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Resucitar con Cristo

Por Jorge Casaretto, Obispo emérito de la diócesis de San Isidro

Muchas veces hablamos de la pascua, de la resurrección de Jesús, sin comprender mucho de qué se trata. En el evangelio tenemos relatos tanto del hecho de la resurrección de Jesús, como de las apariciones del resucitado. Uno de los más conocidos nos cuenta que Jesús se aparece a sus amigos, que estaban “encerrados por miedo a los judíos” (Juan 20,19-23.) El primer deseo de Jesús es de paz y ellos con sólo verlo “se llenaron de alegría”. Jesús reitera su saludo de paz y los envía… como el Padre lo envió a Él. La secuencia del relato es: Presencia del resucitado, paz, alegría, nuevamente la paz y el envío.

El evangelio de Juan, con su lenguaje simbólico, nos quiere transmitir el hecho de que la misión parte de lo más íntimo de la Trinidad: la misión de los discípulos se sitúa como una continuación exacta de la misión del Hijo, enviado por el Padre. Cuando Jesús se aparece a los suyos, les comunica Su Espíritu, de esta forma, su envío explicita, ya desde el comienzo, la misión de la Iglesia a través de los siglos.

La fe de todos los creyentes, de todos los tiempos, se fundamenta en la fe de estos primeros testigos de la resurrección, cuya esencia es ser transmitida y compartida.

No en vano en el Evangelio de Juan, creer y vivir son términos que se implican: el que cree, tiene vida.

En todo aquel que ha aceptado esta fe, fundada originariamente en el testimonio de los apóstoles, Cristo estará presente y vivo. Esta presencia lo llevará como a Pablo a “trasmitir lo que a su vez recibió”. La experiencia del resucitado, es para los primeros y para todos, la causa y el motivo central de la predicación.

 

Con palabras más cercanas a nuestra sensibilidad, el Papa Francisco nos dice en este tiempo de cuaresma:

“La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.”[1]

 

La pascua puede ser un enunciado de fe, una especie de declaración de principios o puede ser una de esas noticias que dan vuelta la vida y que no es posible callar. La resurrección significa que Dios nos asegura la vida y la felicidad para siempre y eso para todos y por puro amor.

¿Cómo sabe el mundo que Jesús resucitó? Más que por lo que decimos, por lo que hacemos, por cómo vivimos. La resurrección tiene que transformar nuestro hoy, nuestro entorno personal, pero también nuestro entorno social, ahí es donde podemos decir que en las “islas de misericordia”, siguiendo la imagen del Papa,  las personas que no conocen a Jesús, podrán darse cuenta que hay una novedad cambiando la historia.

Yendo a lo concreto, será necesario que esas islas de misericordia se verifiquen en nuestras comunidades eclesiales, y para ello habrá que surcar los mares de nuestra indiferencia argentina y crear también esas islas de misericordia en nuestra comunidad nacional.

Sucede que el aterrador océano de nuestra indiferencia argentina, tiene algunos indicadores alarmantes:

  • Tenemos un nivel promedio de pobreza cercano al 30%, situaciones de desnutrición y  mortalidad infantil en algunos distritos, déficit en los niveles educacionales, carencias de vivienda y hábitats saludables y propagación de enfermedades prevenibles.
  • A todas estas carencias “materiales básicas”, se suman otras igual o más importantes que son las afectivas, cognitivas y a veces espirituales que padecen las personas. Los niveles de pobreza extrema en que viven muchos hermanos y hermanas se traducen casi simultáneamente en situaciones de tristeza y carencia emocional crónica, donde la dignidad y esencia del hombre quedan realmente desdibujados.
  • Mucho más importante que el cómo estamos ahora, es cómo nos encontraremos dentro de 30 o 40 años si estas tendencias no se revierten.

Los niveles de desnutrición y los déficits en educación en la población infantil, son factores que claramente atentan con la posibilidad de generación de capital social para las futuras generaciones y de cualquier otro tipo de desarrollo.

 No se nos escapa el hecho de que estamos en un año de elecciones. Está terminando un ciclo, que como toda experiencia humana ha tenido sus luces y sus sombras, pero éste no parece ser el momento oportuno para hacer una evaluación.

Es claro el deseo de todos los argentinos de tener una larga continuidad democrática, lo cual requiere que los fundamentos éticos sean los que prioritariamente la sustenten y que la división de poderes se fortalezca, precisamente porque ésa es la base de la democracia.

Creo que a la hora de elegir candidatos debemos no sólo pensar en los poderes ejecutivos, sino también en los legislativos. Recordemos también que la democracia nace en la convivencia cotidiana y por ello es que debemos estar muy atentos a los municipios.

Yendo a la concreta elección de los candidatos, es importante darnos cuenta que no es posible una ética social que no esté basada en una ética personal. Si a mí me preguntaran qué es lo más importante en un candidato les diría: miren su vida, sus comportamientos familiares, sociales y laborales.

Estamos en un tiempo de excesivo pragmatismo y si bien es cierto que la acción política es una herramienta práctica, basada en la gestión del bien público, es igualmente cierto que todo accionar responde a un modo de pensar, por ello es bueno preguntar y saber  qué piensan los que aspiran a un cargo público.

A esta altura del año, ningún partido político parece contar con una mayoría abrumadora. Quizás esto sea un bien ¿Habrá llegado el momento para los argentinos de tener que acordar y consensuar políticas de Estado? Dios quiera que sea así. Sin mayor diálogo y consenso difícilmente vamos a encontrar los caminos para el futuro de nuestro País.

Creo que los acuerdos a los que deberíamos llegar, deben ser sobre los siguientes temas:

  1. Necesitamos políticas macroeconómicas y universales de salud y educación. Éstas  tienen mucho más incidencia en la construcción de la equidad social y el alivio de la pobreza que la suma de todos los programas sociales focalizados.
  2. La Educación es fundamental, representa para una nación mucho más que el simple esfuerzo de proveer conocimientos, implica la manifestación de una política de Estado definida y orientada a inculcar a nivel de formación inicial ciertos valores y estimularlos a lo largo de las demás etapas de formación de la persona. Sin educación no hay desarrollo integral ni para las personas, ni para las sociedades.
  3. Hacer una importante inversión en salud, pues es este un factor fundamental en el marco de desarrollo de un país (Ejemplo: A través del accionar en terreno de Caritas, nos hemos encontrado con niños que ya eran la tercera generación en recibir enfermedades congénitas al nacer derivado de enfermedades “prevenibles” no atendidas ni en sus madres, ni en sus abuelas, lo cual les había generado efectos en el crecimiento y en el desarrollo).
  4. Sin un sistema de Justicia imparcial e independiente y un marco legislativo adecuado, será imposible luchar eficazmente contra la corrupción y la pobreza y tener perspectivas de un desarrollo sustentable.
  5. Los obispos hemos hablado largamente sobre el desafío del narcotráfico y la expansión de la droga. Esta lucha debe ser encarada prioritariamente.

 

En una palabra, amigos, tenemos que emplear lo mejor de nuestra creatividad para pensar un  plan social estratégico, preguntándonos qué tipo de sociedad queremos tener en 20 años, y no armando políticas sociales de coyuntura que son  respuestas a la situación del momento.

No soy ingenuo: todo esto no se logrará ni rápido, ni fácilmente, pero tenemos que poner toda nuestra energía en este trabajo, porque si la resurrección de Jesús no va transformando concretamente la vida de nuestros hermanos, en especial de los más pobres, no estamos dejando que la Vida Nueva del Señor resucitado nos vivifique.

Primero las islas de la misericordia, habitadas por la justicia, la equidad, la paz y la solidaridad, serán pequeñas, pero el deseo del Señor y de su Iglesia es que vayan creciendo, hasta el día del encuentro con Él. Ese día, en el mar de su misericordia, comprenderemos el valor de estas acciones.

Pidamos la energía del Espíritu que renueva todas las cosas para que “fortalezca nuestros corazones” como reza el título de la carta de cuaresma de Francisco, y podamos llevar la resurrección del Señor hasta los confines de nuestra Argentina. Que así sea!

 

[1] Carta de Cuaresma 2015.

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