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La Resurrección de todos los días

Por Jorge Eduardo Scheinig, Párroco de San Gabriel

No es lo mismo vivir como personas creyentes y confiadas, abiertas, alegres, esperanzadas, serenas y seguras, arrepentidas de lo mal obrado y misericordiosas con los que nos ofenden, comprometidas con el prójimos y la realidad, con ganas de amar más y mejor y de trabajar por el bien común; que vivir temerosos, encerrados en nosotros mismo, con un pesimismo agobiante, quejosos, protestones, siempre enojados, desinteresados e indiferentes, juzgando todo y a todos, sin deseos de cambiar, sin arrepentimiento, sin misericordia ni perdón.

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Los primeros viven como resucitados, los segundos viven…
Sé, que presentar las cosas así, en blanco o negro, sin matices de grises o sin una paleta de colores que muestren la vida como es en realidad, llena de situaciones y circunstancias distintas, no es más que caer en un simplismo ingenuo muy proclive para fomentar en algunos los fundamentalismos y en otros la indiferencia.
Estoy seguro que hay otra manera de vivir.

En la Pascua celebramos que Jesús murió y resucitó. Jesús padeció la humillación de la pasión, el dolor de la cruz, la oscuridad y el silencio de la muerte, pero el Padre Dios lo resucitó regalándole la Vida Nueva y convirtiéndolo en el VIVIENTE.

Jesús tiene vida eterna, ha sido el primero y nosotros lo seguimos. Su promesa es que los que creen en él alcanzarán la vida convirtiéndose también en vivientes.

“Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 25-26)

Estamos siendo permanentemente desafiados a creer que esta manera tan humana de vivir, es decir, como resucitados, como vivientes, no es una condición sólo para después de la muerte, sino que el creyente se adhiere a la resurrección de Jesús de tal manera, que el hoy de la vida cotidiana es asumida como vida para la vida, vida resucitada, vida de vivientes.

Sabemos que hay formas de vidas para la muerte, se vive como sobrevivientes, como transitando la vida a duras penas, como resignados y bajando los brazos, o como aquellos que dejan pasar todo y pasan de todo. Se vive mal.

Jesús resucitado nos invita a vivir todos los días y en todo lugar de una manera nueva. Se trata de vivir las circunstancias de nuestra historia personal y colectiva, como resucitados, como vivientes.
Vivir la resurrección de todos los días no son sólo palabras que nos ilusionan en un tipo de vida idealizada o fantasiosa, alejada de la realidad. De ninguna manera puedo pensar que la resurrección de Jesús es inocua a la vida. Los creyentes en el resucitado se contagian de su vida, de su fuerza y no por una especie de voluntarismo prometeico, no. Se trata de una experiencia inédita, original, “nueva”, no hay nada parecido en el mundo y en la historia.

Por la fe en el resucitado quedamos también resucitados nosotros mismos, ya, aquí y ahora. Desde y gracias a la resurrección de Jesucristo, hay otra manera de vivir.

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Entonces, será siempre un enorme reto, vivir nuestra vida cristiana como una condición del ser y del hacer y no como un aspecto agregado, lateral, pegado y anexo, como si lo cristiano fuese una especie de aditamento muy bueno y eficaz para vivir, algo así como se hace con los motores de los autos, que se le agrega un líquido –un aditamento-, para que tenga mejor funcionamiento. Añadimos “lo cristiano” como para mejorar nuestro “funcionamiento”, nuestros estándares de calidad de vida.

El problema es que la fe en Dios no es algo funcional y no conviene que lo sea. Creer mientras nos funcione en la vida puede convertirse en algo confuso, porque mientras todo vaya bien, Dios existe y está, pero si alguna circunstancia nos hace dudar, si la vida se pone dura y difícil, si Dios no responde a mis necesidades, Dios no está, se murió.
Una fe funcional es una fe a medias y el problema es que según mi perspectiva, si dejamos de creer, corremos el riesgo de dejar de ser.

Sin fe en el Cristo Vivo, nosotros somos y obramos de otra manera.
Lo que deseo expresar, es que la fe del creyente en el Resucitado, lo transforma también a él en resucitado, le da aquí y ahora Vida Nueva y transforma su manera de vivir, modifica su conducta, su comportamiento, cambia su cotidianidad.
No puedo dejar de pensar que si esto es así, y yo creo que es así, también nosotros podríamos encarar la vida, el día a día de otra forma.
Pienso en tantas situaciones en las que uno se cree como muerto, y la fe concreta y vital en el resucitado, es como una luz intensa y cálida que me cambia todo: mi manera de estar, de ver, de entender, de sentir.

La fe en la resurrección cambia todo!
En este tiempo histórico, donde cada día aparecen “noticias” que impactan directamente a nuestro modo de vivir, es muy importante que nos animemos a emplear nuestra fe en el resucitado como un cierto “filtro” que nos ayude al discernimiento.

Más allá de la variedad y gravedad de cada acontecimiento, nos corresponde y esto es una seria responsabilidad que tenemos como creyentes, tratar de ponderar qué y cómo debemos estar frente a la realidad.

Justamente, vivir como resucitados nos hace en primer lugar “estar”, es decir, ceder a las tentaciones de “no estar”, como por ejemplo, los análisis superficiales y evasivos, la crítica sin fundamento, la falta de interés por el país y los otros, la no preocupación y ocupación por las cosas del bien común, el desentendimiento del fortalecimiento de la vida democrática exigiendo por ejemplo claras plataformas políticas a los candidatos a los distintos niveles de gobierno.
Aunque parezca algo extraño, la fe en el Viviente, nos da una nueva visión y un nuevo pensamiento. Desde Él todo se ve y piensa distinto. Se ve y se piensa para que haya más vida, para que todos tengamos vida plena.

Pero en segundo lugar, pienso que el Señor Resucitado nos impulsa a vivir muy en serio el compromiso por y con Su Reino. Esto significa que cada uno de nosotros no puede estar ausente de algún compromiso existencial y vital, que lo ubique con corazón y vida en algún espacio de la realidad. El trabajo, el estudio, la vida familiar, el vecindario, la calle, lo social, lo político, lo cultural, lo solidario, alguna institución, ONG, dentro de la comunidad, en un espacio no eclesial, con personas concretas, con los más desprotegidos, niños, jóvenes, ancianos, en fin, en algún lugar debemos volcar la fuerza que nos viene del Resucitado.
Ser creyentes en el Cristo Viviente, nos fortalece para optar todos los días, con sus más y con sus menos, a intentar entregarnos todos los días con renovadas esperanzas en que las cosas pueden cambiar para bien y que cada uno de nosotros, somos un grano de arena pero importante para que así sea.

Finalmente, la resurrección no es una experiencia intimista que nos calienta el corazón para acurrucarnos en lo religioso y sentirnos a gusto y en paz, mientras “afuera” se multiplican los conflictos y que otros se hagan cargo.
Con el Resucitado vamos a los conflictos de la vida, allí misionamos, con la seguridad que hay una luz nueva, una fuerza y una vida nueva, porque el Señor “hace nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5). No solo no nos escapamos, sino que tenemos la certeza que es Él el que nos envía y además, sabemos que no vamos solos, El Viviente, está con nosotros todos los días de la vida y hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28, 20).

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