11

Nuestra contribución a la paz

Por Verónica Carabajal, Licenciada en Psicología

Hace un tiempo leí una nota de una psicoanalista suiza, Alice Miller, que me impactó por la sencillez con la que resumió algo que creo absolutamente cierto y relevante.

Puntualiza con profunda claridad, que los efectos de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitable y, directamente, sobre la sociedad.

Las situaciones de maltrato infantil se repiten con frecuencia, y tal como lo menciona Miller, “ante la situación de maltrato la reacción normal del niño debiera ser el enojo y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor no podría tolerarla y el enojo muchas veces le sería castigado, entonces, no tiene otra salida que reprimir el recuerdo. Es esta angustia no expresada, esta impotencia .desconectada de su verdadero origen la que se expresa luego en actos destructores, que se dirigirán contra otros o hacia él mismo” (desde cosas severas como la criminalidad o adicción, hasta trastornos psíquicos de distinta índole).

“Cada niño en su fragilidad e inexperiencia, tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad”, pero no sin un costo interno que de alguna forma cobrará como adulto a la sociedad.

“Sin duda las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona”, finaliza Miller.

La palabra traumatismo es tan severa, que pareciera alejar el riesgo de criar niños discordantes en nuestros entornos o en nuestras propias familias, suponiendo que estas cosas suceden solo en ambientes marginados con carencias de educación o materiales.

Sin embargo el espectro de acciones que pueden alejar a los niños de la posibilidad de salud psíquica y emocional plena, es amplio y variado.

Nuestros modelos de crianza están tan basados en patrones heredados   y socialmente aceptados que repetimos conductas casi automáticamente sin cuestionarnos.

Venimos de modelos educativos en los que se autorizaba a docentes a usar la vara para castigar en el aula o era común que los padres mandaran al rincón a los niños.

Parece una obviedad describir esos métodos, hoy en desuso,  como inaceptables, sin embargo la impronta de la violencia autorizada socialmente sobre los niños sigue muy presente.

En la vida cotidiana no es poco frecuente encontrar adultos que aún creen que “un cachetazo de vez en cuando” o “un tirón de orejas dado a tiempo” no vienen nada mal.

Tampoco es poco usual circular por la calle, la plaza o el supermercado y encontrarse con escenas de padres que llevan a los chicos arrastrándolos o gritándoles en forma continua como forma de trato habitual.

Menos frecuente aún es presenciar escenas de manipulación a chicos con “pequeñas mentiras” que sin duda nos demandan   menos esfuerzo que decirles la verdad a nuestros hijos y contener la reacción adversa de un chico que se frustra porque algo que esperaba no va a llegar.

Sin duda no nos gusta que nos ridiculicen o burlen en público, pero muchas veces lo hacemos con ellos “en broma” para reírnos con otros adultos.

Pareciera que en nuestra vida cotidiana plagada de obligaciones y exigencias, no queda tiempo ni paciencia para buscar formas distintas de abordar a nuestros hijos.

Este artículo debía ser sobre la paz y muchos se preguntarán por qué mencioné todo lo anterior

Las noticias nos inundan con conflictos e imágenes que nos desconsuelan. Nos rodea la violencia expandida por cada vez más rincones del mundo.

Es poco lo que podemos hacer para menguar esa violencia pero es mucho lo que podemos hacer para revisar la que ejercemos cada día en nuestras casas.

Para sembrar paz no tenemos que sentirnos llamados a solucionar el conflicto en Medio Oriente, tenemos que sentirnos llamados a sembrar respeto y buen trato en nuestra vida cotidiana y especialmente en nuestras casas,  con nuestros hijos.

El mix más sano de crianza incluye no solo el buen trato, la palabra y la honestidad para con nuestros hijos sino también lo que ellos pueden aprender de nosotros viéndonos interactuar en la sociedad.

Sería un logro enorme criar hijos evitando gritos y tironeos, cachetazos y engaños, pero mucho mejor aún sería si no nos vieran gritar a otros ni mentir en nuestra vida cotidiana.

La paz comienza por casa, en cada familia y los pequeños actos de violencia no desatan guerras en el mundo pero sin duda minan el camino de bienestar, diálogo y respeto que hacen al bienestar de todos.

La sociedad (y la sociedad somos nosotros) está   ávida de valores que contrarresten el desinterés, la falta de respeto y la  indiferencia  que prima en muchos lugares por los que transitamos.

Sepamos que cada uno de nosotros tiene el poder de alterar lo que no nos gusta no solo siendo el cambio que queremos ver sino además criando hijos que puedan salir al mundo cargados de experiencias y recuerdos de respeto, empatía y sinceridad.

Inyectar adultos alegres, optimistas y energizados puede que sea una gran parte de la misión personal de cada uno de nosotros.

Revisar nuestro manual de crianza puede que valga la pena. Si cerramos los ojos y podemos visualizar el mundo que queremos tener, es probable que haya tradiciones muy aceptadas que ya deban dejar de figurar.  .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *