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TRES SEMBLANZAS SOBRE LA MISERICORDIA

Por Pedro Alurralde. Monje del Monasterio Santa María de los Toldos

“Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener misericordia”
Papa Francisco

Un gesto evangélico

Conocía desde hace tiempo a este muchacho que trabajaba como empleado.
Un día vino a verme llorando y destrozado anímicamente.
Vivía en pareja y tenían una criaturita hermosa.
Su  compañera volvió a quedar nuevamente embarazada.

Pero terminó por  confesarle que el niño que esperaban no era de él, sino el fruto de una relación fortuita con un hombre casado, con familia, y que no pensaba adoptar al hijo adulterino. Así se lo comunicó cara a cara, cuando el joven fue a interpelarlo.

Mi amigo estaba desesperado y la devolvió para no llegar a mayores, a la casa de los padres de la muchacha.

Pasados unos meses y nacida la nueva criatura, él con nobleza de corazón se decidió a perdonarla  y asumir al niño, a quien ha llegado a reconocer y a querer tanto como a su propio hijo, y me lo trae siempre para que lo bendiga.

En ese momento comprendí  el  texto de la carta de Santiago cuando dice: “LA MISERICORDIA SE RÍE DEL JUICIO” (St 2,13).


“De los Hermanos Karámazov”
Dostoviesky
“Amen al pueblo cristiano…”

Nosotros no somos más santos que los laicos por el mero hecho de haber venido a encerrarnos entre estos muros. Cuanto más viva el religioso en su retiro, más claramente habrá de ver esta ver­dad. De otro modo, no valdría la pena que hubiera venido aquí.

Sólo cuando tengan conciencia de ello, su corazón se sentirá penetrado de un amor infinito, universal, insaciable.

Entonces cada uno de ustedes será capaz de conquistar el mundo en­tero con su amor y de borrar los pecados con sus lágrimas.

No odien a los ateos, a los maestros del mal, a los materialistas; no odien ni a los peores de ellos.

Acuérdense de ellos en sus oraciones: Digan: «Salva, Señor, a esos por los que nadie ruega; salva a esos que no quieren rogar por Ti.» Y añadan: «No te dirijo este ruego por orgullo, Señor, pues yo soy tan vil como todos ellos…»

 

Nunca es tarde cuando la dicha es buena

Mi madre era una mujer encantadora pero muy distraída, que perdía las cosas con gran facilidad. Llaves, dinero, y objetos de todo tipo, se sucedían en una interminable galería de artículos extraviados. Cuando los recuperaba gracias a la intercesión de San Antonio, no se olvidaba de cumplir sus promesas y de saldar sus cuentas con el Santo. Luego acotaba con increíble candidez, que en realidad los objetos no se habían perdido, sino que sencillamente: ¡los había tardado en encontrar!

Recuerdo en especial dos ocasiones. En la primera, el tiempo que tardó en localizar en la biblioteca el libro en donde había guardado el dinero perdido. La segunda, cuando después de abrir la puerta de calle para recibir a un cobrador y pagar una cuenta, se pasó un largo rato buscando el monedero, para finalmente advertir que: ¡lo tenía en la mano entre las boletas!

Cada vez que comento estas anécdotas de mamá, me sonrío. Primero, porque me acuerdo de ella con alegría. Segundo, porque la asocio en cierta manera con la parábola evangélica de la dueña de casa que busca afanosamente la moneda perdida.

En esta parábola se nos habla de un Dios que no escatima medios ni tiempo para recuperar a una humanidad que viene a comportarse como: “la otra cara de la moneda”.

Muchas veces vivimos perdidos y alejados de Dios. Y frente a esta triste realidad nos sentimos excluidos y olvidados por él. Nos parece que ha dejado de buscarnos, y así hemos entrado a formar parte de alguna oscura y larga lista de desaparecidos…

Pero imprevistamente aparece el Señor en escena. De repente su presencia se torna cercana. No nos había abandonado. Siempre nos anduvo buscando. Su lejanía nos dolía, pero en realidad: ¡solo habíamos tardado en encontrarnos! Y Dios canturrea sonriente, como lo hacía mi madre, contenta de habernos recuperado.

La dueña de casa que encuentra la moneda perdida, comparte su alegría con amigas y vecinas. Y Dios con rostro de mujer, celebra como el padre del hijo pródigo la fiesta de la alegría; cumpliendo la promesa de saldar la deuda de nuestros pecados con la gratuidad de su amor misericordioso. ¡Porque nunca es tarde cuando la dicha es buena!

Sin embargo la alegría que Dios nos regala con su salvación, no comienza en nosotros, ni tampoco termina con nosotros. Proviene de Él y tiene que irradiarse por un mundo que ha perdido el sentido del humor, porque se ha tomado demasiado en serio, y absolutizando lo relativo, ha relativizado lo absoluto.

Nosotros los cristianos, que somos imagen y semejanza de Dios, también tenemos que salir al encuentro de la humanidad. Debemos transmitirle una buena noticia, dándole razones para esperar contra toda esperanza.

Si la buena nueva del evangelio cambió nuestra historia, de igual manera nosotros, con sonrisa evangélica, podremos festejar con nuestros hermanos la alegría de haber creído en Dios.

El biógrafo (Walter Daniel, Vita Aelred) de Elredo de Rieval, un santo monje de la edad media, define a su monasterio, llamándolo: “Rieval-Madre de Misericordia”. Y escribe en un párrafo: “Elredo logró que su comunidad fuera muy capaz de cargar con los débiles y de formar a los fuertes y perfectos. La convirtió en una casa de piedad y de paz, en una morada llena de amor de Dios y del prójimo.

¿Qué hombre, por muy desgraciado y rechazado que fuera, no encontraba en ella un lugar de descanso? ¿Qué ser débil llegó alguna vez a Rieval sin encontrar en Elredo un padre amoroso y el consuelo deseado junto a los hermanos? ¿Qué hombre, física o moralmente frágil, fue despedido de esta casa, excepto en el caso de que su depravación fuera motivo de escándalo para toda la comunidad y no hubiera ninguna esperanza de salvarlo?

No es, pues, extraño que, desde el extranjero y desde regiones lejanas, monjes necesitados de misericordia fraterna y de compasión vinieran a refugiarse a Rieval. Los vagabundos del mundo, a los que se le cerraban todas las casas, llegaban así a Rieval, madre de misericordia, donde encontraban las puertas abiertas y entraban libremente alabando al Señor”.

 

MORALEJA

Estas breves semblanzas solo pretenden hacernos recordar que sin el factor misericordia, el mensaje evangélico se derrumbaría estrepitosamente.

El perdón es la quinta esencia del amor y es multiforme en su expresión. Es la perfección del amor.

Podríamos decir que es el test del amor. ¡Dime cuánto perdonas y te diré cuanto amas!

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! ¡Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a lo que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!   (2 Co 1, 3-5)

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