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CONTRA LA RIQUEZA

San Basilio de Cesarea, nació por el año 330  y muere prematuramente por el año 379, llamado Basilio el Magno (en griego: Μέγας Βασίλειος), fue obispo de Cesarea. Es santo de la Iglesia Ortodoxa y uno de los cuatro Padres de la Iglesia Griega, junto con San AtanasioSan Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa (hermano de Basilio) son denominados Padres Capadocios. Es santo y doctor de la Iglesia Católica.

El rico debe atender a las necesidades de los pobres como a las suyas propias. Poseer más de lo necesario es privar a los pobres. El avaro es un ladrón.

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“¿A quién perjudico, dice el avaro, guardándome lo que me pertenece?” ¿Pero cuáles son, dime, los bienes que te pertenecen? ¿De dónde los has sacado? Te pareces al hombre que tomando sitio

en el teatro, quisiera impedir a los demás la entrada y exigiera gozar solo del espectáculo al que todos tienen derecho. Así son los ricos, se declaran dueños de los bienes comunes que han acaparado porque ellos fueron los primeros ocupantes. Sino guardara cada uno más que lo necesario para las necesidades corrientes, y lo superfluo lo dejara a los necesitados, la riqueza y la pobreza estarían abolidas. ¿No has salido desnudo del seno de tu madre? ¿No vas a volver desnudo a la tierra? ¿De dónde te vienen estos bienes actuales? Si me respondes: “del azar” eres un impío, pues reconoces a tu Creador, lleno de ingratitud para con Él que te lo ha dado todo. Y si confiesas que son dones de Dios, explícanos la razón de tu fortuna. ¿La debes a la “injusticia” de ese Dios que reparte desigualmente los bienes de la tierra? ¿Por qué eres tú rico y ese es pobre? ¿No es únicamente para que tu bondad y tu acción desinteresada encuentren su recompensa, mientras que el pobre será gratificado con grandes premios prometidos a su paciencia?

¿Y tú que envuelves todos tus bienes en los pliegues de una insaciable avaricia, piensas que no haces daño a nadie privando a tantos desdichados? ¿Qué es un avaro? El que no se contenta con lo necesario. ¿Qué es un ladrón? El que quita a otro lo que le pertenece. Y tú ¿no eres un avaro?, ¿no eres un ladrón? Los bienes cuya gestión se te había encomendado los has acaparado. Al que despoja a un hombre de su ropa se le llama salteador. Y el que no cubre la desnudez del mendigo cuando realmente puede ¿merece otro nombre?

El pan que tú guardas pertenece al hambriento. El manto que encierra tus arcas, al desnudo. Al descalzo pertenece el calzado que se pudre en tu casa. Al menesteroso, el dinero que tienes enterrado. Así oprimes a tanta gente que podrías ayudar.

Buenos sermones son estos, dices tú, pero mejor aún es el oro. Parece como discutir de templanza con los libertinos: infamad a su querida y con ello avivaréis su recuerdo y los haréis más enamorados. ¿Cómo pondría ante tus ojos los sufrimientos del pobre, para que sepas a base de qué gemidos acumulas tus tesoros? ¡Qué preciosa te parecerá el día del juicio esta frase: “Venid benditos de mi Padre, recibid como herencia el Reino que os ha sido preparado desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis” (1). Temblores, sudores fríos y tinieblas te invadirán con la noticia de este juicio: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba desnudo y no me vestisteis” (2).

No es rapacidad lo que se condena aquí, sino tu negativa a repartirlo.

Te he dicho lo que me parecía conforme a tus intereses; si me escuchas, son claros hasta la demasía los bienes que se te han prometido. De otro modo hay una amenaza escrita. Esperemos que no se realice a tus expensas. Decídete por la mejor parte, y que tus riquezas se conviertan en precio de tu salvación y te dirijan a los bienes celestiales que se habrán preparado. Por la gracia del que nos ha llamado a todos a su Reino, para quien sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (3).

 

(1) Mateo, 25, 35-39.
(2) Ibíd.
(3) Traducción francesa de F. Quéré-Jaulmes, aparecida en Riches et pauvres dans l’Eglise ancienne, col. Ictys, núm. 6, París, 1962, pp. 75-77.
Ver también S. Giet, Les idées et l’action sociales de Saint Basile, París, 1941.