MISERICORDIA

Llegando a un nuevo fin de año, que este en particular coincide con el fin de un ciclo político y la asunción del nuevo presidente, la Iglesia nos sorprende con la celebración de la Encarnación del Hijo de Dios, la Navidad.

¡Dios se hace carne! ¡Dios se hace hombre!

Fácil decirlo, pero difícil pensarlo y razonarlo, si ese Hijo cuyo nombre es Jesús, no nos hubiese dado con su mensaje y con su vida, las necesarias coordenadas para que desde nuestra pequeñez humana, con el solo acto de fe, alcancemos a tocar con el propio corazón este misterio: Dios y el ser humano se han unido y nada ni nadie podrá romper esta Alianza eterna.

La Historia humana con la fuerza de cada pueblo y de todos los pueblos, que cada vez estamos más cercanos, el mundo es una aldea, las historias de cada persona, aún la de los sin nombre y sin rostro, la historia de la Humanidad en todas sus dimensiones y expresiones de fe, busca conciente o inconcientemente renovar esta Alianza. El ser humano y la Historia caminan a esa unión definitiva que ya ha comenzado en Cristo y se realizará en la consumación de los tiempos, en el advenimiento definitivo del Hijo del Hombre. Esta es nuestra fe y esperanza.

Pero la Historia del género humano es también historias de ruptura del Amor y de la Alianza, se trata de romper lazos con Dios y con los otros, ignorar al hermano y matarlo, violencia, indignidad, pobreza, guerras, París, ISIS, ignorancia, persecución, refugiados, sin techo, sin tierra, hambre, drogas… es parte del mismo misterio, no son dos, es uno solo, es el misterio del hombre y la mujer, que es capaz al mismo tiempo de amar y unir, y de odiar, matar y destruir.

El mismo individuo y la misma Humanidad toda, es capaz de amar y odiar intensamente.

Somos capaces de la maravilla de construir y del horror de destruir al mismo constructor y su obra: el hombre y la Humanidad.

 

Tal vez porque la historia nos está apremiando en tanta humanidad herida es que Francisco, Pastor Bueno, lanza un grito firme, cálido, humano y lleno de ternura: ¡MISERICORDIA!

 

Con el equipo de redacción, en este número en particular, nos hacemos eco de esta palabra y sin querer menoscabarla y/o moralizarla, muy por el contrario, redescubriéndola y admirándonos de su fuerza, deseamos invitar al lector a detenerse en una lectura pausada y en oración, si fuese posible con la imagen de la tapa, el abrazo en el que Rembrandt recrea el encuentro del Padre con su hijo pródigo. Detenerse decíamos, en las primeras hojas y rezar con la Bula de convocatoria del Jubileo, en el que el Papa Francisco convoca al Año Santo de la Misericordia, Misericordiae Vultus. Se nos hace una obligación leerla.

En ella, recorreremos las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales, que la Iglesia tomó de diversos textos de la Biblia y que reflejan las enseñanzas de Jesús. Así, en esta edición nos proponemos reflexionar sobre ellas, recordarlas y resignificarlas en nuestra vida cotidiana. Algunos artículos arrojan luz sobre las Obras Corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Otros, dan muestra de las Espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.

Todos estos artículos, cargados de contenidos pero fundamentalmente de experiencias personales e incluso el examen de conciencia que ofrecemos al final, intentan al modo en que lo hizo Francisco en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre, abrir la puerta no tanto de la cabeza, sino la del corazón y mejor aún, la puerta de las entrañas personales.

Deseamos colaborar en ese proceso personalísimo que es abrir la puerta a la Misericordia, con la esperanza de ser alcanzados y transformados por ella, porque la Misericordia es el Ser de Dios.

¿Puede la Misericordia sacarnos de la dinámica del mal, del odio, del desamor y del sin sentido?

¿Será la Misericordia la que nos lleve a la dignidad humana?

¿Podrá la Misericordia sanar el macro-mundo de todos y el micro-mundo de cada uno?

No se trata de preguntas retóricas que buscan moralizar la realidad, se trata de pensar hasta dónde seremos capaces de dejar que Dios nos toque con Su Amor y Ternura, con Su Misericordia. Y además, dejar que ese toque profundo y sanador, venga de la hermana y del hermano cotidiano o ajeno.

 

El Obispo ha encargado a nuestra Parroquia junto a otras de la Diócesis, ser lugar de peregrinación, para el encuentro con el Dios de la Misericordia. Estamos invitados a convertirnos en una puerta humana, para que toda humanidad, especialmente la herida, encuentre aquí el espacio para la contención y la sanación. ¡Que nadie se quede afuera!

Todos estamos invitados en el Año Santo, a pasar la puerta de la Misericordia y ser nosotros mismos en puerta para muchos, en la comunidad parroquial y escolar, en cada familia, en cada corazón y allí donde estemos, sin excusas.

 

EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO

Henri J. M. Nouwen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt

“El joven sostenido y bendecido por el padre es un pobre hombre. Dejó su casa lleno de orgullo y dinero, determinado a  vivir su propia vida lejos de su padre y de su comunidad. Ahora vuelve sin nada: dinero, salud, honor, dignidad, reputación. El hijo arrodillado no lleva túnica alguna. Su ropa amarilla con tonalidades marrones sólo le cubre el cuerpo cansado y sin fuerza. Las plantas de los pies muestran la historia de un viaje humillante. Tiene una cicatriz en el pie izquierdo, que está fuera de la sandalia. El pie derecho, cubierto en parte por una sandalia rota, habla también de miseria y sufrimiento.

Al ver la forma como Rembrandt retrata al padre, surge en mi interior un sentimiento nuevo de ternura, misericordia y perdón. Pocas veces el amor compasivo de Dios ha sido expresado de forma tan conmovedora. Cada detalle de la figura del padre —la expresión de su cara, su postura, los colores de su ropa y sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos— habla del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre.

Veo también compasión infinita, amor incondicional, perdón eterno —realidades divinas— emanando de un Padre que es creador del Universo. Aquí, lo humano y lo divino, lo frágil y lo poderoso, lo viejo y lo eternamente joven están plenamente expresados.

Dejar el hogar es mucho más que un simple acontecimiento ligado a un lugar y a un momento. Es la negación de la realidad espiritual de que pertenezco a Dios con todo mi ser, de que Dios me tiene a salvo en un abrazo eterno, de que estoy grabado en las palmas de las manos de Dios y de que estoy escondido en sus sombras.

El núcleo del cuadro de Rembrandt son las manos del padre. En ellas se concentra toda la luz; en ellas la misericordia se hace carne; en ellas se unen perdón, reconciliación y cura y a través de ellas, encuentran descanso no sólo el hijo cansado sino también el anciano padre.

Estas manos, son las manos de Dios.

Rembrandt quiso hacer algo diferente al pintar a Dios como un sabio y anciano padre de familia. Las manos son algo diferentes la una de la otra. La izquierda, sobre el hombro del hijo, es fuerte y musculosa. Los dedos están separados y cubren gran parte del hombro y de la espalda del hijo. Veo cierta presión, sobre todo en el pulgar. Esta mano no sólo toca sino que también sostiene con su fuerza. Aunque la mano izquierda toca al hijo con gran ternura, no deja de tener firmeza.

¡Qué diferente es la mano derecha! Esta mano no sujeta ni sostiene. Es fina, suave y muy tierna. Los dedos están cerrados y son muy elegantes. Se apoyan tiernamente sobre el hombro del hijo menor. Quiere acariciar, mimar, consolar y confortar. Es la mano de una madre.

El Padre no es sólo el gran patriarca. Es madre y padre. Toca a su hijo con una mano masculina y otra femenina. Él sostiene y ella acaricia. Él asegura y ella consuela. Es, sin lugar a duda, Dios, en quien femineidad y masculinidad, maternidad y paternidad, están plenamente presentes”.

 

CONTENIDOS DE MISERICORDIAE VULTUS

Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

Francisco, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios. A cuantos lean esta carta. Gracia, misericordia y paz.

 

  1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.
  1. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.
  1. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.

El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.

El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.

  1. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella »[2]. En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades »[3].

Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia[4].

  1. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.
  1. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia »[5]. Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón »[6] Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.

  1. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con su pueblo una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.

Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de su él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”.

  1. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.

Jesús, delante a la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde la profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: miserando atque eligendo[7]. Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.

  1. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete » (Mt 18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, lo suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos » (Mt 18,35).

La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.

Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser un palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.

  1. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia »[8]. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.
  1. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia, que en su momento llegó sin ser esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente: « La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios »[9].

Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: « Ella está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo … me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo »[10]. Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora »[11].

12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.

La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.

13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.

14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.

El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta: « No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar y dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.

Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: « Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme » (Sal 70,2). El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.

15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.

Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de violencia que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga … para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor »[12].

16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,12). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).

17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).

Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este tiempo de oración, ayuno y caridad: « Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: « ¡Aquí estoy! ». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan » (58,6-11).

La iniciativa “24 horas para el Señor”, de celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.

Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.

18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).

Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en el invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).

19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.

La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.

¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.

20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.

Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y sus amigos dice a los fariseos que lo contestaban porque comía con los publicanos y pecadores: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende porque en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las persona, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas.

Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas -« yo quiero amor, no sacrificio ». Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.

También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley » (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).

21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo. El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras del profeta lo atestiguan: « Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se han negado a convertirse »

(Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero rostro de Dios: « Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar » (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: « Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia »[13].

Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos judíos: « Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree » (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.

La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dos, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa.

23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El Islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.

Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.

24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende « de generación en generación » (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.

Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que han hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su amor.

25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable es la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos » (Sal 25,6).

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado.

Franciscus

 

[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 4.

[2] Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 2-3.

[3] Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965.

[4] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16; Const. past. Gaudium et spes, 15.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.

[6] XXVI domingo del tiempo ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el Siglo VIII, entre los textos eucológicos del Sacramentario Gelasiano (1198).

[7] Cfr Hom. 21: CCL 122, 149-151.

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.

[9] N., 2.

[10] Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, 15.

[11] Ibíd., 13.

[12] Palabras de luz y de amor, 57.

[13] Enarr. in Ps. 76, 11.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MISERICORDIA?

Por Javier Goliszewski. Miembro del Equipo Responsable de la Revista.

Sed misericordiosos como vuestro padre eterno es misericordioso. (Lc.6, 35-36)

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿Cómo configurarnos en la atmósfera de la misericordia? ¿Es, por ejemplo,  posible vivirla en permanencia?

Para cada persona, la palabra misericordia resuena dando vida a diferentes raíces, hechas de experiencia, aspiraciones y Gracia. Misericordia es una palabra que nombra este misterio presente en la creación, que se puede hacer cada vez más presente en nosotros por la Gracia de la oración y puede ser asistido por las raíces que hayamos sabido nutrir en nosotros, masticando la palabra, viviendo la palabra, actuando la palabra.

¿De qué hablamos cuando hablamos de misericordia?

¿De algo episódico o más bien algo continuo? ¿De un estado de conciencia permanente o de la connotación de un hecho aislado misericordioso? ¿De algo que nos llega como una inspiración o de una condición más interior, que emerge y da tono a nuestra conciencia?

Cuestionarnos en nuestra comprensión misericordiosa de la realidad, puede ayudarnos a enraizar en nuestra conciencia un marco de referencia creativo y coherente, convincente, movilizador.

El sentido de estas líneas es darnos alguna guía  acerca de cuál es la ecología de la manifestación misericordiosa, ecología que necesita ser nutrida con acción y oración, cuando no decantada, considerada, en sus condiciones más propicias para así poder meditarla y que tomando todo nuestro ser, nuestra respiración, nuestro corazón, surja natural en nosotros.

El planteo individualista de la búsqueda de progreso y provecho, del triunfo, de la ventaja y la superioridad por encima de los competidores, puede haber contribuido a generar una niebla que si no nos alejó totalmente del sentimiento y la vivencia misericordiosa, puede haber modificado nuestra capacidad, nuestra espontaneidad de reconocerla, actuarla, celebrarla.

En esta atmósfera, en el año del jubileo y coincidente con la publicación de la Bula Misericordiae Vultus, puede ser bueno prepararnos mirándonos en nuestro interior y desde allí, familiarizarnos con ayuda de la memoria, reflexionando acerca del trayecto que hemos cumplido desde nuestra niñez, al atravesar el “planeta misericordia” en nuestro corazón.

Si no hemos sido permanentemente concientes de la actitud de misericordia de nuestros pensamientos y actos, al menos reconoceremos vivencias en que nos hemos sentido involucrados en primera persona, ya sea como receptores o dadores y a veces en que percibiendo esa atmósfera entre terceras personas, algo en nosotros fue tocado por una experiencia que no era posible reducir a términos explicativos, racionales o morales, que era más bien, “una celebración de un encuentro”.

Luego, una alternativa parecida a veces puede ser el ejercicio de respirar en meditación, luego de un breve examen de conciencia,  focalizándonos en meditar acerca de alguna breve frase que nos persuade en la  actitud de misericordia, para incorporarla en nuestra manera de vivir el día a día, o para acercarnos y acoger momentos, situaciones de misericordia, con creciente espontaneidad, creatividad, profundidad.

La oración y la contemplación del Corazón de Jesús, como centro del Universo, y la práctica de la respiración con meditación, son un umbral muy fértil para vivir en el mundo en presencia de la misericordia.

Los factores del mundo que nos rodea pueden también ser un posible y fértil condicionamiento para asimilar la atmósfera de la misericordia. No siempre estamos rodeados de circunstancias ideales. En principio haber crecido en medio de una familia funcional, con relaciones vivas de ternura y delicadeza, es un privilegio y una Gracia que despliega en nuestras raíces del pensamiento la comprensión y la invocación, el entendimiento y acogida de la Gracia de la misericordia. Sin embargo la realidad urbana contemporánea, introduce una enorme cantidad de estímulos compulsivos, reactivos, que a veces embargan nuestra conciencia con singular extensión en tiempo e intensidad y que alteran la escucha de la inspiración misericordiosa en nuestro interior, con innumerables pulsiones disonantes y no exactamente acogedoras.

Las comunidades en que trabajamos, empresas, oficinas, también pueden ser si son positivas, un agente que nos confirma  para ayudarnos a permanecer en la misericordia, en mayor o menor medida.

Visitar por unos días monasterios contemplativos, por ejemplo los trapenses como los de Azul e Hinojo o, benedictinos como los de Jáuregui, Los Toldos, Victoria en Buenos Aires o Victoria de Entre Ríos, puede ser una forma de conectarse con la actitud de misericordia al interior de una comunidad. Esta es una forma de conectarse con una experiencia de comunidad que vive profundamente la actitud de misericordia. En ellas, el trato con el monje hospedero u otros monjes, la frecuentación de los salmos en el oficio divino y la cadencia de diálogo del canto gregoriano, suplen con suave y resistente fibra el entramado de nuestra conciencia misericordiosa.

Cuando la fragmentación de nuestra vida supera un cierto límite, la contemplación de la naturaleza, de la música, la frecuentación de ciertas manifestaciones artísticas, el cine, la pintura, pueden adecuarnos por analogía en su estructura sinfónica, articulando diversas partes en una armonía en las que estas interactúan dentro de un todo que supera las partes, resuena mas allá de las partes. Esas experiencias dejan el espíritu proclive a considerar la realidad con amplitud e inteligencia, llevándolo a un deseo de extender  ese ánimo suavemente al corazón de nuestros semejantes.

A la raíz de esta pregunta acerca de qué significa para nosotros la misericordia, debemos considerar como fundamento y guía, que la voluntad de ser amados que anida en todo ser humano, es la que nos hace ser misericordiosos.

Y en el misterio de la voluntad divina de encarnarse para hacerse cercano, en un Dios que no se rinde, que misericordioso, se nos ofrece accesible a través de Cristo, se nos ofrece ser amados para nuestra salvación como personas.

Nos queda buscar corresponder, comprender, querer y hacer (interesante leer Ez. Caps. 16, y 47) lo que la inspiración de la Gracia y el tesoro de nuestra naturaleza nutrida de la experiencia, nuestras raíces semánticas de la palabra misericordia,  nos sugieran a cada uno, acerca de esta fidelidad con que somos amados.

Nacemos misericordiosos, inocentes y sujetos a buscar el todo, el absoluto de la misericordia y el amparo, primero en nuestra familia, en nuestra madre, y luego en un viaje que puede ser más o menos accidentado, en Dios.

El resultado de este viaje accidentado en busca de esa misericordia y amparo absolutos, que ya es misericordia cuando es búsqueda, puede volver necesario hacer memoria como escribiendo un diario, una historia, en la que las escenas de atravesar la nebulosa de nuestras desorientaciones y búsquedas haya dejado tal vez períodos de confusión, frialdad, rigidez, indisponibilidad para con los demás, si no con nosotros mismos. Un balance que nos estimule a perseverar.

Tal vez tengamos que aceptar que nuestra relación con la misericordia pareciera haberse hecho más relativa aún en el tiempo actual.

Desde la diáfana empatía de nuestra niñez, el aislamiento, la inseguridad psicológica, el racionalismo y su reverso, el descreimiento,  la competitividad en general, la inseguridad y desconfianza urbanas, la baja autoestima y tantos otros fenómenos del relacionamiento, han actuado a veces como disuasores de aquella fe en la misericordia.

Cuando desorientados podemos haber perdido de vista nuestra cualidad misericordiosa esencial y nuestra virtud constante del encuentro celebrado, dejamos de nutrirlo. Enseguida otras cosas comienzan a influir en las prioridades de nuestro existir.

Sigue en nosotros la misericordia, pero la cubre una niebla.

Atravesar la niebla de nuestra desorientación, revisitar nuestra memoria y zambullirnos para recordarnos y reposicionarnos en misericordia, puede incluso al comienzo  descolocarnos, puede significar la experiencia de salir de la niebla con algo parecido a “invocar intelectualmente la misericordia”, en una especie de balance  aún sin  fuerza, sin las características que residen potenciales, en nuestro corazón, en nuestro relacionamiento con este don de Dios, este don de aquella esencia misericordiosa que paladeáramos en nuestra infancia.

Con la conciencia de lo que nos hace  falta, es muy necesaria y oportuna la oración y el pedido de la Gracia para encarar ese examen, para preparar el corazón.

Luego, podemos continuar con actos de observación particular de nuestros recuerdos relacionados con la misericordia.

Por ejemplo, a veces puede ser más simple identificar en la memoria nuestra actitud de misericordia en un acto aislado, atento, de generosidad hacia alguien dramáticamente necesitado, para recordar luego el sabor de volver a nuestro legítimo desempeño social, laboral, familiar o económico, necesario, e inadvertidamente más seco, racional y material. Saborear el contraste de estas actitudes.

Otras, podemos recordar como ejercicio, como se gustaba absolver una secuela de actos misericordiosos solo materialmente, como cuando se contribuye ya sea en dinero o especie con una causa, concreta, pero abstrayéndonos del encuentro con la presencia del otro. Meditar en la diferencia entre situaciones con contacto personal, con involucramiento subjetivo en contrapunto con otras en que actuamos sí, con generosidad, pero sin conocer a los destinatarios concretos de nuestro gesto.

Es más intenso y claro encontrar el significado personal de la misericordia en situaciones concretas que nos han colmado de satisfacción por el bien hecho, o bien, predicados que sean más bien ausencia de ella (el insulto, el bullying, el chisme y la difamación) pero que hablan aún negativamente a nuestro corazón, a nuestra emocionalidad, dejando un mensaje de contrapunto, de cómo es detestable, desagradable el recuerdo de la actitud carente de misericordia.

No solo racionalizar, sino recordar y orar.

Me animaría a decir, que somos misericordia. Búsqueda y encuentro de misericordia. Y que lo olvidamos.

Misericordia es como una gracia de buscar con el corazón, ser, viendo y viviendo el momento del corazón del otro como un momento nuevo. Como teniendo su destello en un momento central, un centro del momento, en el que se reproduce el contacto de celebración de las creaturas, en torno a la fuente del amor, que es Dios.

Esta misericordia que somos, este don de Dios que se desarrolla en nutrimiento, calor y dulzura en nuestros pensamientos y en nuestros actos, que admiramos o anhelamos, pareciera que se ceba y cultiva en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, en tres fuentes o puertas de manifestación: la presencia, el encuentro y la celebración.

Presencia en la misericordia significa estar ahí. Estar con el corazón y la intención puesta en acoger integralmente al otro, con su necesidad pero también con su dignidad, su resplandor, su corazón.

El encuentro en la misericordia significa la búsqueda de manifestarme al otro en la escucha de su presencia. Presencia del otro que no solo es Epifanía, erlebnis –vivencia –, sino también huellas, heridas y alegrías de su camino, su épica y sus derrotas, erfahrung –experiencia de vida –, consideración desde el corazón de lo visible en él y de lo que solo se acoge a través de la búsqueda de la escucha empática, alerta.

La celebración en la misericordia es un hacer y un reconocer –aceptar- en el encuentro. Mucho de la celebración acontece sin nuestra intervención voluntaria, en mi acoger con humildad la inmensidad que ocurre en este momento presente en que estoy con el otro. Mas allá de mis prevenciones o estrategias, mas allá de mis expectativas o contribuciones. Es un hacerme humilde frente a la cualidad numinosa  del encuentro con el otro.

Creo que esto es así porque antes que nada la misericordia es un centro en el cual vivimos aunque no nos demos cuenta, en el cual somos amados tácita e intensamente por Dios y desde el cual podemos abrirnos en el desbordar de la Gracia, hacia nuestros semejantes y a través de nuestros sentidos. Nuestros sentidos, humanos, falibles, obnubilados a veces o muy ocupados otras, frustrados, detallistas, impacientes, apáticos, distraídos y dispersos, o concentrados e inalcanzables. Toda una niebla de los sentidos. Revelar la esencia detrás de la niebla a través de la oración, el ruego por la transparencia del amor, en lo que dar la capa, caminar otra milla, significan no solo superarnos en la ofrenda, sino celebrar el infinito del amor de Dios en el que la criatura se sintoniza con la actitud de misericordia.

De las tres fuentes juntas, presencia, encuentro y celebración, en Dios que está en nosotros y por su Gracia, nace el don.

Cuenta una leyenda que Kwiakiutl es el nombre que George Vancouver, el explorador naval, dio a una tribu de la costa del Pacifico canadiense. Extraviado en medio de muy densa niebla con sus naves en el corredor interior de las islas de la costa de América del Norte, buscando el mítico pasaje hacia el este, anclo y durante la espera vinieron a su encuentro en medio de la niebla decenas de indios en canoas. Atemorizado y un poco resignado en su suerte ante la impracticable opción de levar anclas y alejarse, les acogió en la cubierta de su navío y en medio del parlamento ininteligible y confuso, intentó preguntarles cuál era el nombre de su tribu,  para poder así ilustrarlo en el cuaderno de bitácora, como parte del reporte.

–Kwiakiutl!! Kwiakiutl! le respondieron, a lo que el procedió, registrándolo.

Años después se reveló, continúa la leyenda, que Kwiakiutl en el idioma de ese pueblo, quería decir –“Perdidos en la niebla”. Aparentemente, aquellos habitantes originarios estaban movidos de una simple y humana empatía por estos visitantes extranjeros, no les temían y querían suavizar su experiencia, indicándoles con calma, que aquello era solo una niebla y entendían y podían guiar a las naves europeas hacia la claridad. El temor y la fijación racional de los europeos limitaba la posibilidad de comprender la asistencia, que era una gran Gracia,  limitada en su comunicación por la “niebla” del cometido profesional, racional del explorador, quien estaba legítimamente más preocupado por registrar datos, que por celebrar encuentros misericordiosos o por celebrar el encuentro de dos culturas, de dos realidades.

Kwiakiutl venía a significar: están perdidos en la niebla, conocemos qué hacer, venimos a guiarles en el pasaje, a abrirles la puerta, venimos a traerles una novedad…

Es así también, que el bonus de la actitud de misericordia, es que sea creadora de un tiempo nuevo, de una apertura. La generosidad no se queda en el don material o de trabajo, sino en la persuasión íntima, de que con el don puede renovarse un horizonte oculto bajo la niebla. Para el que recibe y para el que da. Un tiempo de nuevo encuentro.

Es en esta condición de niebla de los sentidos, que los textos a que se acceda si bien mencionan la misericordia, no la describen, no la agotan, ni siquiera aportan en sí mismas el elemento espiritual que los hace consistir en actos misericordiosos.

Analizar solamente la misericordia, se parecería también un poco a una situación de monótona rutina, (“No caigamos en la indiferencia humillante y la monótona rutina que nos impide descubrir lo que es nuevo”, Misericordiae Vultus,  15).

Nos dejaría en la antesala del misterio, nos indicaría con la palabra como para abrir el tal vez aparente laberinto, con algo velado y neblinoso u ocasional, entre nuestras ocupaciones de este mundo. Pero el misterio de la misericordia está más allá de las palabras y es necesario honrarlo como tal, con la oración y la acción, no solo con el examen. Es una Gracia y nos preparamos como las vírgenes prudentes para mejor recibirla.

Conocemos y vivimos en la misericordia todo el tiempo. Solo que no siempre la entendemos como para sentir su oportunidad ni la actuamos, y si se nos presenta, debiéramos ir más allá de entenderla racionalmente, hasta abandonarnos a ella.

Quisiera solamente agregar algunos comentarios paradójicos, es decir no lógicos sino más bien simbólicos y de aplicación por analogía, amplia, según  la sensibilidad y el significado que alcancen en la subjetividad de cada persona.

La actitud de misericordia se nutre de un ejercicio diverso de los ejercicios que nos recomienda la vida en el mundo. En lugar de ejercicios concentrados en un fin, una tarea, una habilidad académica, atlética o comercial por ejemplo, concentrados, el ejercicio en la actitud de misericordia es más bien como un “cuenco” de receptividad, ya sea receptividad de la Gracia por medio de la oración, del corazón del otro, o de la inspiración en el Espíritu en mi corazón para actuar. Se parece a una caminata en un bosque, alerta pero distinta del camino que hago para ir a determinado lugar.

La actitud de misericordia es determinación y diligencia también, pero sobre todo es búsqueda, desde el no saber, un poco al estilo de la propuesta de La nube del no saber, ese texto medieval tan conocido.

La actitud de misericordia, en lo que tiene de encuentro, tiene mucho de búsqueda, de otear y escuchar. Dios en su misericordia, nos busca siempre pero no siempre nos encuentra. Así también está en nosotros el buscar la misericordia, buscar a Dios siempre, aunque muchas veces no lo encontremos.

Nuestra actitud de misericordia, como cuenco y búsqueda desde el no saber, elude conclusiones, y podría encontrar más sustento siendo fiel, abierta, generosa.

EL SACRAMENTO DE LA MISERICORDIA

Por Jorge Eduardo Scheinig. Párroco de San Gabriel

Hasta no hace mucho, la práctica de la confesión estaba como dominada por un sentimiento de obligación, que le exigía a las personas en conciencia, recibir el perdón sacramental antes de comulgar.

El tiempo fue pasando y las prácticas derivaron en otro modo de confesión, ya no tan ligada a los pecados, sino mucho más a la vida misma. Las personas confiesan la vida, especialmente el drama y el dolor de lo vivido, aquello que les llena de perplejidad y de angustia. El pecado está presente, pero queda como velado en medio del dolor de la vida. Es por este motivo que en el confesionario necesitamos más tiempo para escuchar, porque no son solo actos aislados los que “el penitente” desea compartir, sino la vida y sus circunstancias.

Si las personas que hoy son mayores, al confesarse en otros tiempos sintieron el alivio del pecado y la liberación de la culpa, los que lo hacen en la actualidad, sienten como un descanso frente a las exigencias de la vida, la alegría de la presencia de Dios, su compañía y su fuerza para seguir adelante.

En mis 32 años de sacerdote he vivido en la práctica de este sacramento, el cambio de la confesión del pecado y de la culpa, a la confesión de la vida y del dolor, y lo he experimentado tanto en el servicio de confesor del Pueblo de Dios, como de penitente, es decir, como un hijo más de este Pueblo, que necesita del perdón y también confesar la vida.

Soy testigo que en ambas situaciones existenciales y de consciencia profunda, allí donde las personas nos desnudamos frente a Dios en la máxima y posible transparencia, siempre y lo que más prevalece, es la necesidad de que la Misericordia de Dios nos toque.

El Pueblo de Dios intuye y sabe que en ese lugar reservado a la intimidad humana, como en un círculo amoroso, sacerdote y penitente en ese mismo acto sacramental y sobrenatural, están como envueltos por un Dios que como una Madre, abre sus entrañas para tocar con ternura y así, sanar lo que más nos duele en lo profundo de la vida y de la conciencia.

Dios siempre es Misericordioso y no puede ser de otra manera y es el primero en perdonar hasta setenta veces siete, es decir, siempre, siempre, siempre.

Es una pena que haya disminuido la práctica de este sacramento. Seguramente, los sacerdotes debemos tener mucha responsabilidad, por no haber sabido transmitir al Pueblo de Dios semejante riqueza. Tal vez, los alejaron la dureza de nuestras palabras, la incomprensión al dolor y a las situaciones difíciles y particulares, o ciertos modos duros, enjuiciadores, que los distanciaron dolorosamente, e indudablemente, el hecho de no estar presentes para confesar cuando la persona lo necesita.

Es posible que el desuso de la confesión tenga también que ver con la apertura de otros espacios de contención existencial y humano, muy valiosos y necesarios, como las diversas terapias, que van de las más profundas a las más ocasionales, de las que tratan la psiquis a las que tratan el cuerpo, terapias más holísticas, centros de escucha y grupos de autoayuda, en donde muchas veces se encuentra con mayor naturalidad la ternura y la misericordia deseada.

En todo caso, este Año Santo puede ayudarnos a volver a poner en el centro, el Sacramento de la Reconciliación, que es el Sacramento de la Misericordia.[1]

Las personas de fe precisamos que lo invisible de la Gracia de Dios, en este caso Su Misericordia, se haga visible y palpable. Y justamente, esa es la propiedad de un sacramento: hacer visible, cercana y concreta la acción invisible de Dios al hombre. El sacramento nos ayuda a tener una experiencia real de la Gracia Divina.

Porque no cabe la menor duda que la intensidad de un momento a solas con Dios, en el que le abrimos nuestra humanidad y le confesamos la vida y el pecado, es de un valor incalculable y es muy cierto que la propia conciencia queda renovada. Pero esa misma experiencia frente a un confesor de la Iglesia, de  enorme apertura y transparencia, en el que llegado el caso con su mano en la cabeza, me dice, no en su nombre, sino en el de Dios y por medio de la Iglesia: “Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”,  produce algo extraordinariamente distinto a lo experimentado en la soledad con Dios.

El pecado, el mal, siempre hacen referencia a un otro individual, o a otros como grupo, sea familia, amigos, comunidad, sociedad. No vivimos solos ni en soledad.  Los seres humanos quedamos como atados por una especie de hilo invisible y hay formas de ataduras a los otros y a la misma realidad, que nos anudan en el mal y para el mal. Ese es el pecado.

Misteriosamente, siempre necesitamos de otro para desatar lo que hemos atado y tanto daño nos hace, no podemos desanudar solos semejante fuerza, la fuerza del mal. Y Dios, entre otros muchos modos que tiene de tocar a Su Pueblo y a cada ser humano con Su Amor, Misericordia y Perdón, ha querido que cada persona y cada comunidad, sea tocada por medio de los sacerdotes que servimos con este don sacramental del perdón.

Dios, que sabe de nuestras debilidades y miserias, no desea desentenderse de la vida y desea que la liberación personal del mal, no la experimentemos sólo en la intimidad de la conciencia, sino también y fundamentalmente, por medio de la Iglesia y lo hagamos en el encuentro fraterno con el sacerdote.

Por supuesto que esa reconciliación es también con uno mismo. Esto implica darnos cuenta que en realidad estábamos sufriendo y cuando el corazón responde ante ese dolor,  podemos comprendernos bondadosamente, sin juzgarnos con dureza por haber fallado y haber cometido errores, sino aceptando con calidez nuestra propia imperfección, y esta es una puerta fundamental para ir hacia el encuentro con los otros.

Si la vida y el pecado siempre están emparentados con otras personas, es con otras personas que también debemos encontrar la salida, no en la soledad de la introspección, sino en la entrega confiada y humilde a otros. Esto es parte del misterio y como todo sacramento, aún el de la reconciliación en el que nos confesamos delante de un solo hombre, detrás del sacerdote está la Iglesia, es decir, la comunidad de hermanos.

Es algo estupendo y liberador tanto en lo espiritual, como en lo psicológico, saber que habiéndonos peleado, ofendido y enojado con otros, actuando mal ya sea de palabra o de obra, u omitiendo actuar y quedando así, de espalda a los otros, contamos con la reconciliación sacramental. En ella, aunque estemos frente a un otro individual, detrás se encuentra la comunidad, mi familia, mis amigos, conocidos, el mundo, Dios.

Me perdona Dios, pero ese perdón es reconciliación con todos.

Dios no obra sólo en los misteriosos vericuetos de nuestra psiquis humana y de nuestra conciencia individual, Dios obra con su Misericordia en el mal que siempre daña a otros. En ese acto sacramental, Dios me perdona a mí que he confesado mis pecados, pero obra en los hilos invisibles que nos atan a todos en el mal. Por eso, el perdón es paz para mí y para el grupo en el que mi mal influenció y también es paz para el mundo, porque es una acción directa hacia el mal.

Cuando me reconcilio con Dios sacramentalmente, Dios ejerce una Misericordia tan infinita y tan potente, que quedo reconciliado con Él y con todos los otros, incluso aquellos en que jamás me hubiese dado cuenta que mi pecado los había tocado secretamente.

La Misericordia de Dios cuando nos toca, pacifica todo, es decir, nos vuelve a la inocencia primera, en la que nos sentimos dignamente humanos, hijos suyos amados y hermanos de toda la Humanidad.

Dicho así, parece como demasiado fácil, y en algún sentido lo es, porque como una Madre y un Padre, Dios quiere facilitarnos el camino de humanización, que es camino de lucha y de esfuerzo cotidiano por vivir, y por eso, Su Misericordia nunca pude ser difícil de alcanzar. Dios siempre deseará arriesgar su cercanía y su ternura con nosotros, más que hacérnosla difícil. La Misericordia del Señor está siempre al alcance de la mano.

San Pablo le decía a su comunidad de Corintio: “Les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios” (2 Cor 5,20).

A mi modo les digo: “Dejémonos tocar por la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Reconciliación”. Porque todos somos sus hijos pródigos, que cuando regresamos dolidos y heridos por el mundo, Él siempre nos recompensa dándonos cobijo y condonándonos toda deuda, haciendo un “borrón y cuenta nueva” en nuestras vidas, para que podamos empezar de vuelta, más ligeros, con mayor conciencia y honrando nuestra propia humanidad.

[1] Misericordiae Vultus 17: De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Proponemos algunas preguntas orientadoras, todas ellas están hechas en primera persona como para guiar un examen de conciencia personal.

Se trata de ayudar a que cada persona, sumergida en la Misericordia de Dios, pueda experimentar profundamente el deseo de más plenitud y más felicidad, y volver a emprender así el camino de conversión.

Dios
 ¿Cuál es la imagen más profunda de Dios que habita en mí?
 ¿Experimento la Misericordia de Dios en mi propia carne?
 ¿He sentido la ternura de Dios sobre mis fragilidades?
 ¿Quién es Jesús para mí?
 ¿Cómo vivo el Amor que Dios me tiene?
 ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Le tengo miedo?
 ¿He experimentado el perdón de Dios sobre todos mis pecados?
 ¿Hay algo que Dios todavía no toco en mí con su Misericordia? ¿Qué?
 ¿Hay algo que necesito que Dios me perdone? ¿Qué?
 ¿Cómo es mi práctica del sacramento de la reconciliación?
 ¿Deseo seguir a Jesús y seguir aprendiendo de su Evangelio?
 ¿Dejo obrar a Dios en mi vida y en mis relaciones?
 ¿Celebro mi vida junto a mis hermanos en la misa de cada fin de semana?
 ¿Tengo tiempos de oración, de dialogo con Dios, de encuentros de amistad con él?

Fragilidad
 ¿Cuáles son las situaciones en las que me descubro frágil, vulnerable?
 ¿Qué provoca en mí ser consciente de esa fragilidad?
 ¿Me asocio a la cruz de Jesús?
 ¿Soy agradecido por los bienes y dones recibidos?
 ¿Puedo aceptar el hecho que no puedo todo, que no soy omnipotente?
 ¿Soy realista en el reconocimiento de mis capacidades y limitaciones?
 ¿Cómo vivo la humildad? ¿O me vanaglorio en todo momento?
 ¿Puedo aprovechar mi fragilidad como puerta, como puente para llegar al te-soro del amor y la vida en plenitud?
 ¿Puedo respetarme y respetar a los otros?
 ¿Puedo vivir con alegría en mis fragilidades y las e mi comunidad?
 ¿Tengo sentido del humor?
 ¿Doy esperanza a los otros?

Hacia una Iglesia en salida

Vínculos
 ¿Sé escuchar atentamente a los otros?
 ¿Sé dialogar?
 ¿Puedo ser franco, abierto, transparente, comunicativo?
 ¿Tengo verdadero cuidado por mis prójimos?
 ¿Estoy interesado en mi comunidad?
 ¿Soy competitivo a tal punto que me entristece que a los otros les vaya bien?
 ¿Sé alegrarme con el bien del otro y evitar así la envidia?
 ¿Acepto de buen grado las diferencias de los otros?

¿Pretendo imponer mi manera de ver, de sentir, mi pensamiento, mis modos?

Responsabilidad
 ¿Me hago cargo de las heridas que produzco en los otros?
 ¿Sé vivir con sentido de corresponsabilidad, es decir, colaborando con otros?
 ¿Tengo serenidad frente a los problemas comunes?
 ¿Soy autoritario, violento?
 ¿Puedo aceptar la ayuda de los otros?
 ¿Sé trabajar con otros?
 ¿Sé ayudar a los que lo necesitan, o soy paternalista?

¿Puedo aceptar críticas y desacuerdos, con mente abierta, sin prejuicios, bus-cando crecer junto a otros?

Amor
 ¿Puedo aceptar el amor de otra persona y simultáneamente darle yo también amor?
 ¿Puedo dar amor sin esperar recibir nada a cambio?
 ¿Considero ser más generosa/o y tener gratitud como una expresión del amor?
 ¿Cómo es mi actitud de servicio en las cosas cotidianas?
 ¿Sirvo a los otros o me sirvo de ellos?
 ¿Actúo buscando siempre mi beneficio?
 ¿Soy egoísta, narcisista?
 ¿Culpo a los demás de las cosas que me pasan?
 ¿Cómo vivo la paciencia?
 ¿Soy celoso, envidioso, incapaz de alegrarme con el otro?
 ¿Busco promocionar a los otros?

Misericordia
 ¿Puedo descubrir las miserias de los otros y ser compasivo?
 ¿Me duele en lo más profundo de mi corazón el pecado del mundo?
 ¿Vivo juzgando a los demás?
 ¿Cuál es la medida que uso con los otros?
 ¿Hago el bien como me gustaría que me lo hagan a mí?
 ¿He perdonado? ¿He retenido el perdón?

Camino diocesano para la conversión pastoral

 ¿A quién debo perdonar?
 ¿Estoy siempre atento a las faltas de los otros?
 ¿Se vivir sosteniendo a mis hermanos en sus dificultades?
 ¿Estoy dispuesto a admitir que no sé todas las respuestas?
 ¿Puedo ser tolerante frente a las miserias de mis hermanos?
 ¿Practico las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los en-fermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos?
 ¿Las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corre-gir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con pacien-cia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Fraternidad – Solidaridad
 ¿Puedo vincularme con personas diferentes?
 ¿Cómo hago crecer la fraternidad en los lugares donde vivo, trabajo, participo?
 ¿Cómo es mi manera de compartir mis bienes?
 ¿Participo en la construcción del Bien Común de mi comunidad, barrio, país?
 ¿Estoy siempre en el centro o puedo dejar que otros sean protagonistas?
 ¿Puedo hacer cosas como lo sugiere otra persona?
 ¿Cómo es mi relación con los pobres, enfermos, débiles, sufrientes?
 ¿Margino, hago hostigamiento (bullying) a otros?
 ¿Discrimino a mis hermanos? ¿Por qué causa?

Iglesia – Comunidad
 ¿Cómo vivo mi relación con la Iglesia?
 ¿Cómo es mi relación con mí comunidad?
 ¿He sido maltratado, herido por mi comunidad? ¿He perdonado?
 ¿He maltratado a otros de mi comunidad? ¿He pedido perdón?
 ¿Cómo han sido mis aportes a la vida comunitaria?
 ¿He difamado, generé chusmerío dentro de mí comunidad?
 ¿Sé sobreponerme y ayudar a sobreponernos de las dificultades comunitarias?

Misión
 ¿Intento ser ejemplo para otros, dar testimonio con la propia vida?
 ¿Ofrezco mi tiempo, mis talentos al servicio de la comunidad?
 ¿Me intereso por los otros, sus problemas, sus vidas?
 ¿Puedo irradiar el evangelio con mi vida?
 ¿Soy un poco de luz y de sal en las cosas de la vida cotidiana?
 ¿Puedo hacer presente el Reino de Dios en el mundo que habito?
 ¿Cuido del Medio Ambiente y ayudo a cuidarlo?
 ¿Cuido a los pobres?

CAMINAR CON LOS ÚLTIMOS

Por Marcela Mazzini. Dra. en Teología y Asistente al Sínodo de la Familia como auditora.

“El Sínodo se mueve necesariamente en el seno de la Iglesia y dentro del santo pueblo de Dios, del cual nosotros formamos parte en calidad de pastores, es decir, servidores. El Sínodo, además, es un espacio protegido donde la Iglesia experimenta la acción del Espíritu Santo. En el Sínodo el Espíritu habla a través de la lengua de todas las personas que se dejan conducir por Dios que sorprende siempre, por el Dios que se revela a los pequeños, y se esconde a los sabios y los inteligentes; por el Dios que ha creado la ley y el sábado para el hombre y no viceversa; por el Dios que deja las 99 ovejas para buscar la única oveja perdida; por el Dios que es siempre más grande de nuestras lógicas y nuestros cálculos.” Del discurso de apertura de Francisco en la primera sesión del Sínodo de la Familia 2015.

“(El Pueblo de Dios, la Iglesia) Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque éste es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos.” Palabras de Francisco en el Angelus del 25 de octubre, día en el que terminó el Sínodo de la Familia.

Introduzco estas líneas con ambos textos del Papa que nos permiten comprender de qué manera el pensamiento de Francisco sobre la familia, va unido al tema de la misericordia. En efecto, no solo hay una proximidad de tiempo entre la finalización de la sesión ordinaria del Sínodo de la Familia y el comienzo del Jubileo de la misericordia el próximo 8 de diciembre, sino que en el corazón del Santo Padre hay una relación establecida entre ambas realidades, relación que nos quiere participar y comunicar.

Se entenderá mejor esta relación si nos damos cuenta que en el segundo texto, el Papa define a la Iglesia como familia de familias, una imagen cercana a la de la Iglesia como familia de Dios que nos trae el documento de Puebla (DP 241).

En la familia, la lógica de la misericordia, fluye con más naturalidad que en otros espacios humanos. En familia, se suele adecuar el ritmo a las necesidades de las personas, haciendo una natural opción por los más pequeños y los más frágiles. Cuando nace un bebé, toda la familia comenzando por los padres, adaptan horarios, ambientes, actividades al nuevo integrante que por su condición es absolutamente dependiente. Otro tanto sucede con los abuelos, o cuando alguien está enfermo. La familia se adapta y en general toma el ritmo de las necesidades de sus miembros, caminar con los últimos, sin dejar a nadie afuera, parece lo normal.

De hecho, cuando esto no se da, la familia comienza a desarmarse, a desectructurarse y deja de ser ese “lugar seguro” en el que podemos ser nosotros mismos, en el que no hay necesidad de disimular o de presentarse fuerte y resuelto.

Se siente familia al grupo humano que nos quiere, nos acompaña y nos cuida, más allá incluso de los lazos de sangre. Cuando queremos expresar la próximidad máxima con una o más personas, decimos: “somos familia”. Es decir, que el hecho de acompañar, cuidar, comprender, aceptar y estar al servicio unos de otros, es lo que identificamos con la idea de familia. Lo interesante y asombroso es que en general no asociamos esto con una obligación, o con algo pesado (aunque ocasionalmente pueda serlo) sino con un deseo profundo del corazón.

En el reciente Sínodo de la familia, quedó de manifiesto el hecho de que, aunque ha cambiado la configuración de los grupos, el deseo de familia no se ha apagado del corazón humano, en ningún lugar del mundo. Los jóvenes siguen deseando formar una familia, siguen anhelando un amor que dure toda la vida, que sostenga y acompañe los devenires de las historias personales. Caminar juntos en la vida, compartiendo penas y alegrías es lo que buscamos y deseamos.

La palabra “Sínodo” de hecho significa “camino común” o “caminar juntos”, la imagen de la familia ilumina también en esto la marcha de la Iglesia. En el Sínodo el Papa nos propuso caminar como familia y estar precisamente al servicio de las necesidades de los últimos, de los más solos y postergados. El Papa pidió que los padres sinodales pensaran en todas las familias, las de todo el mundo, pero en especial las que más necesitan de la mirada, de la presencia y del servicio misericordioso de la Iglesia como familia de Dios: las familias más pobres, las familias de los migrantes, las de los cristianos que son perseguidos, las monoparentales, las ensambladas, las de los divorciados en nueva unión, las de los que tienen un miembro enfermo o con capacidades especiales, etc. El instrumento de trabajo del Sínodo adoptó al acertada expresión “familias heridas”, para describir todas las situaciones familiares dolorosas o difíciles.

Hubo ideas distintas en casi todas las cosas, y había momentos en que los presentes nos preguntábamos cómo podría resultar un texto común a partir de posturas tan diversas. Pero el Espíritu de Dios, que actúa siempre en su Iglesia, aún a pesar de nuestros errores, límites y pecados, nos sorprendió una vez más. En medio de todas esas opiniones que parecían por momentos tan lejanas entre sí, fue alentador comprobar que había un deseo profundo y unánime: acompañar a las familias, a todas, sean cuales fueren las circunstancias en las que se encuentren.

Escucha, acompañamiento, discernimiento y sinodalidad (hacer camino juntos), fueron las palabras que más se escucharon en el aula. Este deseo de integración es una aspiración profunda que nos define como Iglesia familia de familias, como familia de Dios.

Considero también que es un “signo de los tiempos” (GS4), una inspiración y una orientación fundamental para la pastoral en nuestro tiempo el hecho de acompañar a las familias, asumiendo el paso y el caminar de los últimos, de aquellas familias que más necesitan la presencia y la ayuda de la Iglesia, no importa en la situación en la que se encuentren. Acompañar y ayudar a crecer, porque la misericordia y la verdad no se excluyen, sino que se potencian.

Ahora tenemos que asumir la conversión pastoral de la que nos habla Francisco y aprender lo que significa concretamente para cada comunidad, caminar con los últimos, saliendo a buscar a las familias más heridas, más alejadas, más pobres, más solas. Desarrollando también una actitud de profunda fe en Dios, que siempre nos sorprende, como dice Francisco, que va más allá de nuestros cálculos humanos. A nosotros nos toca sencillamente ponernos en camino y llevar “el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.” (EG 169) Ese es el servicio humilde y maravilloso al que estamos llamados todos aquellos que estamos comprometidos en la pastoral familiar. No lo hacemos porque nuestras familias sean perfectas (todas las familias y todas las personas estamos más o menos heridas), sino porque somos pecadores que hemos sido perdonados por el Señor y que salimos a anunciar su misericordia, habiéndola experimentado en nuestras vidas.

Que Jesús que quiso nacer en una familia pobre de la periferia de un imperio poderoso, que conoció siendo niño las vicisitudes de escapar de una persecución, que fue un migrante en Egipto y vivió 30 años en la sencillez cotidiana de la vida familiar, nos muestre los caminos para decir palabras que den esperanza y que iluminen tantas realidades de las familias de hoy. Que nos regale a todos la alegría de vivir en familia y nos enseñe a caminar con los últimos.

ESTUVE ENFERMO Y USTEDES ME VISITARON

Por Dra. Isabel Pincemín. Directora médica del Hospice San Camilo y Directora del Instituto de Formación Docente Pedro Poveda

Muchos han sido los cambios en el modo de transitar el final de la vida en estos últimos años desde la muerte que transcurría en la propia casa, en el entorno familiar, a la muerte hospitalizada y tecnológica; desde la “muerte domesticada” medieval y hoy más presente en las sociedades rurales, muerte que no sorprende cuando llega y a la que podemos prepararnos (recordemos aquella Letanía de los Santos que ruega “De la muerte súbita, líbranos Señor”), a la muerte aislada y sostenida por la técnica. Héctor Tizón, lo resume en pocas palabras: “En las familias, en la época en que yo era chico, a uno lo llamaban y le decían: se está muriendo la abuela, vayan a despedirse. Y uno iba a ver a la abuela y le daba la mano, y… se despedía uno del muerto”. En la actualidad, con mayor frecuencia, la muerte suele ser escondida, silenciada,  negada, prohibida o, en palabras de G. Gorer “una muerte pornográfica”, que no puede ser nombrada y que transcurre en un hospital, allí donde puede ocultársela. Y que, en palabras de Philippe Ariès, “…se ha vuelto innombrable. Todo sucede ahora como si ni yo ni tú ni los que me son caros fuéramos mortales”.[1] Es uno de los nuevos tabúes. Sólo tiene prensa la muerte violenta.

Por otro lado, el desarrollo de la medicina abrevando en la ciencia y la tecnología, ha conducido de la mano de sus grandes logros, a la medicalización de numerosos momentos de la vida, en particular su origen y su final, llegando en ocasiones a lo que actualmente se denomina “encarnizamiento terapéutico” cuando se utilizan tratamientos que ya no son útiles en esa etapa de la enfermedad. El comienzo de la terapia intensiva, a mediados del siglo XX, de la mano de la epidemia de polio, enfermedad con alto riesgo de paro respiratorio, y de las guerras, la cirugía cardiovascular y los transplantes permitió salvar muchas vidas. Dio nacimiento a una nueva clínica, la del enfermo crítico, en el que el enfermo ingresa a un nuevo espacio hospitalario especialmente preparado para él y donde abunda la tecnología para el soporte vital (respiradores artificiales y otros artefactos).  El nacimiento de la medicina intensiva ha supuesto un cambio conceptual de enormes consecuencias en medicina. El viejo concepto de “muerte natural” ha ido perdiendo poco a poco vigencia, sustituido por el de muerte intervenida tecnológicamente. Hay que estar muy atentos para no abusar de estos medios técnicos, y cuando la vida llega a su final, permitir al enfermo estar en un lugar en que pueda ser sostenido afectiva y espiritualmente y este lugar, muchas veces, no es la terapia intensiva.

En la actualidad, los Cuidados Paliativos y los Hospices modernos, surgieron pensando en esta descuidada realidad que son los enfermos incurables y, en ocasiones, murientes. Existe un abundante cuerpo conceptual elaborado a partir de la investigación científica y una práctica interdisciplinaria que se ocupa del enfermo y su entorno cercano en medio de la complejidad de las enfermedades en fase avanzada; esta fase implica numerosos síntomas físicos y psíquicos (dolor, ansiedad…), aspectos sociales que hay que atender (organización familiar para el cuidado, recursos económicos, abandono…), cuestiones existenciales y religiosas que surgen frente al misterio de la enfermedad y de la muerte y que suelen producir sufrimiento. El nuevo estilo de relación médico-paciente que ofrecen los cuidados paliativos permite al enfermo (niño, adolescente o adulto) decir su palabra e intervenir en las decisiones que lo afectan, cuidando la calidad de vida de los enfermos y sus familias. Sin embargo, todavía los Cuidados Paliativos y los Hospices distan mucho de estar lo suficientemente difundidos como para ser ofrecidos a todas las personas. En el mundo, se muere todavía muy mal e, incluso, sin los tratamientos analgésicos mínimos, a pesar de que la medicina cuenta hoy con una gran cantidad de medicamentos que pueden aliviar el dolor (por ejemplo, la morfina). Estos medicamentos permiten que las personas puedan tener una mejor calidad de vida y vivir más consciente y libremente el proceso de la enfermedad y, eventualmente, la muerte.

“Morir indignamente es morir solo, abandonado, en un espacio inhóspito y anónimo, en un no-lugar (siguiendo la expresión del antropólogo francés Marc Augé). Morir indignamente significa morir sufriendo innecesariamente o morir atado a un artefacto técnico que acaba convirtiéndose en el soberano de mis últimos días. Morir indignamente significa, igualmente, morir incomunicado, rodeado de personas insensibles, especialistas sin alma, de burócratas, que desarrollan mecánicamente su labor profesional.”[2] Frente a esta realidad, Cicely Saunders (1918-2005), enfermera inglesa, anglicana, visita llena de misericordia a su enfermo, David Tasma, un refugiado polaco enfermo de cáncer. Este encuentro transforma su vida haciéndole entender que lo que ese enfermo espera de ella no es sólo su tarea profesional sino su propio corazón puesto en esa visita. Ella le dice: “Tú importas porque eres tú e importarás para mí hasta el fin de tu vida”. Funda el Hospice St. Christopher’s, en Londres, para la atención de estos enfermos. En línea con este espíritu, el Movimiento Hospice Argentina, hace poco más de diez años, surge en nuestro país como respuesta a la necesidad concreta de los enfermos que se encuentran atravesando la etapa final de la vida. Los Hospices en la Argentina son una iniciativa de miembros de la Iglesia Católica abiertos a todas las personas que los necesiten sin discriminación alguna, con especial preocupación por aquellas que carecen de los recursos económicos necesarios o que no tienen entorno familiar que pueda sostenerlos. En nuestra diócesis, el Hospice San Camilo fundado por el P. Juan Pablo Contepomi, realiza esta tarea a partir del amor y el esfuerzo de muchos voluntarios[3].

La visita a los enfermos y el vocabulario de la misericordia

En diversos contextos, el domicilio, el hospital, la clínica, el hogar de personas mayores, Jesús nos pide que lo visitemos. Ante la sorpresa de los que le preguntan, en el Evangelio de Mateo, Jesús nos dice que visitando a los enfermos lo visitamos a Él. Pero ¿qué hacer en esa visita? Muchas veces nos sentimos perplejos frente a un familiar o amigo que enferma y no sabemos cómo reaccionar ni qué decir y el enfermo se va quedando aislado y solo. El contacto con el enfermo requiere capacidad de escucha y respuestas apropiadas a sus necesidades. A. Pangrazzi[4] nos aconseja utilizar en nuestras visitas el vocabulario de la misericordia sintetizado en la integración de cuatro verbos:

  • ¿Qué puedo hacer por el enfermo?

Visitarlo, ofrecerle mi presencia (estar), hacerle compañía, ayudarlo a reflexionar, ofrecerle pequeños servicios (ayudarle a comer, beber, llamar por teléfono, leer…), dar un paseo con él o ella, orar, prepararlo para recibir los sacramentos, presentarle a otros enfermos, mantener contactos con su familia, acompañarlo en diversas actividades, promover encuentros formativos o recreativos.

  • ¿Qué puedo dar al enfermo?

Comunicarle mi interés y mi disponibilidad, asumir sus estados de ánimo, sintonizar con sus pensamientos y preocupaciones, recibir y ofrecerle información, comunicarle esperanza de que va a ser acompañado (no esperanzas irreales), reafirmar sus valores y experiencias, explorar sus miedos, responder con sinceridad a sus preguntas, ofrecer palabras de consuelo, transmitirle comprensión y proximidad, ayudarlo en la búsqueda de sentido, apoyarlo en las decisiones que deba tomar.

  • ¿Qué puedo ser para el enfermo?

Alguien presente y cercano, respetuoso y paciente, un amigo, un confidente, un buen observador, una persona imparcial y fiable, un compañero/a de camino, yo mismo, un ser accesible y discreto, un consuelo, competente en el servicio, coherente y auténtico, un buen intermediario, un guía espiritual, un símbolo de Dios y de la Iglesia, un signo de esperanza, un regalo, un espejo en el que mirarse, un intérprete de sus necesidades.

  • ¿Qué puedo aprender del enfermo?

A conocer su historia, sus recursos y sus intereses, a relativizar los problemas, a saber estimar la salud y la vida, a comprenderme mejor a mí mismo, a valorar las pequeñas cosas, a ser más humano, a ser consciente de mis limitaciones, a prepararme para la enfermedad y la vejez, a afrontar la muerte, a reconocer diversos modos de vivir el sufrimiento, a ser humilde y dependiente, a crecer en sabiduría, a dejarme evangelizar, a tener paciencia y coraje, a ser tolerante.

La atención pastoral en el final de la vida reviste gran importancia para el enfermo y su entorno tanto como acompañamiento espiritual, sea la persona creyente o no, como en el apoyo de su comunidad religiosa  y, en el caso de los fieles católicos, la participación en los sacramentos que confortan en la fe, la esperanza y el amor. Pero, en nuestro contexto secularizado y plural, el final de la vida es, quizá, para muchos allegados de la persona que muere, una de las pocas maneras de encontrar un momento de calma para reflexionar sobre aspectos más trascendentes de la vida. De allí la importancia de cuidar que nuestros ritos en torno a la muerte sean una expresión auténtica y significativa de que la Vida puede más que la muerte y de que es bueno optar por “lo único necesario”.

[1] Ariès, Ph. (2000), Morir en Occidente, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires.

[2] Torralba Roselló, F. (2007) Calidad de vida. In 10 palabras clave ante el final de la vida, Ed. Verbo Divino, Estella.

[3] Hospice San Camilo. Hilarión de la Quintana 2125. Olivos. www.hospicesancamilo.org.ar

[4] Pangrazzi, Arnaldo. (2000) Girasoles junto a sauces. En diálogo con los enfermos. Sal Terrae.

ESTUVE PRESO Y ME VINISTE A VER

Por Padre Juan Ignacio Pandolfini. Sacerdote de la Diócesis de San Isidro

“¿Por qué venís?” ¿Por qué vas?” Son dos preguntas que frecuentemente nos hacen cuando estamos en la cárcel o contamos lo que hacemos desde el Equipo de Pastoral Carcelaria. Hay, decimos entre nosotros, miles de razones para no ir y una sola para ir: “Estuve preso y me viniste a ver…”.

Si le pongo solo el corazón, las ganas, la confianza en que algo va a cambiar, por nuestra presencia en la cárcel, literalmente: “me la doy contra la pared”. El amor al prójimo que no acompañando por el acto de fe en estas palabras de Jesús, no se sostiene… hay que demostrar la fe con la caridad, dice el Apóstol Santiago, pero no es menos verdad que en estas realidades, la fe sostiene a la caridad. Una fe profunda en el misterio de la persona que está privada de su libertad te permite permanecer con muchas preguntas que finalmente se condensa en esta: ¿Por qué voy?

A los que empezamos a ir a la cárcel rápidamente nos aconsejan no preguntar el motivo que hizo que esté procesado o condenado. Y estoy totalmente de acuerdo con este criterio. Con los años uno comienza a darse cuenta que esa pregunta uno la escucha de parte del que está preso: “¿por qué estás acá?” Es la misma pregunta pero que viene inesperadamente del “otro lado” y esperan una respuesta que los haga salir muchas veces de una desconfianza que fue haciéndose el único modo de defensa para de ellos/as.

¡Qué alegría cuando vimos a Francisco en su primera Semana Santa, ir a un penal y compartir la celebración de la Última Cena con varones y mujeres! Verlo agachado lavando sus pies nos confirmó en este camino. Si su gesto nos conmovió, sus palabras nos llenaron de entusiasmo para permanecer en este lugar pensado como único recurso punitivo de una sociedad que no quiere hacerse cargo de lo que ella misma provoca.

Cuando nace la pregunta ¿por qué venís?, respiro tranquilo, porque me doy cuenta de que entre los que estamos en ese momento, se hace presente Otro que prometió su Presencia cuando haya dos o tres reunidos en su Nombre (Mt 18,20).

UN VIAJE A LA ESPERANZA

Por Jesús María Silveyra. El Libro “Un viaje a la esperanza”, sobre la obra de Pedro Opeka fue publicado por Lumen

Madagascar es una isla (la cuarta en tamaño del mundo), que se encuentra recostada sobre la costa oriental africana, en el Océano Índico, a unos cuatrocientos kilómetros frente a Mozam-bique. Esta ex colonia francesa, que alcanzó su independencia en 1960,  tiene una población de diecisiete millo-nes de habitantes, caracterizados por una extraña mezcla étnica asiática y africana. Ubicado entre los veinte países más pobres del mundo, tiene un ingreso per cápita por debajo de los doscientos cuarenta dólares anuales, el cincuenta por ciento de los niños están mal nutridos, la mortalidad infantil trepa al ciento treinta y seis por mil, y el cincuen-ta y tres por ciento de la población tiene problemas de acceso al agua potable. Cifras que hablan por sí solas del nivel de marginalidad y pobreza que reina en la Grand Ilhe, según la bautizaron los franceses. Con una población rural todavía mayoritaria, Antananarivo, su capital, concentra casi el treinta por ciento de la población del país. La isla, más allá de la belleza de sus playas que atraen turistas de diversas partes del mundo, está sacudida por frecuentes ciclones, carece de recursos energéticos y sufre los problemas generados por la deforestación y la escasa fertilidad de la tierra, acompañados de un régimen de lluvias muy dispar entre las costas y el gran altiplano central. Su balanza comer-cial es históricamente deficitaria y depen-de de la ayuda internacional.

El misionero de la Congregación de San Vicente de Paul, Pedro Pablo Opeka, en 1970, con tan sólo veintidós años de edad, llegó por primera vez a la isla. Este sacerdote argentino, hijo de eslovenos (que emigraron a nuestro país luego de la segunda guerra mundial), comenzó así una historia de vida consagrada a los pobres y desposeídos que se extendería por más de cuarenta años de estancia en Madagascar. Luego de dos años de misión en el sur de la isla, viajó a Europa para completar sus estudios teológicos y en 1975 fue ordenado sacerdote en la Basílica de Luján, para retornar definiti-vamente a Madagascar en 1975 y hacer-se cargo de la parroquia de la Misión de Vagaindrano en la selva oriental del sur de la isla.

Desde muy chico aprendió el oficio de albañil de su padre y durante los quince años que pasó en aquél perdido lugar del mundo no sólo se ocupó de la formación de cientos de grupos de jóvenes (tanto en la espiritualidad como en el deporte, ya que Pedro era un eximio jugador de fútbol), sino que construyó escuelas, dispensarios y hasta una iglesia. Acos-tumbrado a vivir y comer con la gente humilde y necesitada, y debido al carác-ter inhóspito del lugar, contrajo  diversas enfermedades estomacales y, finalmen-te, el paludismo. En 1989, con su salud quebrantada, fue elegido para hacerse cargo del seminario de los padres lazaristas en Antananarivo. El primer impacto que le produjo la capital fue la miseria circundante: gente viviendo en las calles y en los basurales de los suburbios en condiciones infrahumanas, donde los niños peleaban con los cerdos por un trozo de comida. Fue en ese momento que el padre Pedro se dijo: “tengo que hacer algo, esta gente no puede vivir así, Dios no lo quiere, son los hombres los que lo permiten, sobre todo los políticos que no cumplen lo que prometen”.

basural(La gente en el basurero municipal)

Así, según me diría el padre Opeka, “cuando más débil me sentía, actuó más fuerte la Providencia”. Una mañana, a mediados de 1989, Pedro se subió a su moto y partió rumbo a las colinas de Ambohimahitsy, donde la gente vivía en casas de cartón próximos al basurero municipal, en un estado que describiría como de un verdadero “infierno”. La violencia, prostitución, el consumo de drogas y el alcoholismo, eran moneda corriente para aquella gente que repartía su vida entre los vicios, la mendicidad y el cirujeo en los basurales. “Un hombre me hizo pasar a su casucha de cartón de un metro veinte de altura”. Allí dentro, frente a un pequeño grupo, Pedro les dijo: “Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar”. Palabras que marca-ron desde el comienzo la filosofía de su obra, centrada en el trabajo y la educación. Y la gente aceptó la pro-puesta, dando comienzo a “una historia de amor o aventura divina”, como la define el padre Opeka.

campo(Los niños plantan árboles en el campo)

Con la colaboración de un grupo de jóvenes universitarios (muchos de los cuales él mismo había formado en su parroquia del sur de la isla), nació la Asociación Humanitaria Akamasoa (que en lengua malgache significa: “Los buenos amigos”) con el objetivo de servir a los demás, especialmente a los margi-nados y excluidos. Pedro consiguió tierras fiscales a sesenta kilómetros de la capital y ayuda económica de las amis-tades que había forjado en sus años de estudio en Francia (sobre todo de Gilbert Mitterand y su madre Danielle, por enton-ces primera dama y presidenta de Frances Liberté) para comprar materia-les, alimentos, herramientas y semillas. Un grupo de las familias que vivían en las colinas fue trasladado al campo para iniciar una nueva vida, naciendo así el primer pueblo de la Asociación, al que llamaron: “Don del creador”. Con las restantes familias que permanecían en las colinas de los suburbios de  la capital, iniciaron la construcción del segundo pueblo, llamado Manantenasoa (“Lugar de Esperanza”), comenzando a explotar una cantera y a levantar viviendas dignas para la gente.

Hoy, luego de veinticinco años de intenso esfuerzo, los números reflejan los resultados obtenidos. Cerca de treinta mil personas viven en los cinco pueblos de la Asociación. Más de diez mil chicos asisten a las escuelas.

trabajando(Mujeres trabajando en las canteras)

Tres mil quinientas personas trabajan en las distintas actividades de Akamasoa que van desde la explotación de canteras, fabricación de muebles y artesanías, hasta la prestación de  los servicios comunitarios: educación, salud, y mantenimiento. Cada pueblo cuenta con su dispensario y hasta tienen un hospital. Asimismo, cerca de quinientas mil personas han pasado por su Centro de Acogida, donde reciben ayuda temporal y son encaminados a reorientar sus vidas.

A mediados de 2004, viajé al lugar para escribir un libro sobre la vida del padre Opeka y la obra de Akamasoa. Había conocido a Pedro un año antes en la Argentina, cuando vino para celebrar el cumpleaños de su nonagenario padre, Luis Opeka. Su personalidad me impactó desde el primer momento, lo mismo que le ha ocurrido a quienes lo han propuesto varias veces para el “Premio Nobel de la Paz”. Pedro es un líder nato que combina valentía con dulzura, porque como dice él “ambas van de la mano”. A su condición de sacerdote misionero, agrega las de deportista, constructor y filósofo de la promoción social. “El asistencialismo, cuando se vuelve per-manente (excepto en los casos de ancianidad, niñez o incapacidad) termina convirtiendo en dependiente al sujeto de la asistencia y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”. Según Pedro, no existe una receta única para salir de la pobreza. “Se sale con el corazón y la voluntad, con el trabajo duro y el esfuerzo”.

pueblo(Un típico pueblo de Akamasoa, con calles empedradas, en perfecto orden y limpieza)

Para él, la única forma de que los pobres y excluidos recuperen su dignidad es “a través del trabajo y la educación”. De allí que en Akamasoa todo esté centrado en ello, como pude comprobar durante mis tres semanas de estancia en el lugar. El gran secreto de esta obra humanitaria, ha sido saber canalizar los recursos recibidos de la ayuda externa (tanto de alimentos como de materiales) en obras concretas y perdurables en el tiempo: viviendas, escuelas, dispensarios, calles, terrenos deportivos. Generando, a la vez, fuentes de empleo para los habitantes de los pueblos, pero sin cerrar la comuni-dad, sino, por el contrario, manteniendo la misma abierta al resto de la sociedad. De allí que muchos de los habitantes de Akamasoa trabajen fuera de la Asocia-ción y que miles de niños y enfermos venidos de afuera sean atendidos y edu-cados por ellos.

“Lo que ocurre en muchos países en vías de desarrollo es que los recursos dispo-nibles para la acción social son mal utilizados por el Estado”, afirma Pedro. En cambio, en Akamasoa, cada dona-ción que ingresa tiene un destino prefijado y controlable por parte de sus benefactores. Pero para Pedro y los habitantes de Akamasoa no basta con ello. “Cuando ya estén terminadas todas las viviendas definitivas, entonces haremos una gran fiesta”.

niños                                    (Niños de un Jardín de Infantes)

El objetivo está trazado y es lo que impulsa a toda la comunidad, no exenta de los problemas que a diario se les presentan, a vivir en la esperanza de lograrlo. El optimismo se basa en los resultados obtenidos hasta ahora, donde cada piedra, puerta, habitación, sala o techo, ha sido cimentada por el propio esfuerzo de los habitantes del proyecto. Pedro apuesta fundamentalmente a las nuevas generaciones nacidas y educa-das en Akamasoa. A esos diez mil chicos, algunos de los cuales ya están graduados en la Universidad. Ellos son la mejor prueba de que salir de la pobreza es posible si al ser humano se le dan oportunidades y herramientas para lo-grarlo. “Prefiero que un día me echen de aquí por haberlos hecho trabajar, a que me levanten un monumento diciendo que el padre era muy bueno y nos daba todo sin exigirnos nada a cambio”.

“Todo esto es obra de la Providencia sumada al esfuerzo de la gente”, me decía el padre Opeka. Providencia a la que a diario imploran muchos de sus habitantes en las capillas diseminadas en los pueblos y a la que rinden culto en las misas dominicales que se realizan en Manantenasoa. Allí, pese a que no todos los pobladores son católicos (represen-tan el 25%  de la población del país), se congregan normalmente más de seis mil personas para dar gracias a Dios por los dones recibidos y hacen erizar de emo-ción la piel de cualquier visitante.

misa                                      (Misa multitudinaria dominical)

Ante la pobreza y marginalidad que engloba a parte de nuestra población, vivo preguntándome si la experiencia de Akamasoa sería aplicable en la Argen-tina. La respuesta es sencilla: depende de nuestros dirigentes. O se utilizan los recursos disponibles para promover al hombre generando empleo y educación, o seguiremos navegando en los mares de un asistencialismo vacío que lo mantendrá en la dependencia. Para ello, la definición que me daba Pedro de la compasión humana, puede servir de referencia. “Compadecerse del otro es tenderle una mano para sacarlo de donde está”.

 

DAR POSADA AL PEREGRINO

Por Ernesto J. Martínez. Director del Hogar Amparo Maternal

El camino de la Hospitalidad

A simple vista podemos comprobar que nuestra sociedad se muestra solidaria en las catástrofes y necesidades extremas. También nos encontramos con múltiples asociaciones que se ocupan de los que no tienen techo, de los que sufren alguna enfermedad que necesita un tratamiento costoso, de aquellos que esperan una frazada o un plato de comida caliente en el invierno.

Pero al mismo tiempo, contradictoriamente, vivimos como si estuviéramos entre enemigos: nos protegemos detrás de rejas, colocamos alarmas en nuestras casas, usamos rastreadores para ubicar a “los nuestros”, adiestramos perros para defensa, blindamos los autos, vemos gente de seguridad hasta en las jugueterías, las cámaras para monitoreo son política de Estado,  algunos han llegado a armarse para sentirse protegidos y podríamos seguir poniendo ejemplos.

En los últimos años los extraños se han convertido en objetos de hostilidad (del lat. “hostis”) antes que de hospitalidad (del lat. “hospes”). Han dejado de ser extraños ante quienes guardamos reservas para pasar a ser enemigos, aquellos de quienes desconfiamos. Si tienen un color de piel “oscuro”, si hablan otra lengua (que no sea inglés u otro idioma europeo) se pueden llegar a convertir en un peligro potencial.

Día de la madre

Podríamos hilar más fino, ir más allá de los prejuicios estereotipados arriba descriptos y afirmar que también en nuestro entorno, invadido por la competitividad, miramos a compañeros de trabajo y de estudio como una posible amenaza a nuestra seguridad intelectual, afectiva y profesional.

Para poder ser hospederos, “recibir al forastero” como dice la Palabra de Dios, para hacer el camino que nos lleve de la hostilidad a la hospitalidad tenemos que comenzar por reconocer las semillas hostiles que hay en cada uno de nosotros. Indudablemente ese recorrido nos demandará toda la vida, por lo tanto nuestro proceso interior está llamado a convivir con gestos y acciones exteriores que vayan respondiendo simultáneamente a la invitación bíblica.

Más allá del camino interior y personal, podemos proponer desde estas líneas algunas características que hacen al hospedero y al hospedaje.

  • Ofrecer un espacio libre: entendemos esta característica como la oferta de una libertad exenta de reglas o normas estrictas. Quizás podamos definirlo como un espacio vacío, no vacío de sentido y contenido, sí de un vacío disponible para ser llenado, completado, en libertad. El desafío radica en no invitar al huésped a vivir como vivo yo, sino a ofrecerle un espacio para que viva como él vive.
  • Situarnos en pie de igualdad: recibir al otro como otro igual a mí, ante quien no tengo nada que temer, nada que defender. Como decíamos arriba, no es un enemigo, es un extraño llamado a convertirse en huésped por medio de la hospitalidad. Con esta actitud cae la enemistad y la extrañeza y se instala la igualdad, no sólo no somos extraños, no somos enemigos, somos iguales.
  • Estar dispuestos a establecer un vínculo recíproco: cuando hemos podido establecer la igualdad, cuando dejamos un espacio de libertad para la expresión y el desarrollo del huésped, estamos creando un vínculo con aquel que alojamos. Es más, podemos llegar a establecer las bases de una amistad que complemente y complete  la vida de ambos, revelándonos mutuamente el tesoro que cada uno lleva dentro.
  • Entregarnos gratuitamente: Podemos proponer como algo clave que el hecho primordial no es “dar” algo, sino  “darnos”. Podemos correr el riesgo de pensar que solo nosotros, los hospederos, somos quienes tenemos algo para dar, algo que ofrecer. Pero dando lugar al otro, dejando un espacio de libertad y amistad para que se exprese y desenvuelva, seguramente podremos recibir el regalo que su persona trae.

En la tradición bíblica aquel que era alojado, el huésped, siempre dejaba algo de Dios para quien lo albergaba. Podemos ver  a la viuda de Sarepta, que por dar de beber y alimentar al profeta Elías, recibe como regalo de Yavé la inagotabilidad de su recipiente de harina y de su cántaro de aceite. Más tarde Elías invocará a Yavé para que resucite al hijo de la viuda que lo alojaba en su casa. (1Re 17,9-24).

También podemos encontrarnos con el resucitado que camina junto a los discípulos de Emaús y al hacer ademán de seguir el camino, es invitado por ellos a quedarse a pasar la noche. En ese momento es cuando parte el pan y es reconocido regalándoles a los caminantes el gozo de haber caminado y alojado a Jesús mismo (Lucas 24 28-33).

Y en la misma línea de tomar un ejemplo bíblico podemos mirar a José, esposo de María. Cuando se acercaba el tiempo de dar a luz a Jesús, en medio de la noche, toma a María, busca dónde alojarla y recibe junto a Ella a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el gran regalo del Padre para toda la Humanidad (Lucas 2,4-7).

Me gustaría dejarles aquí el testimonio de Juan Carlos, con muchos años de vivir en la calle: “el final, el teje de la historia es ese, la gente no ayuda al que está en la calle, la gente lo que puede hacer…, te puede dar una manta, un saco, lo mismo que la Iglesia, una leche, dos pesos, pero no te va a ayudar…”.

Taller convivencial

Somos muchos los que acompañamos situaciones de calle desde lo cotidiano y nuestro camino y experiencia, nos enriquecen y cuestionan cada día disponiéndonos a nuevos encuentros. También podemos remitirnos a lugares específicos que alojan gente en situación de calle, quizás nosotros creemos que no tenemos lugar físico para albergar a otros y deslindamos nuestra responsabilidad social en ese ámbito hacia el Estado, que es quien tiene que resolver la situación, o en diferentes ONGs que incluso podemos apoyar y sostener con nuestro aporte.

Muchos de esos espacios que albergan gente en situación de calle son llamados “hogares”, seguramente como un deseo de serlo para los que lo han perdido por una u otra razón, pero me gustaría remitirme a otro testimonio:

Juan vivió durante 10 años en la calle. Un día decidió alojarse en un “Hogar convivencial” con la idea de reorganizarse. Allí lo valoraban y querían mucho y él se sentía muy a gusto entre ellos.

Después de un tiempo volvió a la calle.

En el Hogar comenzaron a preguntarse por él y Ricardo, que trabajaba allí, lo fue a buscar donde habitualmente paraba.

Al encontrarse se dio el siguiente diálogo:

R: Hola Juan, ¿cómo está?

J: Bien Ricardo, ¿y usté?, ¿qué raro por acá?

R: Si, lo estamos extrañando, ¿no quiere  volver al Hogar?

Juan levantó la cabeza, fijó su mirada cargada de memoria y sentimientos en Ricardo y después de un breve silencio eterno, le respondió…

J: ¿Hogar?… ¡Usté no tiene idea lo que es un Hogar!

Sería muy bueno preguntarnos: ¿por qué esos lugares llamados Hogares no encarnan verdaderamente uno? Podríamos cuestionarnos a nosotros mismos, y no a espacios a los que no pertenecemos, ¿cómo ser un hogar para aquel que lo está necesitando?, ¿cómo hacer que en cada encuentro con aquél que necesita ser alojado le brindemos nuestra hospitalidad en el Hogar que juntos podemos construir en ese mismo momento?

Espero que desde nuestro deseo de responder a la invitación de Jesús a recibirlo en nuestras casas, podamos ir enfrentando nuestras hostilidades más profundas, para transformarnos en buenos hospederos acogiendo al hermano y brindándole un lugar donde nos encontremos mutuamente y nos enriquezcamos con los dones de cada uno.

Les dejo una poesía de un sacerdote jesuita que hace más de 25 años vive en Centroamérica, más específicamente entre República Dominicana y Cuba.

AL BORDE DE LA CALLE

Mírame, Señor,
al borde de la calle
mientras corre la vida.

Estás pasando sin cesar
en la piel mulata de la gente,
pero no te veo.

Eres la última consistencia
de cada espalda que se dobla,
pero no te abrazo.

Es nuestro y tuyo
el olor de la pobreza,
pero no te huelo.

Eres una gota de ternura
en cada paladar enamorado,
pero no te saboreo.

Alientas el giro de las ruedas
y el grito de la dignidad,
pero no te oigo.

¡Ten piedad de mí,
inevitable mendigo de Absoluto!
Sustenta mi vigilia
hasta el instante exacto
en que se disuelve
la superficie de las cosas
y te reveles a mis sentidos
que tú afinas en la espera.

Benjamín González Buelta S.J.

SER CRISTIANO ES NO OMITIR AL OTRO

Por María Cristina Fernández de Parborell. Miembro de la Comunidad San Gabriel

¿Hay acaso una propuesta más contundente de práctica cristiana que la expresada en el Evangelio de Mateo (25, 31) a través de la parábola del juicio final?: “Vengan a mí, benditos del Padre… porque tuve hambre y me dieron de comer, estuve de paso y me alojaron…”

¿A qué otra cosa se refiere Jesús como condición necesaria para heredar el Reino?

Es el amor a tu prójimo que se concreta en mil maneras de expresarlo: servicio, tiempo, voluntad, paciencia, generosidad y perdón.

Es el amor al otro que cubrirá carencias y debilidades de cuerpo y de alma. No miremos en el espejo solamente nuestra repetida cara. Ampliemos la mirada. Mirando por derecha e izquierda siempre encontraremos  a alguien para registrarlo en nuestra agenda cotidiana. Hacerlo objeto de nuestro amor.

Los dones de la piedad y caridad los recibimos como virtudes infusas, pero no dejemos que ellos se anquilosen. Es el Espíritu Santo que nos ayudará a hacerlas explícitas en el obrar humano. Es un camino largo que cuesta, para el cual deberemos capacitarnos y moldear de a poco nuestro corazón y nuestros sentimientos. Aumentar nuestra capacidad de amar, que no siempre fluye espontáneamente, pero que la iremos adquiriendo con la ayuda del Espíritu Santo. Él seguramente hará crecer en nuestra alma el don de la piedad, permitiéndonos algo tan simple pero tan importante como ponernos en el lugar del otro.

Miremos y actuemos desterrando así la indiferencia, extendamos la mano, o mejor, démonos las manos, para caminar juntos y recordar que somos hijos del mismo Padre.

Amar a DIOS y a la vez esquivar al prójimo no sirve. Revertirlo es el gran desafío. DIOS se esconde en el pobre, salgamos a buscarlo y dejemos que Él se convierta en ladrón de nuestros corazones.

Pidámosle a María, Nuestra Señora de América, con las palabras del Cardenal Pironio: “Tú conoces la pobreza y la viviste. Danos alma de pobres para ser felices, alivia la miseria de los cuerpos y arranca el egoísmo del corazón de los hombres”.

 

 

“Cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo –su mandamiento- ya no habló de amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarlo como Él, Jesús, lo amó, y como lo amará hasta la consumación de los siglos… Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo no podré amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí.

Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un mandamiento nuevo…

¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad es amar tú en mí a todos los que me mandas amar…!”

Santa Teresita de Lisieux

ENSEÑAR AL QUE NO SABE

Por Padre Oscar Paladini. Vicario Parroquial de San Gabriel

Con motivo de celebrarse este año, el Año de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco, es una buena ocasión para recordar aquello que aprendimos en la catequesis y poner en práctica estas obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales.

El mismo Papa recomienda tener en cuenta estas obras en el momento de la reconciliación como enmienda a los pecados cometidos y nuestro Obispo Oscar dice que sea tomada alguna de las acciones de misericordia corporales y/o espirituales como parte del proceso para aquellos que peregrinan a los lugares donde se concede la indulgencia.

 Enseñar al que no sabe: Es la primera de las obras de misericordia  espirituales que la Iglesia nos propone realizar, y solo en ella me voy a detener.

“Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (Ls 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia…” (CEC 2447).

 

El enseñar es un arte y una de las tareas más lindas, desafiante, apasionante de llevar a cabo en la vida personal, en el trabajo, en la comunidad; aunque a veces también se torna difícil.

Es tratar de transmitir lo aprehendido, lo adquirido, de la mejor manera posible a alguien, a un otro, que como yo, tiene búsquedas, inquietudes.

san gabriel 1

Como comunidad parroquial, tenemos el desafío diario de hacer presente el Reino de los Cielos en medio nuestro, en el barrio, en la sociedad; en lo que hacemos y cómo lo hacemos estaremos dando testimonio del gran amor que Dios tiene. En cómo recibimos y atendemos a las personas que se acercan a Cáritas,  los que vienen a pedir un sacramento, una bendición o simplemente a charlar, o los que están de paso. Ahí en cada acción, en cada palabra que decimos o no decimos, mostramos si hemos aprendido a tratarnos como hermanos a reconocernos como hijos del mismo Padre.

Su mandamiento, es el mandamiento del amor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12b). Podríamos decir que una gran enseñanza es la del amor. Nos invita a dejarnos amar, a experimentar su amor para poder después nosotros comunicarlo a nuestros hermanos.

La mejor forma de transmitir el amor, de comunicar la fe, de enseñar lo que Jesús nos mostró de muchas maneras, es hacerlo carne. Encarnar el Evangelio implica ser testigo del gran amor que Dios nos tiene, que actúa en nuestra vida y en la de nuestros hermanos, es empaparnos del mensaje y los valores que nos dio, que nos dejó y no cansarnos de explicitarlo.

Jesús  a través de distintas parábolas, de distintas acciones y actitudes nos mostró y nos muestra el rostro misericordioso de Dios Padre, que una y otra vez sale al encuentro del hombre. No se cansa de decirnos “Ánimo… vamos de nuevo”. Siempre nos regala una nueva oportunidad para comenzar de nuevo, para aprender de Él que en “manso y humilde de corazón”.

San Pablo en la carta a los Colosenses dirá:

“Ustedes mismos se comportaban así en otro tiempo, viviendo desordenadamente.

Pero ahora es necesario que acaben con la ira, el rencor, la maldad, las injurias y las conversaciones groseras.

Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.

Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino solo Cristo, que es todo y está en todos.

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia.

 Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.

 Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.

Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.

Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por Él a Dios Padre.” (3, 7- 17)

 

San Pablo, junto a los demás apóstoles, nos ha enseñado con su predicación y fidelidad a ser seguidores de Jesús, a ser discípulos y misioneros.

Como Institución Educativa, el Colegio Parroquial hace mucho tiempo tiene la tarea de enseñar y evangelizar (en la Revista N°1 hemos hecho memoria de la importancia que ha tenido y tiene en el barrio, y cómo se ha ido construyendo).

En el Colegio venimos caminando y haciendo un lindo proceso de transformación con respecto a la mirada del que aprehende, o mejor dicho poniendo mayor atención a la manera, a la forma de aprehender que nuestros niños y jóvenes poseen actualmente. No es algo que hagamos o que se nos haya ocurrido solo a nosotros. La realidad nos plantea un cambio de paradigma en cuanto a todo lo referido a la educación y la incorporación de las nuevas tecnologías.

Antes, en la forma tradicional de enseñar tenía primacía el contenido que debía transmitirse y se hacía de forma homogénea para todos y todos debían aprender lo mismo, de la misma forma.

El Colegio hoy plantea un nuevo desafío, no sólo en el diseño y en los contenidos curriculares, sino también en las formas y maneras de enseñar. La educación integral de los alumnos, a través de todo lo que viven como comunidad educativa en las aulas en distintas disciplinas, en Educación Física, en los campamentos, salidas, talleres, como así también que tengan una linda experiencia de Dios, a través de la catequesis y las celebraciones que realizamos en el aula, el oratorio o en el templo, o en el contacto y la ayuda brindada a los más necesitados.

La Iglesia como Madre y Maestra nos acoge, nos cuida, nos enseña justamente para poder ser instrumentos de Dios, como lo fue María, la Virgen, que poniendo su vida en las manos de Dios, aprendió a encontrar su  voluntad, a llevarla a cabo; aprendió a ser la Madre de Jesús, aprendió a acompañarlo en la tarea evangelizadora, aprendió a acompañarlo en el dolor, aprendió a esperar la llegada del Espíritu en Oración, aprendió a ser Madre de toda la Humanidad.

Poniendo la mirada en María, podemos aprender cómo se es discípulo, alguien que busca la voluntad del Padre, la realiza, reza y da gracias.

Estamos invitados a enseñar al que no sabe, para eso tenemos que ponernos en el lugar de alumno que escucha al maestro, aprender de él, contagiarnos de su amor, de sus formas, de su mirada; para luego poder nosotros tener las mismas actitudes que él tiene frente a las personas que nos crucemos en el camino de la vida y a las cuales el Señor nos pide que enseñemos.

Se percibe un lindo clima, tanto en el Colegio como en el ámbito parroquial, que acompaña esta transformación a la que el Papa Francisco nos dice: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación…” (EG 27).

Que el Espíritu Santo que guía los corazones, nos aliente en este don y esta tarea a la que estamos llamados, para poder hacerlo siempre con Caridad.

 

TRES SEMBLANZAS SOBRE LA MISERICORDIA

Por Pedro Alurralde. Monje del Monasterio Santa María de los Toldos

“Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener misericordia”
Papa Francisco

Un gesto evangélico

Conocía desde hace tiempo a este muchacho que trabajaba como empleado.
Un día vino a verme llorando y destrozado anímicamente.
Vivía en pareja y tenían una criaturita hermosa.
Su  compañera volvió a quedar nuevamente embarazada.

Pero terminó por  confesarle que el niño que esperaban no era de él, sino el fruto de una relación fortuita con un hombre casado, con familia, y que no pensaba adoptar al hijo adulterino. Así se lo comunicó cara a cara, cuando el joven fue a interpelarlo.

Mi amigo estaba desesperado y la devolvió para no llegar a mayores, a la casa de los padres de la muchacha.

Pasados unos meses y nacida la nueva criatura, él con nobleza de corazón se decidió a perdonarla  y asumir al niño, a quien ha llegado a reconocer y a querer tanto como a su propio hijo, y me lo trae siempre para que lo bendiga.

En ese momento comprendí  el  texto de la carta de Santiago cuando dice: “LA MISERICORDIA SE RÍE DEL JUICIO” (St 2,13).


“De los Hermanos Karámazov”
Dostoviesky
“Amen al pueblo cristiano…”

Nosotros no somos más santos que los laicos por el mero hecho de haber venido a encerrarnos entre estos muros. Cuanto más viva el religioso en su retiro, más claramente habrá de ver esta ver­dad. De otro modo, no valdría la pena que hubiera venido aquí.

Sólo cuando tengan conciencia de ello, su corazón se sentirá penetrado de un amor infinito, universal, insaciable.

Entonces cada uno de ustedes será capaz de conquistar el mundo en­tero con su amor y de borrar los pecados con sus lágrimas.

No odien a los ateos, a los maestros del mal, a los materialistas; no odien ni a los peores de ellos.

Acuérdense de ellos en sus oraciones: Digan: «Salva, Señor, a esos por los que nadie ruega; salva a esos que no quieren rogar por Ti.» Y añadan: «No te dirijo este ruego por orgullo, Señor, pues yo soy tan vil como todos ellos…»

 

Nunca es tarde cuando la dicha es buena

Mi madre era una mujer encantadora pero muy distraída, que perdía las cosas con gran facilidad. Llaves, dinero, y objetos de todo tipo, se sucedían en una interminable galería de artículos extraviados. Cuando los recuperaba gracias a la intercesión de San Antonio, no se olvidaba de cumplir sus promesas y de saldar sus cuentas con el Santo. Luego acotaba con increíble candidez, que en realidad los objetos no se habían perdido, sino que sencillamente: ¡los había tardado en encontrar!

Recuerdo en especial dos ocasiones. En la primera, el tiempo que tardó en localizar en la biblioteca el libro en donde había guardado el dinero perdido. La segunda, cuando después de abrir la puerta de calle para recibir a un cobrador y pagar una cuenta, se pasó un largo rato buscando el monedero, para finalmente advertir que: ¡lo tenía en la mano entre las boletas!

Cada vez que comento estas anécdotas de mamá, me sonrío. Primero, porque me acuerdo de ella con alegría. Segundo, porque la asocio en cierta manera con la parábola evangélica de la dueña de casa que busca afanosamente la moneda perdida.

En esta parábola se nos habla de un Dios que no escatima medios ni tiempo para recuperar a una humanidad que viene a comportarse como: “la otra cara de la moneda”.

Muchas veces vivimos perdidos y alejados de Dios. Y frente a esta triste realidad nos sentimos excluidos y olvidados por él. Nos parece que ha dejado de buscarnos, y así hemos entrado a formar parte de alguna oscura y larga lista de desaparecidos…

Pero imprevistamente aparece el Señor en escena. De repente su presencia se torna cercana. No nos había abandonado. Siempre nos anduvo buscando. Su lejanía nos dolía, pero en realidad: ¡solo habíamos tardado en encontrarnos! Y Dios canturrea sonriente, como lo hacía mi madre, contenta de habernos recuperado.

La dueña de casa que encuentra la moneda perdida, comparte su alegría con amigas y vecinas. Y Dios con rostro de mujer, celebra como el padre del hijo pródigo la fiesta de la alegría; cumpliendo la promesa de saldar la deuda de nuestros pecados con la gratuidad de su amor misericordioso. ¡Porque nunca es tarde cuando la dicha es buena!

Sin embargo la alegría que Dios nos regala con su salvación, no comienza en nosotros, ni tampoco termina con nosotros. Proviene de Él y tiene que irradiarse por un mundo que ha perdido el sentido del humor, porque se ha tomado demasiado en serio, y absolutizando lo relativo, ha relativizado lo absoluto.

Nosotros los cristianos, que somos imagen y semejanza de Dios, también tenemos que salir al encuentro de la humanidad. Debemos transmitirle una buena noticia, dándole razones para esperar contra toda esperanza.

Si la buena nueva del evangelio cambió nuestra historia, de igual manera nosotros, con sonrisa evangélica, podremos festejar con nuestros hermanos la alegría de haber creído en Dios.

El biógrafo (Walter Daniel, Vita Aelred) de Elredo de Rieval, un santo monje de la edad media, define a su monasterio, llamándolo: “Rieval-Madre de Misericordia”. Y escribe en un párrafo: “Elredo logró que su comunidad fuera muy capaz de cargar con los débiles y de formar a los fuertes y perfectos. La convirtió en una casa de piedad y de paz, en una morada llena de amor de Dios y del prójimo.

¿Qué hombre, por muy desgraciado y rechazado que fuera, no encontraba en ella un lugar de descanso? ¿Qué ser débil llegó alguna vez a Rieval sin encontrar en Elredo un padre amoroso y el consuelo deseado junto a los hermanos? ¿Qué hombre, física o moralmente frágil, fue despedido de esta casa, excepto en el caso de que su depravación fuera motivo de escándalo para toda la comunidad y no hubiera ninguna esperanza de salvarlo?

No es, pues, extraño que, desde el extranjero y desde regiones lejanas, monjes necesitados de misericordia fraterna y de compasión vinieran a refugiarse a Rieval. Los vagabundos del mundo, a los que se le cerraban todas las casas, llegaban así a Rieval, madre de misericordia, donde encontraban las puertas abiertas y entraban libremente alabando al Señor”.

 

MORALEJA

Estas breves semblanzas solo pretenden hacernos recordar que sin el factor misericordia, el mensaje evangélico se derrumbaría estrepitosamente.

El perdón es la quinta esencia del amor y es multiforme en su expresión. Es la perfección del amor.

Podríamos decir que es el test del amor. ¡Dime cuánto perdonas y te diré cuanto amas!

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! ¡Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a lo que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!   (2 Co 1, 3-5)

LA MISERICORDIA -Walter Kasper

Por Prof. Luis Pérez Bahamonde. Presidente del Centro de Estudios Bíblicos Ecuménicos para Laicos (CEDEBEL)

CLAVE DEL EVANGELIO Y DE LA VIDA CRISTIANA

“Si no somos capaces de anunciar de forma nueva el mensaje de la misericordia divina a las personas que padecen aflicción corporal y espiritual, deberíamos callar sobre Dios. Después de las terribles experiencias vividas en el siglo XX y en el todavía incipiente siglo XXI, la pregunta por la compasión de Dios y por las personas compasivas es hoy más acuciante que nunca…”

Esta  grave declaración  del cardenal Kasper  en el prólogo mismo de su obra  justifica el trabajo   que este  reconocido teólogo, amigo personal del papa Francisco, pone hoy en nuestras manos. Poco que decir de una figura que en estos últimos tiempos está, por uno u otro motivo, en las primeras páginas de  los informativos eclesiales. Teólogo de larga y reconocida trayectoria,  ha tenido  recientemente una participación destacada en el sínodo que se acaba de celebrar en Roma alentando con su  opúsculo  el “Evangelio de la Familia” y la presente obra de la Misericordia, una mirada más humana y compasiva  en  torno al  complejo problema del matrimonio y de la familia en el mundo actual.

La obra que ahora paso a comentar  es de data reciente. El cardenal Kasper la publicó en el 2012 y  ese mismo año los lectores de habla hispana pudieron disfrutar su lectura a través de la editorial Sal Terrae, en su colección Presencia teológica. La razón inmediata de su aparición, como señala en el prólogo,  fue la constatación de que “la misericordia, tan fundamental en la Biblia, o bien ha caído en gran medida en el olvido en la teología sistemática, o bien es tratada solo de forma muy negligente”

Con este fin  ofrece en  nueve nutridos  apartados  una  rica  y oportuna reflexión  sobre la MISERICORDIA, atributo de Dios que él tiene por principal y que, por distintas razones, había caído un tanto en el olvido.

En el primer apartado –  La misericordia: un  tema actual, pero olvidado – Kasper  pone de relieve que la crisis de Dios  surgida a partir de la siempre difícil cuestión del sufrimiento y el mal no tiene solución en tanto no se abran nuevas pistas de reflexión. La sola razón o el simple fideísmo no podrán responder a las inquietudes del corazón humano en búsqueda incansable de sentido. La clave para hallar una respuesta adecuada  depende de  una reflexión  teológica que ponga en primer plano la misericordia de Dios. “En una situación – dice el autor – en la que muchos de nuestros contemporáneos se sienten desalentados, desesperanzados y desorientados, el mensaje de la misericordia divina debería hacerse valer en cuanto mensaje de confianza y esperanzas…”

Motivado por tal desafío, en el segundo apartado – Aproximaciones – el autor partiendo de la filosofía y de las religiones,  se ocupa del  término misericordia, de su origen etimológico  y también del contenido. Misericordia, del latín,  quiere decir “tener el corazón (cors) con los pobres (miseri), sentir afecto por los pobres… La misericordia denota la actitud de quien trasciende el egoísmo  y no tiene el corazón cabe sí, sino orientado hacia los demás…” A este nivel, dice Kasper, la misericordia, en contra de lo que muchos pensaban, es la virtud de los fuertes y no sentimentalismo barato de simples y débiles. Más aún,  la misericordia,   encarnada en la regla de oro que reza: “No hagas al otro lo que  no quieras para ti”, es patrimonio común de todas las religiones. Una regla, claro está, que cada religión adecúa a su realidad histórica y cultural.

Ahora bien, como cristianos, nosotros, si queremos alcanzar una comprensión integral de la misericordia  tenemos que acudir a la fuente: la Biblia. Partiendo del Antiguo Testamento – es la razón del tercer apartado – Kasper  asume el desafío de indagar  en sus páginas  el verdadero contenido de la misericordia.  (Digo lo de “desafío” porque él sabe muy bien que todavía hoy son muchos los cristianos que tienen  por “vengativo e iracundo” al Dios del A.T. Sin embargo resuelve el entuerto  remitiéndose  “al proceso de la progresiva transformación crítica de la idea de Dios dentro del A.T”. Es decir, en las páginas de estos libros no se encuentran “definiciones” sino descripciones progresivas  de Dios. Para las definiciones tenemos que esperar al N.T en la persona de Jesucristo…) Partiendo de la etimología bíblica de la misericordia, afirma:   “Es significativo  que el A.T conozca para la compasión y la misericordia el término RAHAMIN, palabra que deriva de REHEM, que denota el seno materno. También puede aludirse a las entrañas de la persona…” Por consiguiente, el término ya resulta elocuente si tenemos presente que el “útero” es el órgano femenino por antonomasia y cuya peculiaridad consiste en “ensancharse”  para dar cabida a lo diferente. Después, cuando ha alcanzado su punto culminante, la madurez, lo expulsa para que prosiga el proceso de crecimiento.  Por misericordia, a tenor de su etimología, ha de entenderse la capacidad de Dios de ensancharse, distenderse para acogernos a nosotros como somos, con nuestras virtudes y defectos. Lo contrario, sería la rigidez, la severidad, la inflexibilidad de un dios que, atento a su dignidad y honor, castiga y destruye a quienes infringen sus mandamientos. Y no se detiene ahí el alcance semántico de la misericordia. Kasper  cree que el término más importante para la comprensión de la misericordia es este otro: HESED,  que hace presente la benevolencia inesperada e inmerecida  de un superior que se inclina hacia el inferior como bien dice nuestro autor  en estas palabras: “ El hecho de que el Dios omnipotente y santo asuma la menesterosa situación en la que el ser humano se ha colocado a sí mismo, de que perciba la miseria del ser humano pobre y desdichado, de que escuche su queja, de que se inclina y humille, de que descienda para estar junto al hombre en su necesidad y lo vuelva a acoger  una y otra vez a despecho de su infidelidad, lo perdone y le brinde una nueva oportunidad, aunque más bien merecía el justo castigo, todo ello rebasa las experiencias  y expectativas normales, va más allá de la imaginación y el pensamientos humanos…”

Y así, tomando como punto de partida,  la terminología bíblica de la misericordia (rehem y hesed)  recorre Kasper, en apretada síntesis, los principales hitos de la historia del  pueblo de Israel comenzando por  las primeras páginas del Génesis que son  parábola de este pueblo y de toda la humanidad. Frente a la trasgresión y el caos del inicio,  Dios no actúa como “justo” Señor sino que se conduce con “misericordia” hacia el hombre y la humanidad caída. Esta misma misericordia se hace patente en el trascendental episodio del Éxódo. Dios se revela   a Moisés como Yavhe. Y no lo olvidemos, en hebreo se trata de la tercera persona  singular del verbo Ser. Por consiguiente, no es un sustantivo, por sí mismo estático; es un verbo, por lo tanto acción. Yavhé es el Dios que se revela actuando, interviniendo en la historia. Como bien dice Kasper,  “el ser de Dios es existencia para su pueblo y con su pueblo…, el ser de Dios es ser-para-su-pueblo…” Así lo expresa el salmo 86,5: “Porque tú Dios mío, eres bueno y perdonas, eres MISERIDORDIOSO  con los que te invocan.”

Como era de esperar este mensaje de la misericordia de Dios se hace historia en la persona de JESUCRISTO.  Desde el inicio – los relatos de la Infancia – Jesús se convierte  en evangelio, anuncio de la  compasión del Padre-Dios. Después,  la vida pública, en los tres evangelistas – Marcos, Lucas y Mateo – se abre justamente con el programa de la misericordia de Dios. “Ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia…” (Mt. 11,5) “Año de gracia del Señor…”, señala Lucas al final de la intervención de Jesús en Nazaret. (Lc. 4, 16-30) Esa misma misericordia brilla, sin duda, en la misma designación de Dios como “Abba”, es decir, padre-madre. Un título que, por lo demás, sobresale en el evangelio de San Juan.  Y qué no decir del mensaje de las parábolas; todas ellas encarnan la misericordia de Dios-Abba  traducido en perdón y acogida hacia los alejados, los perdidos, publicanos  y pecadores, un colectivo despreciado por “los buenos”, los que se ajustaban al cumplimiento  de la Toráh.

Jesús, en suma,  encarna la misericordia de Dios-Padre a través de su PRO-EXISTENCIA, es decir, viviendo en favor y para los otros, para los hombres hasta  su culminación en la Cruz. Porque la cruz, dirá Kasper, es signo de la misericordia del padre, de su capacidad para ensancharse a fin de acoger a todos los hombres, justos y pecadores.  “En la cruz  Dios se adentra incluso en lo contrario de sí mismo, echa la muerte sobre sí y se somete a las potencias de la muerte… De ahí que  la muerte de Jesús en la cruz sea la muerte de la muerte, el triunfo de la vida…”

Los cinco restantes apartados de la obra se pueden condensar en estas palabras del autor: “El amor, que se demuestra en la misericordia, puede y debe convertirse en fundamento de una nueva cultura de la vida, de la Iglesia y de la sociedad”.  En cada uno de ellos va desgranando Kasper  cual sea la importancia de la misericordia para el buen desempeño de las instituciones mencionadas. La misericordia (esto no lo dice el autor, pero se puede concluir) es el lubricante  esencial para que las piezas  de tan complejas maquinarias no salten por los aires.

Por mi parte, solo me resta, invitar a los lectores de esta reseña a la lectura  completa  del hermoso y oportunísimo libro del cardenal Kasper  que, en mi opinión, ha de contribuir a mejorar nuestra relación con Dios. Porque, y esta es una verdad que no admite duda,  muchos cristianos aunque no lo expresen claramente, dudan de la misericordia de Dios; para ellos tienen más relieve la justicia, lo penal, el castigo y no la misericordia.

 

ROGAR A DIOS POR LOS VIVOS Y POR LOS DIFUNTOS

La oración constituye el hilo que nos lleva directo a Dios, es un momento privilegiado de encuentro con El.
Rezar por el prójimo, es una obra de misericordia y al mismo tiempo, es un medio para alcanzar la gracia de Dios.
La Coronilla de la Divina Misericordia es la prueba de que el amor, la bondad y el perdón de Dios no tienen límite.  

 Coronilla de la Divina Misericordia[1]

Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu Amadísimo Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo,
en propiciación de nuestros
pecados y los del mundo entero.

Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero.

Santo Dios, Santo Fuerte,
Santo Inmortal, ten piedad de
nosotros y del mundo entero.

Oh sangre y agua que brotaron del Corazón de Jesús
como fuente de misericordia para nosotros,
en vos Confío.

[1] Santa María Faustina Kowalska, Diario. La Divina Misericordia en mi Alma, Gráfica Amalevi, Rosario, 2012.