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Sed de Paz

Como en cada número de la Revista, intentamos presentar el tema elegido desde diversas perspectivas. Y bien decimos diversas, porque aspiramos a poner énfasis en lo heterogéneo, lo plural, para que la mayor cantidad posible de lectores se sientan interpelados con alguno de los artículos.

Es difícil pensar la PAZ disociada de la violencia, es casi un paradójico binomio. Y al mismo tiempo, bien sabemos que la PAZ es mucho más que no-violencia.

En esta edición presentamos artículos acerca de la PAZ interior relacionada con la espiritualidad y desde la mirada de la psicología y también, la PAZ en  el ámbito social, político, religioso, deportivo, artístico…

La PAZ como un bien multidimensional, es necesario observarla desde múltiples ángulos, que van de lo particular a lo general, de lo individual a lo colectivo. Es un ejercicio pendular que oscila entre lo macro y lo micro.

A nivel macro, pensemos en las cifras monstruosas que arrojan algunos estudios y que producen escozor: en 2015 en el mundo hubo 35 conflictos armados, de los cuales un tercio fueron de alta intensidad, causando miles de víctimas mortales (los más letales fueron 55.000 en Siria, 16.000 en Iraq, 4.000 en Ucrania…). El 70% de estos conflictos tuvieron lugar en países con graves desigualdades de género y la violencia sexual se utilizó de manera deliberada como arma de guerra. Esto llevó a que más de 60 millones de personas fueran desplazadas de manera forzosa, a causa de conflictos, violencia y persecución.

Este escenario seguramente nos deja pasmados en la impotencia. No obstante, es bueno saber que durante 2015 hubo una serie de procesos de PAZ que se pusieron en marcha en 39 contextos de negociación. Los principales fueron en Colombia, Chipre, Sudán del Sur, Afganistán, Tailandia.

Teniendo en cuenta la evolución y naturaleza de varios escenarios, se sabía que durante 2016 los mismos podían empeorar y convertirse en focos de inestabilidad y violencia todavía más graves. Todo esto sin mencionar al terrorismo, que por su complejidad requeriría de un análisis tan extenso y profundo, que trasciende el objetivo de esta publicación. Como es sabido, tanto al-Qaeda como ISIS han hecho llamamientos a ataques yihadistas de “lobos solitarios” contra objetivos en Occidente y esto trajo como consecuencia, el ascenso de discursos de ultraderecha y xenófobos en Europa y Estados Unidos, obstaculizando la centralidad de la PAZ.

Como vemos, es ínfimo el margen de maniobra que tenemos los seres humanos “comunes y corrientes” para incidir ante la perspectiva macro. Esas son decisiones que se toman en otras esferas.

Sin embargo, a nivel micro, cuando ponemos la lupa más cerca de la esencia del ser, de lo humano, observamos otro tipo de situaciones y actitudes que también son generadoras de conflicto, algunas de ellas sutiles, otras no tanto. A modo de ejemplo, podemos tomar algo tan simple como el lenguaje —para nada inocente ni inofensivo— como “disparador” de violencia. En el lenguaje cotidiano a través de la palabra, aparece con frecuencia un maltrato que ha sido tan naturalizado, que ya ni lo percibimos como tal. Aparecen modos discriminatorios como insultos y menosprecios, incluso hacia algunas minorías, hacia personas diferentes o hacia las mujeres, estos últimos bajo la forma de comentarios o actitudes rústico-machistas.

Así como la palabra puede ser generadora de violencia —de hecho la Carta de Santiago nos dice que la lengua es un mundo de maldad, incontrolable, llena de veneno mortal y que de la misma boca sale bendición y maldición (Carta de Santiago: 3,5-10) también la palabra puede ser fuente de pacificación, cuando aparece un trato afectuoso, respetuoso, amoroso.

Pero además de la palabra, vivimos a cotidiano situaciones que si bien son menores, también generan malestar y conflicto innecesarios. Enumeremos algunas de ellas: avivadas como colarse en una fila; pasar por la derecha a un auto para arrancar primero en el semáforo; no ser agradecidos ante algo tan simple como cuando alguien mantiene una puerta abierta para que pasemos; no dar prioridad a los peatones cuando manejamos un auto; ser indiferentes o ningunear cuando no respondemos mensajes, con el pretexto de que recibimos tal caudal de comunicaciones; dejar la puerta del ascensor abierta mientras charlamos con el encargado, sin importar el perjuicio de vecinos que están esperando para poder usar el ascensor;…

Este nivel micro pareciera ser más abordable para incidir y transformar algunas situaciones y desactivar, tan solo con un poco de civilidad, el mecanismo de malestar que puede desencadenar en una escalada violenta que nos aleja de la PAZ.

Así, la PAZ no es una entelequia que aparece en la nube de lo abstracto, o en el deseo de algunos románticos pacifistas. La PAZ es bien concreta. Es un bien público que podemos proponernos construir entre todos los miembros de la sociedad, desde las unidades más pequeñas: uno mismo, familia, colegio, barrio; hasta las más grandes: ciudad, país, región, planeta. Al apropiarnos de la PAZ como bien público, se puede reconstruir el tejido social y la convivencia pacífica.

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