EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO

Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt

“El joven sostenido y bendecido por el padre es un pobre hombre. Dejó su casa lleno de orgullo y dinero, determinado a  vivir su propia vida lejos de su padre y de su comunidad. Ahora vuelve sin nada: dinero, salud, honor, dignidad, reputación. El hijo arrodillado no lleva túnica alguna. Su ropa amarilla con tonalidades marrones sólo le cubre el cuerpo cansado y sin fuerza. Las plantas de los pies muestran la historia de un viaje humillante. Tiene una cicatriz en el pie izquierdo, que está fuera de la sandalia. El pie derecho, cubierto en parte por una sandalia rota, habla también de miseria y sufrimiento.

Al ver la forma como Rembrandt retrata al padre, surge en mi interior un sentimiento nuevo de ternura, misericordia y perdón. Pocas veces el amor compasivo de Dios ha sido expresado de forma tan conmovedora. Cada detalle de la figura del padre —la expresión de su cara, su postura, los colores de su ropa y sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos— habla del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre.

Veo también compasión infinita, amor incondicional, perdón eterno —realidades divinas— emanando de un Padre que es creador del Universo. Aquí, lo humano y lo divino, lo frágil y lo poderoso, lo viejo y lo eternamente joven están plenamente expresados.

Dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de la realidad espiritual de que pertenezco a Dios con todo mi ser, de que Dios me tiene a salvo en un abrazo eterno, de que estoy grabado en las palmas de las manos de Dios y de que estoy escondido en sus sombras.

El núcleo del cuadro de Rembrandt son las manos del padre. En ellas se concentra toda la luz; en ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y cura y a través de ellas, encuentran descanso no sólo el hijo cansado sino también el anciano padre.

Estas manos, son las manos de Dios.

Rembrandt quiso hacer algo diferente al pintar a Dios como un sabio y anciano padre de familia. Las manos son algo diferentes la una de la otra. La izquierda, sobre el hombro del hijo, es fuerte y musculosa. Los dedos están separados y cubren gran parte del hombro y de la espalda del hijo. Veo cierta presión, sobre todo en el pulgar. Esta mano no sólo toca sino que también sostiene con su fuerza. Aunque la mano izquierda toca al hijo con gran ternura, no deja de tener firmeza.

¡Qué diferente es la mano derecha! Esta mano no sujeta ni sostiene. Es fina, suave y muy tierna. Los dedos están cerrados y son muy elegantes. Se apoyan tiernamente sobre el hombro del hijo menor. Quiere acariciar, mimar, consolar y confortar. Es la mano de una madre.

El Padre no es sólo el gran patriarca. Es madre y padre. Toca a su hijo con una mano masculina y otra femenina. Él sostiene y ella acaricia. Él asegura y ella consuela. Es, sin lugar a duda, Dios, en quien femineidad y masculinidad, maternidad y paternidad, están plenamente presentes”.