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Un desafío para que todos tengamos vida

Por familias del Colegio San Gabriel

Iván

¿Y si Jesús no hubiera resucitado…? Seguramente igual habría trascendido su mensaje amoroso de paz, de humildad, de ayuda al más necesitado. Seguramente habría quedado en la historia de la humanidad como lo hicieron otros hombres geniales. Sus enseñanzas habrían inspirado como lo hicieron las enseñanzas de Gandhi, Teresa de Calcuta, Aristóteles, Martin Luther King, Francisco de Asis y tantos más.

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Pero Jesús resucitó, y ya no sólo fue hombre sino Dios. Y la Resurrección le dio sentido no sólo a la vida sino también a la muerte. La muerte necesaria para alcanzar la felicidad eterna.  La Resurrección nos hizo entender el significado de la esperanza.  La esperanza que nos brinda consuelo ante las pérdidas, las enfermedades, el dolor, la angustia.

En nuestro microcosmos particular, todos hemos vivido “micro pasiones, muertes y resurrecciones”. Cada mala noticia, cada frustración, cada vez que algo no sale como lo habíamos pensado, planeado, esperado. Y cuánto más, cuando esto afecta a nuestros hijos. ¿Cómo impacta la Resurrección de Jesús en nuestra vida terrenal?

Cuando nuestro hijo empezó  a manifestar conductas que se apartaban de la media, que parecían conformar los síntomas de una enfermedad, comenzamos a transitar nuestra propia “pasión”. El diagnóstico fue una “muerte”. No una muerte física, pero decididamente la muerte de proyectos, de ideas,  de ilusiones. Y si Jesús resucitó al tercer día, nuestros proyectos, ideas e ilusiones se tomaron un tiempo más, pero resucitaron. Y lo hicieron de la mano de la fe y la esperanza que Dios nos ofreció como un don.

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Últimamente, se ha puesto de moda la palabra resiliencia, que es como la versión laica de la resurrección. Es el proceso de aceptación de la realidad atravesada por la angustia, es el parto con dolor de una renovada mirada a la vida, es un empoderamiento que impulsa a hacer nuevas cosas, una energía que alienta a priorizar lo positivo, lo que se puede, lo que hay y no lo que falta, el talento y no la discapacidad. Y todo con alegría.

Nuestro hijo tiene TEA (trastorno del espectro autista). El habla poco, sólo lo necesario para pedir lo que quiere o para responder una pregunta puntual, y a veces es difícil entender lo que dice; pero canta. Él no lee; pero reconoce los tonos de voz, las lágrimas ajenas, las caras tristes, y se acerca y te pone una mano en la espalda cariñosa y protectora. Él no escribe más que su nombre, el de su hermano Brian, mamá y papá, pero se expresa exquisitamente a través de la percusión. Cuando dejamos de buscar que él fuera como los demás e hiciera lo que hacían los demás, y pusimos foco en aquello que veíamos que él hacía tan bien y que tanto disfrutaba, todo cambió. “Resucitamos”.

Este fue un proceso de muchos años y al que contribuyeron muchísimas personas: médicos, terapeutas, maestros, compañeros y padres del colegio San Gabriel, los músicos que actualmente integran la banda Iván y sus amigos, y nosotros, su familia. Todos aportamos conocimientos, emociones, comprensión, dedicación, compromiso, una cuota extra de paciencia a veces también, y sobre todo, amor. No tenemos duda de que Iván es quien es y como es hoy gracias al amor que recibe y que él sabe apreciar. No tenemos dudas de que cuando enfocamos con esperanza y pasión en la capacidad, en el talento, y trabajamos todos “juntos y a la par”, como dice la canción, entonces vencemos todas las barreras, y alcanzamos metas inimaginables.

Vivamos la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en cada Pascua, y revivámosla con Fe y Esperanza cada día.

Marta y Ricardo Demirci, papás de Iván

 

Bruno

En esta época de Cuaresma, descubrí otro sentido, si me permiten, de la palabra RESURRECCIÓN. Soy mama de un chico integrado en el colegio, desde hace dos años, cuando ingresamos en la comunidad de San Gabriel. Es un camino con paralelismos al concepto de resurrección. Muchas veces sentimos que nos caemos o tropezamos, como en el Vía Crucis, y nos volvemos a levantar. Sin esperanza y amor no se pueden afrontar los infinitos desafíos que nos presenta nuestro hijo. Mil y una vez se cree haber acertado con ÉL especialista o LA medicación, pero con el tiempo nos damos cuenta de que nuevos escenarios aparecen. La familia cobra una importancia vital y tiene una misión intransferible que la hace más esencial que en otros hogares.

El escenario que se me ocurre más fácilmente para ilustrar estas caídas y “resurrecciones” es la vida social escolar. Un chico integrado siempre está tratando de insertarse con sus compañeros, casi intuitivamente y no son pocas las decepciones que sufre. No entiende por qué todos fueron a una “piyamada”  menos él, por qué nunca o casi nunca recibe invitaciones para ir a jugar a la casa de sus amigos. Y ahí sale la familia, en un rol de casi súper héroe, para levantar el ánimo del nene; minimizando los eventos y haciendo mil piruetas para conseguir que alguien venga a casa.

En esta especie de “rutina desgastante”, la de caerse por la frustración y volver a levantarse confiando en que podemos cambiar nuestra realidad, siento que entran en juego como pilares las virtudes cristianas que siempre nombramos como creyentes: fe, esperanza y caridad. Chicos como nuestro hijo nos ponen a prueba para ver si somos capaces de llevar a la práctica tanta teoría aprendida. La fe es como una luz constante que nos guía y da fuerza para no bajar los brazos, la esperanza nos alienta a seguir creyendo en nuestros semejantes para confiar en que puedan abrir sus corazones a personas  con necesidades especiales y la caridad nos invita a poner en práctica con los que nos rodean las mismas conductas que pretendemos para nuestro hijo.

Es Cuaresma, tiempo de perdón y más todavía de resurrección. Como propósito personal tengo abrir mi corazón para que con más amor tenga la capacidad de entender  a nuestros hermanos, niños y adultos, cada uno con sus limitaciones pero también con un inmenso potencial a ser descubierto y disfrutado. Me gustaría terminar esta reflexión con un pensamiento que me ayuda mucho cuando una nueva “caída” amenaza el horizonte:

“Cada vez que te ocurra un sufrimiento, no lo guardes. Deja que suceda, pero no lo  nutras. ¿Para qué  ir hablando sobre él? Recuerda una de las leyes: que a todo lo que le das tu atención, crece. La atención es un elemento que ayuda al crecimiento. Si le prestas atención a algo, crece más”.

Resurrección también es elegir la luz, siempre, prestarle atención a la vida y apostar una y mil veces a que el amor es el único camino.

Silvina Marcachini, mamá de Bruno