3

Pregón Pascual

Alégrese en el cielo el coro de los ángeles.

Alégrense los ministros de Dios,

y por la victoria de un Rey tan grande,

resuene la trompeta de la salvación.

 

Alégrese también la tierra inundada de tanta luz,

y brillando con el resplandor del Rey eterno,

se vea libre de la oscuridad

que envolvía a todo el mundo.

 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

adornada con los fulgores de una luz tan brillante,

y resuenen en este recintos

las voces clamorosas del pueblo.

 

V: El Señor esté con vosotros.

R: Y con tu espíritu.

V: Levantemos el corazón.

R: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R: Es justo y necesario.

 

Realmente es justo y necesario

que aclamemos con nuestras voces

y con todo el fervor de nuestra inteligencia

y de nuestro corazón

al Dios invisible, Padre todopoderoso,

y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

 

Porque Él pagó por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán, y borró con su sangre

la sentencia del primer pecado.

 

Éstas son las fiestas pascuales,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

con cuya sangres son consagradas las puertas de los fieles.

 

Ésta es la noche en que antiguamente sacaste de Egipto

a nuestros padres, los hijos de Israel,

y los hiciste pasar milagrosamente por el mar Rojo.

 

Ésta es la noche que disipó las tinieblas

de los pecados con el resplandor

de una columna de fuego.

 

Ésta es la noche que devuelve la gracia y santifica

a todos los que creen en Cristo,

una vez que se han apartado de los vicios del mundo

y de la oscuridad del pecado.

 

Ésta es la noche en la que Cristo

rompió los lazos de la muerte

y subió victorioso de los abismos.

 

¡Qué admirable es tu bondad con nosotros!

¡Qué inestimable es la predilección de tu amor:

para redimir al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!

 

¡Pecado de Adán ciertamente necesario,

que fue borrado con la muerte de Cristo!

¡Culpa feliz, que nos mereció tan noble y tan grande Redentor!

 

Por eso, el misterio de esta noche

aleja toda maldad, lava las culpas,

devuelve la inocencia a los pecadores

y la alegría a los afligidos;

 

¡Noche verdaderamente feliz

en la que el cielo se une con la tierra

y lo divino con lo humano!

 

En esta noche de gracia, recibe, Padre santo,

la alabanza de este sacrificio

que te presente la santa Iglesia

por medio de sus ministros,

al ofrecerte solemnemente este Cirio,

cuyas sustancias elaboraron las abejas.

 

Por eso, Señor, te rogamos,

que este cirio consagrado en honor de tu Nombre,

continúe ardiendo constantemente

para disipar la oscuridad de esta noche,

y que aceptado por ti como perfume agradable,

se incorpore a los astros del cielo.

Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana,

aquel lucero que no tiene ocaso:

Jesucristo, tu Hijo, que volviendo de los abismos

resplandeció sereno sobre el género humano,

y vive y reina por los siglos de los siglos.

R: Amén.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *