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SOLIDARIDAD EN MISERICORDIA

Por Javier Goliszewski. Miembro del Equipo Responsable de la revista.

Contemplación en la acción

Una reflexión de Gustavo Gutiérrez y la Teología de la liberación

¿Es posible una espiritualidad que abrace al mismo tiempo lo nutritivo de la oración y de la contemplació6n, propias de nuestro
mundo interior y nuestra inserción solidaria con los necesitados?

¿Es posible “contemplar en la acción”, en esta época en que pareciera que no alcanza con toda nuestra energía y nuestro tiempo, y que no nos queda margen para crecer de tan estresados que estamos?

Frecuentemente nuestras actitudes cotidianas, conscientes o inconscientes, se dedican con mayor acento y desfalleciente energía a veces, a soslayar o contener, cuando no a ceder y acompañar el ser invadidos por la agresividad de la información de una actualidad dinámica e interconectada. Un mundo en el que, persistentemente, somos abrumados con más y más elementos de la realidad virtual, que se ofrecen como camino de escape o de solaz para nuestra inquietud psicológica.

Hace pocas semanas un artículo publicado en el boletín online de la agencia católica de noticias de Asia UCA news, me refrescó valores y estímulos de la teología de la liberación, a través de un breve segmento del libro titulado “Teología de la liberación”, del sacerdote franciscano Gustavo Gutiérrez, (publicado en 1971), y me hizo preguntar la razón que habría aconsejado la oportunidad de su inclusión editorial en pleno verano asiático de 2015, en un influyente e importante medio católico como este.

La teología de la liberación surge hace casi medio siglo, probablemente llenando un hiato con respecto a las necesidades sociales latinoamericanas, entre la dificultad para las instituciones políticas de entonces para intervenir en el terreno de la realidad social -ocupado en la teoría prevalentemente por pensadores y líderes de movimientos de izquierda más o menos revolucionaria-, y el rol mediador de la Iglesia, hasta entonces general y 7pragmáticamente en tándem con el poder político constituido. La Iglesia si bien considerando siempre el deber evangélico hacia el oprimido, el pobre, actuaba muchas veces entendiendo que es mejor dialogar con y desde el poder, que no oponérsele con crítica y contestación abierta, para poder así poder actuar aún, haciéndose eco del pensamiento del poder político.

Algunas  analogías pueden surgir a nuestros sentidos entre esta situación social de los setenta y la actualidad, en que la realidad virtual parece aún para los mejor intencionados, más urgente que la de nuestra vida real y de nuestros hermanos, necesitados o no, en que la pérdida de dimensión social del otro no se debe sólo a una falencia política, sino que las costumbres y la emergencia de la realidad virtual en el día a día, persistentemente ofuscan la consideración radical y profunda de mi opción por el otro.

Algunos párrafos de este texto de Gustavo Gutiérrez, parecieran ser de ayuda para descubrir personalmente moralidad, razón y método para anclarnos con mayor profundidad y frecuencia, en la realidad viva de nuestro prójimo.

La teología de la liberación, intenta sacudir la conciencia,  buscar una conversión evangélica que tenga frutos en el mundo de los oprimidos en particular, y entiende “que el cristiano no ha hecho suficientemente su conversión al prójimo, a la justicia social, a la historia, no ha percibido todavía, con la claridad deseada, que conocer a Dios es obra de la justicia. Aún no vive en un solo gesto con Dios y con los hombres. No se sitúa, todavía, en Cristo sin pretender evadirse de la historia humana concreta. Queda por correr el camino que lo lleve a buscar efectivamente la paz del Señor en el corazón de la lucha social. “Busca generar una ruptura con nuestras categorías mentales, con la forma de relacionarnos con los demás…, con todo aquello que trabe una solidaridad real y profunda con aquellos que sufren, en primer lugar, una situación de miseria e injusticia.” (o.c.)

El artículo de 8Gustavo Gutiérrez acierta ilustrando cómo nuestra espiritualidad, fundada en nuestra conciencia y nuestra oración, “consigue estar de pie según el Evangelio, cuando se experimenta que contrariamente a las leyes del mundo de la física, nuestro eje de gravedad pasa fuera de nosotros mismos”. (o.c.)

Esto es así porque cuando me pongo en contacto con las necesidades del otro, estas me interpelan más allá de mi agenda solidaria o mi bolsillo generoso. Ese contacto, esa interpelación que de un otro hacia mí estimula mi capacidad de respuesta, es muy distinta de los cada vez mayores estímulos virtuales que colman con sus personajes infra dimensionales la realidad online. Para muchos de nosotros esto resulta obvio, pero la influencia de los medios y del universo virtual, hacen que muchas veces se consiga asimilar al otro, como un dato o un personaje de la realidad mediática y aún proveyendo a sus necesidades, se vaya menoscabando en mí el percibirlo en su profundidad existencial, desde la cual incluso además de su riqueza como persona, la gracia viene hacia mí a través del encuentro.

El otro
me es gracia, en la medida en que abro mi corazón, en la medida en que en mi composición de lugar me pongo en su lugar. Observo las gracias de su condición, las vivo como propias, las abrazo y las “fecundo” y me dejo fecundar por ellas recíprocamente y en nombre, por obra, de la inspiración de Cristo en mí,  habito ambos corazones en uno solo sin rechazo de condicionamientos y circunstancias materiales que por ser del otro me sean aparentemente ajenas. Sólo cuando su condición, su sufrimiento es mirado y atendido, puede alguien mirar más allá de su herida y de su lucha y descubrir quién es en realidad. Antes de cuidar del leproso es necesario besarlo, abrazarlo, no temerlo. Hasta el límite de lo alcanzable es necesario salir de mí y sentir, aún como sin remedio, la condición del otro.

El aporte material a la necesidad del otro, acota G.G., es “un proceso permanente, en el que muchas veces los impases a que llegamos nos llevan a desandar el camino hecho y empezar nuevament9e. De nuestra disponibilidad, de nuestra infancia espiritual depende la fecundidad de nuestra conversión.”

Es decir la conversión significa “una transformación radical de nosotros mismos, significa pensar, sentir y vivir como Cristo…” (o.c.)

Cristo al hacerse igual en todo a nosotros menos en el pecado, hace nuestro su sufrimiento y suyo el nuestro, empáticos con el prójimo sufriente que comparte su condición de hermano en Adán con nosotros y hermanado en la pasión de Cristo. Es la presencia del otro que sufre, que me transforma y me conecta como Cristo fue transformado en su experiencia humana, y me conecta con el presente vivo, con Cristo que viene hacia mí, no como figura literaria, “digitalizada” o racionalizada, sino como misterio, realidad de diálogo vivo en mi corazón, realidad encarnada en el otro y en mí, otro del otro, llamada a vivir su presencia sobrenatural.

De la misma manera en que Cristo se hace presente en la multiplicación de los panes y luego se retira a la montaña, en la misma manera en que el buen samaritano asiste al viandante herido y abandonado y luego de pagar la posada sigue su camino, a través de la oración y de mi práctica íntima y espiritual, ahondo la transformación que al hacerme solidario con el otro, permitió que ese otro me inunde como gracia en mi vida.

Si bien se trata de un hacer solidario, no es un puro hacer. Es también un meditar las cosas de la solidaridad en nuestro corazón, haciéndonos entre otras mejores “antropólogos”, meditando las cosas que nos permitan poco a poco asumir los conflictos, la ruptura con nuestro viejo odre, “con nuestras categorías mentales, con la forma de relacionarnos con los demás, con nuestro modo de identificarnos con el Señor, con nuestro medio cultural, con nuestra clase social”.

Cristo, “creciendo en gracia, edad y sabiduría”, se abría
y se abre con y en nosotros a la otredad de la experiencia humana desd10e dentro mismo de nuestro corazón. Desde el corazón mismo de nuestra interioridad.

Es hacerse transparente como niños en este crecimiento de Cristo en nosotros, lo que es en esencia la solidaridad en misericordia.

“La misericordia es una palabra de reciprocidad: no es una limosna benévola, un signo de magnanimidad de quien la ejercita. Es un movimiento de respuesta al otro, un “dejarse tocar el corazón”, un sentir compasión que aún antes de hacer bien al otro, re despierta nuestra humanidad atormentada y sana antes que nada a nosotros mismos.”(Chiara Giacardi, “Le beatitudini”, trad. del a.)

Es bueno también tal vez, recordar que en este medio siglo ha evolucionado también la percepción de que la teología de la liberación sola, no ahonda lo suficiente en el misterio de la muerte, la falibilidad humana y la salvación, aunque nos da una valiosa comprensión en lo que se da en llamar el pecado social, la sordera hacia el otro
. Con ello vuelve a ser necesario considerarla favorablemente, como hipótesis de conversión radical y también de escucha de nosotros mismos, considerándonos como iglesia purgante, comunidad imperfecta y amada por Dios en el momento presente, aún si este tiempo fuere socialmente fracturado. La teología de la liberación debiera también ayudarnos para considerarnos oprimidos en nuestras dificultades en la falta de oración, en nuestra necesidad de nutrirnos con una adecuada contemplación, que nos permitan también  aceptar que somos amad
os así como estamos, inmensamente por Dios.

Desde la época en que Gustavo Gutiérrez escribió estas líneas, viene en nuestra ayuda para imaginar nuestra dimensión espiritual con el otro, el fenómeno del holograma. Una dimensión nueva, alcanzada en la plenitud de transgredir nuestra limitación de individuos con su yo infra dimensional, chato, cerrado; una plenitud de dimensión espiritual diferente, figurativamente como la del holograma, alcanzada al aventurarnos a salir de nosotros mismos hacia el otro.

Este salir hacia el otro no puede ser sin menoscabo, meramente pietista o meramente activista.11

Ambas son actitudes nobles pero que solo aportarán elementos activos para nuestra conversión, si hacemos converger nuestra actividad y compromiso físico, en una empatía del corazón, una mirada al ser del otro; y considerando sus necesidades, viéndolo y viéndonos más allá de nuestras condiciones y de nuestras necesidades. Viendo la escena si, como lucha y reivindicación de justicia. Pero también como abrazo. Como ágape de misericordia. Como contemplación de la Gracia.

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