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JUSTICIA

EDITORIAL

En este breve y a la vez intenso camino que venimos transitando con nuestra revista, abordar el complejo entramado que nos depara “LA JUSTICIA” nos enfrenta a un nuevo desafío. Intentaremos apartarnos del desánimo que podría provocarnos el crudo análisis de la realidad, ya que transcurrimos tiempos convulsionados y las situaciones relacionadas con el andamiaje judicial han sido el centro de atención de todos los argentinos.

Indignados,  los reclamos se multiplican y la sociedad intenta expresarse  adoptando formas culturales diversas que van desde marchas pacíficas hasta la violencia de los escraches, destrozos de bienes públicos y privados y  últimamente hemos advertido, llenos de estupor, hasta linchamientos entre vecinos.

Es evidente que el sistema no nos contiene y hasta nos vemos tentados en hacer justicia por mano propia. ( al menos a mi no me representa en absoluto)  Es como si nos encontráramos dentro de una olla a presión que, ante cualquier episodio, estalla y libera un sinnúmero de sentimientos tales como indignación, odio, revanchismo, bronca, desprotección, pena, dolor, desconfianza, etc.

Otras veces la ingrata mansedumbre de la desesperanza, el abatimiento, el temor, la dependencia económica y el conformismo nos hace insensibles y faltos de compromiso por un futuro mejor.

Pero estos eventos son expresión de una sociedad que está ávida de encontrar rumbos que restituyan la esperanza de un porvenir en el que el respeto a la ley y a las instituciones garantice el pleno ejercicio de los derechos individuales y sociales de todos los argentinos.

La verdadera JUSTICIA deviene de Dios y en virtud nuestra naturaleza y condición de seres perfectibles toda justicia humana es imperfecta. Así, desde los inicios de la civilización, hemos ido desarrollando, no sin grandes conflictos, un sistema normativo y sancionatorio que nos permite resolver nuestras diferencias en forma organizada y es, en ese derrotero, que la humanidad ha ido evolucionando. Sabemos también que muchas veces esas normas han sido producto de imposiciones de unos sobre otros generando múltiples desigualdades e injusticias de todo tipo.

Si bien el marco normativo no parece ser blanco de los mayores cuestionamientos, aunque algunas leyes no gozan de los consensos necesarios, muchos de los planteos de hoy parecen señalar que los vericuetos legales son tantos que nos confunden a todos y conspiran para que se haga justicia. Asimismo, da la sensación que cada vez son más los casos sin esclarecimiento y que esta situación cuenta con la complicidad de muchos de los que tienen que impartir justicia y prevenir el delito extendiendo en el análisis a los dirigentes políticos y sindicales. Lo terrible es que todos los estamentos de la sociedad parecen estar comprometidos.

Ante este panorama, deberíamos también, cuestionarnos y preguntarnos; ¿por qué LA PALABRA empeñada no tiene valor? ¿por qué  LA VERDAD se va desmoronando entre los vaivenes de las conveniencias de turno? Santiago Kovadloff expresa hastío y angustia  al señalar: “somos personas que insisten en que las palabras no se conviertan en basura”. Vivimos en una época donde se bastardea la palabra y en la cual el relativismo y el pagmatismo todo lo pueden.

Entonces, SIN VERDAD NO HAY JUSTICIA.

Históricamente se ha personificado alegóricamente a la justicia como una mujer que, con los ojos vendados, no hace diferencias entre iguales porque es imparcial. Es objetiva y racional al tener la balanza en una de sus manos y que está dispuesta a aplicar su poder coercitivo al detentar en la otra su espada.

Como lo señalamos antes, pareciera que en este último tiempo se ha generalizado el nivel de insatisfacción y reclamo de toda la ciudadanía respecto de cómo se imparte justicia y ninguna de las cualidades apuntadas en la simbología parece tener vigencia.

Debiéramos destacar y es un signo de madurez, que la sociedad en su conjunto y desde todas las banderías políticas se encuentra envuelta en convulsionados replanteos acerca del tipo de justicia que queremos.

No es menor el desafío al que nos enfrentamos y será determinante para el desarrollo de nuestra identidad nacional luego de más de 30 años de democracia ininterrumpida.

Para el pleno ejercicio del sistema democrático no alcanza con sufragar cada dos años o contar con importantes niveles de participación popular, es necesario también asegurar la separación de poderes, la independencia del Poder Judicial, la alternancia en el poder, el pleno ejercicio de los derechos individuales y sociales y la libertad de prensa expresada en pautas de publicidad oficial equitativas.

La construcción de un verdadero Estado de Derecho y la búsqueda del bien común debieran ser prioridad y poner allí todo nuestro empeño.

Este nuevo gran acuerdo fundante deberá surgir como resultado del diálogo, de haber acordando las condiciones esenciales en las cuales estemos dispuestos a vivir y habernos comprometido firmemente a respetar y hacer cumplir la legislación vigente.

DONDE LA JUSTICIA NO IMPERA TAMPOCO TRIUNFA LA VIDA. 

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