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La tarea de preservar la paz

Por Emilio J. Cárdenas, Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

La tarea de preservar la paz en el mundo es la más importante de todas aquellas que conforman el enorme y complejo universo de la diplomacia contemporánea. Tan es así, que la propia Carta de las Naciones Unidas la define, al tiempo de comenzar su texto, como una resolución adoptada por todos los pueblos que decidieran conformar esa organización, y como la tarea de: “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles”.

 

La paz es, en los hechos, la relación mutua entre quienes no están en guerra. Es, entonces, en esencia, la ausencia de conflictos. Pero es ciertamente también mucho más que eso. Es sosiego, es reconciliación, es concordia, es tolerancia y es hasta el regreso a la amistad.

 

Para el Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, la paz debe defenderse disminuyendo sistemáticamente aquellas amenazas que puedan generar la violencia o la guerra. Esto supone, en primer lugar, que las relaciones entre las naciones deben ser amistosas. Pero también que la función asignada a las Naciones Unidas es una permanente, de carácter estabilizador, cuyo objeto es la disminución del riesgo de los conflictos armados. Para ello, asegurar la paz y seguridad internacional incluye la necesidad de acometer constantemente distintas empresas, como son el desarme, la proscripción de armas nucleares y de todo tipo, la descolonización, y hasta el impulso al desarrollo.

 

Ocurre que la defensa de la paz requiere de una acción permanente y positiva, de modo de enfrentar todas las amenazas que –de tiempo en tiempo- aparezcan y sean capaces de afectarla. Como hemos dicho más arriba, eso supone acciones de distinto tipo, pero también el respeto de diversos principios. Como, por ejemplo, la renuncia al uso de la fuerza, la solución pacífica de las controversias, la promoción y defensa de los derechos humanos, así como de las libertades civiles y políticas, la eliminación de las discriminaciones raciales, la protección del ambiente y hasta la mejora del nivel de vida de los pueblos.

 

Para la defensa de la paz, las Naciones Unidas edificaron un sistema de seguridad colectiva que todos deben respetar, porque obra a la manera de garantía común. Esto incluye la protección a todos los miembros de la Organización respecto de posibles acciones violentas o ataques por parte de cualquier otro Estado miembro del sistema.

 

Como la membresía de las Naciones Unidas es universal, la protección de la paz en el concierto de las naciones es muy amplia. Hablamos siempre de una paz genuina y duradera y de un mundo en el que quien de pronto tenga un poder hegemónico esté sujeto a normas y reglas que lo moderen, así como a estándares comunes en materia de conductas que las hagan previsibles. Un mundo que funcione entonces, edificado sobre la cooperación mucho más que sobre los esfuerzos individuales.

 

A lo que cabe agregar que no hay paz que pueda edificarse si no hay además justicia y equidad real para todos, como en su momento sostuviera el pontífice Pío XII, en su encíclica “Summi Pontificatus”, de octubre de 1939.

 

Todos los 21 de septiembre de cada año, las Naciones Unidas celebran el “Día Internacional de la Paz”, que está consagrado al fortalecimiento de los ideales de la paz, tarea que conforma un desafío realmente constante. Tanto entre las naciones, como entre todos los pueblos y entre los miembros de cada uno de ellos.

 

Ese día, el Secretario General de la organización hace sonar la campana de la paz que fuera donada por el Japón y se guarda enseguida un respetuoso y simbólico minuto de silencio. Eso ocurre en medio de una liturgia corta, pero ciertamente directa y conmovedora.

 

Este año, el tema elegido para conmemorar el Día de la Paz es particularmente sugestivo. Es: “Los Objetivos de Desarrollo Sustentable: elementos constitutivos de la paz”. Los que fueran aprobados por los 193 Estados Miembros de la ONU, en septiembre de 2015.

 

Se trata de la llamada “Agenda 2030”, que propone una labor de quince años y contiene las tareas que son consideradas esenciales para que el mundo actual pueda efectivamente preservar la paz. Con tres objetivos centrales, como son la eliminación de la pobreza; la protección del planeta; y el garantizar la prosperidad para todas las personas.

 

La Agenda en cuestión contiene una lista explícita de las diecisiete principales acciones que deberían priorizarse para empeñarnos todos en mantener la paz. Porque la paz no se cuida sola, sino que requiere de la atención, esfuerzo y de la responsabilidad constante de la humanidad, en su conjunto.

 

Veamos de qué se trata ese listado actual de acciones concretas. Sucintamente, al menos.

 

  • Es necesario poner fin a la pobreza. En todas partes del mundo. Especialmente donde ella es más manifiesta, o sea en Asia Meridional y África. Hay razones para ser optimistas, desde que los índices de la pobreza mundial se han reducido a la mitad desde 1990. Pero todavía una de cada cinco personas en las regiones en desarrollo aún sobrevive con menos de 1,25 dólares diarios. A veces, con hambre y otras con malnutrición. Por esto, entre otras cosas, uno de cada cuatro niños menores de 5 años no tiene una altura adecuada. Se puede mejorar, según sugiere la experiencia.

 

  • “Hambre cero”. En esto la Argentina, uno de los productores y exportadores más eficientes del mundo, debería definir y mantener una posición de liderazgo.

 

  • Garantizar a todos una vida sana y el bienestar a todas las edades, incluyendo la de nuestros ancianos. Hay que trabajar mucho aún sobre la salud materna y las enfermedades endémicas.

 

  • Es necesario promover una educación inclusiva, con oportunidades para todos. En el mundo, unos 103 millones de jóvenes no tienen un nivel mínimo de alfabetización. Y, de ellos, el 60 % son mujeres.

 

  • Lograr la igualdad de género y empoderar a las mujeres cuando están efectivamente postergadas.

 

  • Garantizar -a todos por igual- el acceso al agua y al saneamiento. En esto hay también mucho que hacer en nuestro propio país, por razones de dignidad.

 

  • Posibilitar, asimismo, el acceso a la energía eléctrica. Otra materia pendiente entre nosotros.

 

  • Promover eficazmente el crecimiento y el empleo. Generar trabajo, entonces, que es un objetivo permanente e ineludible.

 

  • Construir la infraestructura necesaria y fomentar la innovación. Para la Argentina, otra gruesa asignatura pendiente de reacción.

 

  • Reducir las desigualdades. Lo que –en esencia– supone generar oportunidades.

 

  • Lograr que los centros urbanos sean inclusivos y seguros. Tarea, esta última, donde existe una enorme disconformidad, en casi todo el mundo. Es obvio, además, que la marginalidad alimenta la inseguridad.

 

  • Garantizar modalidades de consumo y de producción que sean sostenibles. Cada año, el mundo desperdicia nada menos que la tercera parte de los alimentos que produce, todavía hoy. Algo muy parecido sucede con el agua y con la energía. Promover la eficiencia es entonces una labor urgente.

 

  • Combatir el cambio climático. Hablamos del calentamiento mundial y sus efectos. Y de las emisiones contaminantes. De preservar el mundo que recibimos para aquellos que nos seguirán.

 

  • Conservar los recursos marinos y su diversidad, evitando su agotamiento.

 

  • Defender los ecosistemas y la diversidad biológica. Esto incluye la defensa y el cuidado de los bosques. Y la necesidad de evitar la desertificación.

 

  • Facilitar el acceso a la justicia y defender las instituciones. Pocas cosas hay más peligrosas para la libertad del hombre que enfrentar jueces corruptos o no independientes. Y no hay desarrollo sostenible sin que exista Estado de Derecho.

 

  • Revitalizar la alianza para el desarrollo. Para, por ejemplo, hacer cosas que parecen simples: como impulsar sistemáticamente el acceso de todos a la Internet o financiar el desarrollo.

 

Como queda visto, hay un sinnúmero de andariveles muy diversos en los que todos podemos trabajar para tratar de edificar un mundo capaz de vivir en paz. Más equilibrado. Más justo. Más tolerante. Más moderno. Más estable. Más predecible. Más humano. Más inclusivo.

 

Es necesario comprender que la paz siempre se construye entre todos,  todos los días. Ese y no otro es el mensaje que nos llega desde las Naciones Unidas. La paz se defiende. Se mantiene. Se promueve. Se vigila. Pero todo eso requiere de una toma real de conciencia de la importancia central que cabe asignarle, seguida de una labor comprometida que, en los hechos, nos integre en un esfuerzo en pro de la paz que necesariamente es común.