injusticia

EL MISTERIO DE LA INJUSTICIA

Por Jorge Eduardo Scheinig. Párroco

La cruz de Jesús como toda cruz que se impone a una persona, es la expresión de una injustica lacerante, que hace sufrir, que tortura y arrastra incluso a la muerte.

¿Qué lugar entonces ocupa la injusticia en nuestra vida?

No deseo hacer esa lista de injusticias que todos conocemos, enumeración que podría resultar por no olvidarme de alguna, excesivamente abultada. Es correr el riesgo además, de caer en posibles sentimientos morbosos que asombrosamente nos llevan a gustar el dolor. ¡Qué insólitos somos los seres humanos! ¡Qué extraños pueden ser nuestros sentimientos, aquello que rechazamos nos atrae!

No quiero hacer un elenco de las tantas injusticias, pero no podemos dejar de ver y tener presente el rostro de tantas personas: mujeres, varones, niños, adultos, ancianos, que sufren tremendas injusticias, que nos enojan, perturban, duelen y nos llevan a ese lugar de impotencia que tanto resistimos y en el que no deseamos permanecer mucho tiempo.

Es que en la injusticia nos encontramos mano a mano con el misterio del mal, de un mal que viene de adentro y de afuera, que anida en el propio corazón y en el corazón de los otros, que está en nuestras entrañas y en las del “enemigo de la raza humana”. El mal tiene mucha fuerza, tanta, que Jesús quiso no sólo abrirnos los ojos, sino también alertarnos, invitándonos a rezar con perseverancia: “líbranos del mal” o también, “líbranos del malo”.

La injusticia nos revela que somos demasiado humanos, es decir, demasiado de la tierra, del humus, de la pequeñez, de la pobreza y es verdaderamente cierto que allí mordemos el polvo.

La injusticia es de una gravedad vital y no podemos dejar de intentar descubrir que ella tiene también algún sentido, y hacerlo justamente desde ese lugar tan de abajo, mordiendo el polvo de nuestra existencia.

No se trata de asumir la prédica de antaño en la que se invitaba a la resignación de manera religiosa, pasivamente religiosa. Debo decir que según mi manera de pensar no era tan religiosa, ya que en el fondo entiendo que se recurría a una explicación simplista de la voluntad de Dios: “a usted le tocó sufrir, es la voluntad de Dios, únase a la cruz de Jesús que sufrió mucho más que usted”. Todo es cierto, uno sufre y Jesús infinitamente más, pero el problema de la resignación es la racionalización del misterio, ya que se intenta para aceptar la cruz y explicarla desde una lógica que no es tal. La cruz, la injusticia, están muy lejos de las lógicas racionales, de las demostraciones y de teorías argumentativas y mucho menos, desde la tentativa de explicar el mal desde la voluntad de Dios e involucrándolo impiadosamente. Lo religioso no rechaza la razón, la supone, pero la supera.

La injusticia se vive, y el sentido que tiene, si lo tiene, es llevarnos al misterio profundo de nuestra existencia pobre y limitada pero misteriosamente abierta al Amor del Padre que puede sostenernos en la propia cruz, como lo hizo con su Hijo Amado, Jesús de Nazaret. La cruz es misteriosamente religiosa y solo puede soportarse ligados a Dios.

La voluntad de Dios es Su Amor que sostiene todo lo humano, repito, todo lo humano, también la injusticia y muy especialmente el sufrimiento que viene con ella, que en verdad es tan humano, tan de la mujer y del varón al que se le ha regalado el don de la vida.

No se trata de resignarse. ¡No! Por el contrario, se trata de vivir a fondo toda la humanidad con la seguridad puesta en Dios, no tanto en nosotros, confiando en las manos del Padre que siempre sostiene la vida, especialmente en la paradoja de la injusticia padecida.

No nos hace bien abandonar el sentido de la vida como misterio, no todo se puede razonar y entender, no todo cierra el círculo. Si la injusticia tiene algún sentido, tal vez es ese, llevarnos al misterio más completo de la vida en la que Dios tiene la última palabra: “allí en la cruz te amo”.

Para nuestra humanidad creyente, abierta a Dios, la injusticia es un fuerte grito que nos despierta de la ilusión de pensar que todo está en nuestras manos, que todo lo podemos, que al final de este camino se hará justicia. Al final del camino, la justicia, la misericordia y el amor, serán uno y nosotros seremos plenos en el Amor.

Tal vez aquí nos haga bien recordar las bienaventuranzas, la felicidad que Jesús nos propone vivir, porque allí, el Señor rompe la linealidad de la perfección y la materialidad del éxito, para invitarnos a descubrir que Dios está sosteniendo a toda persona cuya existencia padece la paradoja, la contradicción y el dolor:

“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”. (Mt. 5, 3-12)

Ahora bien, si es cierto que no todo está en nuestras manos, también es verdad que mucho, es nuestra responsabilidad. Por eso, la injusticia cotidiana o la justicia demasiado largamente esperada, es como un grito permanente a nuestra conciencia que tiende a adormecerse y que nos sacude para comprometernos en la lucha contra la causa y la raíz de toda injusticia: el mal. Es lucha en soledad y es lucha en compañía, en comunión, en fraternidad, juntos entre nosotros, y juntos con Dios. Y si la justicia tarda en llegar o no llega, la lucha nos completa, nos devuelve dignidad y sentido, nos hace más humanos.

La justicia es meta y es camino. La injusticia es misterio. Todo es vida.

A muchas personas que padecen injusticia les he invitado a tomar un crucifijo en sus manos, apretarlo con fuerza, como haciéndonos solidarios con él, pero mucho más, para sentir su solidaridad y cercanía, y hacer el intento de hablarle en un diálogo de corazón a corazón, de cruz a cruz.

Sé, por propia experiencia y mucho más por la de otros, que el Señor Jesús desde su cruz siempre habla. Todos coincidimos en haber sentido en lo profundo del alma una Palabra directa y justa: “¡Te amo!”. En la cruz, y solo allí, podemos sentir que la oración da paso al silencio, que Dios es Todo y nosotros somos Todo en ÉL. Y sin darnos mucho cuenta, viene la paz.