códice perdido

EL CÓDICE PERDIDO

Por Dolores Aleixandre.

Dolores Aleixandre, religiosa del Sagrado Corazón, teóloga y licenciada en filología bíblica, se la puede considerar una de las pioneras hispanoparlantes en el mundo de la teología protagonizado por las mujeres. Ingreso a los 20 años a la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús. Se desempeñó como maestra de novicias, encargada de pastoral de colegios y partícipe de asociaciones de mujeres de barrio, donde aprendió, como ella comenta, a vivirse “más como mujer del y para el Reino que como alma consagrada”. En 1986 asumió como profesora de la cátedra bíblica “Profetas” en la Universidad de Comillas, donde permaneció por más de 20 años. En ese mismo período, se ha dedicado también a dar ejercicios, cursos de Biblia y escribir libros en torno a la espiritualidad bíblica. Actividad esta última fructífera, entre sus publicaciones se destacan: Bautizados con fuego, Contar a Jesús, Compañeros en el camino, Círculos en el agua, La hendidura de la roca, Mujeres ignacianas, entre otros.

En su camino teológico-espiritual-vital, Dolores Aleixandre nos invita, desde la Palabra de Dios, a “soltar lo accesorio” y buscar lo esencial, el Evangelio y la buena nueva que la visita de Dios permanente en nuestras vidas, nos trae… Finalmente, hago mío un deseo de la propia Dolores, como convocatoria a todas y todos aquellos/as que nos sabemos, en pobreza y desnudez, buscadores del Resucitado: “Quiero ‘místicos en la plaza’ o en el café, más ‘expertos en humanidad’ cercanos de la gente”.
En esta ocasión Aleixandre nos invita a reflexionar sobre la mirada profética, sobre nuestra capacidad de mirar más allá siguiendo el camino de Dios y del Reino. Los profetas, debieron cuestionar y enfrentarse a las estructuras consolidadas y cristalizadas en su tiempo, para mostrar que otra realidad y otra justicia eran posibles. Sutilmente, Aleixandre nos convoca a ir del pasado al presente, reflejándonos en esa valerosa actitud profética.

El códice perdido.
Reencuentro con la palabra profética

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No podíamos creer lo que estábamos viendo y teníamos en nuestras manos: un rollo de papiro escrito con caracteres hebreos y de una antigüedad incalculable para otros pero que para nosotros,  arqueólogos expertos,  era claramente anterior al siglo I a.C.  Nos lo estaba ofreciendo un árabe en el mercadillo de un pueblo miserable del Alto Egipto y como era el final de la tarde y quería marcharse, nos lo dejaba en un puñado de dólares. Lo había encontrado, nos dijo, en una ánfora herméticamente cerrada, en una cueva cercana (¡y precisamente allí había existido una colonia judía en el siglo IV a. C.!). Lo compramos sin dudar, tratando de disimular la emoción que nos proporcionaba aquella adquisición y lo desenrollamos con manos temblorosas al llegar al hotel.

Nos sentamos en torno a la mesa y comenzamos a leerlo desde el principio, casi sin aliento. Decía así:

 MEMORIAL DE AMÓS

Nací en Teqoa y en un tiempo fui  mayoral de ganado y cultivaba higueras. Nada en mi vida tranquila de ganadero y agricultor presagiaba lo que iba a acontecerme, porque yo no tenía nada que ver con el mundo de los profetas, pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar a su pueblo, Israel. (7,14). Su voz fue para mí como el rugido de un león (3,4) y aquel rugido me volvió activo, polémico y pro­vocador y comencé a interesarme apasionadamente por lo que ocurría a mi alrededor. A partir de mi encuentro con Dios experimenté la imposibilidad de moverme con indepen­dencia. Era Él mismo quien había provocado la cita, quien ha estado acechando  mi llegada y quien caminaba ahora al ritmo de mis propias pisadas. Ya no me era posible escapar de su inmediatez (3,3).

Por el tiempo en que me tocó predicar, mitad del s. VIII, fui el primero en   abrir brecha en la ciudadela del universo sacral que Israel con­sideraba intocable y necesité mucha audacia para cuestionar todo un patrimonio de tradiciones, dogmas, saberes y cos­tumbres, todo un sistema de pensamiento homogéneo sobre el que mi pueblo se apoyaba desde tiempos inmemoriales.

El rey era el centro de nuestra sociedad, el ungido de Yahvé, la garantía del orden y de la estabilidad, pero tuve que gritar a los cuatro vientos: A espada morirá Jeroboam, Israel marchará de su país al destierro (7,11). Pero fue sobre todo al constatar el despojo de los débiles y las injusticias que sufrían los pobres cuando mis palabras se volvieron más des­mesuradas e inoportunas. Mi oído se había agudizado y se volvió capaz de captar otras frecuencias, inaudibles para un pueblo que tenía em­botados los oídos, entretenidos con el refina­miento de sus diversiones. Mientras ellos se deleitaban con los últimos instrumentos musicales, arrellanados en cómo­dos divanes, indiferentes al  desastre del pueblo (6,7), lo que yo escuchaba era un canto fúnebre: En todas las calles hay duelo, en todas las callejas están gritando: ¡Ay, ay! (5,16).

Pero mi manera de captar la realidad a los demás les parecía distorsionada y exagerada, aunque yo sabía que coincidía con la de Dios: el que una viuda o un huérfano estén indefensos ante un tribunal, el que el valor de una vida humana no sea mayor que el de un par de sandalias (8,7), era algo habi­tual en Samaria pero, lo que para ellos no era más que una anécdota trivial, para mí, como para Dios, era una catástrofe.

La reacción de los ricos y de los dirigentes fue violenta: “- ¿Por qué protesta Amós por cosas tan normales y lógicas como que, los que podamos, vivamos bien y nos cons­truyamos buenas casas  (3,10; 6,4-8)? ¿Acaso no es humano y razonable que los jueces com­prendan mejor las razones de peso de la gente influyente y seria que las lamentaciones impertinentes de las viudas, eternamente quejosas de su situación, cuando, además, es la coyuntura económica la responsable? ¿A qué viene entonces el escándalo de este profeta descontento? (8,7) Sería imposible mantener el orden jerárquico querido por Dios (rey, nobles, sacerdotes, magistrados…) si, como él  pretende, el huérfano y la viuda, los desvalidos y los hu­mildes ocupan el centro de nuestra atención (5,7-12) ¡Qué blasfemia tremenda es decir que el día del Señor de los ejércitos, el Dios guerrero, defensor de Israel y aniquilador de sus enemigos, será “un  día te­nebroso y sin luz”  (5,18) cuando ese “día de Yahvé” siempre ha sido el símbolo de su visita destructora de cual­quier peligro para nosotros, su pueblo elegido!

Me tocó en suerte ser un hombre de conciencia intranquila y permanecer desvelado en medio de un pueblo despreocupado y adormecido. No me resultó extraño que me expulsaran, tampoco lo lamenté. Cuando salí del reino del Norte, dejaba atrás sembrada mi palabra, como una semilla de fuego en medio de ellos.

MEMORIAL DE OSEAS

Soy hijo de Beerí y  me decido a tomar la palabra para dejar constancia de que mi existencia, mis palabras y mis acciones no han sido sólo mías, porque todo mi ser ha quedado invadido y afectado por el Dios que me ha elegido.  Mi destino ha sido entrar en una profun­da comunión con los sentimientos y los celos de un Dios abandonado por su pueblo, viviendo yo mismo en mi propia carne el adulterio de mi mujer (Os 1-2). Mi vida se ha convertido así en el signo de lo que Dios mismo vive en dimensiones infinitas y, cuando mi mujer me abandonó, empecé a comprender lo que Él sentía y qué significaba seguir amando a la mujer que me había traicionado, como amaba Él a los israelitas, a pesar de que siguen a dioses ajenos (3,1).

Al sentir esa herida, mi lenguaje se volvió patético, esperando encontrar aún algún resquicio del corazón de Israel que no estuviera totalmen­te endurecido y que pudiera conmoverse por el recuerdo del amor de nuestro Dios.

En mí ya no han quedado espacios interiores privados: todos ellos han sido visitados y habitados por la compasión y los celos, por la ternura y la cólera de un Dios afectado por la falta de respuesta de su pueblo. Yo he prestado mi sensibilidad y mi capacidad emocional a los sentimientos divinos. Y ese ha sido mi drama y mi gloria

MEMORIAL DE ISAÍAS

¿Cómo un hombre tan pecador como yo, ISAÍAS,  podría expresar lo que viví el día en que recibí la llamada del Señor? La recuerdo como si fuera hoy aunque han pasado muchos años, pero aquel día supe qué incansable, qué constan­te, qué inalterable es la presencia del Santo de Israel, Aquel ante quien me puse disponible el día lejano de mi visión en el templo. Viví una invasión de lo divino, una especie de incautación de mi persona.

El espacio sagrado del templo ya no era capaz de contener la gloria del Santo que llenaba la tierra, desbordándose fuera de cualquier estructura que intentara retenerla. Y supe entonces que todos nuestros intentos de reducir a Dios a alguien lejano estaban condenados al fracaso porque Él estaba empeñado en ser un Tú perturbador en nuestra vida: se habían borrado los márgenes y las fronteras, desaparecían los muros de contención y la presencia de Dios irrum­pía en todos los ámbitos de la vida humana de una manera imprevisible e insólita

Me envió a hablar a un pueblo de corazón embotado que no dio crédito a mi mensaje, y eso que arriesgué todo por comunicarlo, hasta el punto de pasearme medio desnudo por las calles de Jerusalén. Yo había perdido para siempre ese miedo y cuando todos temblaban por el asedio de Jerusalén, me presenté ante el rey en medio de la ciudad sitiada con mi hijo pequeño de la mano, como un gesto simbólico de absoluta calma.

MEMORIAL DE JEREMÍAS

“Palabras de Jeremías, que escribo bajo su dictado yo, Baruc, secretario suyo. Sobre mí, Jeremías Anatot, de condición tímida y retraída, irrumpió esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre te conocí, antes de salir del seno materno te consagre, y te nombré profeta de los paganos (1,5).

Saberme así conocido, antes del seno de mi madre, me hizo sentir una Presencia que englobaba todo mi ser  y que me había envuelto antes de mi existencia. Por eso sé que no hay ni una sola de mis células ajena a ese Dios que me envuelve y posee. No hay nada en mi identidad profunda que no esté bajo el sig­no de su pertenencia porque el conocer para nosotros, los israelitas, no tiene que ver sólo con la inteligen­cia, sino que abarca, ante todo, lo afectivo, lo experiencial, lo práctico. Es un saber que proviene de la participación en la vida del otro, de la familiaridad y el contacto. Si Dios me cono­ce, quiere decir que se ocupa y preocupa por mí y me llama a entrar en una relación de comu­nión recíproca y personal con Él, en una vinculación y compromiso mutuos.

Es ese ser conocido lo que ha abarcado todo el tiempo de mi vida: tomé conciencia de ello cuando era aún un muchacho y continúo experimentándolo hoy, después de una larga vida en la que nada me ha sido fácil. Ya aquel día, cuando me llamó a ser profeta de los paganos, me resistí como pude pero fue en vano. Yo estaré contigo, fue la única garantía que me ofreció

La Palabra que Él ha puesto en mi boca ejerce sobre mí un efecto de posesión y la  experi­mento  no como algo dado, eterno, sino como algo que acontece.

Aquel día, el Señor me enseñó a mirar la realidad más allá de las apariencias y al señalarme aquella rama de almendro, me aseguró: Así soy yo, alerta para cumplir mi palabra (1,11). El almendro vigilante se volvió para mí en el símbolo de la presencia vigilante del Señor y supe desde aquel día que, lo mismo que la primavera no dependía de mí, pobre hom­brecillo tembloroso, tampoco dependía de mí sino de Él que la Palabra se realizara en la historia.

Por eso permanecí en el conflicto, me enfrenté con el rey, clamé contra el templo, aún sabiendo que era el signo visible de la elección eterna del Señor pero me atreví a repetir  en son de burla y ridiculizándolos.

Defendí una opción política impopular: la rendición a los caldeos, sin oponerles resistencia, y considerando a Nabucodonosor un instrumento de Dios, y eso me acarreó persecución y tortura (38). No lo he vivido mansamente sino con rebeldía y protesta, porque estoy convencido de que Dios prefiere nuestras quejas a nuestro silencio (11,18-12,6; 15,10-21 17,12-18; 18,18-23; 20,7-18). Sólo al final de mi vida dejé de que­jarme y de hablar, me hundí en el silencio del destierro porque ya sólo era elocuente la fidelidad de mi vida, ab­solutamente rendida a una Palabra que me conducía, aunque yo no supiera dónde (43,7).

A lo largo de mi vida Dios ha reivindicado siempre su señorío absoluto para manifestarse y para ocultarse, para hacerse accesible o desconocido, para hablar o para permanecer en silencio, para ser un Dios de cerca o un Dios de lejos (23,23). Y es que, en último término, no es mi propia vida lo que está en juego, sino la eficaz fecundidad de su Palabra la que a través de mí se ha ido abriendo camino. Por eso no me arrepiento de nada. Sé de quién me he fiado y conozco sus designios sobre nosotros; designios de prosperidad, no de desgracia, de darnos un porvenir y una esperanza. Si le buscamos de todo corazón se dejará encontrar y cambiará nuestra suerte, lo ha dicho el Señor (29,10-14).

MEMORIAL DEL SEGUNDO ISAIAS

No diré mi nombre porque aquí en Babilonia corro peligro, pero no puedo callar el mensaje de esperanza que el Señor ha puesto en mi corazón: Consolad, consolad a mi pueblo, es la llamada que he escuchado y hay en mi boca palabras de aliento para persuadir a mi pueblo cautivo en el destierro de que el Señor ha perdonado su culpa y recordarles su ternura. Les hablo de Él con imágenes que puedan conmoverles y darles seguridad en que no los ha abandonado.

Me sé instrumento de un Dios, que con mano fuerte tira de su pueblo abatido, le saca a espacio abierto y le promete sostenerlo con su fidelidad, segura como una roca.         

Estoy persuadido de que nos espera un nuevo éxodo, infinitamente más grandioso que el primero y que el Señor nos anuncia:

Mi mirada se adelanta a contemplar cómo será ese éxodo: el desierto se alegrará, clamarán las cumbres de las montañas (42,10-13), los cielos alabarán al Señor, las simas de la tierra le vitorearán, (55,12), las montañas y el bosque estallarán en aclamaciones (44,16) y las ruinas de Jerusalén romperán a cantar a coro (52,9).

Siento que mi misión es despertarles el deseo de volver a Sión y hacerles soñar con un tiempo y unas situaciones distintas hacia las que dirigirse y, para que mi discurso no se pierda en el terreno de lo inalcanzable, intento hacerles descubrir los pequeños signos que ya aparecen,  la novedad que ya está apuntando en el horizonte: No recordéis lo de antaño, les digo,  no penséis en lo antiguo; Dios está realizando algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (43,19).

Nadie parece ver lo que yo veo, quizá es porque yo he recibido un sexto sentido para captar  la obra de un Dios empeñado en restaurar y recrear a Israel y en abrirle un camino de esperanza. Están tan acostumbrados a lamentarse de la desgracia vivida con la caída de Jerusalén, la destrucción del templo y la deportación, que se ovillan sobre sí mismos, paralizados por las dificultades En vano nos hemos cansado, repiten, en viento y en nada hemos gastado nuestras fuerzas…(49,4). Nos ha abandonado el Señor, nuestro dueño nos ha olvidado… (49,14).

Esta es la convicción que Dios me concede: que cuando un pueblo que era esclavo pasa a ser libre, o vivía en el destierro y vuelve a su tierra; cuando alguien que estaba injustamente excluido se sienta de nuevo a la mesa, o quienes estaban sometidos al yugo de la opresión salen a espacio abierto…, entonces se empezará a cantar un cántico nuevo y serán del Señor la gloria y la alabanza.

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La lectura se había prolongado hasta la madrugada. Para entonces, uno de nosotros expuso una opinión sobre el texto que nos convenció a todos: estábamos ante una especie de memorial profético, escrito probablemente por algún escriba encargado de iniciar en la lectura de la Ley y los Profetas a niños y jóvenes en la pequeña comunidad de judíos emigrados de Palestina durante la dominación persa. Aquel maestro había buscado un modo didáctico y atractivo para familiarizar con sus tradiciones a una juventud perdida en medio del mundo gentil y había dado la palabra a algunos profetas para que fueran ellos mismos los que hablaran a los jóvenes.

Y aunque nosotros ya no lo éramos, nos sentíamos pisando las huellas de unos hombres de fuego que, con sus palabras, habían comenzado a incendiar nuestras vidas.