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Casa de la Mujer San Gabriel: La Paz en camino

Por Jorgelina Pereyra, Directora Casa de la Mujer San Gabriel
y Jorge Eduardo Scheinig, Párroco San Gabriel

El Año de la Misericordia, propuesto por el Papa Francisco, nos ha predispuesto como comunidad Parroquia-Colegio, a mirar la realidad social desde una nueva perspectiva.

En estos últimos tiempos, ha crecido el número de mujeres con hijos, que viven en situación de calle. Esta problemática es un acto de violencia a la dignidad humana y  a la paz social, porque interrumpe el desarrollo integral de las personas, vulnera su integridad física y emocional, expone su salud a todo tipo de fragilidad, afecta la participación y el compromiso en la sociedad, impulsando la exclusión social y aumentando considerablemente el ausentismo y la deserción escolar.

Las mujeres y sus hijos son el llamado del Dios de la Vida,  para que asumamos nuestro compromiso real,  en favor de promover condiciones de desarrollo, promoción y protagonismo dignos de toda persona.

Así, si nos comprometemos a transformar nuestras relaciones interpersonales,   abordándonos desde nuestro ser sujetos en la sociedad, si respetamos a toda persona en sus capacidades, derechos y deberes, podemos contribuir a la construcción de la paz.

Respetar a las familias, que están saliendo de vivir en la calle  y cuyo único sostén es la mujer-madre, implica proponer un proceso de espiritualidad integradora, donde ella puede sanar su cuerpo, legitimar su conciencia, y caminar por la vida erguida, desde nuevos círculos de autoridad, resignificando el sentido de trascendencia y por ende, el compromiso ciudadano.

Nosotros confiamos que ellas  pueden expresar con sus actos, que es posible la reconciliación con su historia personal y crecer en autoestima y además, pueden vivir desde su identidad, experiencias fundantes que les permitan disfrutar y compartir su paz interior.

Desde esta convicción profunda,  desarrollamos el proyecto de  la Casa de la Mujer San Gabriel. Sus puertas se abren en  Aguado 1324 de la localidad de Vicente López. Nos mueve la esperanza que ellas, pueden tomar su propia vida entre manos,  transformarla y generar así, vida plena. Acompañamos a las mujeres para que puedan crecer en la construcción de espacios donde integren las dimensiones: física, afectiva, socio-económica, de tal manera que puedan vivir de manera autónoma y ayudar a sus hijos a desarrollarse en un ámbito saludable.

Sin duda alguna, este proyecto está atravesado de Vida que se brinda, para que otras mujeres puedan seguir consolidándose, con la dinámica propia del Misterio Pascual que se ofrece, entrega y se transforma.

Así, aportamos desde la comunidad San Gabriel,  nuestro granito de arena,  para que contribuya a la pacificación de la sociedad, donde la equidad es posible. Si nos animamos y nos sumamos, juntos podemos seguir caminando y hacer presente El Reino, propuesta de Jesús en medio nuestro.

La Casa de la Mujer es un proyecto que intenta colaborar en el camino de “sanación”, “afianzamiento” y “promoción de las mujeres con sus hijos que habiten nuestra Casa. Son esas pequeñas familias las principales protagonistas de ese proceso y nosotros, simples servidores, acompañantes y facilitadores, que aseguramos que todo esté bien dispuesto para que se cumpla ese camino, sus pasos y sus pequeñas y grandes metas.

Lo específico de La Casa de la mujer, aquello que quiere ser como una diferencia específica sobre otros proyectos, es su “estilo”. Allí reside lo novedoso y lo particular, es decir, en el modo y en la pedagogía que se implementará en todo momento del camino.

Compartimos algunas características del estilo pedagógico de la Casa:

Reconocemos que en el Evangelio tenemos la fuente inspiradora tanto de los contenidos esenciales, los criterios de vida, los principios orientadores, como así también de los gestos y de las actitudes que deben animar la vida de nuestra Casa. Además, en esa Palabra viva que es Jesús, podemos descubrir el camino a transitar y los pasos delicados que debemos dar con todo el grupo y con cada familia. La Casa debe tener muy en cuenta a cada mujer, a cada familia y a todo el grupo como verdadera familia grande y comunidad. Como círculos concéntricos, el núcleo familiar de las mujeres y sus hijos, se agranda en otro que se conforma con el equipo técnico, con otro, constituido también con el equipo directivo, con otro en el que participan las cuidadoras de la casa de día y de noche y con uno mucho más grande integrado ya por la comunidad de San Gabriel y sus voluntarios.

En nuestro Dios Padre y Madre, sentimos que la vida de cada uno, de cada una, puede tomar siempre un valor y un sentido nuevo. Bajo la mirada amorosa de Dios todos somos valiosos, nadie es descartable. Por eso, toda persona se juega más hacia el futuro que hacia el pasado. Cada persona, cada familia, tiene más de proyecto abierto hacia la novedad del futuro y hacia la promesa, que hacia la historia pasada que muchas veces nos detiene, y bloquea. Lo pasado es para nosotros fuente de aprendizaje. El pasado no nos condena. La escucha atenta, el silencio y la discreción serán modos concretos de respetar entrañablemente nuestras historias.

Nos proponemos generar un clima de respeto a la historia personal y familiar de cada mujer, sin juicios ni prejuicios, por ser parte de la identidad profunda, a la que nos acercaremos siempre con máxima delicadeza y ternura, a fin de ayudar a que sea asumida con honestidad y realismo, pero también con mucha consideración y cuidado hacia el misterio que encierra cada situación vivida y que siempre sobrepasa nuestro entendimiento. Para sanar, necesitamos asumir el pasado sin culpa y ahí está nuestro Dios, que nos perdona y libera interminablemente y nunca se cansará de hacerlo. Nosotros también debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y saber perdonar continuamente y de corazón al hermano. La Casa es Casa de perdón.

El Espíritu de Dios nos hace libres para pensar, proyectar, discernir, decidir, hacernos cargo y responsables de la vida. El Espíritu siembra en nuestro interior el deseo de vida plena y nos acompaña para que podamos desarrollarnos y ser en verdad felices. Cada mujer, cada niño, cada familia que habite en nuestra Casa, está invitada a escuchar ese llamado profundo de Dios y nosotros facilitaremos esa escucha, tratándonos especialmente con gestos sobreabundantes de humanidad y misericordia.

La vida es un don y una tarea, la recibimos de Dios y de muchos, y está en nuestras manos hacerla crecer. Cada persona tiene la capacidad de ser sujeto de su propia historia y la de su familia. Los que participemos de la Casa necesitaremos cuidar en todo momento el sentido de gratitud y compromiso con lo recibido. Nunca desalentaremos al otro, nunca lo desvalorizaremos, nunca lo excluiremos de la mesa de la vida. Por el contrario, nos daremos ánimo para encarar el día a día y el futuro, con esperanza de saber que es posible ser dignos y vivir con dignidad. Todos somos capaces de más y podemos crecer en capacidades y habilidades.

Nuestra pedagogía mira hacia el futuro y anima a implicarse en la reinserción plena a la vida social y esto nos responsabiliza a todos en saber hacer buenas elecciones, saber tomar las decisiones correctas y oportunas, y saber comprometernos en la vida cotidiana y sus circunstancias. Para esto, necesitamos fortalecer y afianzar a cada mujer y a cada familia para que estén seguras de sí mismas y sin miedos antes las dificultades y desafíos, grandes o pequeños.

Todos necesitamos apoyos. Necesitamos apoyarnos en otros, en estructuras, en certezas, en sentimientos fuertes, en el trabajo, en un sueldo digno, en un techo, en el acceso a la salud, en una mesa servida… La Casa desea ser un apoyo para la vida vulnerada de las familias que la habiten y todos los recursos que serán puestos a disposición y al servicio de ellas, deben ser apoyos concretos que ayuden a dar pasos firmes hacia la inserción e inclusión social plena.

La Casa es nuestra Casa. Todos estamos invitados a cuidarla en todo, pero muy especialmente en este estilo de vida, que de corazón deseamos llevar adelante. Estamos profundamente convencidos que el estilo de vida de Jesús y de su Misericordia puede hacer maravillas en todos los que participemos de este sueño común, signo del Reino de Dios.

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