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ENSEÑAR AL QUE NO SABE

Por Padre Oscar Paladini. Vicario Parroquial de San Gabriel

Con motivo de celebrarse este año, el Año de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco, es una buena ocasión para recordar aquello que aprendimos en la catequesis y poner en práctica estas obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales.

El mismo Papa recomienda tener en cuenta estas obras en el momento de la reconciliación como enmienda a los pecados cometidos y nuestro Obispo Oscar dice que sea tomada alguna de las acciones de misericordia corporales y/o espirituales como parte del proceso para aquellos que peregrinan a los lugares donde se concede la indulgencia.

 Enseñar al que no sabe: Es la primera de las obras de misericordia  espirituales que la Iglesia nos propone realizar, y solo en ella me voy a detener.

“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (Ls 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia…” (CEC 2447).

 

El enseñar es un arte y una de las tareas más lindas, desafiante, apasionante de llevar a cabo en la vida personal, en el trabajo, en la comunidad; aunque a veces también se torna difícil.

Es tratar de transmitir lo aprehendido, lo adquirido, de la mejor manera posible a alguien, a un otro, que como yo, tiene búsquedas, inquietudes.

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Como comunidad parroquial, tenemos el desafío diario de hacer presente el Reino de los Cielos en medio nuestro, en el barrio, en la sociedad; en lo que hacemos y cómo lo hacemos estaremos dando testimonio del gran amor que Dios tiene. En cómo recibimos y atendemos a las personas que se acercan a Cáritas,  los que vienen a pedir un sacramento, una bendición o simplemente a charlar, o los que están de paso. Ahí en cada acción, en cada palabra que decimos o no decimos, mostramos si hemos aprendido a tratarnos como hermanos a reconocernos como hijos del mismo Padre.

Su mandamiento, es el mandamiento del amor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12b). Podríamos decir que una gran enseñanza es la del amor. Nos invita a dejarnos amar, a experimentar su amor para poder después nosotros comunicarlo a nuestros hermanos.

La mejor forma de transmitir el amor, de comunicar la fe, de enseñar lo que Jesús nos mostró de muchas maneras, es hacerlo carne. Encarnar el Evangelio implica ser testigo del gran amor que Dios nos tiene, que actúa en nuestra vida y en la de nuestros hermanos, es empaparnos del mensaje y los valores que nos dio, que nos dejó y no cansarnos de explicitarlo.

Jesús  a través de distintas parábolas, de distintas acciones y actitudes nos mostró y nos muestra el rostro misericordioso de Dios Padre, que una y otra vez sale al encuentro del hombre. No se cansa de decirnos “Ánimo… vamos de nuevo”. Siempre nos regala una nueva oportunidad para comenzar de nuevo, para aprender de Él que en “manso y humilde de corazón”.

San Pablo en la carta a los Colosenses dirá:

“Ustedes mismos se comportaban así en otro tiempo, viviendo desordenadamente.

Pero ahora es necesario que acaben con la ira, el rencor, la maldad, las injurias y las conversaciones groseras.

Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.

Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino solo Cristo, que es todo y está en todos.

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia.

 Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.

 Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.

Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.

Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por Él a Dios Padre.” (3, 7- 17)

 

San Pablo, junto a los demás apóstoles, nos ha enseñado con su predicación y fidelidad a ser seguidores de Jesús, a ser discípulos y misioneros.

Como Institución Educativa, el Colegio Parroquial hace mucho tiempo tiene la tarea de enseñar y evangelizar (en la Revista N°1 hemos hecho memoria de la importancia que ha tenido y tiene en el barrio, y cómo se ha ido construyendo).

En el Colegio venimos caminando y haciendo un lindo proceso de transformación con respecto a la mirada del que aprehende, o mejor dicho poniendo mayor atención a la manera, a la forma de aprehender que nuestros niños y jóvenes poseen actualmente. No es algo que hagamos o que se nos haya ocurrido solo a nosotros. La realidad nos plantea un cambio de paradigma en cuanto a todo lo referido a la educación y la incorporación de las nuevas tecnologías.

Antes, en la forma tradicional de enseñar tenía primacía el contenido que debía transmitirse y se hacía de forma homogénea para todos y todos debían aprender lo mismo, de la misma forma.

El Colegio hoy plantea un nuevo desafío, no sólo en el diseño y en los contenidos curriculares, sino también en las formas y maneras de enseñar. La educación integral de los alumnos, a través de todo lo que viven como comunidad educativa en las aulas en distintas disciplinas, en Educación Física, en los campamentos, salidas, talleres, como así también que tengan una linda experiencia de Dios, a través de la catequesis y las celebraciones que realizamos en el aula, el oratorio o en el templo, o en el contacto y la ayuda brindada a los más necesitados.

La Iglesia como Madre y Maestra nos acoge, nos cuida, nos enseña justamente para poder ser instrumentos de Dios, como lo fue María, la Virgen, que poniendo su vida en las manos de Dios, aprendió a encontrar su  voluntad, a llevarla a cabo; aprendió a ser la Madre de Jesús, aprendió a acompañarlo en la tarea evangelizadora, aprendió a acompañarlo en el dolor, aprendió a esperar la llegada del Espíritu en Oración, aprendió a ser Madre de toda la Humanidad.

Poniendo la mirada en María, podemos aprender cómo se es discípulo, alguien que busca la voluntad del Padre, la realiza, reza y da gracias.

Estamos invitados a enseñar al que no sabe, para eso tenemos que ponernos en el lugar de alumno que escucha al maestro, aprender de él, contagiarnos de su amor, de sus formas, de su mirada; para luego poder nosotros tener las mismas actitudes que él tiene frente a las personas que nos crucemos en el camino de la vida y a las cuales el Señor nos pide que enseñemos.

Se percibe un lindo clima, tanto en el Colegio como en el ámbito parroquial, que acompaña esta transformación a la que el Papa Francisco nos dice: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación…” (EG 27).

Que el Espíritu Santo que guía los corazones, nos aliente en este don y esta tarea a la que estamos llamados, para poder hacerlo siempre con Caridad.