforme en vida.

Entonces, si la Pascua es un paso y la resurrección una fiesta, ¿cuál es el sentido de esta afirmación si la aplicamos a nuestra propia y cotidiana existencia? Muchas veces el dolor nos desgarra y después de experiencias traumáticas no volvemos a ser los mismos. Puede que nuestra esencia no cambie, pero pierde brillo. Pero es que nacimos para brillar y para hacerlo en abundancia, por lo tanto, la experiencia de atravesar el dolor, de no quedarse o regodearse en él,  que muchos terapeutas suelen denominar resiliencia, resulta ser un profundo y vital aprendizaje que nos cambia y contagia a los demás. Cuantas veces observamos a muchos hermanos que han sufrido  y nos sorprende su capacidad de seguir adelante, y nos preguntamos: ¿si él pudo por qué yo no?

En ningún momento Jesús nos prometió eliminar las cruces  de nuestro camino. Pero sí nos enseñó cómo vivirlas, y lo hizo no con consejos sino con su propia vida: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso” (Mt. 11, 28-29).

Resucitar no es sólo volver a la vida luego de la muerte. Resucitar también es dar nueva vida a algo, renovarse, renacer. Y para renacer es necesario morir a uno mismo. Por eso Jesús nos dice: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame” (Lc. 9,23)

Olvidarse de uno mismo, ser paciente y tener un corazón humilde son el camino para la resurrección de cada día.

Muchas de las historias que leerán en esta edición nos presentan formas alternativas de atravesar y resignificar el dolor, de pasar a través de él. No sólo nos referimos a superarlo, sino al indispensable aprendizaje para desarrollar todas nuestras potencialidades que ya están en nosotros como un don, un regalo del cielo para hacer con Jesús, con Él y como ÉL, nuestro propio y pequeño paso de la muerte a la resurrección.

La celebración de la Pascua de Resurrección nos aporta un hermoso símbolo para esta transformación: pasaremos de la noche de la OSCURIDAD a la fiesta de la LUZ y celebraremos el misterio del Amor que transforma en milagro el barro de nuestra propia existencia.

Con esta perspectiva como telón de fondo, es que en las páginas siguientes encontraremos pensamientos y testimonios que desde singulares experiencias nos ayudan a adentrarnos en la sabiduría de la pascua que es vivida aquí y ahora por muchos hermanos en lo concreto de cada día.

Es un tema de tanta magnitud y densidad, es tan vital y actual, que lejos de cerrar la reflexión, quisiéramos que sea un abrir la puerta para que cada uno de nosotros se anime a mirar la propia vida, la de nuestros seres queridos, la del país, y la misma vida del mundo, con ojos nuevos, llenos de una sabiduría nueva, aquella que se alcanza no sólo con esfuerzo y muchos razonamientos, sino también y fundamentalmente, como lo hicieron los primeros cristianos, con confianza en el Resucitado y viviendo nosotros mismos el día a día como resucitados.

 

ECOLOGÍA, ÉTICA Y ECONOMÍA

Venimos de experiencias personales y colectivas cargadas de dualismos, desencuentros, desarticulaciones: cuerpo – alma, afuera – adentro, humano – cristiano, material – espiritual, fe – razón, naturaleza – técnica, economía – ética, peronismo – anti peronismo, pueblo – cultura y podríamos continuar con una lista no pequeña de enfrentamientos entre cuestiones fundamentales que nos han marcado, herido, enfrentado en la historia pasada y reciente y que si no intentamos cambiar con urgencia el paradigma existencial y social, seguirán ejerciendo entre nosotros una fuerza devastadora que se expresará en un mundo cada vez más roto.

Todos intuimos que se debe cambiar con decisión y celeridad, pero sabemos que los cambios profundos necesitan tiempo y además argumentos sólidos, porque los simplistas, lejos de deshacer el fenómeno de disolución, lo acrecientan.

Creemos que en este sentido la Encíclica del Papa Francisco Laudato Si´, Sobre el cuidado de la casa común, es un instrumento necesario para comenzar en cada uno de nosotros, en nuestras comunidades pequeñas como la familia, los grupos de trabajo, el vecindario, el colegio, la parroquia y también la comunidad grande, la Nación, a comenzar decíamos, la renovación de las razones y de los fundamentos con los que nos paramos frente a la realidad.

Si seguimos disociando todo lo que en la realidad está unido de manera articulada y complementaria, sepamos que el futuro será de enfrentamientos cada vez más crudos y estériles y la casa común se irá deshaciendo no tan lentamente.

El Papa Francisco inspirado en el Santo de la Fraternidad con todas las creaturas, Francisco de Asís, nos propone ir hacia el cuidado de lo que es débil y una ecología integral.

No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por ex­celencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturale­za y consigo mismo. En Él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro­miso con la sociedad y la paz interior. LAUDATO SÍ n° 10.

En esta revista, deseamos entonces tomar este desafío y darnos el gusto de pensar de una manera nueva toda las realidades, de manera más integral y con mayor armonía.

Es más, nos parece que unir ecología -ética -economía, significa despertar entre nosotros no solo una manera de ver o de pensar, sino y fundamentalmente, una manera de vivir.

Esta visión nos llena de esperanza y nos alejamos decididamente del pesimismo que muchas veces nos habita. La esperanza es realista y activa porque asume la realidad tal cual es, sin disfrazarla, y se afirma en el ser humano que aunque herido por el pecado tiene por gracia de Dios una enorme capacidad de bien, de hacer el bien y puede hacer transformaciones formidables en los mismo lugares que su acción ha generados caos.

La cercanía de la Pascua, le da a los planteos que aquí se hacen, una fuerza y una luz particular, porque la fuerza del Señor Resucitado es capaz de renovar todas las cosas.

Tratando de ser coherentes con el planteo que venimos haciendo, estamos muy agradecidos por la participación generosa de un rabino y un imán, que nos acercan el pensamiento sabio y valioso de la comunidad judía e islámica.

Mucho agradecemos también a los otros colaboradores que mucho nos ayudan a seguir creciendo en la búsqueda de un modo de ser cristiano, más abiertos al Bueno y Misericordioso Padre  Dios,  a los otros, verdaderos hermanos en el camino de la vida y al mundo, nuestra casa común.

CONTENIDOS DE LAUDATO SI´SOBRE EL CUIDADO DE LA CADA COMÚN

Una lectura completa de Laudato Si´, contribuye a la meditación y toma de conciencia acerca del cuidado de nuestra casa común, especialmente en este tiempo de Pascuas.

El Papa Francisco hace un llamado urgente a la reflexión acerca de nuestra responsabilidad como parte de la creación, para con nuestro Planeta.

A continuación, algunos fragmentos de la Carta Encíclica, nos permiten descubrir la importancia de entrar en diálogo con todo lo que nos rodea, que Dios puso a nuestro cuidado.

 

Contenidos de Laudato Si´ sobre el cuidado de la casa común[1]

  1. 1. «Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba San Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba».
  2. 2. Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada Tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del Planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.
  3. 8. El Patriarca Bartolomé se ha referido particularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el Planeta, porque, «en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación». Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una manera firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la Tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios».
  4. 9. Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la atención sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos solo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que «significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia».
  5. 13. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La Humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos. Merecen una gratitud especial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación ambiental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos.
  6. 14. Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del Planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos. El movimiento ecológico mundial ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la concientización. Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no solo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Necesitamos una solidaridad universal nueva. Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades.
  7. 18. A la continua aceleración de los cambios de la Humanidad y del Planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el problema de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e integral.
  8. 20. Existen formas de contaminación que afectan cotidianamente a las personas. La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras. A ello se suma la contaminación que afecta a todos, debida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias que contribuyen a la acidificación del suelo y del agua, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general. La tecnología que, ligada a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros.
  9. 21. Hay que considerar también la contaminación producida por los residuos, incluyendo los desechos peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería.
  10. 23. El clima es un bien común, de todos y para todos. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. La Humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan.
  11. 25. El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la Humanidad. Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo. Muchos pobres viven en lugares particularmente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento, y sus medios de subsistencia dependen fuertemente de las reservas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos forestales. No tienen otras actividades financieras y otros recursos que les permitan adaptarse a los impactos climáticos… también se ven obligados a migrar con gran incertidumbre por el futuro de sus vidas y de sus hijos.
  12. 28. El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos. La pobreza del agua social se da especialmente en África, donde grandes sectores de la población no acceden al agua potable segura, o padecen sequías que dificultan la producción de alimentos.
  13. 29. Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes enfermedades relacionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas. La diarrea y el cólera, que se relacionan con servicios higiénicos y provisión de agua inadecuados, son un factor significativo de sufrimiento y de mortalidad infantil.
  14. 30. Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable.
  15. 31. Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos y de distintos productos que dependen de su uso. Algunos estudios han alertado sobre la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo.
  16. 45. En algunos lugares, rurales y urbanos, la privatización de los espacios ha hecho que el acceso de los ciudadanos a zonas de particular belleza se vuelva difícil. En otros, se crean urbanizaciones «ecológicas» solo al servicio de unos pocos, donde se procura evitar que otros entren a molestar una tranquilidad artificial. Suele encontrarse una ciudad bella y llena de espacios verdes bien cuidados en algunas áreas «seguras», pero no tanto en zonas menos visibles, donde viven los descartables de la sociedad.
  17. 49. Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del Planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar. Esto a veces convive con un discurso «verde». Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la Tierra como el clamor de los pobres.
  18. 51. La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera «deuda ecológica», particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países. Las exportaciones de algunas materias primas para satisfacer los mercados en el Norte industrializado han producido daños locales, como la contaminación con mercurio en la minería del oro o con dióxido de azufre en la del cobre. A esto se agregan los daños causados por la exportación hacia los países en desarrollo de residuos sólidos y líquidos tóxicos, y por la actividad contaminante de empresas que hacen en los países menos desarrollados lo que no pueden hacer en los países que les aportan capital. Generalmente, al cesar sus actividades y al retirarse, dejan grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados…
  19. 52. La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro.
  20. 53. Estas situaciones provocan el gemido de la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos.
  21. 54. Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional. El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos. En esta línea, el Documento de Aparecida reclama que «en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida». La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos.
  22. 55. Poco a poco algunos países pueden mostrar avances importantes, el desarrollo de controles más eficientes y una lucha más sincera contra la corrupción. Hay más sensibilidad ecológica en las poblaciones, aunque no alcanza para modificar los hábitos dañinos de consumo, que no parecen ceder sino que se amplían y desarrollan. Es lo que sucede, para dar sólo un sencillo ejemplo, con el creciente aumento del uso y de la intensidad de los acondicionadores de aire. Los mercados, procurando un beneficio inmediato, estimulan todavía más la demanda. Si alguien observara desde afuera la sociedad planetaria, se asombraría ante semejante comportamiento que a veces parece suicida.
  23. 57. Es previsible que, ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones. La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nucleares y en las armas biológicas.
  24. 76. Para la tradición judeo-cristiana, decir «creación» es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación solo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal.
  25. 93. Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la Tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados.
  26. 112. Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral.
  27. 122. Un antropocentrismo desviado da lugar a un estilo de vida desviado. Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos.
  28. 123. La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la lógica interna de quien dice: «Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables». Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos solo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita.
  29. 129. Para que siga siendo posible dar empleo, es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Las economías de escala, especialmente en el sector agrícola, terminan forzando a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales. Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero.
  30. 139. Cuando se habla de «medioambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental.
  31. 141. Por otra parte, el crecimiento económico tiende a producir automatismos y a homogeneizar, en orden a simplificar procedimientos y a reducir costos. Por eso es necesaria una ecología económica, capaz de obligar a considerar la realidad de manera más amplia. Hay una interacción entre los ecosistemas y entre los diversos mundos de referencia social, y así se muestra una vez más que «el todo es superior a la parte».
  32. 194. Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos «cambiar el modelo de desarrollo global», lo cual implica reflexionar responsablemente «sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones». Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso.
  33. 196. ¿Qué ocurre con la política? Es verdad que hoy algunos sectores económicos ejercen más poder que los mismos Estados. Pero no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual. La lógica que no permite prever una preocupación sincera por el ambiente es la misma que vuelve imprevisible una preocupación por integrar a los más frágiles, porque «en el vigente modelo “exitista” y “privatista” no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida».
  34. 198. La política y la economía tienden a culparse mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Pero lo que se espera es que reconozcan sus propios errores y encuentren formas de interacción orientadas al bien común. Mientras unos se desesperan solo por el rédito económico y otros se obsesionan solo por conservar o acrecentar el poder, lo que tenemos son guerras o acuerdos espurios donde lo que menos interesa a las dos partes es preservar el ambiente y cuidar a los más débiles. Aquí también vale que «la unidad es superior al conflicto».
  35. 202. Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la Humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración.
  36. 209. La conciencia de la gravedad de la crisis cultural y ecológica necesita traducirse en nuevos hábitos. Muchos saben que el progreso actual y la mera sumatoria de objetos o placeres no bastan para darle sentido y gozo al corazón humano, pero no se sienten capaces de renunciar a lo que el mercado les ofrece.
  37. 214. A la política y a las diversas asociaciones les compete un esfuerzo de concientización de la población. También a la Iglesia. Todas las comunidades cristianas tienen un rol importante que cumplir en esta educación.
  38. 216. Quiero proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir. No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo.
  39. 222. La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que «menos es más». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos.

[1] Carta Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, Dado en Roma, junto a San Pedro, el 24 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, del año 2015, tercero de mi Pontificado. Franciscus.

Para ver texto completo: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

 

 

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