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Resurrección

La palabra clave de este número es RESURRECCIÓN.

Nos inspira la Pascua de Jesús que por cierto es también la nuestra. Con Él morimos y con Él resucitamos.

Son tantas las muertes que vivimos a diario, muertes personales y sociales, muertes físicas, psíquicas, morales, espirituales, que bien vale la pena detenernos a reconocerlas y pensarlas desde el lugar de la Pascua.

Jesús nos enseña a vivir con la sabiduría pascual, es decir, reconocer que en toda muerte vivida con él y en él, la vida es más fuerte y triunfa sobre aquello que nos mata. Porque Jesús ha vencido a la muerte en la cruz y lo ha hecho de manera definitiva y su resurrección es también la nuestra. Claro, esto nos desafía a una fe que sin anular la razón, la supera inmensamente. Porque la muerte cobra una luz particular desde la resurrección, nuestros más lógicos pensamientos, desprovistos de esta sabiduría, terminan muchas veces ensombreciendo la Luz Pascual.

Cercano a su Pascua, Jesús dijo con extrema sencillez, profundidad y claridad: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto,” (Jn 12, 24). Para dar fruto es necesario pasar por la experiencia de la muerte.

No estamos hablando de manera metafórica, como si las situaciones difíciles y dolorosas de la vida fuesen experiencias pasajeras a las que nos tenemos que resignar, o momentos efímeros a los que debemos pasar de manera estoica, o a los que debemos ponerles el pecho con fuerza y voluntad. No, no podemos negar ni minimizar la realidad y profundidad de las pruebas y el dolor.

Es cierto que muchos de esos momentos nos desafían a ser muy fuertes, pero transitar todo dolor, sufrimiento, toda pasión y muerte desde la resurrección del Señor, es para hacerlo no desde un imperativo voluntarista y una posición endurecida, sino también, para vivirlos con máxima entrega y confianza en el Amor de Dios que es el que da sentido a todas las cosas.

La fe en el resucitado, lejos de anestesiar el dolor, nos ayuda a entregarlo a Dios de manera confiada para que Él mismo lo abrase y transforme en vida.

Entonces, si la Pascua es un paso y la resurrección una fiesta, ¿cuál es el sentido de esta afirmación si la aplicamos a nuestra propia y cotidiana existencia? Muchas veces el dolor nos desgarra y después de experiencias traumáticas no volvemos a ser los mismos. Puede que nuestra esencia no cambie, pero pierde brillo. Pero es que nacimos para brillar y para hacerlo en abundancia, por lo tanto, la experiencia de atravesar el dolor, de no quedarse o regodearse en él,  que muchos terapeutas suelen denominar resiliencia, resulta ser un profundo y vital aprendizaje que nos cambia y contagia a los demás. Cuantas veces observamos a muchos hermanos que han sufrido  y nos sorprende su capacidad de seguir adelante, y nos preguntamos: ¿si él pudo por qué yo no?

En ningún momento Jesús nos prometió eliminar las cruces  de nuestro camino. Pero sí nos enseñó cómo vivirlas, y lo hizo no con consejos sino con su propia vida: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso” (Mt. 11, 28-29).

Resucitar no es sólo volver a la vida luego de la muerte. Resucitar también es dar nueva vida a algo, renovarse, renacer. Y para renacer es necesario morir a uno mismo. Por eso Jesús nos dice: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame” (Lc. 9,23)

Olvidarse de uno mismo, ser paciente y tener un corazón humilde son el camino para la resurrección de cada día.

Muchas de las historias que leerán en esta edición nos presentan formas alternativas de atravesar y resignificar el dolor, de pasar a través de él. No sólo nos referimos a superarlo, sino al indispensable aprendizaje para desarrollar todas nuestras potencialidades que ya están en nosotros como un don, un regalo del cielo para hacer con Jesús, con Él y como ÉL, nuestro propio y pequeño paso de la muerte a la resurrección.

La celebración de la Pascua de Resurrección nos aporta un hermoso símbolo para esta transformación: pasaremos de la noche de la OSCURIDAD a la fiesta de la LUZ y celebraremos el misterio del Amor que transforma en milagro el barro de nuestra propia existencia.

Con esta perspectiva como telón de fondo, es que en las páginas siguientes encontraremos pensamientos y testimonios que desde singulares experiencias nos ayudan a adentrarnos en la sabiduría de la pascua que es vivida aquí y ahora por muchos hermanos en lo concreto de cada día.

Es un tema de tanta magnitud y densidad, es tan vital y actual, que lejos de cerrar la reflexión, quisiéramos que sea un abrir la puerta para que cada uno de nosotros se anime a mirar la propia vida, la de nuestros seres queridos, la del país, y la misma vida del mundo, con ojos nuevos, llenos de una sabiduría nueva, aquella que se alcanza no sólo con esfuerzo y muchos razonamientos, sino también y fundamentalmente, como lo hicieron los primeros cristianos, con confianza en el Resucitado y viviendo nosotros mismos el día a día como resucitados.