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¡He visto al Señor! Y les contó…

“¡He visto al Señor! y les contó…” (Jn 20,18)
Experiencia de Resurrección: intimidad y misión

 “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EG 1) Con estas palabras el papa Francisco quiso comenzar su Exhortación programática para la renovación misionera de toda la Iglesia. Por eso nos urge: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.” (EG 3)

 

Para los cristianos, Jesús sólo existe como el Señor Resucitado. Queremos, en esta Pascua, volver a recibir, como testimonio privilegiado, el de una mujer:

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y ve a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dicen: «Mujer, ¿por qué estás llorando?» Ella les dice: ¡Sacaron a mi Señor y no sé dónde lo han puesto! Diciendo esto se dio vuelta y ve a Jesús, que estaba allí, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién estás buscando?»

Ella, creyendo que era el cuidador del jardín, le dice: «Señor, si tú lo llevaste, dime dónde lo has puesto, y yo lo sacaré.» Le dice Jesús: ¡Mariam! Dándose vuelta, ella le dice en hebreo ¡Rabuní!, es decir «¡Maestro!». Le dice Jesús: «Suéltame, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes, a mi Dios, el Dios de ustedes.”» María Magdalena va anunciando a los discípulos «¡He visto al Señor!» y que le había dicho esto. (Jn 20,11-18)

En la mañana de la primera Pascua cristiana se nos ofrece esta entrañable escena evangélica. Es un testimonio personal e íntimo y a la vez un desafío apremiante y público, de la experiencia que constituye el fundamento de nuestra fe: el encuentro con Jesús Resucitado. Es un texto único en su género, que se resiste a un uso funcional, ya sea litúrgico, apologético, catequístico, ejemplar o misionero. Todo se concentra aquí en las relaciones personales, invitando a la contemplación atenta, gozosa y gratuita de lo que ha sucedido, para revelar lo que sigue sucediendo, desde aquella mañana, en cada Pascua personal o pública. Con la discreción de quien se siente invitado a la intimidad, entremos en la escena.

El llanto prolongado de María, mencionado cuatro veces, expresa su estado emocional. Su dolor por la pérdida es muy grande, pero no la aleja. Pedro y el discípulo amado, los discípulos varones, después de venir y ver, como ya no había nada que hacer, se volvieron (final de la escena anterior), pero ella, María, se había quedado. Su pena no la encierra ni la paraliza; su deseo la mueve: se asomó al sepulcro. No se sorprende por la presencia de los ángeles; más bien es la pregunta de ellos ¿Por qué estás llorando? lo que da ocasión para que ella diga, nuevamente, la razón de su desconsuelo: ni siquiera sabe dónde han puesto el cuerpo; cree un cadáver a quien, sin embargo, continúa llamando su Señor.  Situación extraña; todo está mal: ¡la tumba no guarda ningún cuerpo y los mensajeros (ángeles) no transmiten ningún mensaje! A ese mundo, María debe darle la espalda, darse vuelta. Pero esto, indispensable, no es aún suficiente.

Jesús Resucitado, el Viviente, ya está allí; como tantas veces, antes de que se lo reconozca. Él no irrumpe imponiendo su identidad, como para suscitar una profesión de fe, sino que quiere acompañar un proceso gradual de reconocimiento de su persona y de su presencia nueva. María debe superar la confusión en que la tiene sumida su congoja y el desconcierto por la situación inaudita que está viviendo. La pregunta de Jesús, que ella escucha como viniendo de un extraño, toca su deseo más profundo: ¿A quién estás buscando…?

 

El seguimiento de los discípulos había comenzado con una búsqueda y una pregunta:

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y mirando a Jesús que pasaba dice: «He aquí el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Dándose vuelta Jesús y viéndolos seguirlo, les dice: «¿Qué están buscando?»

Ellos le dijeron: «Rabí –que traducido significa Maestro– ¿dónde permaneces?» Les dice: «Vengan y verán». Fueron, pues, y vieron dónde permanece, y permanecieron junto a él ese día. Era como la hora décima.

Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían escuchado a Juan y lo siguieron. Encuentra primero a su propio hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías –que traducido es Cristo–» Lo condujo a Jesús. Jesús mirándolo dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú serás llamado Cefas –que traducido es Pedro–». (Jn 1,35-42)

Muchas cosas tenía que decir Jesús, pero su primera palabra es una pregunta a los que quieren seguirlo: ¿Qué están buscando? Un lugar, un dónde que sepa el secreto del permanecer. Mas el saber no es dado en un “lugar” (que el relato deja ignoto) ni en “algo” que corresponda más o menos con la búsqueda, sino en el vínculo personal: permanecieron junto a él. El encuentro con Jesús lleva a Andrés al encuentro inmediato en la fraternidad (su propio hermano) con su testimonio personal, el anuncio mesiánico y el empuje para ese encuentro con Jesús que cambiará el nombre y la vida entera de Simón. Así, con otros, se crea una nueva comunidad en torno a Él…

… Pero Él había muerto, y ellos ya no están aquí. María, la que se había quedado, está dispuesta a todo. No hay ningún qué que pueda ya saciar su deseo, sólo un quién, anticipado en su última pregunta ¿A quién estás buscando? por Jesús, el mismo que la saciará. También ella quiere saber el lugar: “dime dónde lo has puesto…” Entonces Jesús simplemente la llama por su nombre: ¡Mariam! (que recuerda el arameo). Esto le basta, y Jesús lo sabía como nadie: María se sabe conocida en el mismo acto en el que reconoce a aquél a quien buscaba. Un nuevo paso, un nuevo darse vuelta. En su ¡Rabuní! (que también recuerda el arameo) se unen el respeto y la ternura.

Se ha(n) reencontrado… el evangelista deja resonar las melodías bíblicas de la pasión del amor humano/divino: “Busqué al amado de mi alma, ¡Lo busqué y no lo encontré! […]¡Encontré al amado de mi alma! Lo agarré y no lo soltaré” (Ct 3,1.4) exclamaba, exultante, la amada del Cantar, la que también debía darse vuelta dos veces (¡vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve, vuelve para que te veamos! 7,1) para la danza del amor.

Pero el (re)encuentro no puede retener ni debe clausurar la experiencia; debe abrirse a la misión y al anuncio. La subida de Jesús al Padre (mi Padre, el Padre de ustedes) que es Dios (mi Dios, el Dios de ustedes) ha inaugurado una nueva fraternidad (mis hermanos), que supera los vínculos de la carne y la sangre. Antes de la Pascua, “ni sus propios hermanos creían en él” (7,5); sus discípulos habían pasado de “siervos” a “amigos” (15,15). Sólo ahora, después de la muerte del amigo, del Hijo único traspasado, ellos, los amigos, son llamados “hermanos”, en una fraternidad que brota de la Pascua del Hermano. Jesús no necesita explicárselo; María lo entiende porque ella va a los discípulos. Ha comprendido, al mismo tiempo, quién es Él, quién es ella y quiénes son sus hermanos: ¡ésta es la Resurrección! Nueva identidad, nueva comunidad, vínculos nuevos: ¡éste es el mensaje! que ella (¡la mujer, no los ángeles!) debe llevar a los otros, junto con el testimonio de su experiencia: ¡He visto al Señor!

Era la mañana del primer día de la semana, en el jardín… de la nueva creación.

El evangelista no nos dice si, en aquella ocasión, los discípulos le creyeron a María, pero él incluyó en su libro esta escena que, brotando del encuentro con Jesús Resucitado, comunica una experiencia de resurrección, y quiere evocar y provocar otras. Ella se inserta en la dinámica misma de la vida y de la fe, que sólo pueden abrirse a la novedad (sobre todo a la novedad inaudita y siempre actual de Jesús Resucitado) a partir de lo ya vivido, para dejarlo atrás sin ser por eso dejado atrás. Lo nuevo mismo, que es Jesús, el Viviente, da y hace dar el paso, darse vuelta para el encuentro decisivo que recrea y resignifica todas nuestras relaciones: con nuestros llantos, muertes y tumbas, con nuestros deseos, necesidades y búsquedas, con nuestra identidad más profunda (nombre), con la intimidad de nuestro amor, con los demás, con la creación entera, con la misión que somos…  abiertos a la permanente novedad de su Pascua, hasta que Él vuelva.