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¿QUÉ LE ESTÁ PASANDO A NUESTRO MUNDO?

Rabino Fabián Skornik
Comunidad Lamroth Hakol

Esta pregunta se repite desde hace mucho tiempo, nos aqueja, nos atormenta alertándonos acerca de cambios y amenazas que afectan nuestra vida. Expresa algo así como un reclamo al mundo, o a su Creador, que por fallas en su constitución, podríamos vernos afectados. Detrás de ella asoma la idea de una garantía, que quisiéramos saber si todavía está vigente, si podemos hacer el trámite correspondiente para que quien lo haya fabricado pueda responder por los errores que nos afectan, o en su defecto lo pueda cambiar por uno en mejor estado.

Pero la mayor dificultad que tiene esta pregunta es que nos coloca en un lugar equivocado, no pone el foco donde debería ponerlo y nos impide analizar honestamente el verdadero problema. En lugar de empezar por contestar la pregunta les propongo que la volvamos a formular, para no caer en la trampa de desviar la atención de donde deberíamos ponerla, y evadir así toda responsabilidad.

Para poder hacerlo los invito a un recorrido, desde los textos sagrados del pueblo judío, que puedan guiarnos en esta búsqueda, y nos arrojen un poco de luz acerca de la cosmovisión de este pueblo, que además nos otorguen algo de inspiración que nos impulse a comprometernos con la construcción de un mundo mejor.

La Torá (el Pentateuco) comienza su relato con la creación. Y si la analizamos desde la ciencia nos encontraremos con una enorme dificultad que nos permita armonizar entre esa mirada y la religiosa.  Y no debiéramos enfrentarnos a la disyuntiva de tener que elegir entre ambas. Sugiero pensar que cada una de ellas se enfrenta a objetivos  diferentes, responden a preguntas distintas, y nos arrojan dos miradas que pueden ser complementarias, y no excluyentes entre sí.

La ciencia viene a contestar la pregunta acerca de cómo funciona el mundo, le interesa desmenuzar y explicar. Separa las cosas y ve cómo están constituidas.  En cambio la religión intenta contestar la pregunta para qué. Frente a la existencia le importa entender la razón de ser, la finalidad, el objetivo último. Se trata de unir las cosas y darle significado.

El relato de la creación del mundo puede ser nuestro punto de partida para entender la voluntad de D´s respecto a nosotros. ¿Para qué nos creó D´s? ¿Con qué fin nos colocó en este mundo? ¿Cuál es nuestro lugar en esa creación? ¿Qué debemos hacer para que nuestras vidas tengan sentido y significado?

Empecemos entonces con algunas de las miles de enseñanzas que nos deja este breve pero profundo relato. El primer día D´s crea la luz, como opuesto a la oscuridad que reinaba en este mundo. Uno podría conjeturar que es bastante lógico hacerlo ya que ella será imprescindible para el desarrollo de la vida. Salvo que el sol será creado el cuarto día, y todos sabemos que es ese astro la fuente de toda luz. Que sin sol esta no existe.

Enseñan los rabinos que esa luz inicial es la representación de la paz, de la armonía, del equilibrio, como opuesto al caos que describe la Biblia que existía en el comienzo. El mundo es llamado a la existencia para dejar atrás la oscuridad y llenarse de luz, sólo así podrá haber vida, solo con ella estaremos cumpliendo con la voluntad divina. Una de nuestras tareas más importantes en la vida, que dan sentido a nuestra creación es convertirnos en socios de D´s y traer paz, ayudar a conseguirla, trabajar para alcanzarla. Y no me refiero solo a la paz entre las naciones, a la ausencia de guerras con armas de destrucción masiva, sino también a la manera en la que nos relacionamos con nuestro prójimo, a la forma en la que nos tratamos, nos hablamos, nos saludamos y al compromiso que estamos dispuestos a asumir para que cada vez más personas puedan lograr sentirse en paz.

Luego de ese acto creador, D´s observa y sentencia una fórmula que se repetirá al finalizar cada creación: “Y vio D´s que era bueno”. Puestos en este mundo con igual desafío, después de cada acto, después de cada acción que emprendemos debemos poder observarla y juzgarla como buena. Es imperativo vivir de forma tal que nuestros actos reflejen esa bondad, que de ellos pueda desprenderse ese calificativo, que sean ellos los que hablen acerca de nuestra esencia.

A partir de allí tendremos seis días intensos, que harán de este mundo un lugar para la existencia. Se irán sucediendo los días e irán apareciendo las diferentes partes del planeta. Hasta que el sexto día concluirá con la creación más grandiosa, la más especial y la más llamativa. Ese día el hombre será llamado a la vida y con él comenzará la historia. Será desde allí que habrá un cambio cualitativo diferente a todo lo anterior y que ocupará el lugar más destacado en este relato. Aparecen allí también algunas características distintivas que vale la pena examinar.

El texto del versículo 26 de Génesis nos dice: “Hagamos un hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. Si D´s es único, se encontraba solo, ¿a quién le habla, con quién establece esa conversación y a quién invita al acto creador? Es llamativo el plural de hagamos, que parece no corresponder al relato previo. Y es allí donde aparece otra enseñanza rabínica, que interpreta ese hagamos como una conversación entre D´s y ese primer hombre: Hagamos, vos y yo, juntos, a un hombre. Es decir, el hombre es el primer ser no creado del todo, D´s inicia el proceso creador, pero nos invita a que lo concluyamos nosotros. Para ser un verdadero hombre debemos hacer parte del trabajo. Un animal lo es, sin necesidad de realización alguna. Nosotros, en cambio, debemos llegar a ser seres humanos, es imprescindible un comportamiento, una conducta, una ética determinada que nos otorgue ese status. Solo una vida de compromiso con esto nos dará el privilegio de ser considerados seres humanos plenos.

¿Cómo transformarnos? ¿Cómo completarnos? Ese primer hombre tendrá un mandato, una orden que cumplir. Debe ponerse al frente de la creación, liderarla, conducirla. Este mandato, que parecería un privilegio, ya que coloca al hombre por encima de todo lo demás, en realidad trae una enorme responsabilidad. El hombre debe cuidar por los demás seres, por todos los animales, las aves y los peces, así como del mundo entero. Es decir que como corona de la creación debe asegurar la continuidad del mundo, debe velar por su supervivencia y por la calidad de su existencia. Para ser hombre, para alcanzar nuestro destino, para ser quienes fuimos llamados a ser, debemos comprometernos con los valores ecológicos más importantes, entendiendo que de nosotros depende que nuestros hijos reciban un mundo con futuro asegurado.

Por último, el séptimo día, aparece la creación más brillante, la santificación del tiempo. Ese día D´s descansó, y al hacerlo nos invita a nosotros a que lo copiemos, dejando un día por semana para que haya armonía entre nosotros y nuestro entorno. Un día dedicado al estudio, a la plegaria, a la familia. Un día donde no podemos intervenir, transformar ni alterar al mundo y a su naturaleza. Un día de reposo en el cual nos abstenemos de todo trabajo transformador. Ese día nos recuerda que no somos los dueños últimos de este mundo, no somos los amos indiscutidos, sino que simplemente somos los depositarios del mundo, sus custodios, y como tal debemos rendir cuentas de lo que hacemos, y tenemos que ser concientes de los límites que tenemos para con él. Algún día nos demandarán por cómo lo devolvimos, deberemos hacernos responsables ya que deberemos rendir cuentas.

Por eso es tiempo de volver a formular la pregunta inicial: ¿Qué le estamos haciendo a nuestro mundo? Una pregunta que debemos ser capaces de contestar tanto como individuos como también como sociedad. Una mirada profunda que podrá arrojarnos un poco de claridad respecto a nuestra situación, en función de lo que nuestra tradición espera de nosotros. Un análisis que podemos realizar confrontándonos con un deber ser heredado de nuestros antepasados.

Fuimos creados para traer luz a este mundo, para llenarlo de paz. Para lograrlo debemos ser capaces de mirar cada cosa que hacemos y afirmar sin ninguna duda que lo hecho es bueno. Debemos poder sentir orgullo de nuestras acciones, medidas y pesadas en función del plan de D´s descripto en los textos sagrados y no en función de las leyes de un mercado ciego, ni de la búsqueda interminable de un placer individual o una satisfacción personal. Solo si lo hacemos podremos ser la corona de la creación, ocupar ese lugar que D´s imaginó para nosotros, respondiendo por la preservación del hermoso y valioso legado recibido de nuestros antepasados, y transformarnos en seres humanos plenos, protagonistas de una transmisión de un mundo en excelentes condiciones para las próximas generaciones.

 

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