9

Sal y luz

Por Santiago Berisso, joven de la Parroquia San Gabriel

En la acción del servicio reconocemos el rostro del otro.

El propósito era el de ayudar a pensar a otros a través de algunas palabras. Seguramente una premisa aún más compleja que la de brindar respuestas frente a una inquietud.

La Iglesia Católica vive su época de Cuaresma, ésa en la que estamos invitados particularmente a mirar con un poco más de énfasis en nuestros adentros, de modo de purificarnos, de intentar alejarnos de aquellas cosas que sabemos que nos hacen daño, y ratificar el camino que nos lleva a aquellas vivencias y personas que nos regalan un poco de felicidad. Gracias a que las individualidades son tales, Jesús no nos acerca una suerte de receta cuaresmal a la cual mirar en forma sumisa con la pera en alto. Queda en cada uno llevar el ayuno a nuestras propias experiencias, en forma genuina, siendo conscientes de que el valor del camino previo a la Resurrección se acerca más al sacrificio que a tildar una lista exenta de todo eso que nos hace personas.

El mismo día en que María Magdalena se acerca al sepulcro vacío en el que estaba Jesús, el mismo Jesús resucitado se aparece frente a dos discípulos que estaban camino a un pueblo llamado Emaús, a pocos kilómetros de Jerusalén. Sin reconocer quién era el que estaba acompañándolos en el camino, le comentaron acerca de la condena, muerte y crucifixión de aquel profeta “poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo”. Tiempo después “cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: `Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’. Él entró y se quedó con ellos. Y estando en la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: `¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y quizás, a veces, se trata de eso. De quitarle un poco de análisis por demás sesudo a aquello que se muestra por simple calor. Esa suerte de fuego en nuestro corazón que indica que está lleno. Y de la misma manera que el fuego hipnotiza a todo aquel que lo tenga cerca, también es sabido que si no se lo alimenta se apaga con facilidad. Como cristianos que somos, sabemos que es más simple sentirse –habitual para muchos, también– lejos de lo que experimentaron los discípulos de Emaús. Pero la invitación a la Resurrección está, siempre. No siempre está encendido nuestro corazón, pero siempre existe la posibilidad de que lo esté, por el enorme hecho de que Jesús nos invita a encenderlo. No sólo en la Pascua, sino día a día. Es mucho lo que nos dice Jesús resucitado, como para restringirlo a la Semana Santa. Mientras muchos esperamos encontrarnos con el Reino de los Cielos en nuestro descanso eterno, Él nos invita enfáticamente a construirlo y vivirlo ahora. Nos llama a vivir llenos de fuego en este momento, no después. La Resurrección es el hecho y el símbolo de que la vida del cristiano tiene como norte, y por sobre todas las cosas,  su felicidad y el sinónimo de compartirlo con quien tenemos al lado. Únicamente desde la razón es muy difícil (sino imposible) entender que la Resurrección es el triunfo de la vida sobre la muerte, de que con Jesús resucitado la muerte pasa a la insignificancia, es por eso que nos llama a alimentar la llama de nuestra fe.

En el grupo parroquial Sal y Luz buscamos acercarnos lo más posible a ese tipo de fuego. Con apenas medio año de vida, las casi cuarenta personas que conformamos el grupo, nos vimos reunidos en diciembre del año pasado confirmando que en la acción del servicio se necesita  reconocer un rostro, que eso es definitivamente lo que hace que un corazón arda. Las personas, el hablar y trabajar con ellas. En nuestro caso, se ha tratado de la comunidad que integra la parroquia Santa Teresita de Virreyes. El contacto interpersonal que tuvimos con la gente de allí, a lo largo del semestre, fue mínimo. Pero hubo un día en que, de la misma manera que los discípulos de Emaús compartieron una jornada con Jesús, nosotros tuvimos la oportunidad de hacerlo con los chicos que semanalmente van al apoyo escolar que allí se dicta. No hacía falta más que ver nuestras sonrisas de oreja a oreja, para dar cuenta de un espíritu bien lleno que pudo confirmar cuál es la esencia de su fe: la de compartir con alegría el recorrido de la vida con nuestros hermanos y en Jesús. Y con esto, supimos que el desafío a futuro estaría en buscar la multiplicación de ese caluroso día de diciembre. Están aquellos que valoran la comodidad del corazón, su estabilidad. Nosotros también, el problema es que esas pocas horas que compartimos con los chicos, nos dieron el claro indicio de que hay mucho más. Ése día nos fuimos de Virreyes convencidos de que la Resurrección se vive en el día a día, con la esperanza de acercarnos siempre un poco más el mensaje de alegría que nos regala Jesús, de que no hay paso del tiempo o desarrollo que pueda derrocar el mirar a la cara a una persona.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *