misericordia

MISERICORDIA

Llegando a un nuevo fin de año, que este en particular coincide con el fin de un ciclo político y la asunción del nuevo presidente, la Iglesia nos sorprende con la celebración de la Encarnación del Hijo de Dios, la Navidad.

¡Dios se hace carne! ¡Dios se hace hombre!

Fácil decirlo, pero difícil pensarlo y razonarlo, si ese Hijo cuyo nombre es Jesús, no nos hubiese dado con su mensaje y con su vida, las necesarias coordenadas para que desde nuestra pequeñez humana, con el solo acto de fe, alcancemos a tocar con el propio corazón este misterio: Dios y el ser humano se han unido y nada ni nadie podrá romper esta Alianza eterna.

La Historia humana con la fuerza de cada pueblo y de todos los pueblos, que cada vez estamos más cercanos, el mundo es una aldea, las historias de cada persona, aún la de los sin nombre y sin rostro, la historia de la Humanidad en todas sus dimensiones y expresiones de fe, busca conciente o inconcientemente renovar esta Alianza. El ser humano y la Historia caminan a esa unión definitiva que ya ha comenzado en Cristo y se realizará en la consumación de los tiempos, en el advenimiento definitivo del Hijo del Hombre. Esta es nuestra fe y esperanza.

Pero la Historia del género humano es también historias de ruptura del Amor y de la Alianza, se trata de romper lazos con Dios y con los otros, ignorar al hermano y matarlo, violencia, indignidad, pobreza, guerras, París, ISIS, ignorancia, persecución, refugiados, sin techo, sin tierra, hambre, drogas… es parte del mismo misterio, no son dos, es uno solo, es el misterio del hombre y la mujer, que es capaz al mismo tiempo de amar y unir, y de odiar, matar y destruir.

El mismo individuo y la misma Humanidad toda, es capaz de amar y odiar intensamente.

Somos capaces de la maravilla de construir y del horror de destruir al mismo constructor y su obra: el hombre y la Humanidad.

 

Tal vez porque la historia nos está apremiando en tanta humanidad herida es que Francisco, Pastor Bueno, lanza un grito firme, cálido, humano y lleno de ternura: ¡MISERICORDIA!

 

Con el equipo de redacción, en este número en particular, nos hacemos eco de esta palabra y sin querer menoscabarla y/o moralizarla, muy por el contrario, redescubriéndola y admirándonos de su fuerza, deseamos invitar al lector a detenerse en una lectura pausada y en oración, si fuese posible con la imagen de la tapa, el abrazo en el que Rembrandt recrea el encuentro del Padre con su hijo pródigo. Detenerse decíamos, en las primeras hojas y rezar con la Bula de convocatoria del Jubileo, en el que el Papa Francisco convoca al Año Santo de la Misericordia, Misericordiae Vultus. Se nos hace una obligación leerla.

En ella, recorreremos las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales, que la Iglesia tomó de diversos textos de la Biblia y que reflejan las enseñanzas de Jesús. Así, en esta edición nos proponemos reflexionar sobre ellas, recordarlas y resignificarlas en nuestra vida cotidiana. Algunos artículos arrojan luz sobre las Obras Corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Otros, dan muestra de las Espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.

Todos estos artículos, cargados de contenidos pero fundamentalmente de experiencias personales e incluso el examen de conciencia que ofrecemos al final, intentan al modo en que lo hizo Francisco en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre, abrir la puerta no tanto de la cabeza, sino la del corazón y mejor aún, la puerta de las entrañas personales.

Deseamos colaborar en ese proceso personalísimo que es abrir la puerta a la Misericordia, con la esperanza de ser alcanzados y transformados por ella, porque la Misericordia es el Ser de Dios.

¿Puede la Misericordia sacarnos de la dinámica del mal, del odio, del desamor y del sin sentido?

¿Será la Misericordia la que nos lleve a la dignidad humana?

¿Podrá la Misericordia sanar el macro-mundo de todos y el micro-mundo de cada uno?

No se trata de preguntas retóricas que buscan moralizar la realidad, se trata de pensar hasta dónde seremos capaces de dejar que Dios nos toque con Su Amor y Ternura, con Su Misericordia. Y además, dejar que ese toque profundo y sanador, venga de la hermana y del hermano cotidiano o ajeno.

 

El Obispo ha encargado a nuestra Parroquia junto a otras de la Diócesis, ser lugar de peregrinación, para el encuentro con el Dios de la Misericordia. Estamos invitados a convertirnos en una puerta humana, para que toda humanidad, especialmente la herida, encuentre aquí el espacio para la contención y la sanación. ¡Que nadie se quede afuera!

Todos estamos invitados en el Año Santo, a pasar la puerta de la Misericordia y ser nosotros mismos en puerta para muchos, en la comunidad parroquial y escolar, en cada familia, en cada corazón y allí donde estemos, sin excusas.