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ECOLOGÍA DEL CORAZÓN

Por Javier Goliszewski

Apuntes para un asombro sustentable[1]

Ecología es cuidar de tu casa.

Conocemos la sugerencia, si la casa está bien barrida, podré encontrar la dracma perdida.

Una casa interior es una buena imagen para imaginar nuestro corazón.

Si pierdo sensibilidad por mi casa, si tengo poca estima por la ecología de mi  corazón, es difícil que mi sensibilidad se nutra, es difícil que me oriente y sepa dónde buscar.

Entrar en el silencio de mi corazón, más aún en medio de las miserias de la vida cotidiana, sustraerme a lo compulsivo, a la rutina descuidada, al individualismo fastidiado, entrar en mi corazón me abre al escenario en el que se producen los encuentros y los significados.

Encontrar la dracma en mi corazón, es abrirse al tesoro. Es celebrar la perspectiva del encuentro con algo que me trasciende, en un cierto sentido, con la belleza.

Para que el corazón pueda encontrarse con la belleza, es importante desarrollar y nutrir estima por él, por mi casa,  luego le sigue decidirme a habitar en ella, tratar el corazón con respeto. El corazón ecológicamente descuidado, desordenado, puede encontrar enormes dificultades  para darse cuenta de la trascendencia de la ecología. La trascendencia de la belleza en la naturaleza y la vida sería algo ajeno y tanto más difícil de descubrir para él.

La belleza que me espera, que me busca y me llama desde el corazón, no tiene etiquetas como en un museo de arte o en un catálogo. Viene al encuentro del corazón alerta y tranquilo.

Un estado de ánimo como de asombro puede anunciar que nuestro corazón está pronto para encontrar la dracma, la gracia de la vida. El asombro tiene luz simple, sin sobrecargas de ansiedades ni certezas. El asombro, hace que el hombre vea.

Es importante ser gentil con el asombro. Es delicado. Es como si en la casa del respeto, el color de la luz que nos ilumina al atravesar el umbral fuera la del asombro. La luz que reina en el corazón, es la del asombro. Es la del saber del no saber y respetar lo que nos rodea. Hasta las nubes. Hasta los granitos de arena. Hasta esta gota de lluvia.

La inteligencia busca poner luz y elegir.

El asombro encuentra y es elegido.

¿La diferencia?

Ser gentil. Desde el asombro maravillado.

Vivir en la necesidad del asombro. Hacerle lugar. Tal vez a través del contacto con la naturaleza, con la respiración, con el silencio. No sé. Llega sin buscarlo pero hace falta reconocerlo.

Parecería como que todas las ecologías, todas las éticas, partieran de aquí. Partieran de una actitud de asombro prudente, maravillado, hacia el Universo más cercano.

La ecología ocurre en este mi propio Universo cercano, no ocurre en otra parte, y así en el Universo de cada persona, de cada comunidad.

Está en el centro de mi respeto asombrado por un Universo que recíprocamente nutre de significados de lo frágil y lo necesario a mi persona y nutre a la comunidad, le da alegría, entusiasmo y sustento, le da identidad y realidad sobre la cual plasmar su ser en el mundo.

La ecología no es apenas una meta ni una opción para épocas de crisis, ni ocurre solo en el Universo de los demás, ni en un futuro distante. Ocurre en un Universo en el cual estoy situado en un punto central de sensibilidad y responsabilidad.

En una visión mas íntima, mas poética, orgánica y vital  de lo subjetivo que nos sugiere e integra y lo objetivo que nos refleja y atañe, celebramos ecológicamente nuestra autoestima con los otros en nuestro corazón para –como decía el poeta– “vivir y en tanto somos, dar un sí que glorifica”.

Nuestro clima psicológico, nuestro estado de ánimo, se decanta en nuestro corazón, busca primariamente referirse con nuestra actitud, con nuestra conciencia y sus valores y rechazos, hacia la sociedad y lo que nos rodea. Si la actitud en mi corazón es abierta y respetuosa, sin prejuicios ni indiferencias, mi corazón saltará de alegría. Estará disponible para el asombro.

La apertura hacia los demás les va al encuentro tácitamente también en formas ecológicas, tranquilas, espontáneas, consideradas, formas no directamente conectadas a un otro, pero que son parte de un sensible y abierto “no hacer a los demás lo que no me gustaría que hicieran a mí mismo”, aunque no me vieran. La ecología es en estos casos cuidar también la posible casa del otro, la paz y la armonía en el corazón del otro, su posibilidad de celebrar la vida en mayor plenitud, con asombro y menos ansiedad y penuria. Aquí el asombro nos ayuda a pensar a quien no está presente para despertar nuestro respeto.

Esta actitud de abierta y tácita empatía con los demás, resplandece ecológicamente en sensibilidad alerta hacia lo que me rodea. Se nutre de este caldo de cultivo subjetivo, intimista, de escucha y consideración, fruto de un universo interior que se corresponde con el grado del equilibrio asombrado de mi ser en el mundo.

No existimos aislados. Hay un coro, un diálogo, un equilibrio que se renueva a cada momento, entre mi universo, mi capullo interior (weltanschauung) y mi universo, mi capullo exterior, la naturaleza, la ciudad, el clima. Diálogos y equilibrios, con su dinamismo y su gracia, no tanto para ser intervenidos sino para encontrarse en ellos, conocerlos y celebrarlos. La tensión, magnetismo y fricción entre nuestros  universos, interior y exterior, crean la ecología del corazón, lo que le nutre, le hace crecer. Le hace sentir los valores de la vida. De su propia graciosa naturaleza.

Es la actitud hacia la gracia la que está en juego.

Esta es la ecología del corazón.

Ecología de lo que te toca de cerca, transparencia del cuidado de tu corazón, invitación a la paz.

Este diálogo pacífico logrado entre mi universo interior y el exterior, me acompañará hacia la inspiración ecológica considerada, afable, armónica, misericordiosa, y puede guiar mi vida. La inspiración se vuelve admiración, asombro,  comienza a celebrar lo que me rodea,  comienza a generar en mí respeto por el equilibrio de las cosas, de la naturaleza y nuevamente, de retorno a mi casa, respeto por mi corazón y su naturaleza graciosa en armonía con el mundo.

En la tradición Zen, se descubre un enorme significado “ecológico”, de actitud hacia el Universo, interior y exterior, acerca del estado de nuestra conciencia, en el modo con que se quita y deja en orden aparejado el calzado al entrar en una habitación. Todas las gradaciones del estado de conciencia, misericordioso, poético, respetuoso, hasta irritado e inconsciente, pueden mostrarse ahí. Todos los tonos, desde desparramado hasta ordenado. Atento o descuidado, agradecido o arrogante.

La ética ecológica del corazón puede empezar muy cerca, como con un par de pantuflas. Su resplandor llega donde menos se espera, con nuestra espontaneidad enriquecida a partir de la repetición considerada del gesto familiar de acomodar un par de pantuflas al descalzarse.

Este resplandor, este asombro, esta consideración (con-siderae, mirar juntos las estrellas), nos devuelve a la actitud sensible ante el mundo que nos rodea. Nos ilumina con inspiración que escucha. Para escuchar es bueno partir del silencio y para llegar al silencio el mejor aliado es el asombro. El asombro escucha.

La ecología de la compañía, de la comunidad de dos o más, se vive con más sensibilidad desde el asombro que escucha que solo desde la estructurada operatividad técnica, conocedora, práctica.

En lo material, a veces en casos de situaciones técnicamente más difíciles, el asombro permite resolver eventualidades imprevistas, con lucidez intuitiva que va, más integradora, abarcando, más allá de la técnica rutinaria, académica, racional.

Pero sobre todo la ecología del asombro es la madre generosa del momento sensible, poético. En la poesía encuentro la mejor expresión de la naturaleza del asombro.

Recuerdo de un diálogo con un monje benedictino amigo, la siguiente historia: Dos amigos van en auto, lejos de las ciudades, al atardecer, y uno de ellos observa una bandada de garzas que levanta vuelo contra el sol poniente, y comenta con emoción la escena. A lo que el amigo responde,: “No es extraordinario, ¡es la egretha thula en época de migración!”.

Según me siguió contando el monje, con esta respuesta, el segundo amigo peca.

Habría una ecología del silencio que rodea la sensibilidad, una ecología del asombro en riesgo.

Hay un espacio de reconstitución continuo de la ecología de nuestro cosmos, (nuestro universo, nuestro capullo), de reconstitución del significado de lo que pasa, de nuestra respuesta ética ecológica necesaria, que se alcanza con mayor integridad y fuerza si nos dejamos tocar desde nuestra profundidad original y no desde el sentido materialista, egoísta, pragmático de la ley solamente. Habría aquí una paradoja escondida. La sensibilidad a la escucha es necesaria. Lo material y craso, en esta línea de crecimiento, no. Aún cuando se presentara como académico, legal o pragmático.

El asunto pasa por sentir la ecología como algo a partir del ser integral de nuestra humanidad, racional sí, ético, pero sobre todo en comunión con la realidad en su dimensión orgánica, plena, no selectiva racionalmente, dimensión original y no manufacturada, que incluye este dinamismo de la sensibilidad ecológica hacia el ser profundo, hecho de fragilidades, de ilusiones, de esperanzas. De lo que es ya y no es todavía. Entre lo necesario y lo superfluo.

Cuentan que Platon describe el saltar de alegría, como la primera poesía del hombre. Estos saltos, que surgen en nosotros integralmente, abrazados o solos, asumidos con toda la personalidad pueden considerarse plenos de significado, y no sirven para nada, son puro arte y plenitud, ecología perfecta. Son lo más necesario.

La inquietud ecológica con el medio ambiente, quizá pueda arraigarse con más sensibilidad, con más inmediata percepción desde nuestro mundo interior, si nos dejamos abrazar como en los saltos de alegría de Platon, conectándonos cada vez  con cada gesto ecológico, como lo que puede ser: un salto espontáneo con otros corazones, de consideración y  empatía hacia la vida, hacia la fragilidad de lo necesario, hacia el asombro maravillado.

[1] (asombro en este texto asumiria el significado de la palabra inglesa  “ awe”  usada en textos de espiritualidad como el estado de animo prescindente de juicios, maravillado, absorto, contemplador, gozoso)