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ESTUVE ENFERMO Y USTEDES ME VISITARON

Por Dra. Isabel Pincemín. Directora médica del Hospice San Camilo y Directora del Instituto de Formación Docente Pedro Poveda

Muchos han sido los cambios en el modo de transitar el final de la vida en estos últimos años desde la muerte que transcurría en la propia casa, en el entorno familiar, a la muerte hospitalizada y tecnológica; desde la “muerte domesticada” medieval y hoy más presente en las sociedades rurales, muerte que no sorprende cuando llega y a la que podemos prepararnos (recordemos aquella Letanía de los Santos que ruega “De la muerte súbita, líbranos Señor”), a la muerte aislada y sostenida por la técnica. Héctor Tizón, lo resume en pocas palabras: “En las familias, en la época en que yo era chico, a uno lo llamaban y le decían: se está muriendo la abuela, vayan a despedirse. Y uno iba a ver a la abuela y le daba la mano, y… se despedía uno del muerto”. En la actualidad, con mayor frecuencia, la muerte suele ser escondida, silenciada,  negada, prohibida o, en palabras de G. Gorer “una muerte pornográfica”, que no puede ser nombrada y que transcurre en un hospital, allí donde puede ocultársela. Y que, en palabras de Philippe Ariès, “…se ha vuelto innombrable. Todo sucede ahora como si ni yo ni tú ni los que me son caros fuéramos mortales”.[1] Es uno de los nuevos tabúes. Sólo tiene prensa la muerte violenta.

Por otro lado, el desarrollo de la medicina abrevando en la ciencia y la tecnología, ha conducido de la mano de sus grandes logros, a la medicalización de numerosos momentos de la vida, en particular su origen y su final, llegando en ocasiones a lo que actualmente se denomina “encarnizamiento terapéutico” cuando se utilizan tratamientos que ya no son útiles en esa etapa de la enfermedad. El comienzo de la terapia intensiva, a mediados del siglo XX, de la mano de la epidemia de polio, enfermedad con alto riesgo de paro respiratorio, y de las guerras, la cirugía cardiovascular y los transplantes permitió salvar muchas vidas. Dio nacimiento a una nueva clínica, la del enfermo crítico, en el que el enfermo ingresa a un nuevo espacio hospitalario especialmente preparado para él y donde abunda la tecnología para el soporte vital (respiradores artificiales y otros artefactos).  El nacimiento de la medicina intensiva ha supuesto un cambio conceptual de enormes consecuencias en medicina. El viejo concepto de “muerte natural” ha ido perdiendo poco a poco vigencia, sustituido por el de muerte intervenida tecnológicamente. Hay que estar muy atentos para no abusar de estos medios técnicos, y cuando la vida llega a su final, permitir al enfermo estar en un lugar en que pueda ser sostenido afectiva y espiritualmente y este lugar, muchas veces, no es la terapia intensiva.

En la actualidad, los Cuidados Paliativos y los Hospices modernos, surgieron pensando en esta descuidada realidad que son los enfermos incurables y, en ocasiones, murientes. Existe un abundante cuerpo conceptual elaborado a partir de la investigación científica y una práctica interdisciplinaria que se ocupa del enfermo y su entorno cercano en medio de la complejidad de las enfermedades en fase avanzada; esta fase implica numerosos síntomas físicos y psíquicos (dolor, ansiedad…), aspectos sociales que hay que atender (organización familiar para el cuidado, recursos económicos, abandono…), cuestiones existenciales y religiosas que surgen frente al misterio de la enfermedad y de la muerte y que suelen producir sufrimiento. El nuevo estilo de relación médico-paciente que ofrecen los cuidados paliativos permite al enfermo (niño, adolescente o adulto) decir su palabra e intervenir en las decisiones que lo afectan, cuidando la calidad de vida de los enfermos y sus familias. Sin embargo, todavía los Cuidados Paliativos y los Hospices distan mucho de estar lo suficientemente difundidos como para ser ofrecidos a todas las personas. En el mundo, se muere todavía muy mal e, incluso, sin los tratamientos analgésicos mínimos, a pesar de que la medicina cuenta hoy con una gran cantidad de medicamentos que pueden aliviar el dolor (por ejemplo, la morfina). Estos medicamentos permiten que las personas puedan tener una mejor calidad de vida y vivir más consciente y libremente el proceso de la enfermedad y, eventualmente, la muerte.

“Morir indignamente es morir solo, abandonado, en un espacio inhóspito y anónimo, en un no-lugar (siguiendo la expresión del antropólogo francés Marc Augé). Morir indignamente significa morir sufriendo innecesariamente o morir atado a un artefacto técnico que acaba convirtiéndose en el soberano de mis últimos días. Morir indignamente significa, igualmente, morir incomunicado, rodeado de personas insensibles, especialistas sin alma, de burócratas, que desarrollan mecánicamente su labor profesional.”[2] Frente a esta realidad, Cicely Saunders (1918-2005), enfermera inglesa, anglicana, visita llena de misericordia a su enfermo, David Tasma, un refugiado polaco enfermo de cáncer. Este encuentro transforma su vida haciéndole entender que lo que ese enfermo espera de ella no es sólo su tarea profesional sino su propio corazón puesto en esa visita. Ella le dice: “Tú importas porque eres tú e importarás para mí hasta el fin de tu vida”. Funda el Hospice St. Christopher’s, en Londres, para la atención de estos enfermos. En línea con este espíritu, el Movimiento Hospice Argentina, hace poco más de diez años, surge en nuestro país como respuesta a la necesidad concreta de los enfermos que se encuentran atravesando la etapa final de la vida. Los Hospices en la Argentina son una iniciativa de miembros de la Iglesia Católica abiertos a todas las personas que los necesiten sin discriminación alguna, con especial preocupación por aquellas que carecen de los recursos económicos necesarios o que no tienen entorno familiar que pueda sostenerlos. En nuestra diócesis, el Hospice San Camilo fundado por el P. Juan Pablo Contepomi, realiza esta tarea a partir del amor y el esfuerzo de muchos voluntarios[3].

La visita a los enfermos y el vocabulario de la misericordia

En diversos contextos, el domicilio, el hospital, la clínica, el hogar de personas mayores, Jesús nos pide que lo visitemos. Ante la sorpresa de los que le preguntan, en el Evangelio de Mateo, Jesús nos dice que visitando a los enfermos lo visitamos a Él. Pero ¿qué hacer en esa visita? Muchas veces nos sentimos perplejos frente a un familiar o amigo que enferma y no sabemos cómo reaccionar ni qué decir y el enfermo se va quedando aislado y solo. El contacto con el enfermo requiere capacidad de escucha y respuestas apropiadas a sus necesidades. A. Pangrazzi[4] nos aconseja utilizar en nuestras visitas el vocabulario de la misericordia sintetizado en la integración de cuatro verbos:

  • ¿Qué puedo hacer por el enfermo?

Visitarlo, ofrecerle mi presencia (estar), hacerle compañía, ayudarlo a reflexionar, ofrecerle pequeños servicios (ayudarle a comer, beber, llamar por teléfono, leer…), dar un paseo con él o ella, orar, prepararlo para recibir los sacramentos, presentarle a otros enfermos, mantener contactos con su familia, acompañarlo en diversas actividades, promover encuentros formativos o recreativos.

  • ¿Qué puedo dar al enfermo?

Comunicarle mi interés y mi disponibilidad, asumir sus estados de ánimo, sintonizar con sus pensamientos y preocupaciones, recibir y ofrecerle información, comunicarle esperanza de que va a ser acompañado (no esperanzas irreales), reafirmar sus valores y experiencias, explorar sus miedos, responder con sinceridad a sus preguntas, ofrecer palabras de consuelo, transmitirle comprensión y proximidad, ayudarlo en la búsqueda de sentido, apoyarlo en las decisiones que deba tomar.

  • ¿Qué puedo ser para el enfermo?

Alguien presente y cercano, respetuoso y paciente, un amigo, un confidente, un buen observador, una persona imparcial y fiable, un compañero/a de camino, yo mismo, un ser accesible y discreto, un consuelo, competente en el servicio, coherente y auténtico, un buen intermediario, un guía espiritual, un símbolo de Dios y de la Iglesia, un signo de esperanza, un regalo, un espejo en el que mirarse, un intérprete de sus necesidades.

  • ¿Qué puedo aprender del enfermo?

A conocer su historia, sus recursos y sus intereses, a relativizar los problemas, a saber estimar la salud y la vida, a comprenderme mejor a mí mismo, a valorar las pequeñas cosas, a ser más humano, a ser consciente de mis limitaciones, a prepararme para la enfermedad y la vejez, a afrontar la muerte, a reconocer diversos modos de vivir el sufrimiento, a ser humilde y dependiente, a crecer en sabiduría, a dejarme evangelizar, a tener paciencia y coraje, a ser tolerante.

La atención pastoral en el final de la vida reviste gran importancia para el enfermo y su entorno tanto como acompañamiento espiritual, sea la persona creyente o no, como en el apoyo de su comunidad religiosa  y, en el caso de los fieles católicos, la participación en los sacramentos que confortan en la fe, la esperanza y el amor. Pero, en nuestro contexto secularizado y plural, el final de la vida es, quizá, para muchos allegados de la persona que muere, una de las pocas maneras de encontrar un momento de calma para reflexionar sobre aspectos más trascendentes de la vida. De allí la importancia de cuidar que nuestros ritos en torno a la muerte sean una expresión auténtica y significativa de que la Vida puede más que la muerte y de que es bueno optar por “lo único necesario”.

[1] Ariès, Ph. (2000), Morir en Occidente, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires.

[2] Torralba Roselló, F. (2007) Calidad de vida. In 10 palabras clave ante el final de la vida, Ed. Verbo Divino, Estella.

[3] Hospice San Camilo. Hilarión de la Quintana 2125. Olivos. www.hospicesancamilo.org.ar

[4] Pangrazzi, Arnaldo. (2000) Girasoles junto a sauces. En diálogo con los enfermos. Sal Terrae.