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La paz

Por Mamerto Menapace, Monje de Los Toldos

Cuando una persona que vive normalmente en la ciudad llega al monasterio, es frecuente que comente de entrada y con agradable sorpresa:

– ¡Qué paz que se respira aquí!

Probablemente esto sea cierto desde su punto de vista, porque al venir del ruido y del acelere, el contraste es muy fuerte. Por lo general aquí nadie grita, uno se cruza con relativamente poca gente, y no se aturde con los ruidos del tránsito ciudadano. Más que una presencia, pareciera que el primer contacto con la paz es el de una ausencia de cosas que habitualmente a uno lo tienen acorralado, una cierta sensación de libertad y hasta de bienestar.

Pero luego de un rato y de haber acomodado sus pocas pertenencias en la celda que se le asigna, comienza a entrarle un cierto desasosiego. En vano se busca llenar el silencio con algo. No hay televisor ni radio (¡a menos que uno se haya traído la computadora!) y sobre todo, uno se siente desvalido al darse cuenta de que en su habitación no hay señal para el celular. Y quizá tampoco se anima a preguntar. Aunque luego de unas horas descubre que en ciertos lugares del parque se puede encontrar una relativa señal, que se corta a menudo.

Y ahí comienza a desmoronarse un poco la sensación de paz que inicialmente se sentía con fuerza. Uno constata que hay ruidos. Quizá no tanto los de afuera, cuanto los de adentro de uno mismo. Comienza un desasosiego y se mira con insistencia el horario y el reloj para saber cuánto falta para la oración de los monjes o para la comida de la hospedería. Porque de alguna manera no se sabe qué hacer con el tiempo y sobre todo con el silencio.

Entre los instrumentos que el monje tiene que utilizar para su vida, San Benito coloca un axioma que dice:

¡Busca la Paz. Y síguela!

Pareciera que se imagina a la paz como algo que está en camino y hay que meterle pata para alcanzarla y luego más pata aún para seguirla. Tiene mucho de esfuerzo, de entrenamiento diario, de carrera, si se quiere. No se la puede agarrar para quedarse y gozarla como una sandía que una encuentra por casualidad entre el yuyal. Hay que alcanzara y luego seguirla por donde ella nos lleve, como se hace en la montaña con un buen guía que nos quiere conducir a la cumbre.

 

Es que en realidad al monasterio no se viene a buscar algo, sino a alguien. Los monasterios siempre quisieron ser lugares de paz. Incluso hay un libraco gordo con muchas ilustraciones que muestran las principales abadías de todo el mundo y lleva el título en Latín “Loco ubi Deus queritur”, es decir: Lugares donde se busca a Dios.

Generalmente la gente que viene a hospedarse en un monasterio puede quedarse solo un par de días, a lo sumo sumarle otras dos mitades entre llegada y partida. En el primero uno se siente desubicado, en el segundo busca ubicarse y cuando tienen que partir ya se da cuenta de que se le pasó la oportunidad. Diría que se le borró la sensación de paz que había experimentado en el primer momento. Y puede ser que hasta tenga ganas de reencontrarse nuevamente con aquello a lo que está habituado y sienta urgencia de regresar a lo suyo para retomar lo cotidiano.

Si la cosa ha sido así, su estadía fue un éxito. No encontró lo que buscaba, sino lo que necesitaba. Se encontró consigo mismo y con el Señor. Y más aún, si tuvo la oportunidad de abrir su corazón a alguien que lo escuchó y no le dijo gran cosa. Recién con el pasar de los días, y en su rutina diaria, comenzará a darse cuenta de la paz que encontró en ese parate que hizo en el monasterio, rezando con los monjes y perdiendo el tiempo en el parque escuchando la naturaleza o leyendo lo que encontró en la celda, por no saber qué hacer. Pudo pararse un rato y no le quedó más remedio que toparse con la paz, que lo invitó a buscarla y seguirla luego en la vida diaria.

Les cuento una experiencia. En una de mis salidas por estos caminos de tierra, una siesta de verano, luego de unas horas de caminata, sentí un tremendo cansancio. En realidad lo que sentía era sed y por eso debilidad. Necesitaba que alguien me diera fuerzas. Pero no había a la vista nada ni nadie a quien pedirle ayuda. Solo un alambrado y a unos cien metros, un molino con su tanque australiano para llenar bebederos. Crucé el alambrado y trepé el terraplén del tanque para alcanzar el chorro de agua fresca. No había ni siquiera una sombrita. Lo único que me podía ofrecer el molino era un poco de agua fresca, bebida trago a trago trayéndola a la boca en el cuenco de las manos. Luego de tomarla, miré el horizonte que se había agrandado un  poco gracias a la altura desde donde lo observaba. Pero no podía pedir nada más. Solo otro poco de agua antes de descender. Solo cuando estuve de regreso en el monasterio, me di cuenta que aquel molino con su poco de agua fresca, me había regalado todo el resto del camino.

¿Qué es la paz? No lo sé, pero me la imagino así. Es tener esperanza. Es decir, creer tanto en el futuro, que podamos vivir el pasado sin rencor y con fidelidad el presente. Y si esto puede lograrse con alegría, mucho mejor. El Papa Francisco diría, con una frase medio filosófica y difícil de entender de entrada:

“El tiempo es superior al espacio”.

Yo diría que existen más cosas que las que logro ver. Y caminar hacia ellas es avanzar. Y alcanzar es buscar la paz… y seguirla.