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UNA NUEVA RECUPERACIÓN DEMOCRÁTICA

Por Joaquín Bernárdez. Licenciado en Ciencia Política y Catequista del colegio.

“No hay pared sin pintar ni corazones sin vibrar” titulaba un artículo de La Nación en la jornada histórica del 30 de octubre de 1983, día en que casi 15 millones de ciudadanos argentinos concurrieron a ejercer el derecho al voto después de soportar 7 años con las urnas escondidas. Gobiernos de elites oligárquicas, infructuosos intentos republicanistas, incontables experimentos autoritarios, éxitos y fracasos peronistas, dictaduras, y algunos más, se sucedieron en el tumultuoso camino del primer siglo de la Argentina moderna, caracterizada (¿condenada?) por la búsqueda crónica de un redentor que la encaminara a su supuesto destino de gloria, y por una sociedad separada históricamente en binomios irreconciliables que impidieron siempre la construcción de proyectos duraderos. Pienso que todos aquellos que no pudimos estar presentes -no por abstencionismo sino por inexistencia- para atestiguar aquella mítica jornada, igual comprendemos lo significativo que fue para la sociedad argentina el paso a una nueva vida democrática.

El ambiente político de época comprendía que el 30 de octubre era la oportunidad histórica para determinar de una vez por todas 1) un rumbo próspero y estable para el país y 2) afianzar las elecciones libres como práctica esencial para nuestra vida política y social. El segundo ítem estaría bien cubierto. Lo primero… ya todos habrán evaluado como viene saliendo.

Los jóvenes de ayer y su esperanza
Dentro del 85% del padrón que participó de las elecciones, una gran masa lo hacía por primera vez en la vida. Un dominante sentido de esperanza y compromiso patriótico permanecía con ellos: por primera vez la sociedad y los medios les preguntaban qué pensaban y se convertían en partícipes formales de la construcción del futuro de su país. ¿Cómo no entusiasmarse?

Debacles económicas, hiperinflaciones, cantidad incalculable de pobres e indigentes, corridas bancarias, enfrentamientos armados, saqueos, funcionarios expuestos por -seamos buenos- “desmanejos” de fondos públicos, incumplimiento de promesas electorales, provincias convertidas en feudos, sometimiento a poderes extraterritoriales, liquidación de activos públicos, precarización laboral, denuncias de fraude electoral, y -cortemos acá- retroalimentada división social mediante hacen que sea inmenso el contraste sentimental al día de la fecha, en relación a aquellos corazones vibrantes del 83. Si uno se toma el trabajo de consultar hoy a miembros de esas generaciones de primeros votantes respecto de su confianza en la capacidad de nuestra democracia para resolver los conflictos latentes, el panorama que pintan suele ser desolador. El hecho de volver a elegir autoridades en octubre de este año puede llegar a ser para ellos tan significativo como para Lio Messi hacer el 6to pase a la red en una goleada frente al Rayo Vallecano por la ya indeciblemente previsible Liga Española. La pregunta entonces queda dada vuelta: ¿Cómo hacer para entusiasmarse?

La recuperación de la democracia se mostraba como un premio invaluable para las generaciones que lucharon por ella y al mismo tiempo la promesa para comenzar a revertir los males que aquejaron históricamente a nuestra Nación. Con tantas desilusiones a cuestas es inevitable la búsqueda de culpables.

Es moneda corriente y justificada caerle a la clase política. Ya sea que se lo atribuyamos a su impericia o su falta de ética, una buena proporción de los representantes que elegimos en los últimos 32 años nos han fallado y son responsables por las deudas que tiene pendiente por saldar nuestra democracia. Los académicos intentan ir más allá de lo que refiere a los comportamientos humanos, y muchos de ellos explican que el problema no es exclusivo de la clase política sino de la deficiente configuración de los sistemas presidencialistas como el nuestro y la volátil dinámica social. Otros más pacientes dirán que nos encontramos en un proceso de maduración de nuestra cultura democrática, y que en ese sentido estamos dando pasos firmes y “normales” hacia una democracia avanzada que brindará naturalmente soluciones a nuestros conflictos y déficits históricos. El problema es que existe una enorme masa marginal que no tiene tanto tiempo para esperar…

El mito electoralista
Alguna vez dijo Churchill -emblemático Primer Ministro Inglés- que “la democracia es el peor sistema de gobierno creado, exceptuando todos los demás”. A la luz de los hechos, el bueno de Winston tenía algo de razón…

Vivimos bajo un sistema de Democracia Representativa. En el plano teórico-conceptual, la democracia implica que el conjunto de los ciudadanos detentan la soberanía real, pero como no podemos juntarnos todos a discutir y decidir en la ágora[1] cada vez que hay alguna cuestión que nos afecta (democracia del tipo asamblea), delegamos en manos de la clase política la toma de decisiones en nombre de todos. El voto es la práctica esencial de la participación política, en el rito del sufragio vemos realizado el ejercicio formal de nuestra ciudadanía. En efecto, una democracia no puede ser tal sin elecciones, es condición necesaria para su existencia, pero –tal lo muestra la evidencia- no suficiente. Para que funcione hacen falta organismos de gobierno cercanos a las necesidades reales de la gente que perduren en el tiempo, instituciones respetadas con funcionarios creíbles a cargo, una justicia que oficie de árbitro imparcial, libertad de asociación y empresa sin discriminación, igualdad de derechos, reconocimiento de las reglas de parte de todos los jugadores, y –quizás más importante que todas las demás–una ciudadanía activa dispuesta a trabajar los lazos comunitarios.

Hay quien dice que la democracia es meramente un procedimiento formal, sin contenido ni pretensiones, no más que una serie de reglas de juego que ofrecen un marco regulador a la organización de un estado-nación. Si así lo fuera, no tendríamos nada que esperar de ella. Muchos otros preferimos no liberarla de su deuda; para los que creemos y agradecemos a todos aquellos que lucharon por recuperarla, la democracia debe ser un rumbo por seguir, un proceso de ampliación y equiparación de derechos, de inclusión, y mejoramiento de las condiciones de vida societarias. De esta forma, la democracia no es sólo un sistema electivo sino un proyecto de sociedad. Aún con todas sus imperfecciones, la democracia es una promesa en que confiar, pero debe quedar en claro que esa promesa no se cumplirá sola.

Desencanto justificado
Los jóvenes de hoy están en un limbo en cuanto a su confianza en “lo político”

  • Hijos de padres defraudados por las promesas vacías de sucesivos gobiernos incapaces de resolver problemas históricos, y envueltos en una lógica comunitaria que presenta una ciclotimia ocasionalmente autoincendiaria, absorben ese desencanto y no encuentran grandes motivos para creer en la posibilidad de un cambio sustancial. En esta línea, no deja de sorprender la enorme cantidad de adolescentes que expresan el deseo de desarrollar su futuro en el exterior, porque descreen que el sistema vaya a tener respuestas a sus preocupaciones.
  • En la era post ideológica que estamos atravesando a escala global, los grandes paradigmas de organización social (capitalismo/comunismo) ya no chocan porque uno lo absorbió casi todo. Frente al triunfo de una cultura globalizada se impone la fantasía que invita a creer que ya no hay valores sociales y culturales en pugna, y presenta como ingenuo a cualquiera que pretenda revisarlos. En esta línea, los candidatos de hoy no llevan a la arena política la contraposición de ideas y proyectos de país, sino la lucha por la popularidad y el afecto del votante, cristalizado en las encuestas bajo la sobrevaluada “imagen positiva”. En efecto, buscan presentarse a sí mismos más como eficientes administradores de los recursos públicos que como promotores de proyectos colectivos que se distingan entre sí. Nadie parece esforzarse mucho por diferenciarse del resto, menos por la claridad en delinear sus planes de acción.
  • La desesperanza que absorben de sus mayores a cuestas, la decepción adquirida por la falta de respuestas a cuestiones sociales de vital importancia, y la confusión que genera el escenario político, demuestran a los jóvenes que el sistema democrático tiene más grietas que virtudes, y escasas muestras de recuperación. Ante este escenario de opciones electorales confusas resulta fácil encontrarse desorientado y desencantado.

Los jóvenes tienen argumentos sólidos para desconfiar de las bondades del sistema imperante y descreen generalmente de la importancia que puede tener dedicar sus energías a la participación política. Afortunadamente, el pensamiento crítico está a la orden del día. Un nuevo sujeto que se incorpora a la ciudadanía política siempre tiene algo para decir y los jóvenes de hoy parecen estar al tanto de eso.

Nuevos agentes de cambio
Las deudas de la democracia no se saldan solas. Como se dijo anteriormente, se requiere de agentes sociales dispuestos a trabajar por ello. Es una verdad que a nivel general los corazones de los jóvenes ya no vibran por las disputas políticas partidarias (el mismo sistema de partidos está desmembrado), pero su voluntad por enfrentar las problemáticas sociales que nos aquejan se encuentra a la orden del día. Hay una gran masa de jóvenes con energía disponible y compromiso social que no se ve pero efectivamente actúa.

Si bien podría parecer a ojos de muchos que los jóvenes viven en una realidad aparte (la “burbuja”), su desencanto o desinterés por la política tradicional no se traduce necesariamente en indiferencia cívica, sino por el contrario muchas veces lo hace en mayor compromiso social. Es una porción menor la que se resigna ante la realidad. Existen hoy en día una enorme cantidad de proyectos que parten desde el mundo académico (Manos a la Obra), religioso (grupos parroquiales en San Gabriel como Misión, Sal y Luz, Mar Adentro, ACJ), laboral (áreas de Responsabilidad Social en empresas), ONG’s (Techo, Fundación Si, Mundo Invisible, etc.), en los cuales, -impulsados por las generaciones jóvenes- se ofrece combate a diario a los males de la actualidad. Estas iniciativas surgen como reacción a las limitaciones del sistema, y son firme evidencia de una generación que no se queda quieta ante lo que queda por hacer.

Al mismo tiempo, como producto en parte de la crisis de representación que sufren los partidos políticos de hoy, y la falta de confianza en el ámbito de la política, las nuevas generaciones van descubriendo nuevas líneas de acción y canalización de sus demandas, constituyéndose potencialmente en sólidos agentes de cambio. Nacidos en una era tecnológica, tienen a las redes sociales como armas de difusión de sus ideas y son dominantes en esa arena de debate virtual que, bien utilizada, puede llegar a afianzar lazos comunitarios hoy debilitados y cimentarse como una ágora* reinventada de donde surja la recuperación de la democracia contemporánea. Si el compromiso está, el desafío para ellos es seguir contagiando a los que no forman parte hoy en día de la marea disconforme y activa, y llamar la atención de la clase política -¿por qué no formar parte de ella?- para que ambos poderes (político y joven) se complementen en la acción y fortifiquen su función social.  A fin de cuentas, si la democracia es una promesa que se construye cada día y los jóvenes tenemos ganas de participar en ello, no tenemos por qué quedarnos quietos; aún nos quedan muchas paredes por pintar.

[1] Plaza pública de la Antigua Grecia donde el pueblo se juntaba a discutir y deliberar.