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JUSTICIA Y DERECHOS HUMANOS

Por Sandra Almeyda. Lic. en Relaciones Internacionales. Magíster en Derechos Humanos

El objeto de este artículo es aportar una reflexión acerca de la relación entre la justicia y los Derechos Humanos (DDHH), que vieron la luz el 10 de diciembre de 1948, con la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada en el marco de la Tercera Reunión Anual de la Organización de Naciones Unidas (ONU). A partir de ese momento, los DDHH dejan de ser una cuestión interna de incumbencia exclusiva de los Estados y pasan al terreno de las Relaciones Internacionales, en la era de la interdependencia.

Por definición los DDHH son universales, inalienables, indivisibles, imprescriptibles e interdependientes. Son universales pues involucran a la Humanidad entera; son inalienables ya que ninguna persona puede ser despojada de ellos; indivisibles dado que no se puede gozar de un derecho a costa de otro; son imprescriptibles, por lo tanto para toda la vida; e interdependientes ya que la realización de cada derecho depende del cumplimiento de los demás y del mismo modo, la privación de un derecho afecta a los demás.

Los DDHH están basados en valores generales e intemporales, en los que la Libertad y la Igualdad se interrelacionan permanentemente y condicionan el ejercicio propio de los derechos. La Libertad implica una protección a las personas y una limitación a los Estados, para evitar posibles interferencias e impedimentos al titular del derecho. El concepto que se encuentra como telón de fondo de la Libertad es la dignidad, como valor intrínseco de la persona. De lo contrario, los principales riesgos a los que quedaría expuesto un individuo son la esclavitud, la detención arbitraria, la persecución de minorías, la pobreza, entre otras. Al mismo tiempo, un sistema jurídico también involucra normas que suponen limitaciones a la Libertad de los miembros de una sociedad, a fin de garantizar una convivencia pacífica.

Por su parte, la Igualdad está vinculada al concepto más amplio de justicia, en el que todas las personas son iguales ante la ley, es decir, que deben ser tratadas iguales, de lo contrario se trataría de privilegios. Y para que haya verdadera justicia, el concepto de igualdad de oportunidades subyace al mandato de Igualdad ante la ley. En ese sentido, implica disminuir la brecha de disparidad entre los miembros de una sociedad, en términos de accesibilidad a los diversos derechos sociales: salud, alimentación, vivienda, educación, empleo.

Los DDHH se clasifican en Derechos Civiles y Políticos por un lado y en Derechos Económicos, Sociales y Culturales, por el otro. Los Civiles y Políticos están íntimamente relacionados con la Libertad, a fin de evitar la injerencia arbitraria del Estado. Estos son: derecho a la vida y a la integridad física y mental, a la propiedad, a la no discriminación, a la libertad de pensamiento, de expresión, de culto, de sufragio, de ser elegido para ocupar cargos públicos, de reunión, de asociación, de manifestación, entre otros. Por su parte, los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, están vinculados directamente con la Igualdad. Algunos de ellos son: el derecho a la salud, educación, vivienda, alimentación, al trabajo, a la huelga, al agua potable, a la protección de niños y familias.

El respeto y la protección de estos derechos tienden a la búsqueda del bien común y de este modo, regulan la convivencia social y política. En consecuencia, tienden a ampliar la justicia política y social. La justicia es dar a cada persona lo que le corresponde, con todas las libertades necesarias para poder realizarse como seres humanos. En contraste, lo injusto es lo inhumano: la exclusión, la marginación, la pobreza. Estas situaciones privan a las personas de la Libertad y de la Igualdad, ya que la Libertad no significa nada para millones de individuos que no cuentan con los medios para hacer que su existencia cotidiana sea realmente libre. Así, la injusticia se convierte en uno de los males más temidos, dado que lleva en sí misma un malestar que se traslada del plano individual al plano social, impactando necesariamente en altos niveles de violencia y confrontación.

Tan importantes son los valores de Libertad e Igualdad que de hecho, el Artículo 1° de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Los Estados tienen la obligación de garantizar niveles esenciales y básicos de derechos y la escasez de recursos, no los libera del cumplimiento de ciertos deberes mínimos. Pero el Estado no es el único responsable de que los derechos sean una realidad. La sociedad en su conjunto debe comprometerse en exigirlos, pero también a nivel individual, debería haber una toma de conciencia del registro del otro, de la existencia del otro. Tenemos una responsabilidad para con nuestro prójimo, porque nos atraviesa una cuestión ética que hace que le demos sentido a la vida del otro y a su necesidad. Se trata de la huella del otro, esa marca que el otro deja en mí, es decir, su presencia en mi propia vida. Y es a partir de esta conciencia del otro que se logra tejer el lazo social, que implica una dependencia recíproca, donde unos y otros sostienen la estructura en la cual conviven.

Esto representa un salto cualitativo que encarna el paso de una sociedad individualista, a una comunidad humana. Pues quedarnos en un esquema individualista, trae como resultado un aumento de la injusticia y sobreviene luego el resentimiento, que es el principal obstáculo para la paz. Resentimiento significa re-sentir el pasado, volver a tener ese sentimiento que produjo algún daño en la persona, que aún no ha sido reparado y le trae el pasado con toda su fuerza irrefrenable al tiempo presente. De este modo, se vuelve a vivir el ayer y se contamina el hoy. De ahí la importancia de sanar esos sentimientos y esas emociones del pasado.

En Argentina la Historia nos muestra que tenemos ejemplos concretos en los que el Estado no ha garantizado los Derechos Humanos. Prueba de ello son las aberraciones cometidas durante la última dictadura militar, como así también, los altos niveles de pobreza, exclusión y desigualdad.

La vulneración de los derechos, sean estos civiles y políticos o sociales, forja gran resentimiento, polariza la sociedad y en consecuencia, genera sufrimiento, tanto a nivel individual como colectivo. El primer paso para sanar ese rencor, es poder reconocerlo a través del conocimiento de la verdad. El segundo paso, es necesariamente impartir justicia reparadora. Porque sin verdad no habrá justicia, sin justicia no puede haber perdón y sin perdón no se logra la reconciliación. Y si esto ocurre, el riesgo es que sobre esas bases se construya la memoria histórica colectiva, la cual inevitablemente será transmitida a las generaciones futuras.

En países que atravesaron procesos de violencia y confrontación, la piedra angular de la justicia debe ser la reconciliación, para evitar que se reproduzca el conflicto entre las fuerzas antagónicas de la sociedad. Pero la reconciliación no puede ser impuesta por decreto, porque el Estado no tiene derecho de perdonar en nombre de las víctimas que sufrieron alguna vulneración de sus derechos, sino que cada víctima decide si perdona o no. Las políticas inspiradas en la reconciliación sí pueden exigir de las personas que violaron los derechos, que expresen su arrepentimiento y pidan disculpas públicas.

Si este deseo de reconciliación lo extrapolamos y lo vivimos en clave espiritual y cristiana, se torna necesario ante todo, trabajar sobre el perdón. El perdón es nada más y nada menos que liberarnos de las emociones y sentimientos negativos que nos atan a alguien que nos produjo algún daño y a partir de ese momento, se logra tener paz interior. Esa paz interior que es individual, puede transformarse a escala en paz social. Perdonar requiere de mucha humildad y de experimentar la misericordia como un estado de compasión hacia los demás, siguiendo el modelo de Jesús.

Recordemos que la Sagrada Biblia nos habla sobre el perdón en innumerables ocasiones. Algunas de ellas: “… perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”; “No te digo que perdonarás hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”; “Si tu hermano peca, repréndele, si se arrepiente, perdónale”; “Sed misericordiosos los unos con los otros, perdonándoos unos a otros, como Dios os perdonó a vosotros en Cristo”; “Y cuando os pongáis de pie para orar, si tenéis algo contra alguien, perdonadle, para que vuestro Padre que está en los Cielos también os perdone a vosotros vuestras ofensas”.

En nuestro país nos debemos aún la reconciliación tanto por los crímenes de lesa humanidad acontecidos, como por la enorme desigualdad social en la que vivimos, que no hacen otra cosa que incrementar la violencia de la que tanto nos quejamos. Solo la reconciliación nos va a permitir construir una sociedad pacificada.

Efectivamente, hay una estrecha vinculación entre la justicia y los Derechos Humanos y sin duda, los cristianos tenemos una gran oportunidad de participar en la construcción y el fortalecimiento de una sociedad más justa, tomando como guía el legado de Jesús. Se trata de un proceso de profunda reflexión acerca de cómo hacer realidad el registro del otro, el compromiso con la verdad, el perdón desde la perspectiva de la misericordia y finalmente, la reconciliación.