SER CRISTIANO ES NO OMITIR AL OTRO

Por María Cristina Fernández de Parborell. Miembro de la Comunidad San Gabriel

¿Hay acaso una propuesta más contundente de práctica cristiana que la expresada en el Evangelio de Mateo (25, 31) a través de la parábola del juicio final?: “Vengan a mí, benditos del Padre… porque tuve hambre y me dieron de comer, estuve de paso y me alojaron…”

¿A qué otra cosa se refiere Jesús como condición necesaria para heredar el Reino?

Es el amor a tu prójimo que se concreta en mil maneras de expresarlo: servicio, tiempo, voluntad, paciencia, generosidad y perdón.

Es el amor al otro que cubrirá carencias y debilidades de cuerpo y de alma. No miremos en el espejo solamente nuestra repetida cara. Ampliemos la mirada. Mirando por derecha e izquierda siempre encontraremos  a alguien para registrarlo en nuestra agenda cotidiana. Hacerlo objeto de nuestro amor.

Los dones de la piedad y caridad los recibimos como virtudes infusas, pero no dejemos que ellos se anquilosen. Es el Espíritu Santo que nos ayudará a hacerlas explícitas en el obrar humano. Es un camino largo que cuesta, para el cual deberemos capacitarnos y moldear de a poco nuestro corazón y nuestros sentimientos. Aumentar nuestra capacidad de amar, que no siempre fluye espontáneamente, pero que la iremos adquiriendo con la ayuda del Espíritu Santo. Él seguramente hará crecer en nuestra alma el don de la piedad, permitiéndonos algo tan simple pero tan importante como ponernos en el lugar del otro.

Miremos y actuemos desterrando así la indiferencia, extendamos la mano, o mejor, démonos las manos, para caminar juntos y recordar que somos hijos del mismo Padre.

Amar a DIOS y a la vez esquivar al prójimo no sirve. Revertirlo es el gran desafío. DIOS se esconde en el pobre, salgamos a buscarlo y dejemos que Él se convierta en ladrón de nuestros corazones.

Pidámosle a María, Nuestra Señora de América, con las palabras del Cardenal Pironio: “Tú conoces la pobreza y la viviste. Danos alma de pobres para ser felices, alivia la miseria de los cuerpos y arranca el egoísmo del corazón de los hombres”.

 

 

“Cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo –su mandamiento- ya no habló de amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarlo como Él, Jesús, lo amó, y como lo amará hasta la consumación de los siglos… Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo no podré amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí.

Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un mandamiento nuevo…

¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad es amar tú en mí a todos los que me mandas amar…!”

Santa Teresita de Lisieux

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