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La defensa de los cristianos y la paz en Medio Oriente

Por Khatchik DerGhougassian*, Dr. en Estudios Internacionales

* PhD en Estudios Internacionales de University of Miami (Florida, Estados Unidos), profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.

En un artículo publicado en el diario francés del Líbano L’Orient-Le Jour el 29 de agosto pasado, el príncipe jordano Hasan Ben Talal considera que la desaparición del cristianismo destruiría “el rico mosaico del Medio Oriente”. “La realidad es que somos una sola comunidad unida por creencias compartidas y una historia común,” sostiene el Príncipe que acusa al llamado “Estado Islámico” de ser única en perseguir el objetivo de la aniquilación de los cristianos. En la prensa regional el Estado Islámico se referencia como Daesh –las siglas en árabe del Estado Islámico en Iraq y Siria–, organización derivada de al-Qaeda que nació en el contexto de la ocupación estadounidense de Iraq después de 2003, se expandió en un vasto territorio que controla entre Siria e Iraq. Luego de la ocupación de Mosul, segunda ciudad iraquí después de Bagdad, cambió su nombre mientras su líder, Abu Bakr al-Bagdadi, declaraba el restablecimiento del Califato. Ben Talal cita el último número de la revista digital de la organización islamista Dabiq (una ciudad norteña en Siria donde según el Corán tendrá lugar la última batalla apocalíptica de la historia de la humanidad) cuyo principal tema titulado “Quemar la cruz” rechaza la idea de que los creyentes de las tres religiones monoteístas son todos gente del Libro.

No hay dudas de la sinceridad del Príncipe en querer una región que se distinga por su diversidad y donde la convivencia entre las tres religiones abrahámicas, el judaísmo, el cristianismo y el islam, se transforme en la mayor prueba del mensaje de la paz del Libro en cualquiera de sus tres versiones el Torá, la Biblia y el Corán. Tampoco se cuestiona su tesis que considera a Daesh como la organización que abiertamente persigue el objetivo de borrar toda huella no solo del cristianismo sino de cualquier otra religión, incluyendo a las interpretaciones del islam que no responde a la que propaga como el único verdadero islam.

El problema es que cuando pensamos en la condición de los cristianos en Medio Oriente nos olvidamos que Daesh no es más que la última y más violenta expresión de la militancia islámica que empezó en el siglo XIX en el contexto de la decadencia del Imperio Otomano y el proceso de despertar de los pueblos árabes conocido como al-Nahda fuertemente inspirado por la Ilustración europea. Desde que con la conquista de Constantinopla cayó Bizancio los cristianos del Medio Oriente perdieron la última representación estatal que les quedaba y se transformaron en dhimmi, “pueblo del Libro bajo protección”, una condición que, igual que a los judíos, si bien no les negaba el derecho a la existencia pero tampoco les otorgaba igualdad con los musulmanes ante la Sharía –el derecho islámico. Además, los cristianos deberían pagar un impuesto adicional por la protección que recibían. A lo largo de la historia del islam como imperio, mucho de la condición de los cristianos dependió de las épocas de bienestar y expansión cuando sobre todo las grandes familias y los religiosos de alto grado tuvieron oportunidades de ascenso social y, hasta, formaron parte de la corte del Califa. Cabe aclarar que el término de “cristianos de Medio Oriente” no debería confundir; nunca se trató de una sola iglesia, la Ortodoxa en este caso, tampoco de una representación estatal para pueblos antiguos como asirios, armenios, caldeos, coptos y hasta árabes se consideran los primeros en aceptar la enseñanza de Jesús el Nazareno directamente de sus discípulos y de ser bautizados por ellos; así como desde la Gran Cisma entre Roma y Constantinopla en 1054 la rivalidad entre la cristiandad occidental y oriental fue un constante a tal punto que para los historiadores pocas dudas quedan acerca de la responsabilidad de Europa feudal en la caída de Bizancio por el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada (1204) que golpeó fuertemente al imperio y el silencio de los príncipes cristianos cuando dos siglos después el Imperador Constantino pedía su ayuda ante la inminente amenaza de los turcos otomanos. Con la decadencia del Imperio Otomano en el siglo XVIII la condición cristiana empeoró; la expectativa de reformas inspiradas por la Ilustración que abrazaron muchos musulmanes preocupados por el atraso del Imperio entusiasmó a los cristianos por la oportunidad que les ofrecía para transformarse en un ciudadano con igualdad ante la ley. Sin embargo, la perspectiva de una eventual secularización de la sociedad y de la política alarmó a los sectores más conservadores del Imperio y de los musulmanes que consideraron a los cristianos traidores y cómplices de Occidente en su nueva agresión contra el islam.

La militancia del islam, entonces, comenzó en el siglo XIX contra la secularización que consideró como la mayor amenaza al califato, o el orden islámico. Pese a los esfuerzos de los pensadores de la renovación del islam y los intentos de una movilización de la Umma para una nueva guerra santa para salvar al califato, el curso de la historia impuso en un Medio Oriente estados territoriales sobre las ruinas del Imperio Otomano diseñado por las potencias coloniales y de acuerdo a sus aspiraciones de dominación. Los asirios, armenios y griegos sufrían durante la Primera Guerra Mundial y en la época posterior inmediata una aniquilación sistemática y expulsión de sus tierras ancestrales de parte del gobierno otomano, un plan estatal que años después el jurista Rafael Lemkin consideró el primer genocidio en el siglo XX que antecedió al Holocausto. Aun así, los cristianos jugaron un rol central en el esfuerzo colectivo de las sociedades árabes en la construcción y modernización de los países emergentes, participaron de la formación de los mayores partidos políticos árabes sobre todo en Siria, Líbano e Iraq, estuvieron en la vanguardia del proceso de descolonización, fueron protagonistas en la Organización de Liberación Palestina, y ocuparon cargos importantes en las administraciones después de la independencia. Minorías en prácticamente todas las sociedades árabes y no árabes comparado a la mayoría musulmán dominante salvo en el Líbano hasta la guerra civil (1975-1990), los cristianos entendieron el nacionalismo árabe y el estado secular como el contexto donde siglos de discriminación ante la ley desaparecían. No les ha ido mal en el contexto convulsivo de una región que creció y ocupó un lugar central en la política internacional durante la Guerra Fría. Sobre todo en el Líbano donde a diferencia de todos los demás países árabes la república se construyó sobre la base de un pacto nacional entre las distintas comunidades religiosas que se repartieron el poder y crearon un sistema democrático que sin ser liberal ni perfecto y tampoco exento de las luchas por el poder aseguró la convivencia casi ejemplar de todas las confesiones. Por mucho tiempo se consideró que el Líbano era la miniatura de una región convulsiva y el escenario donde los árabes y otros actores regionales competían por el liderazgo y el poder; la tesis se comprueba en parte y es válida hasta para la actualidad; pero las guerras confesionales en los países vecinos, donde supuestamente la ideología de una identidad secular había homogenizado la sociedad y abierto camino para el progreso y desarrollo para todos, vino a comprobar que en el fondo el Líbano era el espejo de una realidad regional que todos ignoraron así como ignoraron que quizá el sistema confesional con todos sus defectos podría ser mejor garante de la paz social… Es que pese a la consolidación de las estructuras estatales y la secularización oficial en todos los países la discriminación silenciosa y el prejuicio contra los cristianos siguió en estas sociedades aunque su denuncia haya sido un tabú incluyendo para los propios cristianos.

La derrota árabe en la Guerra de los Seis Días en 1967 marcó el fracaso del proyecto nacional y el auge lento pero seguro de la convicción de que “el islam es la solución”. La Revolución Islámica en Irán en 1979 y su impacto en la movilización y politización de la identidad de los Shía, el apoyo de Estados Unidos a la resistencia islámica en Afganistán contra la ocupación soviética en los 80 y la guerra Irán-Iraq que pocos en su momento se dieron cuenta que se trataba de la primera confrontación abierta entre los Sunni y los Shía en el siglo XX, aceleraron el proceso de la islamización de la política de poder en los 90 marcados por episodios sangrientos en Argelia, Chechenia, Afganistán los territorios palestinos, Asia Central el Cáucaso y los Balcanes.

En este avance de la islamización en Medio Oriente agravado con la pésima conceptualización de la “guerra contra el terrorismo” y la intervención y ocupación de Iraq de parte de Estados Unidos en 2003, la condición de los cristianos se deterioró rápidamente. El fenómeno es observable en la disminución de la población cristiana en Iraq y Siria pero también en Egipto, Argelia, los territorios palestinos. Ataques contra iglesias, asesinato de curas e intelectuales, amenazas y humillaciones son incidentes que se registraron y se registran hasta en países como Turquía y Egipto donde supuestamente el estado debería proteger a todos sus ciudadanos. El problema es que con el afán de apaciguar a los sectores más intransigentes de sus poblaciones estos estados a menudo hacen la vista gorda a la violación de los derechos de los cristianos que, así, viven un calvario silencioso.

Es cierto, los Shía, los kurdos, judíos y hasta los Sunni que no aceptan la versión del islam de Daesh son potenciales víctimas. Sin embargo, mientras cada uno de estos grupos tiene su organización de autodefensa y/o estados que los protejan, los cristianos del Medio Oriente se encuentran solos. El problema es uno de los dilemas que enfrentan los países desarrollados que en el pasado se reconocían como cristianos; el cristianismo, según el pensador francés Luc Ferry, es la única de las tres religiones monoteístas que se secularizó, entendiendo por el concepto en general la separación del estado y de la religión. Lo que para el mundo moderno rige desde la Ilustración es la universalidad de los Derechos Humanos y la razón de Estado como criterio de resolución de conflictos. Abogar por los cristianos, por lo tanto, ¿no sería discriminar/favorecer un grupo de víctimas sobre otro? Más aún, ¿no sería reavivar la terrible memoria de la barbarie de los Cruzados que marcaron a los musulmanes y que, precisamente, los islamistas evocan como justificación de la violencia que ejercen?

Ciertamente la defensa de los cristianos no debe aspirar a “privilegiar” la pena y el dolor de un grupo por encima de los demás. Pero también es cierto que dentro de todos los grupos que enfrentan la amenaza de la barbarie de los islamistas, incluyendo los propios musulmanes, los cristianos son los más vulnerables. En la misa de conmemoración del Genocidio armenio en el Vaticano en abril de 2015 en ocasión del centenario, Francisco  recordó que los cristianos seguían enfrentando la amenaza de extinción. No ha sido una casualidad que los barrios armenios de la castigada ciudad siria Alepo fueran blanco de un bombardeo terrible en el mismo día…

El 7 de septiembre pasado se celebró en Amman, Jordania, la 11 conferencia del Consejo de Iglesias del Medio Oriente. En su discurso inaugural, Su Santidad Aram I, Católicos de la Gran Casa de Cilicia de la Iglesia Apostólica Armenia con sede en Antelias (Líbano) declaró que el Medio Oriente no solo ha sido la cuna del cristianismo sino que el cristianismo era parte inseparable del Medio Oriente, y presentó ocho prioridades para las iglesias del Medio Oriente enfatizando particularmente la participación de los cristianos de los procesos democráticos, la defensa de sus derechos y su unidad.

La defensa de los cristianos del Medio Oriente no pasa por la organización de una nueva cruzada, ni pretende privilegiar los derechos de un grupo sobre los demás. Se trata en primer lugar de reconocer su condición de mayor vulnerabilidad y asegurarles un lugar en las mesas de negociaciones.

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