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Milagro

Por Adriana de la Iglesia y Jorge Arbini

Con motivo de la próxima celebración de la Pascua de Resurrección, Jorge Eduardo nos ha invitado a que diésemos testimonio de lo que vivió nuestra familia el año pasado.

Nosotros, entre julio y agosto de 2014, vivimos un milagro. Vivimos de alguna manera, a nuestra manera, el milagro de la resurrección. Nuestra historia, comenzó siete meses antes -en noviembre de 2013-, con un hecho insignificante: haber calculado erróneamente la fecha de inicio y de finalización de las vacaciones de invierno del año 2014, lo que nos llevó a sacar los pasajes para viajar al exterior con un desfase de una semana.

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Así, partimos el viernes 11 de julio de 2014 -una semana antes que comenzara las vacaciones de invierno- y, en consecuencia, regresamos el domingo 27 de julio, una semana antes que finalizara el receso.

Algunos dirán que este error nimio, fue una mera circunstancia casual, que fue el destino, otros, que fue la obra de Dios. Lo cierto es, que regresamos a nuestro hogar, al mediodía del domingo 27 de julio de 2014, luego de estar dos semanas fuera de nuestro país. El domingo 27 de julio, nos encontramos con que nuestro hijo Ignacio (de 27 años), quien había quedado sólo en casa, se encontraba enfermo. Pensábamos que estaba sufriendo una afección respiratoria, máxime que el médico que lo había visto el viernes, le había diagnosticado y medicado por un proceso gripal. Al atardecer, su estado se había agravado, al punto que lo encontramos tirado en el piso, sin fuerzas para levantarse por sí mismo.

 

Lo llevamos rápidamente a la Clínica Olivos. Dios también quiso que los médicos que allí lo atendieran, repararan de inmediato en la gravedad de su estado. Es que habiéndolo llevado por lo que nosotros creíamos que era una neumonía, nos encontramos con una frase que nunca olvidaremos: “Es necesario trasladarlo de inmediato a un centro de mayor complejidad, para un eventual transplante cardíaco.

Todos podemos comprender la gravedad de tal sentencia, solidarizarnos, compadecernos, angustiarnos, pero el dolor, el dolor profundo que atraviesa en esos momentos el alma, sólo lo pueden comprender quienes han vivido una situación similar o, más trágica aún, como es la noticia de la muerte de una persona querida, sobre todo, la de un hijo.

Comenzó a partir de allí un verdadero calvario. Conseguir un domingo al anochecer la autorización de la obra social para el traslado; lograr la inmediata internación en el Hospital Italiano; bregar por la rápida llegada de una ambulancia de alta complejidad que estuviera adecuadamente equipada; intentar seguir adelante, tratando de contener las emociones que ahogan el alma, para que el espíritu pueda ocuparse en esos momentos, de trámites, decisiones, llamados, ruegos.

Aún recordamos confusamente la llegada de numerosos familiares y amigos. De la honda preocupación y solidaridad de los médicos y del personal de la Clínica Olivos, quienes lograron la urgente derivación al Hospital Italiano. Todas personas con la que estaremos agradecidas de por vida.

Finalmente en la noche del domingo, tras un importante operativo médico, dada la gravedad del cuadro, Ignacio fue ingresado en la guardia del Hospital Italiano. Luego de varias horas de espera, en medio de la madrugada del lunes, una jovencísima médica que tenía más temor que nosotros, nos anunció que Ignacio ya estaba en unidad cardíaca y que su estado era gravísimo.

Nosotros, luego de semejante jornada y después de haber hecho combinaciones en aeropuertos y viajado en avión por casi 24 horas, decidimos ir a casa a descansar y reponernos. Sin saber qué hacer, con el alma asfixiada por el dolor, por la angustia. Sólo atinábamos a rezar, rezar como nunca antes lo habíamos hecho.

Temprano en la mañana del lunes 28 de julio, nos requieren que con urgencia concurramos al Hospital Italiano. Sin animarnos a decir una sola palabra en todo el trayecto, ambos apretados contra el asiento trasero y tomados firmemente de la mano, suponíamos que era para anunciarnos lo peor. Ni bien llegamos al Italiano, nuestros otros hijos, nos tranquilizaron informándonos que nos habían buscado simplemente para que autorizáramos la conexión a un corazón externo y, que ellos ya lo habían hecho.

Minutos más tarde los médicos del servicio de cardiología y de cirugía cardíaca del Hospital Italiano, nos reciben y nos informan que el corazón de Ignacio no funcionaría más, que sufría una miocarditis fulminante y, que horas antes le habían tenido que conectar de urgencia a un ECMO, que bombeaba y oxigenaba la sangre, sustituyendo al corazón y a los pulmones. Que su única esperanza de vida, era un trasplante. Que su corazón estaba destruido.

Ignacio fue incluido de inmediato en el INCUCAI, a la espera de un corazón y estuvo durante más de quince días primero en la lista de emergencia nacional. No nos atrevimos a preguntar cuánto tiempo podía estar conectado a esa máquina, pero se intuía, que era por unos pocos días.

Ese mismo lunes, atinamos a pedirle al Ing. Luis Olaizola (Rector del secundario del Colegio San Gabriel) que incluyera a Ignacio en las oraciones del Colegio y de la Parroquia. A partir de ese lunes se produjo un fenómeno increíble. Amigos, parientes e incluso conocidos, se enteraron de la situación de Ignacio, a través de cadenas de oración.

El día martes 29 de julio de 2014, se comunicó con nosotros Jorge Eduardo para informarnos que en la Parroquia se estaba rezando por Ignacio y, pidió permiso para ir a visitarlo el jueves 31, “… si no te molesta…”, aún recordamos sus palabras.

 

En la noche del miércoles 30, nos llamaron del Italiano para avisarnos que durante la madrugada del jueves se haría el trasplante, ya que había surgido un donante en el interior del país. Comenzó nuevamente nuestra vigilia y renació nuestra esperanza, aunque todos sabíamos que Ignacio no estaba en las mejores condiciones para ser transplantado.

Recién a las 5 de la mañana del jueves 31 de julio, nos convoca el cirujano Dr. Ricardo Marenchino, para comunicarnos que no habían podido practicar el transplante, porque el corazón del donante había empezado a fallar, en el momento mismo en que se comenzaba con la ablación. Que a raíz de ello, habían hecho regresar a Buenos Aires, al equipo médico que había viajado.

Nosotros lo vivimos como otro golpe, como una inmensa caída al vacío, como el desbaratamiento de nuestras esperanzas, pero en realidad se trató de un verdadero milagro. Dios quiso que el trasplante no se realizara. Dios quiso que el corazón del donante fallase instantes antes de comenzar a extraérselo.

Al mediodía del jueves 31, se acercó hasta el Italiano -que había pasado a ser nuestra casa-, Jorge Eduardo. Nos confortó, le suministró a Ignacio la unción y luego rezamos todos en la Capilla del Italiano junto con nuestra familia y amigos. Jorge Eduardo nos refirió que en el momento que le estaba suministrando la unción, sintió la presencia de Dios, “… sentí que Dios lo estaba cuidando…” fueron sus palabras.

Ese día el jueves 31 de julio, el día de San Ignacio de Loyola, sin que nosotros lo supiéramos, se produjo otro milagro. Las cadenas de oraciones se habían multiplicado por todo el mundo, se rogaba por Ignacio en misas en varios continentes. Lo hacían personas de varias religiones (judíos, musulmanes y hasta budistas). Incluso recibimos un llamado de monseñor Alejandro Daniel Giorgi (obispo auxiliar de Buenos Aires), haciéndonos llegar un mensaje del Papa Francisco, diciéndonos que tenía presente en sus oraciones a Ignacio y a su familia.

Por otra parte, para ese jueves, la necesidad de un transplante urgente para Ignacio ya había sido recogida por los diarios, radios y televisión y alcanzó notoriedad en Facebook y Twitter.

En la mañana del día viernes 1º de agosto, nos convocan los cardiólogos y el cirujano, quienes nos confiesan que se encontraban ante un verdadero dilema. Que ellos no sabían cómo proceder si aparecía en esos momentos un donante, porque inesperadamente, en la tarde del jueves 31, el corazón de Ignacio que se había detenido tres días antes -el lunes 28 de julio-, había comenzado nuevamente a latir. Nos confían que ellos, que realizan un promedio de 25 transplantes de corazón por año, nunca habían visto un caso así, que era un hecho inédito en el Italiano. Que Ignacio, por el estado de su corazón, sólo podría haber sobrevivido con un transplante.

Con el correr de los días, el personal de enfermería, técnico y administrativo que estaba en contacto con nosotros, con emoción nos refería que se trataba de un verdadero milagro, que nadie lo podía creer. Algunos médicos por su formación científica, fueron mucho más reticentes y dieron explicaciones técnicas. Sin embargo otros, calificaron su cura como sorprendente, como milagrosa.

Ignacio luego de haber estado durante tres días con su corazón detenido, muerto, volvió a latir, a resucitar, precisamente el día de San Ignacio de Loyola, el mismo día en que Jorge Eduardo, le ungiera. Más adelante nos enteramos que tres personas allegadas habían creído recibir de la Virgen María, manifestaciones en sus oraciones o en sus sueños, que Ignacio sanaría.

Ignacio, luego de tres semanas de internación en terapia intensiva, no padece de ninguna secuela. Hoy hace una vida totalmente normal. Su caso, por lo extraordinario, fue comentado en el último Congreso de Cardiología celebrado en Buenos Aires.

A esa recuperación milagrosa de su cuerpo, de la vuelta a la vida de su corazón, se produjo también la de nuestras almas. Ha renacido nuestra fe. Es que conforme le anticipáramos a Jorge Eduardo, el martes 29 de julio ante nuestra sorpresa por la cantidad de personas que rezaban por Ignacio en todo el mundo, que ante la fe de tanta gente, la solidaridad, cualquiera fuera el desenlace, pasaríamos de ser socios adherentes a plenarios, como solía decir Aníbal Coerezza.

Consideramos que hemos sido protagonistas de un milagro. Si no hubiésemos equivocado el inicio de las vacaciones, no hubiésemos regresado a tiempo para salvar a Ignacio. Si el corazón del donante no hubiese fallado y se hubiese practicado el transplante, era muy improbable que Ignacio, por el cuadro infeccioso que además padecía en esos días, hubiese podido sobrevivir.

Obviamente que sin médicos ni enfermeras, sin el certero diagnóstico, sin antibióticos ni ECMO, sin la internación hospitalaria ni la oportuna ambulancia, sin las veinticinco transfusiones, sin los cuidados que le dispensaron, no estaría hoy vivo. Pero sin la intervención de Dios, sin la fe y la oración, tampoco lo estaría.

Nosotros queremos agradecer una vez más a todos los que nos ayudaron, a los que nos acompañaron, a los que rezaron y, especialmente queremos pedir una oración por el alma de quien iba a donar su corazón y por la familia del donante que estuvo dispuesta a hacer el gesto mas grande de generosidad, que era permitir la continuidad de la vida, en otro.

Gracias, gracias, muchas gracias.