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ÉTICA Y ECONOMÍA DESDE LA FE ISLÁMICA

Por Hasan Bize[1]
Imam de la Asociación Islámica Yerrahi para el Desarrollo Espiritual

  1. La economía a la luz del Islam y de la fe

Indiscutiblemente en nuestra época la economía es la reina de la que todo depende, y a la que todo se subordina. Pese a su etimología griega es una ciencia moderna, y me atrevería a redefinirla —sin ánimo de ofender—, como “la ciencia de los efectos globales del egoísmo, el miedo y la codicia humana”. Sin egoísmo, sin miedo a perder o a no conseguir el sustento de cada día, y sin avidez por tener más o “juntar por si acaso”, no habría economía.

Esta caracterización —que admito simplista— tiene mucho que ver con la fe (o mejor dicho: con la falta de fe). Uno de los principios comunes de las grandes tradiciones religiosas abrahámicas es la existencia de un Creador que provee a sus criaturas sin mezquindad. Dice el Sagrado Corán:

En verdad, Dios es Quien otorga la provisión con abundancia… (51:58).

Y Dios provee a quien quiere sin medida (2:212, etc.).

Y decía Jesús a los preocupados por el sustento:

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan… y vuestro Padre celestial las alimenta. (Mateo, 6:26)

Pero no obstante, hoy en día confiamos más en el dinero que tenemos en el bolsillo que en la Providencia del Misericordioso:

¡Guay de todo difamador contumaz! Que junta dinero y lo cuenta. ¿Piensa acaso que su dinero lo hará eterno? (104:1 a 3).

El Islam es una de esas tradiciones abrahámicas, la última en ver la luz en el siglo VII de la era común. Como religión, el Islam no se circunscribe solo al ámbito íntimo del hombre, sus creencias, cosmovisión y conducta ética, sino que se proyecta en lo social, político y también económico, porque posee un corpus normativo, es decir un derecho propio que abarca todos los aspectos de la vida humana, tanto individual como social. ¿Eso incluye un sistema o modelo económico? Naturalmente que no, no había ciencia económica en el siglo VII. Pero sí transmite una serie de imperativos de conducta que inciden en la actividad económica y que son coherentes con la fe y los principios éticos que promueve. A un breve análisis de esto están dedicadas estas líneas.

  1. Algunas normas económicas del derecho islámico

La ley islámica tiene dos fuentes: el Sagrado Corán (la Palabra de Dios para los musulmanes) y la enseñanza del Profeta Muhammad (Mahoma), que se conoce como la Sunnah. Sobre esta base escrituraria —el Corán y la Sunnah— se apoya el edificio del derecho islámico o fiqh, también conocido genéricamente como sharî‘ah o ley sagrada. Veamos algunas de esas disposiciones.

2.1. La prohibición del incremento injusto (ribâ)

El término árabe ribâ se traduce a veces como “usura”, o sea el interés excesivo en un préstamo. Pero “usura” no es una traducción adecuada de ribâ. En árabe ribâ designa a todo incremento artificial o injusto en el valor de algo sin un trabajo o contraprestación que lo justifique, se trate de mercaderías o dinero. Dice el Sagrado Corán:

“Quienes usureen [lit.: “coman”, es decir “medren” con el ribâ] no se levantarán sino como se levanta aquél a quien Satanás ha derribado con sólo tocarle, y eso por decir que el comercio es como el incremento injusto (ribâ), siendo que Dios ha hecho lícito el comercio y ha prohibido el ribâ. Quien exhortado por su Señor renuncie [a seguir cobrando ribâ] conservará lo que haya ganado. Su caso está en manos de Dios. Los reincidentes, esos serán los condenados al Infierno y en él permanecerán para siempre” (Corán, 2:275).

Y añade enseguida:

“Dios hace que se malogre el ribâ y hace fructificar la limosna…” (2:276).

Destacando así lo improductivo del egoísmo y lo fructífero de la caridad. En el fondo el ribâ alude a un mecanismo del egoísmo humano que desemboca en la avidez y la codicia, lo cual queda claro en otra condena coránica:

¡Oh creyentes! ¡No medréis con el incremento injusto (ribâ), doblándolo y multiplicándolo! ¡Temed a Dios, quizás así prosperéis! (3:130).

Tradujimos como “incremento injusto” a la palabra ribâ, para dejar en claro que lo prohibido no es solo la usura: sin importar el porcentaje, el interés por cualquier transacción está prohibido en la ley islámica.

También en la tradición profética o Sunnah se condena este incremento injusto o ribâ y de alguna manera se lo caracteriza:

“El Mensajero de Dios dijo: «[Los intercambios deben ser] El oro por oro, la plata por plata, el trigo por trigo, la cebada por cebada, los dátiles por dátiles y la sal por sal, algo por lo equivalente, igual por igual, de mano a mano. El que agrega algo o pide que le agreguen está haciendo ribâ. El que da y el que recibe están equiparados [en cuanto a culpabilidad]»”. (Sahih Muslim, h. 3854).

Esta prohibición del interés hizo que hasta la época moderna no hubiera bancos en el mundo islámico, lo cual no fue óbice para el esplendor y la prosperidad de los musulmanes durante más de un milenio, desde el siglo VIII hasta las puertas de la modernidad (siglo XVIII). El califato abasí (s. VIII a XIII), la próspera España musulmana (Al-Andalus: siglos VIII a XV), los poderosos imperios Otomano (Turquía, Europa y Oriente Medio), Safaví (Persia) y Mogol (India), son todos ejemplos en este sentido.

2.2. La banca islámica

En las últimas décadas ha aparecido la “banca islámica”, bancos que no cobran ni pagan interés, sino que recolectan depósitos, hacen inversiones productivas lícitas según la sharî‘ah, y distribuyen ganancias entre los depositantes. Varios países musulmanes han legislado al respecto, y en algunos es el único sistema bancario permitido.

Un banco islámico no tiene inversiones “seguras” como los bancos convencionales (que solo “prestan” a los solventes, o bajo garantía real: prendaria o hipotecaria, e incluso asegurando las deudas a costa del deudor), tiene inversiones de riesgo: puede asociarse con personas o sociedades en actividades industriales o de servicio suministrando el capital, repartiendo las ganancias (o pérdidas) en los porcentajes que fija la ley sagrada; puede hacer operaciones de leasing con condición de transferencia de propiedad; compra y arriendo de granjas, etc., etc.[2]

La banca islámica está prosperando incluso en Europa donde algunos bancos importantes tienen divisiones de banca islámica. Naturalmente sus ganancias no son las de la banca tradicional, pero no han participado [ni hubieran podido hacerlo] en las grandes crisis financieras y de las “hipotecas basura” que conocimos en la última década, para dar solo un ejemplo.

2.3. El zakat

Uno de los cinco pilares del Islam es el zakât, la limosna[3], mencionada más de treinta veces en el Sagrado Corán. La palabra zakât significa “purificación”, pues el creyente purifica sus bienes [de los cuales es solo un usufructuario] entregando anualmente un porcentaje (generalmente un 2,5%) de su riqueza. Los pobres no están obligados al zakât y sí calificados para recibirlo.

El zakât enseña la caridad y la solidaridad social, y entre sus disposiciones hay algunas que encierran una gran sabiduría y equidad. El zakât de las cosechas, por ejemplo, es más bajo en tierras irrigadas artificialmente, y más alto cuando es suficiente la irrigación natural. Se desalienta el atesoramiento excesivo de riquezas a través de su aplicación acumulativa en algunos casos (oro, plata, dinero, mercancías), pues es propio de la fe confiar en la provisión que Dios promete a todas sus criaturas.

La distribución del zakât está definida en el Sagrado Corán:

“Las limosnas son sólo para [distribuir entre] los pobres, los indigentes, los recaudadores [en pago por su trabajo], los débiles de corazón [que pueden gracias a ello inclinarse a la fe], para [rescatar/liberar a] los cautivos [o esclavos] y a los quebrados, para la Causa de Dios y para el ‘hijo del camino’ [viajero que se quedó sin recursos]. Es [el zakât] una obligación que viene de Dios, pues Dios es Conocentísimo y Sabio” (9:60).

2.4. Otras normas ético-económicas

La tradición profética o Sunnah contiene numerosas disposiciones (éticas y obligatorias) para la actividad económica que han contribuido a conformar una ‘actitud cultural’ islámica respecto de la economía en todas sus vertientes. Veamos algunas de ellas:

1) Está prohibido alquilar la tierra por una parte de la producción de la misma: la tierra es para quien la cultiva (no en propiedad pero sí en usufructo), esto desalienta los latifundios improductivos. Al respecto dice una tradición:

“El Mensajero de Dios dijo: «El que tenga tierras que las cultive, pero si no puede cultivarlas o se siente incapaz de hacerlo que se la preste a su hermano musulmán sin aceptar pago por ella»”. (Muslim, 3719).

2) Prohibición de prácticas comerciales desleales tratando de obtener una ventaja injusta, como el caso del citadino que vende en nombre del hombre de campo, mentir sobre la mercadería, o la puja falsa en una venta para elevar el precio, etc.

“El Mensajero de Dios dijo: «No salgáis al encuentro de jinetes [de una caravana] para negociar con ellos [mejores precios antes de que lleguen a la ciudad]…, ni regateéis contra otro [elevando artificialmente el precio]. Que el citadino no venda para el hombre de campo [porque lo perjudica y eleva los precios de la producción hortícola]. Que no se aten las ubres de las camellas y las ovejas [para simular que dan mucha leche]…»”. (Muslim, 3620).

3) El perdón, remisión o quita parcial de las deudas, y la extensión de sus plazos a los que han tenido una mala racha, y también la condena de la morosidad del rico. Esto se apoya en muchas tradiciones, por ejemplo:

“El Mensajero de Dios dijo: «Los ángeles se llevaron el alma de un hombre que vivió entre los que os precedieron. Le preguntaron: ‘¿Has hecho algo bueno?’ Respondió: ‘No’. Dijeron: ‘Haz memoria’. Dijo: ‘Solía dar préstamos a la gente y ordenaba a mis siervos que les dieran prórroga a los que estaban en dificultades y descuentos a los solventes’. (Entonces) Dios, Exaltado y Majestuoso, dijo: ‘Debéis ignorar (sus errores)’»”. (Muslim, 3788).

“El Mensajero de Dios dijo: «El retraso del rico [en el pago] es una injusticia…»”. (Muslim, 3796).

Y otras muchas que omitimos brevitatis causae.

  1. Epílogo

De este paseo a vuelo de pájaro por la ley islámica y algunas de sus normas ético-económicas queda claro que el Islam condena el egoísmo, y que este aparece cuando el hombre cree que solo depende de sí mismo pues ha olvidado a su Creador.

Hemos hablado de “ley”, y claramente no es lo mismo la ley de Dios que la ley del hombre. El Creador conoce a Su criatura, el hombre todavía trata de conocerse a sí mismo. Pero la ley de Dios tiene un requisito previo: la fe. De nada sirve una ley sagrada sin fe, pues sería como cualquier ley positiva, y todos conocemos el refrán que dice “hecha la ley, hecha la trampa”. El creyente, en cambio, sabe que no puede sustraerse a la mirada de su Señor:

Dios conoce bien lo que hacéis. (Sagrado Corán, 2:234 y 271, etc.)

Y sabe también, sobre todo, que su mejor retribución no está en este mundo:

Y sin duda, para los creyentes piadosos, la recompensa de la otra vida es mejor aún [que la de este mundo]. (12:56)

Y la fe, el único verdadero remedio para los problemas del hombre, se construye y apoya en actos concretos, de adentro hacia afuera, prefiriendo al otro antes que a uno mismo. Así los define el Sagrado Corán hablando de los primeros musulmanes y su actitud con sus compañeros:

“…y les prefieren a sí mismos aunque se encuentren en estado de necesidad. Aquellos que están a salvo de su propia avaricia, esos son los triunfadores”. (59:9).

O como dijo el Profeta Muhammad:

“Ninguno de vosotros creerá realmente hasta que quiera para su hermano [en la fe] lo que quiere para sí mismo”.

[1] Imam de la Asociación Islámica Yerrahi para el Desarrollo Espiritual, Profesor de árabe clásico, y de cultura y pensamiento islámico en la Maestría en Diversidad Cultural, Universidad Nacional de Tres de Febrero.

[2] Por razones de espacio no podemos profundizar en el tema, pero basta con googlear “banca islámica” o “islamic banking” para tener una idea de la dimensión del fenómeno.

[3] Los otros cuatro son la profesión de fe (“No hay divino sino Dios y Muhammad es Su Profeta”), la oración diaria, el ayuno en el mes de Ramadán, y la peregrinación a los lugares sagrados.

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