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EL SACRAMENTO DE LA MISERICORDIA

Por Jorge Eduardo Scheinig. Párroco de San Gabriel

Hasta no hace mucho, la práctica de la confesión estaba como dominada por un sentimiento de obligación, que le exigía a las personas en conciencia, recibir el perdón sacramental antes de comulgar.

El tiempo fue pasando y las prácticas derivaron en otro modo de confesión, ya no tan ligada a los pecados, sino mucho más a la vida misma. Las personas confiesan la vida, especialmente el drama y el dolor de lo vivido, aquello que les llena de perplejidad y de angustia. El pecado está presente, pero queda como velado en medio del dolor de la vida. Es por este motivo que en el confesionario necesitamos más tiempo para escuchar, porque no son solo actos aislados los que “el penitente” desea compartir, sino la vida y sus circunstancias.

Si las personas que hoy son mayores, al confesarse en otros tiempos sintieron el alivio del pecado y la liberación de la culpa, los que lo hacen en la actualidad, sienten como un descanso frente a las exigencias de la vida, la alegría de la presencia de Dios, su compañía y su fuerza para seguir adelante.

En mis 32 años de sacerdote he vivido en la práctica de este sacramento, el cambio de la confesión del pecado y de la culpa, a la confesión de la vida y del dolor, y lo he experimentado tanto en el servicio de confesor del Pueblo de Dios, como de penitente, es decir, como un hijo más de este Pueblo, que necesita del perdón y también confesar la vida.

Soy testigo que en ambas situaciones existenciales y de consciencia profunda, allí donde las personas nos desnudamos frente a Dios en la máxima y posible transparencia, siempre y lo que más prevalece, es la necesidad de que la Misericordia de Dios nos toque.

El Pueblo de Dios intuye y sabe que en ese lugar reservado a la intimidad humana, como en un círculo amoroso, sacerdote y penitente en ese mismo acto sacramental y sobrenatural, están como envueltos por un Dios que como una Madre, abre sus entrañas para tocar con ternura y así, sanar lo que más nos duele en lo profundo de la vida y de la conciencia.

Dios siempre es Misericordioso y no puede ser de otra manera y es el primero en perdonar hasta setenta veces siete, es decir, siempre, siempre, siempre.

Es una pena que haya disminuido la práctica de este sacramento. Seguramente, los sacerdotes debemos tener mucha responsabilidad, por no haber sabido transmitir al Pueblo de Dios semejante riqueza. Tal vez, los alejaron la dureza de nuestras palabras, la incomprensión al dolor y a las situaciones difíciles y particulares, o ciertos modos duros, enjuiciadores, que los distanciaron dolorosamente, e indudablemente, el hecho de no estar presentes para confesar cuando la persona lo necesita.

Es posible que el desuso de la confesión tenga también que ver con la apertura de otros espacios de contención existencial y humano, muy valiosos y necesarios, como las diversas terapias, que van de las más profundas a las más ocasionales, de las que tratan la psiquis a las que tratan el cuerpo, terapias más holísticas, centros de escucha y grupos de autoayuda, en donde muchas veces se encuentra con mayor naturalidad la ternura y la misericordia deseada.

En todo caso, este Año Santo puede ayudarnos a volver a poner en el centro, el Sacramento de la Reconciliación, que es el Sacramento de la Misericordia.[1]

Las personas de fe precisamos que lo invisible de la Gracia de Dios, en este caso Su Misericordia, se haga visible y palpable. Y justamente, esa es la propiedad de un sacramento: hacer visible, cercana y concreta la acción invisible de Dios al hombre. El sacramento nos ayuda a tener una experiencia real de la Gracia Divina.

Porque no cabe la menor duda que la intensidad de un momento a solas con Dios, en el que le abrimos nuestra humanidad y le confesamos la vida y el pecado, es de un valor incalculable y es muy cierto que la propia conciencia queda renovada. Pero esa misma experiencia frente a un confesor de la Iglesia, de  enorme apertura y transparencia, en el que llegado el caso con su mano en la cabeza, me dice, no en su nombre, sino en el de Dios y por medio de la Iglesia: “Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”,  produce algo extraordinariamente distinto a lo experimentado en la soledad con Dios.

El pecado, el mal, siempre hacen referencia a un otro individual, o a otros como grupo, sea familia, amigos, comunidad, sociedad. No vivimos solos ni en soledad.  Los seres humanos quedamos como atados por una especie de hilo invisible y hay formas de ataduras a los otros y a la misma realidad, que nos anudan en el mal y para el mal. Ese es el pecado.

Misteriosamente, siempre necesitamos de otro para desatar lo que hemos atado y tanto daño nos hace, no podemos desanudar solos semejante fuerza, la fuerza del mal. Y Dios, entre otros muchos modos que tiene de tocar a Su Pueblo y a cada ser humano con Su Amor, Misericordia y Perdón, ha querido que cada persona y cada comunidad, sea tocada por medio de los sacerdotes que servimos con este don sacramental del perdón.

Dios, que sabe de nuestras debilidades y miserias, no desea desentenderse de la vida y desea que la liberación personal del mal, no la experimentemos sólo en la intimidad de la conciencia, sino también y fundamentalmente, por medio de la Iglesia y lo hagamos en el encuentro fraterno con el sacerdote.

Por supuesto que esa reconciliación es también con uno mismo. Esto implica darnos cuenta que en realidad estábamos sufriendo y cuando el corazón responde ante ese dolor,  podemos comprendernos bondadosamente, sin juzgarnos con dureza por haber fallado y haber cometido errores, sino aceptando con calidez nuestra propia imperfección, y esta es una puerta fundamental para ir hacia el encuentro con los otros.

Si la vida y el pecado siempre están emparentados con otras personas, es con otras personas que también debemos encontrar la salida, no en la soledad de la introspección, sino en la entrega confiada y humilde a otros. Esto es parte del misterio y como todo sacramento, aún el de la reconciliación en el que nos confesamos delante de un solo hombre, detrás del sacerdote está la Iglesia, es decir, la comunidad de hermanos.

Es algo estupendo y liberador tanto en lo espiritual, como en lo psicológico, saber que habiéndonos peleado, ofendido y enojado con otros, actuando mal ya sea de palabra o de obra, u omitiendo actuar y quedando así, de espalda a los otros, contamos con la reconciliación sacramental. En ella, aunque estemos frente a un otro individual, detrás se encuentra la comunidad, mi familia, mis amigos, conocidos, el mundo, Dios.

Me perdona Dios, pero ese perdón es reconciliación con todos.

Dios no obra sólo en los misteriosos vericuetos de nuestra psiquis humana y de nuestra conciencia individual, Dios obra con su Misericordia en el mal que siempre daña a otros. En ese acto sacramental, Dios me perdona a mí que he confesado mis pecados, pero obra en los hilos invisibles que nos atan a todos en el mal. Por eso, el perdón es paz para mí y para el grupo en el que mi mal influenció y también es paz para el mundo, porque es una acción directa hacia el mal.

Cuando me reconcilio con Dios sacramentalmente, Dios ejerce una Misericordia tan infinita y tan potente, que quedo reconciliado con Él y con todos los otros, incluso aquellos en que jamás me hubiese dado cuenta que mi pecado los había tocado secretamente.

La Misericordia de Dios cuando nos toca, pacifica todo, es decir, nos vuelve a la inocencia primera, en la que nos sentimos dignamente humanos, hijos suyos amados y hermanos de toda la Humanidad.

Dicho así, parece como demasiado fácil, y en algún sentido lo es, porque como una Madre y un Padre, Dios quiere facilitarnos el camino de humanización, que es camino de lucha y de esfuerzo cotidiano por vivir, y por eso, Su Misericordia nunca pude ser difícil de alcanzar. Dios siempre deseará arriesgar su cercanía y su ternura con nosotros, más que hacérnosla difícil. La Misericordia del Señor está siempre al alcance de la mano.

San Pablo le decía a su comunidad de Corintio: “Les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor 5,20).

A mi modo les digo: “Dejémonos tocar por la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Reconciliación”. Porque todos somos sus hijos pródigos, que cuando regresamos dolidos y heridos por el mundo, Él siempre nos recompensa dándonos cobijo y condonándonos toda deuda, haciendo un “borrón y cuenta nueva” en nuestras vidas, para que podamos empezar de vuelta, más ligeros, con mayor conciencia y honrando nuestra propia humanidad.

[1] Misericordiae Vultus 17: De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.

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