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¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MISERICORDIA?

Por Javier Goliszewski. Miembro del Equipo Responsable de la Revista.

Sed misericordiosos como vuestro padre eterno es misericordioso. (Lc.6, 35-36)

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿Cómo configurarnos en la atmósfera de la misericordia? ¿Es, por ejemplo,  posible vivirla en permanencia?

Para cada persona, la palabra misericordia resuena dando vida a diferentes raíces, hechas de experiencia, aspiraciones y Gracia. Misericordia es una palabra que nombra este misterio presente en la creación, que se puede hacer cada vez más presente en nosotros por la Gracia de la oración y puede ser asistido por las raíces que hayamos sabido nutrir en nosotros, masticando la palabra, viviendo la palabra, actuando la palabra.

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿De algo episódico o más bien algo continuo? ¿De un estado de conciencia permanente o de la connotación de un hecho aislado misericordioso? ¿De algo que nos llega como una inspiración o de una condición más interior, que emerge y da tono a nuestra conciencia?

Cuestionarnos en nuestra comprensión misericordiosa de la realidad, puede ayudarnos a enraizar en nuestra conciencia un marco de referencia creativo y coherente, convincente, movilizador.

El sentido de estas líneas es darnos alguna guía  acerca de cuál es la ecología de la manifestación misericordiosa, ecología que necesita ser nutrida con acción y oración, cuando no decantada, considerada, en sus condiciones más propicias para así poder meditarla y que tomando todo nuestro ser, nuestra respiración, nuestro corazón, surja natural en nosotros.

El planteo individualista de la búsqueda de progreso y provecho, del triunfo, de la ventaja y la superioridad por encima de los competidores, puede haber contribuido a generar una niebla que si no nos alejó totalmente del sentimiento y la vivencia misericordiosa, puede haber modificado nuestra capacidad, nuestra espontaneidad de reconocerla, actuarla, celebrarla.

En esta atmósfera, en el año del jubileo y coincidente con la publicación de la Bula Misericordiae Vultus, puede ser bueno prepararnos mirándonos en nuestro interior y desde allí, familiarizarnos con ayuda de la memoria, reflexionando acerca del trayecto que hemos cumplido desde nuestra niñez, al atravesar el “planeta misericordia” en nuestro corazón.

Si no hemos sido permanentemente concientes de la actitud de misericordia de nuestros pensamientos y actos, al menos reconoceremos vivencias en que nos hemos sentido involucrados en primera persona, ya sea como receptores o dadores y a veces en que percibiendo esa atmósfera entre terceras personas, algo en nosotros fue tocado por una experiencia que no era posible reducir a términos explicativos, racionales o morales, que era más bien, “una celebración de un encuentro”.

Luego, una alternativa parecida a veces puede ser el ejercicio de respirar en meditación, luego de un breve examen de conciencia,  focalizándonos en meditar acerca de alguna breve frase que nos persuade en la  actitud de misericordia, para incorporarla en nuestra manera de vivir el día a día, o para acercarnos y acoger momentos, situaciones de misericordia, con creciente espontaneidad, creatividad, profundidad.

La oración y la contemplación del Corazón de Jesús, como centro del Universo, y la práctica de la respiración con meditación, son un umbral muy fértil para vivir en el mundo en presencia de la misericordia.

Los factores del mundo que nos rodea pueden también ser un posible y fértil condicionamiento para asimilar la atmósfera de la misericordia. No siempre estamos rodeados de circunstancias ideales. En principio haber crecido en medio de una familia funcional, con relaciones vivas de ternura y delicadeza, es un privilegio y una Gracia que despliega en nuestras raíces del pensamiento la comprensión y la invocación, el entendimiento y acogida de la Gracia de la misericordia. Sin embargo la realidad urbana contemporánea, introduce una enorme cantidad de estímulos compulsivos, reactivos, que a veces embargan nuestra conciencia con singular extensión en tiempo e intensidad y que alteran la escucha de la inspiración misericordiosa en nuestro interior, con innumerables pulsiones disonantes y no exactamente acogedoras.

Las comunidades en que trabajamos, empresas, oficinas, también pueden ser si son positivas, un agente que nos confirma  para ayudarnos a permanecer en la misericordia, en mayor o menor medida.

Visitar por unos días monasterios contemplativos, por ejemplo los trapenses como los de Azul e Hinojo o, benedictinos como los de Jáuregui, Los Toldos, Victoria en Buenos Aires o Victoria de Entre Ríos, puede ser una forma de conectarse con la actitud de misericordia al interior de una comunidad. Esta es una forma de conectarse con una experiencia de comunidad que vive profundamente la actitud de misericordia. En ellas, el trato con el monje hospedero u otros monjes, la frecuentación de los salmos en el oficio divino y la cadencia de diálogo del canto gregoriano, suplen con suave y resistente fibra el entramado de nuestra conciencia misericordiosa.

Cuando la fragmentación de nuestra vida supera un cierto límite, la contemplación de la naturaleza, de la música, la frecuentación de ciertas manifestaciones artísticas, el cine, la pintura, pueden adecuarnos por analogía en su estructura sinfónica, articulando diversas partes en una armonía en las que estas interactúan dentro de un todo que supera las partes, resuena mas allá de las partes. Esas experiencias dejan el espíritu proclive a considerar la realidad con amplitud e inteligencia, llevándolo a un deseo de extender  ese ánimo suavemente al corazón de nuestros semejantes.

A la raíz de esta pregunta acerca de qué significa para nosotros la misericordia, debemos considerar como fundamento y guía, que la voluntad de ser amados que anida en todo ser humano, es la que nos hace ser misericordiosos.

Y en el misterio de la voluntad divina de encarnarse para hacerse cercano, en un Dios que no se rinde, que misericordioso, se nos ofrece accesible a través de Cristo, se nos ofrece ser amados para nuestra salvación como personas.

Nos queda buscar corresponder, comprender, querer y hacer (interesante leer Ez. Caps. 16, y 47) lo que la inspiración de la Gracia y el tesoro de nuestra naturaleza nutrida de la experiencia, nuestras raíces semánticas de la palabra misericordia,  nos sugieran a cada uno, acerca de esta fidelidad con que somos amados.

Nacemos misericordiosos, inocentes y sujetos a buscar el todo, el absoluto de la misericordia y el amparo, primero en nuestra familia, en nuestra madre, y luego en un viaje que puede ser más o menos accidentado, en Dios.

El resultado de este viaje accidentado en busca de esa misericordia y amparo absolutos, que ya es misericordia cuando es búsqueda, puede volver necesario hacer memoria como escribiendo un diario, una historia, en la que las escenas de atravesar la nebulosa de nuestras desorientaciones y búsquedas haya dejado tal vez períodos de confusión, frialdad, rigidez, indisponibilidad para con los demás, si no con nosotros mismos. Un balance que nos estimule a perseverar.

Tal vez tengamos que aceptar que nuestra relación con la misericordia pareciera haberse hecho más relativa aún en el tiempo actual.

Desde la diáfana empatía de nuestra niñez, el aislamiento, la inseguridad psicológica, el racionalismo y su reverso, el descreimiento,  la competitividad en general, la inseguridad y desconfianza urbanas, la baja autoestima y tantos otros fenómenos del relacionamiento, han actuado a veces como disuasores de aquella fe en la misericordia.

Cuando desorientados podemos haber perdido de vista nuestra cualidad misericordiosa esencial y nuestra virtud constante del encuentro celebrado, dejamos de nutrirlo. Enseguida otras cosas comienzan a influir en las prioridades de nuestro existir.

Sigue en nosotros la misericordia, pero la cubre una niebla.

Atravesar la niebla de nuestra desorientación, revisitar nuestra memoria y zambullirnos para recordarnos y reposicionarnos en misericordia, puede incluso al comienzo  descolocarnos, puede significar la experiencia de salir de la niebla con algo parecido a “invocar intelectualmente la misericordia”, en una especie de balance  aún sin  fuerza, sin las características que residen potenciales, en nuestro corazón, en nuestro relacionamiento con este don de Dios, este don de aquella esencia misericordiosa que paladeáramos en nuestra infancia.

Con la conciencia de lo que nos hace  falta, es muy necesaria y oportuna la oración y el pedido de la Gracia para encarar ese examen, para preparar el corazón.

Luego, podemos continuar con actos de observación particular de nuestros recuerdos relacionados con la misericordia.

Por ejemplo, a veces puede ser más simple identificar en la memoria nuestra actitud de misericordia en un acto aislado, atento, de generosidad hacia alguien dramáticamente necesitado, para recordar luego el sabor de volver a nuestro legítimo desempeño social, laboral, familiar o económico, necesario, e inadvertidamente más seco, racional y material. Saborear el contraste de estas actitudes.

Otras, podemos recordar como ejercicio, como se gustaba absolver una secuela de actos misericordiosos solo materialmente, como cuando se contribuye ya sea en dinero o especie con una causa, concreta, pero abstrayéndonos del encuentro con la presencia del otro. Meditar en la diferencia entre situaciones con contacto personal, con involucramiento subjetivo en contrapunto con otras en que actuamos sí, con generosidad, pero sin conocer a los destinatarios concretos de nuestro gesto.

Es más intenso y claro encontrar el significado personal de la misericordia en situaciones concretas que nos han colmado de satisfacción por el bien hecho, o bien, predicados que sean más bien ausencia de ella (el insulto, el bullying, el chisme y la difamación) pero que hablan aún negativamente a nuestro corazón, a nuestra emocionalidad, dejando un mensaje de contrapunto, de cómo es detestable, desagradable el recuerdo de la actitud carente de misericordia.

No solo racionalizar, sino recordar y orar.

Me animaría a decir, que somos misericordia. Búsqueda y encuentro de misericordia. Y que lo olvidamos.

Misericordia es como una gracia de buscar con el corazón, ser, viendo y viviendo el momento del corazón del otro como un momento nuevo. Como teniendo su destello en un momento central, un centro del momento, en el que se reproduce el contacto de celebración de las creaturas, en torno a la fuente del amor, que es Dios.

Esta misericordia que somos, este don de Dios que se desarrolla en nutrimiento, calor y dulzura en nuestros pensamientos y en nuestros actos, que admiramos o anhelamos, pareciera que se ceba y cultiva en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, en tres fuentes o puertas de manifestación: la presencia, el encuentro y la celebración.

Presencia en la misericordia significa estar ahí. Estar con el corazón y la intención puesta en acoger integralmente al otro, con su necesidad pero también con su dignidad, su resplandor, su corazón.

El encuentro en la misericordia significa la búsqueda de manifestarme al otro en la escucha de su presencia. Presencia del otro que no solo es Epifanía, erlebnis –vivencia –, sino también huellas, heridas y alegrías de su camino, su épica y sus derrotas, erfahrung –experiencia de vida –, consideración desde el corazón de lo visible en él y de lo que solo se acoge a través de la búsqueda de la escucha empática, alerta.

La celebración en la misericordia es un hacer y un reconocer –aceptar- en el encuentro. Mucho de la celebración acontece sin nuestra intervención voluntaria, en mi acoger con humildad la inmensidad que ocurre en este momento presente en que estoy con el otro. Mas allá de mis prevenciones o estrategias, mas allá de mis expectativas o contribuciones. Es un hacerme humilde frente a la cualidad numinosa  del encuentro con el otro.

Creo que esto es así porque antes que nada la misericordia es un centro en el cual vivimos aunque no nos demos cuenta, en el cual somos amados tácita e intensamente por Dios y desde el cual podemos abrirnos en el desbordar de la Gracia, hacia nuestros semejantes y a través de nuestros sentidos. Nuestros sentidos, humanos, falibles, obnubilados a veces o muy ocupados otras, frustrados, detallistas, impacientes, apáticos, distraídos y dispersos, o concentrados e inalcanzables. Toda una niebla de los sentidos. Revelar la esencia detrás de la niebla a través de la oración, el ruego por la transparencia del amor, en lo que dar la capa, caminar otra milla, significan no solo superarnos en la ofrenda, sino celebrar el infinito del amor de Dios en el que la criatura se sintoniza con la actitud de misericordia.

De las tres fuentes juntas, presencia, encuentro y celebración, en Dios que está en nosotros y por su Gracia, nace el don.

Cuenta una leyenda que Kwiakiutl es el nombre que George Vancouver, el explorador naval, dio a una tribu de la costa del Pacifico canadiense. Extraviado en medio de muy densa niebla con sus naves en el corredor interior de las islas de la costa de América del Norte, buscando el mítico pasaje hacia el este, anclo y durante la espera vinieron a su encuentro en medio de la niebla decenas de indios en canoas. Atemorizado y un poco resignado en su suerte ante la impracticable opción de levar anclas y alejarse, les acogió en la cubierta de su navío y en medio del parlamento ininteligible y confuso, intentó preguntarles cuál era el nombre de su tribu,  para poder así ilustrarlo en el cuaderno de bitácora, como parte del reporte.

–Kwiakiutl!! Kwiakiutl! le respondieron, a lo que el procedió, registrándolo.

Años después se reveló, continúa la leyenda, que Kwiakiutl en el idioma de ese pueblo, quería decir –“Perdidos en la niebla”. Aparentemente, aquellos habitantes originarios estaban movidos de una simple y humana empatía por estos visitantes extranjeros, no les temían y querían suavizar su experiencia, indicándoles con calma, que aquello era solo una niebla y entendían y podían guiar a las naves europeas hacia la claridad. El temor y la fijación racional de los europeos limitaba la posibilidad de comprender la asistencia, que era una gran Gracia,  limitada en su comunicación por la “niebla” del cometido profesional, racional del explorador, quien estaba legítimamente más preocupado por registrar datos, que por celebrar encuentros misericordiosos o por celebrar el encuentro de dos culturas, de dos realidades.

Kwiakiutl venía a significar: están perdidos en la niebla, conocemos qué hacer, venimos a guiarles en el pasaje, a abrirles la puerta, venimos a traerles una novedad…

Es así también, que el bonus de la actitud de misericordia, es que sea creadora de un tiempo nuevo, de una apertura. La generosidad no se queda en el don material o de trabajo, sino en la persuasión íntima, de que con el don puede renovarse un horizonte oculto bajo la niebla. Para el que recibe y para el que da. Un tiempo de nuevo encuentro.

Es en esta condición de niebla de los sentidos, que los textos a que se acceda si bien mencionan la misericordia, no la describen, no la agotan, ni siquiera aportan en sí mismas el elemento espiritual que los hace consistir en actos misericordiosos.

Analizar solamente la misericordia, se parecería también un poco a una situación de monótona rutina, (“No caigamos en la indiferencia humillante y la monótona rutina que nos impide descubrir lo que es nuevo”, Misericordiae Vultus,  15).

Nos dejaría en la antesala del misterio, nos indicaría con la palabra como para abrir el tal vez aparente laberinto, con algo velado y neblinoso u ocasional, entre nuestras ocupaciones de este mundo. Pero el misterio de la misericordia está más allá de las palabras y es necesario honrarlo como tal, con la oración y la acción, no solo con el examen. Es una Gracia y nos preparamos como las vírgenes prudentes para mejor recibirla.

Conocemos y vivimos en la misericordia todo el tiempo. Solo que no siempre la entendemos como para sentir su oportunidad ni la actuamos, y si se nos presenta, debiéramos ir más allá de entenderla racionalmente, hasta abandonarnos a ella.

Quisiera solamente agregar algunos comentarios paradójicos, es decir no lógicos sino más bien simbólicos y de aplicación por analogía, amplia, según  la sensibilidad y el significado que alcancen en la subjetividad de cada persona.

La actitud de misericordia se nutre de un ejercicio diverso de los ejercicios que nos recomienda la vida en el mundo. En lugar de ejercicios concentrados en un fin, una tarea, una habilidad académica, atlética o comercial por ejemplo, concentrados, el ejercicio en la actitud de misericordia es más bien como un “cuenco” de receptividad, ya sea receptividad de la Gracia por medio de la oración, del corazón del otro, o de la inspiración en el Espíritu en mi corazón para actuar. Se parece a una caminata en un bosque, alerta pero distinta del camino que hago para ir a determinado lugar.

La actitud de misericordia es determinación y diligencia también, pero sobre todo es búsqueda, desde el no saber, un poco al estilo de la propuesta de La nube del no saber, ese texto medieval tan conocido.

La actitud de misericordia, en lo que tiene de encuentro, tiene mucho de búsqueda, de otear y escuchar. Dios en su misericordia, nos busca siempre pero no siempre nos encuentra. Así también está en nosotros el buscar la misericordia, buscar a Dios siempre, aunque muchas veces no lo encontremos.

Nuestra actitud de misericordia, como cuenco y búsqueda desde el no saber, elude conclusiones, y podría encontrar más sustento siendo fiel, abierta, generosa.

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