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CAMINAR CON LOS ÚLTIMOS

Por Marcela Mazzini. Dra. en Teología y Asistente al Sínodo de la Familia como auditora.

“El Sínodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del santo pueblo de Dios, del cual nosotros formamos parte en calidad de pastores, es decir, servidores. El Sínodo, además, es un espacio protegido donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo. En el Sínodo el Espíritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, por el Dios que se revela a los pequeños, y se esconde a los sabios y los inteligentes; por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa; por el Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida; por el Dios que es siempre más grande de nuestras lógicas y nuestros cálculos.” Del discurso de apertura de Francisco en la primera sesión del Sínodo de la Familia 2015.

“(El Pueblo de Dios, la Iglesia) Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque éste es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos.” Palabras de Francisco en el Angelus del 25 de octubre, día en el que terminó el Sínodo de la Familia.

Introduzco estas líneas con ambos textos del Papa que nos permiten comprender de qué manera el pensamiento de Francisco sobre la familia, va unido al tema de la misericordia. En efecto, no solo hay una proximidad de tiempo entre la finalización de la sesión ordinaria del Sínodo de la Familia y el comienzo del Jubileo de la misericordia el próximo 8 de diciembre, sino que en el corazón del Santo Padre hay una relación establecida entre ambas realidades, relación que nos quiere participar y comunicar.

Se entenderá mejor esta relación si nos damos cuenta que en el segundo texto, el Papa define a la Iglesia como familia de familias, una imagen cercana a la de la Iglesia como familia de Dios que nos trae el documento de Puebla (DP 241).

En la familia, la lógica de la misericordia, fluye con más naturalidad que en otros espacios humanos. En familia, se suele adecuar el ritmo a las necesidades de las personas, haciendo una natural opción por los más pequeños y los más frágiles. Cuando nace un bebé, toda la familia comenzando por los padres, adaptan horarios, ambientes, actividades al nuevo integrante que por su condición es absolutamente dependiente. Otro tanto sucede con los abuelos, o cuando alguien está enfermo. La familia se adapta y en general toma el ritmo de las necesidades de sus miembros, caminar con los últimos, sin dejar a nadie afuera, parece lo normal.

De hecho, cuando esto no se da, la familia comienza a desarmarse, a desectructurarse y deja de ser ese “lugar seguro” en el que podemos ser nosotros mismos, en el que no hay necesidad de disimular o de presentarse fuerte y resuelto.

Se siente familia al grupo humano que nos quiere, nos acompaña y nos cuida, más allá incluso de los lazos de sangre. Cuando queremos expresar la próximidad máxima con una o más personas, decimos: “somos familia”. Es decir, que el hecho de acompañar, cuidar, comprender, aceptar y estar al servicio unos de otros, es lo que identificamos con la idea de familia. Lo interesante y asombroso es que en general no asociamos esto con una obligación, o con algo pesado (aunque ocasionalmente pueda serlo) sino con un deseo profundo del corazón.

En el reciente Sínodo de la familia, quedó de manifiesto el hecho de que, aunque ha cambiado la configuración de los grupos, el deseo de familia no se ha apagado del corazón humano, en ningún lugar del mundo. Los jóvenes siguen deseando formar una familia, siguen anhelando un amor que dure toda la vida, que sostenga y acompañe los devenires de las historias personales. Caminar juntos en la vida, compartiendo penas y alegrías es lo que buscamos y deseamos.

La palabra “Sínodo” de hecho significa “camino común” o “caminar juntos”, la imagen de la familia ilumina también en esto la marcha de la Iglesia. En el Sínodo el Papa nos propuso caminar como familia y estar precisamente al servicio de las necesidades de los últimos, de los más solos y postergados. El Papa pidió que los padres sinodales pensaran en todas las familias, las de todo el mundo, pero en especial las que más necesitan de la mirada, de la presencia y del servicio misericordioso de la Iglesia como familia de Dios: las familias más pobres, las familias de los migrantes, las de los cristianos que son perseguidos, las monoparentales, las ensambladas, las de los divorciados en nueva unión, las de los que tienen un miembro enfermo o con capacidades especiales, etc. El instrumento de trabajo del Sínodo adoptó al acertada expresión “familias heridas”, para describir todas las situaciones familiares dolorosas o difíciles.

Hubo ideas distintas en casi todas las cosas, y había momentos en que los presentes nos preguntábamos cómo podría resultar un texto común a partir de posturas tan diversas. Pero el Espíritu de Dios, que actúa siempre en su Iglesia, aún a pesar de nuestros errores, límites y pecados, nos sorprendió una vez más. En medio de todas esas opiniones que parecían por momentos tan lejanas entre sí, fue alentador comprobar que había un deseo profundo y unánime: acompañar a las familias, a todas, sean cuales fueren las circunstancias en las que se encuentren.

Escucha, acompañamiento, discernimiento y sinodalidad (hacer camino juntos), fueron las palabras que más se escucharon en el aula. Este deseo de integración es una aspiración profunda que nos define como Iglesia familia de familias, como familia de Dios.

Considero también que es un “signo de los tiempos” (GS4), una inspiración y una orientación fundamental para la pastoral en nuestro tiempo el hecho de acompañar a las familias, asumiendo el paso y el caminar de los últimos, de aquellas familias que más necesitan la presencia y la ayuda de la Iglesia, no importa en la situación en la que se encuentren. Acompañar y ayudar a crecer, porque la misericordia y la verdad no se excluyen, sino que se potencian.

Ahora tenemos que asumir la conversión pastoral de la que nos habla Francisco y aprender lo que significa concretamente para cada comunidad, caminar con los últimos, saliendo a buscar a las familias más heridas, más alejadas, más pobres, más solas. Desarrollando también una actitud de profunda fe en Dios, que siempre nos sorprende, como dice Francisco, que va más allá de nuestros cálculos humanos. A nosotros nos toca sencillamente ponernos en camino y llevar “el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.” (EG 169) Ese es el servicio humilde y maravilloso al que estamos llamados todos aquellos que estamos comprometidos en la pastoral familiar. No lo hacemos porque nuestras familias sean perfectas (todas las familias y todas las personas estamos más o menos heridas), sino porque somos pecadores que hemos sido perdonados por el Señor y que salimos a anunciar su misericordia, habiéndola experimentado en nuestras vidas.

Que Jesús que quiso nacer en una familia pobre de la periferia de un imperio poderoso, que conoció siendo niño las vicisitudes de escapar de una persecución, que fue un migrante en Egipto y vivió 30 años en la sencillez cotidiana de la vida familiar, nos muestre los caminos para decir palabras que den esperanza y que iluminen tantas realidades de las familias de hoy. Que nos regale a todos la alegría de vivir en familia y nos enseñe a caminar con los últimos.

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