LA ÉTICA Y LA ECOLOGÍA EN LA CIENCIA ECONÓMICA

Manuel  Alvarado Ledesma
Economista, Profesor de la Universidad del CEMA

 De a poco, el criterio de maximización del beneficio comienza un proceso de subordinación a la ética y los valores y, por ende, la sustentabilidad ambiental

La economía es una ciencia nueva. Como ciencia, solo tiene poco más de dos siglos. Sin embargo, la historia de la economía viene desde los comienzos del hombre y se desarrolla en estrecha relación con la ética.

En el libro V de su obra Ética a Nicómaco y en el I de la Política, Aristóteles utiliza el término oikonomiké, para expresar el uso de lo necesario para la vida buena. Vale interpretar que considera la economía junto a la ética y la política como parte de la filosofía práctica. Patentiza, así, un vínculo inicial entre la ética y la economía, a través de los fines humanos.

Por siglos, la ética se mantiene relacionada con el estudio de la economía. Pero, luego de las obras de Adam Smith, considerado el padre de la ciencia económica, los economistas tienden a desprender sus análisis de la ética, pese a que este era catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow.

En su avidez por alcanzar un nivel más tangible y atemporal, como en la Física y otras ciencias naturales o experimentales, la mayoría de los sucesores de Smith, apuntan a encontrar leyes de comportamiento económico de carácter autorregulado, estable, permanente y de validez universal. Puede afirmarse que partir de David Ricardo, el análisis económico comienza un largo proceso de distanciamiento del plano ético, por introducir un enfoque más próximo a la ingeniería, centrado en los “medios” y dejando de lado los “fines” que se consideran dados.

Durante este proceso de alejamiento, el conocimiento económico mantiene un método crecientemente aséptico y cuantitativo, en menoscabo de los juicios de valor y del subjetivismo propio de la condición humana. En tal sentido, las contribuciones del utilitarismo y de las escuelas marginalistas y neoclásicas, que siguen a Ricardo, adoptan posiciones teóricas sin tomar en cuenta su carácter social. Porque la realidad es que, a diferencia de las naturales, las ciencias sociales tienen al hombre y su comportamiento como objeto central de la investigación.

De esta forma, por años la ética y la economía caminan por senderos diferentes. Y así, con una amplia distancia entre una y otra, se construye sobre la economía moderna un enfoque técnico sin considerar el plano ético, salvo contadas excepciones.

El distanciamiento entre ambas es, seguramente, la principal causa de los problemas ecológicos que sufre el mundo moderno. Acá es donde se encuentra el meollo de la cuestión.

Pero en las últimas décadas, al advertir la sociedad  los múltiples daños al ecosistema y, por ende, a su calidad de vida, la economía vuelve a tomar en cuenta la ética.  Así, esta ciencia comienza a entender su horizonte de mediano y largo plazo por lo que reconoce las restricciones que debe imponerse en pos del desarrollo sustentable. La palabra “desarrollo” expresa un compromiso de equidad y el adjetivo “sostenible” implica perduración y futuro.

En tal sentido, vale destacar el papel de la escuela neoinstitucionalista. En 1993, el neoinstitucionalista Douglas North obtiene el premio Nobel de Economía, en buena parte por demostrar la estrecha vinculación existente entre el desarrollo económico y el desarrollo institucional, con las normas y los valores de una sociedad. Para esta escuela, las instituciones proporcionan una infraestructura que sirve a los hombres para crear orden y reducir la incertidumbre.

Al premio Nobel de Economía Amartya Kumar Sen se debe, muy especialmente, la recuperación de la consideración ética para la ciencia económica. En su obra Sobre ética y economía, Sen dice: «No hay ninguna justificación para disociar el estudio de la economía del de la ética y del de la filosofía. La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano».

Justo es reconocer que pocas décadas antes, se encuentran economistas que, pese a la corriente general, destacan la necesidad de la ética en la economía. A mediados del siglo pasado, por ejemplo, el economista de la Universidad Católica Argentina, Francisco Valsechi, argumenta que la economía debe recurrir a la ética para que ella señale cuáles son los fines de la actividad humana y cuál es la adecuada jerarquía existente entre estos fines. Así, afirma que la “ciencia de los medios” debe subordinarse a la ética que es la “ciencia de los fines”.

La importancia de la ética en la economía se nota claramente cuando gran parte de los economistas incorporan la noción de capital humano y capital social, como factores intangibles de producción. Entre los primeros en retomar este camino, sobresale el Papa Juan Pablo II. En la Encíclica Centesimus Annus, afirma que “el desarrollo no debe entenderse de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral” y que “si en otros tiempos el factor decisivo de la producción era la tierra y luego fue el capital, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo”

Con las nuevas corrientes, queda patente la necesidad de modificar el “paradigma” de la maximización de beneficios, predominante en la ciencia económica.

Una vez comenzado el siglo, el criterio de maximización de beneficios comienza un proceso de subordinación a la ética y los valores y, por ende, la sustentabilidad ambiental. Es destacable la denuncia del Papa Francisco al hablar de “la lógica de las ganancias a cualquier costo”.

El instrumental de la economía así como de la ecología debe utilizarse paralelamente y simultáneamente con los principios éticos. De esta forma, es posible adquirir una visión holística de lo que es y de lo que no es posible ni deseable.

La explotación de recursos (finitos) y la aparición de desechos son problemas biofísicos que requieren de la ecología. No se trata sólo de problemas de eficiencia económica. La economía no puede asignar recursos en el contexto de un sistema global que desconoce. La economía puede, en cambio, estimular al conjunto social a caminar con estilos de vida en consonancia con la renovabilidad de los recursos y la reducción de los desechos con sentido ético.

El neoinstitucionalismo analiza las instituciones como hábitos y prácticas y ello permite entender la urgencia en desarrollar instituciones económicas que respondan a la ecología.

Para mejorar el medio ambiente, Juan Pablo II advierte que es imprescindible un cambio profundo en «los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad»[i] En otras palabras: se necesita el desarrollo de instituciones de producción y consumo que sometan los deseos y aspiraciones de los hombres a determinadas vías de acción en el marco de la ética y la ecología.

Por su parte Francisco explica que San Francisco de Asís “nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las Matemáticas o de la Biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas”[ii]

La conducta humana está vinculada directamente con el sistema de valores de la sociedad contemporánea. A lo largo de la historia, muy especialmente a partir de la Revolución Industrial, los valores individuales y sociales han estado alejados de preservación del ambiente.

La crisis ambiental exige que, cada vez más, la economía tome en cuenta la ética y la ecología a través de un sistema de valores donde la integralidad del hombre se desarrolle en armonía con el medio donde se desenvuelve.

[i] Centesimus Annus, 1991.

[ii] Laudato Si, 2015.

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