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COMPROMETERNOS

Por Gabriel Castelli. “Director de ICBC Bank y Farmacity”.
Fue Director Nacional de Cáritas Argentina y Presidente de la Comisión de Justica y Paz”.

Un desafío permanente

Integrar la FE con la Vida, quién no ha escuchado esta frase tan mentada. El Evangelio mismo es una invitación a vivir la vida de manera diferente. Sin embargo, no siempre encontramos la manera de hacerlo. El “descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida” es para muchos de nosotros una meta inalcanzable, donde sólo sentimos que la vida nos va pasando mientras buscamos la respuesta. Estamos tan ocupados buceando en nuestro interior que no podemos ver lo que pasa a nuestro alrededor. Es cierto que cada uno de nosotros tenemos que cargar con nuestra cruz y que no sirven las comparaciones sobre si es o no más pesada que la de mi hermano, es la mía, y cómo me cuesta cargarla.

Sin embargo, el Evangelio es una invitación a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, toda nuestra vida está en relación con el otro, con el “hermano”.

Hay momentos en los cuales la sensación de desánimo nos toma por completo. Son tantos los problemas que atraviesa nuestro país que cuesta mucho mantener la esperanza intacta, basta con leer el diario. Sin embargo, si uno se guía por el Evangelio e intenta llevarlo a la práctica, debería caminar con una actitud confiada. Ese mismo Evangelio es el que nos invita a no transitar por la vida como meros espectadores de lo que va sucediendo a nuestro alrededor. Tenemos una tendencia a criticar y cuestionar el hacer de los demás desde una posición pasiva, como si no fuéramos parte del problema y menos de la solución. Es cierto que en muchos casos no somos responsables de lo que acontece, al menos no con nuestra acción, pero muchas veces sí lo somos con nuestra omisión, indiferencia o con nuestro silencio. A veces la magnitud y complejidad de los problemas que afectan a tantos hermanos nuestros, nos genera un nivel de impotencia tal que nos paraliza, haciendo muy difícil pensar que podemos ser parte de la solución.

Entre nosotros hay seguramente algunos que están llamados a ser verdaderos líderes capaces de transformar las estructuras desde posiciones de poder, pero ciertamente no son la mayoría. Para el resto lo que el Evangelio nos propone y a lo que nos invita es a transitar por la vida como “héroes silenciosos”, como verdaderos agentes de cambio, capaces de ser “Sal y luz” en el ambiente en que nos movemos.

Si verdaderamente entendiéramos lo que esto significa, y la fuerza transformadora que la suma de las acciones individuales tiene en el conjunto de la sociedad, nuestra Argentina sería ciertamente más justa, equitativa y digna para muchos de los que hoy están padeciéndola.

Muchas veces me pregunté el significado de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, tratando de traducir en acciones el significado del compromiso por el otro. Tal vez uno de los ejemplos que me iluminó, fue la interpretación que le escuché a un sacerdote  de la parábola del buen samaritano. En su explicación, solamente se refirió a enumerar los verbos contenidos en el texto: lo vio, se compadeció, se acercó, lo curó, lo condujo, lo cuidó, se desprendió,  le encargó a otro que lo cuide, volvió sobre sus pasos para asegurarse que había sido atendido.

Integrar la Fe y la Vida, no es más que transitar por el mundo con la actitud del bueno samaritano. No es un llamado sólo para unos pocos, porque no depende de lo que tenga sino de lo que soy capaz de dar, de lo que estoy dispuesto a renunciar en pos del otro. Muchas veces es sólo un gesto, un acercamiento, una palabra, es una donación de tiempo. Para otros puede ser una actitud más osada de compartir desde lo material, de jugarse en situaciones de injusticia, de alzar la voz contra los que agreden o atreverse a arriesgarlo todo para defender los valores y la dignidad. No es un camino fácil, exige salir de nuestra comodidad para ir al encuentro del otro. Pero aquellos que han experimentado el servicio, la entrega a una causa, que se han jugado por lo que creían, que acompañaron a quienes lo necesitaban, que generaron oportunidades en la vida de otra persona, saben que la alegría, la recompensa es mucho mayor que el sacrificio de la entrega.

Hay una palabra que hoy se usa mucho que es la “empatía”. La empatía es la capacidad de poder sentir lo que siente el otro, sentir con el otro.  A veces nuestras propias preocupaciones o la vida que llevamos nos hace vivir a un ritmo en el que difícilmente podamos percibir las necesidades de los demás: pareja, hijos, amigos, compañeros de trabajo, la señora que trabaja en casa y todos los “otros” que nos rodean. Es más, muchas veces ni siquiera nos hacemos tiempo para procesar y entender lo que nosotros sentimos, lo que nosotros vamos viviendo.

Para poder generar empatía con mi prójimo, tengo que hacer silencio, generar la capacidad de auto observación, porque la forma de poder sentir con el otro, de poder conmoverme, pasa por poder comprender lo que a mí me provoca la realidad del otro como si fuera yo el que las padeciera.  Tenemos que hacernos tiempo para contemplar, para observar. Para poder darme genuinamente al otro, como Jesús nos pide, tenemos que sentir lo que él siente, y desde ahí acompañarlo, a veces sólo escucharlo sabiendo que no podemos hacer más que eso, y otras veces comprometiéndonos con él.

Cuando hacemos el ejercicio de pasar a través nuestro la vida de los otros, surge con claridad lo que tenemos que hacer,  porque es exactamente lo que Yo necesitaría. De ahí que cobra sentido la cita “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Vivimos tan rápido, que ya no sabemos ni quiénes somos, por qué hacemos lo qué hacemos, para qué trabajamos tanto. Nuestro compromiso con los demás corre el riesgo de transformarse en activismo, en acciones superficiales, carentes de sentido, que no logran transformar, que nos va vaciando a medida que más damos.

La vivencia de la Fe no es una suma de mandatos a poner en práctica, no es sólo una serie de normas sobre lo que está bien o está mal. Es una invitación a vivir la vida con libertad desde el amor, con la capacidad plena para juzgar frente a cada hecho lo que más me hace persona. Es una invitación a vivir en comunidad, a ser consciente que no vivo solo, que el otro es mi hermano, y me necesita como yo lo necesito a él y que en tanto haya hermanos que sufran, mi felicidad no puede ser completa y por tanto no puedo desentenderme.

Argentina está atravesando una etapa difícil, una etapa de muchos enfrentamientos y divisiones, en la cual una gran parte  todavía no pueden vivir dignamente. Nuestro compromiso como laicos nos tiene que animar a actuar en nuestros ambientes de manera valiente y jugada, a llevar a la vida lo que creemos con la profunda convicción que no estamos solos.compartir