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HACER JUSTICIA CON LOS JÓVENES NI-NI

Por Aníbal Filippini. 

Solemos llamar jóvenes Ni-Ni a aquellos jóvenes que ni estudian, ni trabajan, y que difícilmente podrían sostener un estudio sistemático y un trabajo.  Son muchos.  Los vemos agrupados en las esquinas, tal vez en las plazas o en terminales ferroviarias.

No los une la amistad, son compinches,  y en esa condición pueden compartir y ayudarse.  Están marcados por el mismo infortunio.  Es un espacio sin tiempos, con códigos, donde no existe verdadera comunicación porque generalmente son “a-dictos”, es decir, no tienen clara conciencia de sí mismos y de sus valores y por eso no pueden expresarse, darse a conocer.  Se reconocen por sus sobrenombres, no por sus nombres, es decir por el nombre que les puso la esquina y no por quienes son para la sociedad.

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Es en ese espacio donde están expuestos a dos grandes negocios: el narcotráfico y el tráfico de armas, de los cuales no son beneficiarios, sino víctimas.  Allí suele organizarse el delito, y muchos de ellos tienen conflicto con la ley.  Es un espacio mayoritariamente de varones, son pocas las mujeres, y las que participan suelen ser  muy conflictivas.

A las jóvenes Ni-Ni se las encuentra frecuentemente en sus casas, soportando la misma marginación y problemáticas, pero sujetas a sus criaturas.  Muchas han sido madres adolescentes y suelen tener hijos de más de un padre.  Esta situación hace que sea mucho más difícil sostener un estudio o un trabajo.  Su situación es de mayor fragilidad.

¿CÓMO LOS VISUALIZA LA SOCIEDAD?

Estos jóvenes están vistos, no como los que están en riesgo, sino como los que ponen en riesgo a los demás.  Pueden ser considerados vagos, inútiles, buenos para nada, que viven de planes y del robo.  Encontrarse con ellos provoca miedo, rechazo y se suele evitar su contacto.  Su aspecto los hace sospechosos (portación de rostro).  Además  de peligrosos, se los considera una carga para la sociedad.  Esta mirada, que está reflejada muchas veces por los medios de comunicación social,  por sus familias y el entorno, es internalizada por estos jóvenes, y ellos suelen pensar lo mismo, es decir, no se valoran, creen que no pueden hacer nada por su cuenta, que su lugar es ese en la sociedad.

Esta imagen no surge por pura maldad, es fruto de la experiencia de mucha gente y de la falta de encuentro personal.  Generalmente se analizan las consecuencias, sin analizar las causas.

 

SON VÍCTIMAS QUE PUEDEN TRANSFORMARSE EN VICTIMARIOS

En realidad, son el fruto amargo de un sistema social, político, económico y familiar que no los acompañó, ni les dio posibilidades para tener un “proyecto de vida digno”.

Suelen surgir de familias que están sometidas a la “pobreza estructural”, es decir, con 2 ó 3 generaciones sin un trabajo decente, que viven promiscuamente en viviendas precarias o al menos sin servicios elementales, y que son objeto del “clientelismo político”. Con una educación pública a su alcance deteriorada, con un sistema de salud que no alcanza a responder a sus necesidades en tiempo y forma, con una enorme fragilidad emocional y sometidos muchas veces a abandonos y violencia doméstica.

Normalmente no alcanzan a responder a los requerimientos de un trabajo en blanco y deben contentarse con trabajos esporádicos (changas), mal pagos, sin cobertura social y posibilidades de ascenso que, sumados a los planes sociales, que a veces les baja el impulso en la búsqueda de un trabajo digno, les permite sobrevivir.

Pero, tal vez lo más triste, es que Ni son valorados, Ni son escuchados, Ni son comprendidos, Ni son respetados, Ni son acompañados en orden a que vayan elaborando un PROYECTO DE VIDA.

 

REPRESENTAN UN ENORME CAPITAL HUMANO DESAPROVECHADO

Como sociedad tendríamos que reconocer que tenemos, por decir un número siempre discutible, un millón de jóvenes que representan un aporte importantísimo como fuerza de trabajo y de creatividad que no está siendo aprovechado y que insume mucho dinero en prevención de la seguridad,  en soportes sociales y en gastos de la encarcelación de los que caen en el delito.

 

SE TRATA DE HACER JUSTICIA

Podemos tomar como criterio de Justicia, lo que nos revela el Libro de los Hechos de los Apóstoles en relación a las primeras comunidades cristianas en el cap. 4,32-35:  “La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común… Entre ellos ninguno sufría necesidad, pues los que tenían campos o casas los vendían, traían el dinero y lo depositaban al pie de los Apóstoles, que lo repartían según las necesidades de cada uno”.

El criterio que surge de la Palabra de Dios es que “hacer justicia”, es procurar para cada uno, y cada situación LO NECESARIO para una vida digna.

Es hermosa e iluminadora también la oración de Proverbios 30,7-9:  “Dos cosas te he pedido a ti;  no me las rehúses mientras viva:  aleja de mí falsedad y mentira;  no me des riqueza ni pobreza, concédeme mi ración de pan; no sea que me sacie y reniegue de ti, diciendo: ¿Quién es el Señor?; no sea que necesitando robe y abuse del nombre de mi Dios.”

La carencia, o la sobreabundacia de bienes no ayudan al desarrollo del hombre, tener “el pan de cada día” como Jesús nos enseñó a rezar en el Padrenuestro es lo JUSTO.  Por supuesto se trata también del pan del afecto, de la educación, de la salud, es decir, de todo lo necesario para responder a las necesidades de una vida digna.

“Hacer Justicia” en esta realidad de los jóvenes Ni-Ni supone saldar la deuda social que hace que muchas familias vivan en situación de pobreza estructural. Sin duda, el presente exige invertir lo que no se ha invertido desde hace mucho tiempo, pero siempre es más barato que gastar en prevención, represión y castigo de los jóvenes que por falta de un proyecto de vida no pudieron insertarse en la vida ciudadana y caen en el delito. Debemos sumar a la vida de la sociedad todos los carismas que el buen Dios sembró en estos jóvenes y que están aplastados por la exclusión social.

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OTRA MIRADA, OTRA ACTITUD

Siempre es necesario partir de la valoración del joven. Estar convencidos que son amados por Dios y que son dignos de nuestro amor.  El temor no ayuda, aleja, debemos buscar una cercanía cordial, estable y desinteresada, expresiva en gestos.  Nuestro servicio tiene que ser un reflejo del amor que tiene Dios por ellos.  Demasiadas veces han sido usados y lastimados.  Necesitamos de hermanos y hermanas con un especial carisma y capacitación para llegar a ellos, ayudarlos a generar opciones que los lleven a formular su propio proyecto de vida.  Debemos contar con hermanos que acompañen esta realidad desde la esquina a un proyecto de vida digno.

INCIDIR PARA QUE SE ELABOREN Y EJECUTEN POLITICAS PÚBLICAS

Las respuestas, para que sean eficaces deben ser públicas, es decir, que abarquen a todos los involucrados y que respondan a las raíces del problema.

Si la causa principal está en la pobreza estructural y el deterioro de la vida familiar, se hace necesario contar con:

Crear políticas de viviendas populares, jardines maternales y de infantes de jornada completa que atiendan a los niños y acompañen a los padres en su educación. Mejorar el nivel educativo de la educación pública con jornada completa en la escuela primaria, promover programas de acompañamiento a los jóvenes que están en situación de riesgo, crear centros de atención y desarrollo para los jóvenes.

ES NECESARIO HACER JUSTICIA CON LOS JOVENES NI-NI

No podemos demorar la respuesta a esta realidad que afecta a tantos hermanos nuestros que tienen derecho a una vida digna.  Desde la Iglesia y desde la sociedad civil es mucho lo que podemos hacer, sobre todo abriendo nuevos caminos, pero siempre a modo de ejemplo, mostrando qué se puede hacer y cómo se debe hacer, pero con la claridad que es tarea del Estado que debe trabajar por el bien común de la sociedad.

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